capitulo 9: La chica que hacia el amor como con un camello

barrio La Candelaria en Bogota
El transporte que los lleva de la frontera de Rumichaca en Ecuador al primer poblado Ecuatoriano llamado Tulcán, les cobra setenta y cinco centavos de dólar por veinte minutos de camino, ahí toman el bus que los lleva a Quito en cinco horas por cuatro dólares.
Llegan en la noche a la capital, son las once, es demasiado tarde para llamar al Mago Roldan, comienzan a barajar las posibilidades sentados en el terminal, sienten que deben tomar una decisión rápida ya que el ambiente a su alrededor no es el mas propicio para mantenerse en el por mucho tiempo, caminan hacia un hotel ubicado a una cuadra saliendo del sitio de llegada de los buses, les cobran doce dólares por cada uno, la noche, es demasiado para ellos, alguien nota que no van a quedarse y los invita a conocer otro hotel a unas cuatro cuadras de ahí, ellos deciden seguirlo cuando les dice que en ese otro hotel les cobraran tres dólares a cada uno.
El joven los interna en un callejón oscuro cruzando por debajo de un puente y de inmediato presienten que los van a robar, los sentidos de Manuel y Montaño se colocan en alerta y olvidan del todo el cansancio que llevan encima por el viaje y el peso de las maletas, cruzan una esquina donde tres prostitutas los miran con sevicia, ellos las ignoran y toman la actitud que se toma cuando se ha vivido en un barrio como el San Rafael. Por fin llegan a un hotel semiclandestino y cuando les abren la puerta, internamente resulta que el lugar es extremadamente bonito, eso los alivia y paso seguido piden un cuarto con dos camas, descargan el equipaje y salen a buscar algo de comida, con mas confianza que antes pero sin dejar de prevenirse como se hace en su barrio de origen, todo se va dando para que regresen al terminal donde entran a un mal asadero y comen pollo de no muy buen aspecto, Manuel se entristece de la pobreza que se ve en el sitio, muchas personas duermen por ahí botados en cualquier rincón, los vigilantes a leguas muestran que lo les gusta su trabajo. En general huele a orín y a excremento todo el terminal, un señor de rostro desfigurado canta boleros en un estado de total embriaguez mientras ellos comen, al terminar el pollo regresan al hotel con la suficiente energía para una charla muy corta, desvestirse y meterse en sus camas a intentan conciliar el sueño con los gritos de una chica que al lado gime como si estuviera haciendo el amor con un camello.





