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Las historias de Qena
Las hitorias reales o ficticias de Qena.
Sindicación
 
NOTA INFORMATIVA
Hola a todos me he ido del blog a otro nuevo. Espero que os guste mas.

La nueva direccion es: www.qena.blogia.com

Gracias a todos y os espero en la nueva.

BESOS






 
RECUERDO....



- Venga, el ultimo cachito....- le digo a Mario sosteniendo el tenedor a dos centímetros escasos de su boca. Pero sus labios esta cerrados, y sus ojos me miran juguetones y a la vez desafiantes, dando a entender que ya no le engaño mas por hoy.

- Si te lo comes, te vienes conmigo a sacar a Thor.

El labrador mueve apresuradamente la cola al oír su nombre, golpeando el suelo como diciendo “aquí estoy yo”. Está contento, no solo, porque se acercaba la hora de su paseo nocturno, sino también porque presiente que hoy, su rutinaria cena de pienso, será alegrada con algunos restos de carne.

Consigo que mi hijo abra la boca una vez mas mientras pienso que tendré que inventarme algo, si pretendo que se termine el plato. ¿Cuándo vendrá la madre?, me digo. Ya debería estar aquí. Ella no tiene problema alguno a la hora de las comidas. Donde esté una madre....

Una madre... me viene a la cabeza la mía. Años atrás, en una cocina muy diferente de esta, con muchas menos comodidades. Por aquel entonces mi madre no tenía una trona de madera para darme de comer, ni microondas donde calentar la cena. Los muebles no brillaban tanto, eran de mampostería blanca, bastante gastados y de ellos colgaban unas cortinas de cuadros amarillos que hacían la vez de puertas. La ventana tenia postigos que crujían azotados por el viento y yo me dormía cada noche escuchándolos. Las baldosas, irregulares, conformaban la pista ideal para mis carreras de chapas y el campo de batalla de mis soldados de plomo. Recuerdo a mi madre guapa. Tenia un cabello negro precioso, ondulado, que se momia al compás del viento y que destella por las mañanas. Le hacia juego con sus ojos oscuros y grandes. Sus manos eran suaves, y siempre dispuestas para regalarme una caricia... no como las de mi padre, que nunca estaban...

- ¡Papa! ¿Ya está? – la voz del niño me sobresalta. Sin querer me he quedado abstraído en mis pensamientos, perdido en una cocina veinticinco años atrás.

- No, un poquito mas – insisto si muchas esperanzas de convencerlo, mientras escucho como cruje la ventana, sopla un viento fuerte en la calle.

Recuerdo aquella noche: era de levante fuerte. De esas que el viento no perdona nada ni a nadie. Los postigos parecían furiosos y golpeaban la ventana intensamente. Yo me entretenía mirando fuera como los árboles se tumbaban sumisos, agitando sus ramas, mientras mi madre preparaba la cena. Esa noche esta nerviosa. Mi padre, gruista de profesión, se jugaba el tipo en los astilleros en jornadas como esta, en los que la grúa de cien toneladas no era mas que un juguete al antojo del viento. No hacia todavía el año de aquel accidente que le costa la vida a su mejor amigo, al precipitarse dentro de su maquina contra el muelle. En ese turno debía estar él y quizás por eso, ya no volvió a ser el mismo. Antes de aquello tenia otro carácter, le encantaba hablar de su trabajo u de lo importante que se sentía cuando elevaba las piezas por encima de la gente, que él veía diminuta desde su cabina. Le gustaba las maniobras complicadas y se sentía orgulloso, cuando arriesgando algo mas de lo que debía, conseguía dejar la faena terminada. Pero ahora era diferente, apenas hablaba y su mirada se había endurecido. Se pasaba los siete días de la semana trabajando, alegando que hacia falta el dinero y algunas noches, ni siquiera venia. Discutían mucho, y yo sufría por mi madre, que lloraba a menudo a escondidas de mí, sin saber que yo la oía. Había cogido la manía de morderse el pulgar, y de tanto que lo hacia, se había hecho una herida.

- Ay, que me haces daño – Mario se quejaba. Sin querer le he pinchado con el tenedor – Quiero yogur.

- Bueno, ya esta – me convence – lo que sobra para Thor y ahora te doy un yogur. ¿Qué sabor quieres?

El perro mueve el rabo aporreando el suelo. Los golpes son fuertes, secos, insistentes, como los pasos de mi padre subiendo la escalera aquella noche, se pararon al abrir la puerta.

Por la mirada perdida de mi madre en ese momento, comprendí que debía terminar la cena cantos antes, pero quemaba, quemaba mucho...

Mi padre sostenía el tenedor junto a su boca y mientras soplaba, una lágrima rodó por su mejilla, fue a caer en mi mano. Al sentirla en mi piel, levante la mirada buscándola, queriendo encontrar su dulce sonrisa. Pero no, lo que halle fue un dolor inmenso. Sin poderlo evitar, mis ojos se humedecieron también y rodaron lagrimas que fueron al encuentro de las suyas. Yo no entendía mis sentimientos, pero recuerdo que mi madre se apresuraba para que terminara de cenar. Aunque me quemaba, seguía comiendo todo lo rápido que podía, porque intuía que algo iba a pasar.

Aquella noche no me leyó un cuento. Después de arroparme salió apresuradamente de la habitación y yo me quede vació y triste. Por un rato me entretuve escuchando los golpes que producían los postigos en la ventana, hasta que unas voces familiares me llegaron entrecortadas desde el otro extremo de la casa. Estuve dudando si levantarme o no, pero la curiosidad infantil me hizo salir de la cama de un salto y dirigirme por el pasillo al lugar del que provenían las voces de mis padres. A medida que me acercaba y les podía oír mas claramente, me ponía mas y más nervioso, pues sentía la atención que había en sus palabras. Andaba despacio, sin hacer ruido. Cuando llegue a la puerta de la cocina, este estaba entornada, lo suficiente para poder ver a mi madre de espaldas y a mi padre enfrente de ella. Llegue solo para oír la ultima parte de su conversación, pues en ese preciso momento, mi madre se volvió para no mirarlo, y le dijo:

- Recoge tu ropa y vete. No te quiero ver a mi lado. Tienes que saber que estoy con otro hombre.

Yo no alcanzaba a comprender nada. De repente, mi mundo se paraba en una cocina con muebles de mampostería blanca. Por unos segundos, el único ruido de fondo era el viento silbando. Un escalofrió recorría mi cuerpo.

Podía ver el rostro de mi madre, impávido, con un blanco casi mortecino y el de mi padre, ensombreciéndose hasta casa desaparecer. Decidí marcharme de allí, como había llegado, despacio, sin hacer ruido. Llegue a mi cuarto, esta frió y me tape bien con las mantas. No sabia si llorar o no y mientras lo pensaba, me quede dormido sin quererlo. A la mañana siguiente, mi padre se había ido, y yo no le pregunte a mi madre. ¿Para que?
Después de aquello le vi poco. La vida le fue consumiendo. Y él, tal vez, se dejó consumir.

Mi madre me siguió criando y a decir verdad, nunca me falto de nada. Pero su pelo deja de moverse al compás del viento. Poco a poco se fue tornando gris, hasta que ya no brillo más.

Nunca le pregunto por el otro hombre. Y nunca le vi, o eso creía.
Anas mas tarde, comprendí que si había conocido a ese otro hombre. Era mi padre, un año antes de aquella noche de levante. Mi padre cuando llegaba a casa y me zarandeaba por los aires. Mi padre cuando besaba a mi madre nada mas verla, mi padre cuando me contaba todo lo que había sacado en una tarde del resquicio de la cámara de maquinas.

Mi padre...

- Papa ¿qué té pasa? Te he dicho que el de limón – me regaña mi hijo.

- - si hijo, el de limón – consigo volver en mi.

Thor relame una y otra vez el lato donde un segundo antes estaba la carne. De repente, mueve una oreja y sale corriendo por el pasillo camino de la puerta. Alguien llega.

- ¡Mama! – chilla Mario - ¡mama!

Elena aparece por la puerta de la cocina llena de bolsas de compra y sonriendo con mirada traviesa (la misma que pone Mario) deja las bolsas en el suelo y se quita los zapatos. Parece que la casa se ha iluminado con su presencia.

- Uf, no veas como estaba todo – dice, mientas nos estampa un beso a cada uno –para colmo el levante. Y vosotros ¿qué?

- Nosotros estupendamente cariño – dogo – por cierto ¿te he dicho que te quiero?




 
EL SEGRETO DE ANA


Mi primer día de trabajo fue de lo mas surrealista. Eran las siete y media de la mañana cuando entrada por la puerta de la empresa, un gran vestíbulo de paredes blancas y con el suelo de baldosas negras con tanto brillo que me podía ver él. En el centro del vestíbulo había una mesa redonda con un vigilante al cual me acerque para poder recoger mi identificación.

- Hola buenos días – le dije

- Buenos días – me contesto.

El vigilante un hombre de gran corpulencia, calvo y con cara de buldog. Los botones de la blusa, que hera de color azul al igual que los pantalones, estaban tan tirantes que parecían que en cualquier momento iban a salir disparados como un proyectil.

Una vez recogida mi identificación me dirigí hacia el ascensor, dentro parecía que iba en una nave espacial, todo de aluminio tan brillante que pude retocarme un poco el maquillaje.

Entre en la oficina, toda llena de mesas de aluminio, una delante de la otra y en cada una de ellas una secretaria o secretario. El suelo estaba enmoquetado de color blanco y las paredes pintada de blanco con pintas de color plata. Todo alrededor de la sala estaban las puertas de los despachos de los jefes, estos estaban decorados de distintas maneras al gusto del que lo habitaba. Me dirigí hacia mi mesa, la ultima, y enfrente del despacho del que iba a ser mi jefe. De él, dependíamos tres chicas.

Maria, todo amor. Era madura, de unos cuarenta años, casada y con dos hijos, morena con el pelo rizado y corto y gordita. La expresión de su cara era serena, daba la sensación de tener una gran paz interior, amable y con un tono de voz tan dulce, que desde el primer momento me entraron ganas de abrazarla. En cambio Elena era todo lo contrario. Me miraba despectivamante, siempre con el ceño fruncido, como si estuviera oliendo a pis, tenia un buen cuerpo, joven, de cara asimétrica y con una gran nariz en forma de garra, que parecía un aguilucho.

El jefe me dijo que le hiciera un informe sobre las cuentas del ultimo trimestre. Después de llevar varias horas intentando hacerlo, Ana se me acerco y me dijo que los informes de los últimos meses estaban en el archivo. Los cogí y realice el informe que me costaba bastante.
A media mañana, me fui al Office a tomarme un café con algo, ya que no había salido a desayunar por acabar el informe. Tenia que quedar bien. Al entrar al Office me encontré con Ana y un señor que no conocía, no los pude ver bien, pero creo que les pille en alguna actitud delicada, salí corriendo de allí y mi dirigí a mi mesa. Al rato Ana apareció sobre mi cabeza.

- Yo que tu no levantaría la cabeza de la mesa y recuerda que la que manda soy yo. ¿Entiendes? - y se alejo con una sonrisa, mientras decía:

- Que graciosa es.

Yo me limite a lo mío. Mas bien por el miedo que me entro que por otra cosa.

A ultima hora de la mañana, cuando iba a entregar el informe a mi jefe, Maria me detuvo y me dijo que lo volviera hacer, pero esta vez mirando en su base de datos.

- Porque, ¿qué pasa? – le pregunte extrañada.

- Ana te ha engañado, los archivo que te ha dicho son falsos los ha realizado ella – Maria susurraba mientras me contaba que había visto a Ana cambiando los números para que yo metiera la pata.

Gracias a Maria, volví a rehacer el informe y se lo entregue al jefe al día siguiente, después de haber trabajado durante toda la noche. Esta vez usando los archivo de Maria.

Si no me hubiera avisado a estas alturas estaría despedida o algo peor, ya que las cuentas se las hubiera dada falseadas.

Creo que fue el peor día de mi vida laboral.

Fue cuando pensé en fraguar mi venganza hacia ella.
¿Y si me abuela tuviera razón y tuviera esos poderes?
Ante la duda, me puse a buscar en el libro de las sombras que me dejo. Y encontré un hechizo que me pareció bueno para que “el aguilucho” me dejara en paz. Así que me puse manos a la obra.
Realicé el conjuro y al día siguiente me fui al trabajo y esperé a ver el resultado.

Cuando llegue al trabajo había un gran revuelo, me acerque a Maria, que estaba en la maquina del café que había cerca el ascensor en el pasillo, a preguntar que estaba pasando.

- ¿Qué pasa? – le pregunte

- ¿No te has enterado? – me contesto con voz baja.

- No. – en ese momento se nos acerco otra compañera para contarnos las ultimas noticias.

- ¿No sabéis lo ultimo? Han despedido a Ana. Por lo visto estaba liado con un directivo y anoche la mujer de este les descubrió, y esta mañana la han dado la carta de despido.

- No lo entiendo – dije - ¿cómo la van despedirla por eso? Si hubiera hecho algo en la empresa lo entendería.......

- Es que el directivo es el marido de la hija del director y corren rumores de que esta ha presionado “a papá” para que la despidan.

En ese mismo momento apareció Ana llorando, en el pasillo en donde estábamos, rodeada de todas las chicas de la oficina, con todas sus cosas. Me miro como si yo hubiera avisado a la esposa de su lió. No en balde les había pillado el día anterior.

No sé si tuvo algo que ver aquel pequeño ritual o simplemente fue casualidad. De todas formas en la empresa todas creen que yo tuve algo que ver con que despidieran a Ana. A mí me da igual lo crean o no, la cosa en que me quite a la persona que quería y eso me basta. Aunque no deje los rituales por si acaso. Pero eso, es otra historia.



 
MI CORAZÓN VUELVE A LATIR


A Marina le pesaba aquella carga. Demasiado tiempo mintiendo y escondiendo sus sentimientos. Estos eran los pensamientos que rondaban en su cabeza mientras se dirigía a casa tras un día de trabajo y aburrido.

- Hablaré con él, de hoy no pasa - se decía cada día desde hacía un tiempo.

Después, al encontrarle y sentirlo como siempre cariñoso y amable, no se atrevía. Pero hoy sería distinto, ya no podía seguir engañándolo. Él no merecía su infidelidad y tampoco quería mantener escondido por más tiempo algo que había surgido de manera espontánea. Estaba enamorada de Sixto y él le había pedido mil veces compartir su vida.

Hace una semana le dijo:

– Debes ser sincera con tu marido. Para mi no eres un capricho, te quiero y no puedo compartirte, deseo que vivamos juntos, despertar por las mañanas junto a ti y no tener que escondernos. Al principio esto me parecía bien, pero ya no. Tampoco está bien que mantengas a tu marido engañado de esta manera. No le quieres y tu misma me has dicho que te cuesta mantenerte a su lado. Recapacita… toma valor y cuéntaselo. Después ya sabes que yo estaré esperándote en mi casa, que será la tuya. Es duro y sufrirá, pero también es duro para mi y para ti mantener esta situación… ¿Marina, me escuchas?. Esperaré hasta la próxima semana. Si no te decides, con todo el dolor de mi corazón, dejaré que lo nuestro termine.

- ¡Dios! - pensaba Marina - que complicada es la vida. Me encuentro en medio de dos hombres y no quiero renunciar a ninguno de ellos.

Piensa en como conoció a Sixto y lo que sintió la primera vez que el roce de su mano tocó la suya. Un año, hace casi un año desde que fortuitamente se conocieron.

Su mente retrocede y recuerda…

Había ido al centro de la ciudad a comprar los regalos navideños. Su tacón se enganchó en una rejilla del suelo. Cuando intentaba sacarlo de aquel maldito agujero vio unas piernas junto a ella, levantó la vista y allí estaba él, se reía…

- ¿Te hace gracia?

- Disculpa, pero si, es una situación graciosa

Enfurecida tiró con fuerza del zapato. Allí quedo el tacón clavado y en su mano el resto del calzado.

- Déjeme ayudarte…

Le tendió su mano para que no perdiese el equilibrio. Lo miró y se aferró a ella. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, nunca había senvido nada igual.

Él la acompañó a comprar unos zapatos nuevos y después tomaron un café.

Había comprado unos libros y él se interesó por la clase de lectura que le gustaba. Le explicó cuales eran sus preferencias y le dijo que podía dejarle un libro por el que había mostrado interés.

Se verían la semana siguiente en ese mismo lugar. Pensó no acudir a la cita, pero le atraía el volver a verlo.

Allí estaba esperándola, traía otro libro para ella (un pequeño libro de poemas de Mario Benedetti). En su interior una dedicatoria que decía: Para Marina, la mujer que electrificó mi corazón con el roce de su mano. Marina se sonrojó y sonrió.

Así empezó una bella amistad y un amor que dura hasta hoy. Un amor al que si no ponía remedio terminaría dos días mas tarde.
Marina abrió la puerta de su casa. Fue directamente a la cocina. Él no estaba, no se oía ningún ruido. Se preparó un café y se dirigió al salón. Lo esperaría sentada y cuando llegase le contaría toda la verdad. Después tomaría algo de ropa en una maleta y se marcharía.
Su taza cayó estrepitosamente al suelo. Allí, inerte sobre el sofá, estaba su cuerpo sin vida.

 
LAS LEYENDAS DE LA VILLA Y CORTE


Hoy en el dia de la Comunidad de Madrid, os escribo unas leyendas que corren en nuestra ciudad. Espero que os gusten.

Cuenta la leyenda que detrás del edificio del Ayuntamiento, en la calle del Sacramento, existía un vetusto caserón que, en tiempos debió ser bello, pero que el paso de los años dejaron su huella en él. Allí vivía una anciana cuya única compañía se la proporcionaban los numerosos gatos abandonados que ella iba recogiendo de la calle. La anciana alimentaba y cuidaba a los felinos con cariño, con ternura, con amor. Les susurraba cariñosas palabras mientras los animalillos ronroneaban frotándose contra sus piernas. Les llamaba a cada uno por sus nombres: "Poncho", "Peleón", "Canela", "Blanquita", "Revoltoso", todos eran diferentes entre sí y ella los distinguía perfectamente. Y así, año tras año, la anciana recibía el cariño y la compañía de los felinos. El edificio pasó a ser conocido entre los madrileños como la "casa de los gatos" aunque ha tenido otros nombres. Llegado el día, Dios, se apiadó de la anciana y la llamó a su lado. Nadie la echó en falta. Nadie llamó a la puerta a ver cómo se encontraba. Tan sólo sus gatos la echaron de menos. Ellos se encontraron solos de la noche a la mañana, sin que nadie les alimentara a diario, sin que nadie les acariciara, sin que nadie les cepillara, sin que nadie les susurrara cariñosas palabras. La leyenda podría terminar contándonos que los gatos abandonaron la casa que durante años había sido su hogar pero, desgraciadamente, termina con un macabro suceso: los felinos, hambrientos, después de varios días de no tener que echarse a la boca, se comieron a su venerable benefactora. Mas, lo que no cuenta la leyenda, es que desde entonces, la anciana, cada noche, sale por las calles de la Villa y Corte a dar de comer a todos los gatos de la ciudad, porque no en vano, los madrileños somos conocidos por los "gatos", siendo Gato, un apellido de rancio abolengo del antiguo Madrid junto con los Vargas, los Luzones y los Lujanes.

¿quien nos puede asegurar que esa anciana que vimos una noche no era aquélla que desde tiempo inmemorial recorre las calles del viejo Madrid cada noche para alimentar a todos los gatos que encuentra a su paso?

Es conocida como la leyenda de la casa de los gatos. Pero no es la única leyenda de esta casa.

Sus paredes guardaron silenciosamente durante siglos otras dos leyendas más.

Una de ellas cuenta que cuando Madrid estaba en manos árabes, un caballero cristiano se enamoró de una bella musulmana que estaba casada y se había convertido al cristianismo. Ambos guardaban su amor en secreto. Pero un día, el marido de la dama pilló in fraganti a su mujer con el caballero. El musulmán mató al cristiano y lo enterró en la azotea de la casa para que no fuera descubierto su delito. La mujer, desconsolada, puso una cruz en la azotea en su recuerdo. Por eso la casa también era conocida como la casa de la cruz de palo y la leyenda tiene este mismo nombre. La cruz de palo aún podía verse hasta hace pocos años reflejando su sombra en la casa de enfrente cada atardecer.

La otra leyenda cuenta que en el siglo XVII, un guardia de Los REALES GUARDIAS DE CORPS pasó por delante de esa casa y vio a una hermosa mujer que le llamaba desde el balcón del primer piso.

Don Juan de Echenique, que este era su nombre, tenía que ir a Palacio a hacer el cambio de guardia pero se sintió atraído por la bella mujer y subió a su casa. Al cabo del tiempo oyó que un cercano reloj daba las horas: ¡dong!... ¡dong!... ¡dong!... y salió precipitadamente a Palacio para intentar cumplir la guardia. Cuando llevaba recorrido parte del camino se dio cuenta que se había olvidado el sable y volvió a recogerlo. Entonces vio que la casa donde él había estado minutos antes tenía aspecto de llevar muchos años cerrada y abandonada. Preguntó a un hombre que pasaba por allí por la hermosa mujer y el hombre le contestó que había muerto hacía muchos años y que desde entonces la casa permanecía cerrada y abandonada. Don Juan de Echenique empujó la puerta y subió las escaleras a toda velocidad. Encontró su sable sobre una desvencijada cama llena de telas de araña. Salió de allí asustado y entró en la cercana iglesia de San Justo. Se arrodilló ante un Cristo Crucificado y pidió humildemente perdón. Antes de salir de la iglesia depositó el sable a los pies del Cristo. La leyenda termina diciendo que don Juan de Echenique tomó los hábitos en un cercano convento.

El Cristo pasó a ser conocido desde entonces como el Cristo de los Guardias de Corps y el día de la fiesta de éstos lo sacaban en procesión.

Desgraciadamente el Cristo desapareció junto con la iglesia en 1935, en un incendio provocado, pocos meses antes de estallar la guerra civil. Y la casa fue derribada por ruinosa a comienzos de los años setenta del presente siglo. En su lugar, el Ayuntamiento ha construido un aparcamiento subterráneo y en la superficie una fuente con cascada donde las numerosas palomas de la Villa y Corte acuden a saciar su sed y a atusarse las plumas.