capitulo 7: Pasto

Pasto
Llegaron al otro día, pasadas las seis de la tarde a Pasto, agotados por las veintiuna horas que dura el viaje, habían conseguido que los llevaran por sesenta y cinco mil pesos, pero el bus resulto que no era
Muy bueno.
Ocho veces paro en el camino y en cada una de ellas, Manuel descendió a comer algo, Montaño asombrosamente había dormido todo el viaje.
Decidieron quedarse esa noche en la ciudad y atravesar al día siguiente la frontera, existía el miedo que les pidieran el pasado judicial, un documento que denunciaba a quienes tenían lío s con la justicia y al cual no le prestaron mucha importancia, después habrían de pagar caro su descuido.
Montaño llamo un par de amigos actores y ellos gustosos se mostraron en recibirlos.
Cargados de morrales, tambores, colchonetas, carpas, sleeping, cámara de video, maletas auxiliares, ropa, implementos de aseo, zapatos y libros, llegaron a la casa de Juan Campos y Adela, él era músico a parte de ser actor y desde la ultima vez que se vieron con Montaño, venia perfeccionando su invento: un hermoso instrumento de cuerdas, mezcla entre charango y tiple sobre una base de totumo natural que al tocarlo producía melodías andinas y orientales en una suave y exquisita armonía que lograba sin mayor esfuerzo tocar el espíritu. Disfrutaron todos una buena parte de tiempo, la manera como Juan tocaba el precioso artefacto que le había sacado cuatro años perfeccionar.
Tomaron café, hablaron de teatro, amigos en común, el motivo por el cual habían decidido ir hacia el sur y como estaban las cosas en Pasto, la charla los revitalizo lo suficiente como para ir a caminar al rato que se descolgaba la noche, la brisa les exigía ir bien arropados pero la oscuridad de las montañas los seducía a dejarse llevar por una especie de paz que les alegraba poco a poco. Se tomaron una cerveza en cualquier lugar y regresaron luego de dos horas, Adela les había acondicionado un cuarto en el tercer piso de su casa.
A la mañana siguiente se levantaron pasadas las diez, desayunaron afuera en ausencia de sus anfitriones quienes habían salido a trabajar, fueron a Internet, admiraron la belleza del volcán Arenas y no fue sino hasta las cuatro de la tarde que tomaron rumbo hacia la frontera, no sin antes despedirse de Juan y Adela.
En un correo electrónico el Mago Roldan les daba la bienvenida a su casa en Quito





