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¿Qué de qué?
"Decidle mi nombre al mundo, esa es la deuda que tenéis conmigo"
Acerca de
"Soy yo el camino, yo decido por donde seguir"
Sindicación
 
Las consecuencias de mis actos (Relato)
Nunca he soportado a la gente que no es capaz de afrontar las consecuencias de sus actos. Me refiero a ese tipo de gente que, después de haber pegado a su mujer o sus hijos, o después de haber atropellado a alguien con su coche último modelo, cuando están delante de un juez se escudan en que estaban borrachos o drogados para ver reducidas sus condenas. Es algo que me revienta por dentro. Si tuviste los huevos de hacerlo ten los huevos de ser consecuente con tu acción. Pero esto, por ahora, no viene al caso.
La cuestión es que cuando me di cuenta iban andando los dos unos metros por delante mía. No me habían visto. No se de donde habían salido pero estaban de espaldas a mi. Nunca nos habían presentado pero ambos sabían quien era yo al igual que yo sabía quienes eran ellos. Y lo más importante: en su momento me habían faltado al respeto.
Quizá no lo habían hecho intencionadamente pero, quieras o no, lo que haces lo has hecho. Quizá para ellos lo que hicieron no era una falta de respeto pero para mi, que era el afectado, si lo era y eso es lo que importa. Si es verdad que no me lo habían hecho directamente pero, a mi modo de ver, cuando le faltas el respeto a un amigo mío me lo estás faltando a mi. Y eso es ley.
Mi primer instinto fue el de calmarme. Relajarme. Repiración profunda, contar hasta diez y todo ese rollo. Cualquier cosa que hiciese de las que se me estaban ocurriendo no podía traerme más que problemas. Y ahí estaba las decisión: honor o problemas. Para mi estaba claro, pero mi gente, mi familia, mis amigos no lo comprenderían. Lo verían desproporcionado. Fuera de toda etica humana.
Ahí enfrente mía seguían los dos, actuando como dos perfectos subnormales. Riéndose a carcajadas como niñas colegialas a la hora del recreo. Pegándole patadas a una botella de plástico como si tuviesen cinco años. Con su actitud de pasotismo e inocencia. Supongo que eso fue la gota que colmó el vaso.
Sentí como la rabía me recorría el cuerpo, nublándome la vista, obcecándome en mis objetivos. Ultra-violencia. Una nueva naranja mecánica.
Cogí un ladrillo de una obra cercana. Al primero de ellos le hundía la sien derecha de un golpe. Fue curioso comprobar como su cabeza y el ladrillo se quebraron al unísono con el impacto. Ambas cosas la misma fragilidad. Para cuando el segundo se quiso girar ya le había clavado el ladrillo roto en el cuello.
Saqué el paquete de tabaco y encendí un cigarrillo. La nicotina me relajó el pulso. Mientras esperaba a la policía les vi como se atragantaban con su propia sangre. Vi como reducían el ritmo y fuerza de su respiración. Vi como morían.
Mientras esperaba a la policía fumaba un cigarrillo y pensaba en que nunca había soportado a la gente que no es capaz de afrontar las consecuencias de sus actos...

Saludos
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La venganza se sirve fría (Relato)
Mi historia de venganza, como la gran mayoría, parte de sentimentos bajos y rastreros como son el odio y la envidia. La historias de venganzas por honor son solo parte de los libros y los cuentos y leyendas para niños. El ser humano es (somos. Soy) mucho más simple que eso y hace demasiado tiempo que desterró la palabra honor de su diccionario como para recordarla, y menos para una venganza. Al leer esto os preguntareis qué tiene entonces de especial mi historia. Es cierto no tiene nada de especial, ni siquiera es novedosa, incluso es probable que hayais oído alguna parecida pero dicen que todo hombre tiene una historia que contar. Y, si dentro de un largo tiempo me pidiesen que contase alguna, supongo que sería esta.
Nos conocimos cuando eramos unos críos en el colegio. Durante esos años no eramos ni tan siquiera amigos. Simplemente compartiamos clase y cruzabamos las palabras justas y necesarias, es decir, nada más allá de "Déjame un bolígrafo" y poco más. Con la llegada de la pubertad me empecé a sentir atraido por ella, pero esa atracción se hacía extensible también al resto de chicas de la clase y practicamente a las del resto del mundo (por aquello de la efervescencia de las hormonas)
Os ahorraré los detalles del como, pero el caso es que empazamos a salir el último año de secundaría, el justamente anterior a empezar la universidad. Era mi primera relación "seria" así que podeis haceros una idea de la ilusión con la que la tomé. Todos hemos pasado por eso, así que no podría deciros nada que no sepais. Pero como todas las historias esa terminó. Para ser concretó la terminó ella. No importá con qué excusa (todos las rupturas se hacen con excusas). Lo que importá es que dolió. Y como pasa con estas cosas el dolor se convirtió en odio de una manera rápida y natural.
La universidad, luego el trabajo, el tiempo y mi odio nos separaron aún más. Supongo que para ella me convertí en otra cara más en las fotos de clase. Para mi era el foco de las iras de esa parte de mi que se había quedado en la adolescencia.
Pero el azar quiso que nuestros caminos se volvieran a cruzar. Y ahí vi mi oportunidad. Todo empezó cun un café, al que la invité con la excusa (una vez más las excusas) de ponernos al día. Habían pasado años y ambos pasabamos la treintena. Ella se había casado, tenía dos hijos, un matrimonio feliz y ejercía de ama de casa a pesar de haber terminado brillantemente sus estudios. "Cada uno elije su vida" me dijo "y yo prefiero estas con mis hijos" Yo me limitaba a escuchar. En todos esos años había ganado experiencia en el trato con las mujeres y sabía mostrame encantador.
Ese primer café llevó a otros, en los que había cada vez conversaciones más y más personales. Me había ganado su confianza. Era su confidente. El mejor que podía tener ya que no me relacionaba con nadie de su círculo ni familiar ni de amistad. Como sabeis todos los matrimonios tienen un resquicio, algo en lo que no encajan perfectamente, y yo encontré el suyo. Más bien ella me lo mostró. Desde que había tenido a su segundo hijo, ella pensaba que él no la veia igual de atractiva que antes. Así que aproveché ese resquicio para introducirme en él hasta convertirlo en un gran barranco.
A los pocos meses era su amante. Era como un gusano dentro de una manzana, comiendola poco a poco desde dentro. Llegados a ese punto la manejaba como quería: descuidaba sus labores del hogar, conyugales y, lo que es peor, con sus hijos. Recuerdo que en más de una ocasión la llamron del colegio para que fuese a recoger a sus hijos mientras estaba todavía entre las sabanas de mi cama.
Mi jugada maestra llegó cuando la convencí para que dejara a su marido y viniera a vivir conmigo. Convencerla fue más dificil de lo que pensaba, pero lo hizo. Le contó toda la verdad a su marido una mañana y esa misma noche se acostaba conmigo con sus maletas al pie de la cama.
Solo esperé un par de meses para decirle que quería dejarlo. ¿Mi excusa? Que habiamos ido demasiado rápido (realmente había sido yo el que había marcado el ritmo de la relación) Pero era tal el grado de amor que sentía por mi que no le permitía ni siquiera ver esa realidad tan a la vista. Se hechó ella misma la culpa, me dijo que cambiaría, me suplicó con lágrimas en los ojos.
Pero mi venganza se había culminado. Se había quedado si marido, había abandonado a sus hijos por un hombre, no tenía casa. Había perdido su vida. Yo seguía igual que antes de conocerla.
Y esta es mi historia. Supongo que ahora me considerareis una especia de monstruo. No me importa. Cuando planeas algo durante tanto tiempo solo te importa que salga bien, no lo que opinen los demás. Tambien pensareis que mi venganza fue desproporcionada. Es probable, pero ese odio había cobrado vida en mi interior y su hambre de venganza era inmenso y solo podía ser saciado con algo euivalente a su hambre.
¿Remordimientos? Ninguno. La venganza elimina cualquier sentimiento de remordimiento. Elimina cualquier rastro de empatía. Elimina cualquier resto de humanidad.


Saludos.
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Comunicación
Estamos inmersos en plena era de la información y de la comunicación. Somos parte de ella. Esto que estoy escribiendo va a poder ser leido casi al instante por el resto del mundo (que lo puedan leer no significa que lo hagan). Podemos hablar e incluso vernos con alguien que este a miles de kilómetros de nosotros por obra y gracia de teléfonos móviles, webcams, PDA's y demás parafernalia tecnológica con nombres y siglas en inglés. Sin embargo cada vez es más dificil mantener una verdadera comunicación, cada vez es más dificil hacerte entender por quien quieres que te entienda. Lo que está fallando no son los medios con os que nos comunicamos, no falla el canal (todas las cosas anteriormente citadas de móviles, etc.) Ahora los que fallamos son los interlocutores.
La propia riqueza de nuestro lenguaje en matices, entonaciones y giros hace que hasta nosotros mismos nos perdamos. A veces intentamos equiparar la importancia de lo que decimos a la calidad de nuestras palabras, de hecho me acabo de dar cuenta de que es lo que me está pasando a mi ahora mismo.
Quiero decir que para decirle a alguien que le quieres no tienes porqué decirselo escribiendo versos como Bécquer, si hechas de menos a alguien no tienes porqué explicarlo con una metáfora. Yo prefiero dejar esas cosas para los que escriben canciones.
En cierto modo hay ocasiones en las que la forma desluce y oculta en parte el contenido. Es como si el papel de regalo fuese más importante que el regalo en si. Así ocurre que por culpa de los dobles sentidos, las ironías, los juegos de palabras y demás adornos del lenguaje muchas cosas importantes pasan de largo o directamente se quedan sin decir.
Tampoco estoy diciendo que se dejen de usar todas estas cosas, sino que, como para todo, hay momentos más oportunos que otros; momentos en los que es preferible hacerse entender a hacerse el ilustrado.
Por mi parte, aún siendo un gran defensor del uso y disfrute adecuado del lenguaje, sigo pensando que hay miradas que se entienden muy bien a pesar de todo o que quieren decir.
Saludos
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