capitulo 28: La lechita helada

Cotopaxi Ecuador
Tres meses después de que Montaño hubiera terminado con Malena y Manuel se hubiera acoplado un poco, apareció Ramiro, se conocieron una tarde en una esquina de la ciudad cuando este los vio y reconoció de inmediato a Montaño, porque en años anteriores lo había visto actuar en un festival de teatro en Bogotá, Ramiro no llevaba mas de una semana en Quito y se estaba muriendo de tedio porque hasta el momento no conocía a nadie, cuando vio pasar a Montaño no dudo en irse a hablarle y de inmediato se les unió a sus correrías, le dio felicidad el poder compartir con gente de su propia ciudad y cuando conoció al resto de Babilónicos, la vida se le lleno de motivos, el era diseñador grafico, había salido de Bogotá como tantos otros: en busca de nuevas oportunidades, pero nunca se imaginaria que conocer a los dos viajeros le cambiaria su vida drásticamente en un futuro muy cercano.
Ramiro era mas bien tranquilo, gracioso y caricaturesco por su manera de caminar, lo llamaron el Chipote Bolaños y se convirtió dentro del grupo en el encargado de hacer los momentos eternos editando las fotos que se tomaban de cualquier cámara, Ramiro no dudo en hacerse rastas, con lo que hizo que ya fueran cuatro los de pelo jamaiquino dentro del grupo.
El llegó en el mejor momento de los Babilónicos, cuando algunos ya se habían ido e iban quedando los que no estaban tan de paso por el mundo, así fue que se unió a las comilonas, las tardes de tertulia, los paseos a otros pueblos y las noches de farra en el nuevo bar que ahora les llamaba mas la atención que el Sasha: El Huaina, ahí cada noche de martes a sábado se servían cócteles a dólar con los que no bastaba sino tres para ir gateando a casa, el show de la noche corría a cargo de un mechudo drogo de pelo largo que tocaba canciones de rock latino con una voz destemplada y una guitarra de palo.
Fueron varias las veces en que Montaño y Manuel tuvieron que turnarse a hombro al Chipote Bolaños pues este en medio de su éxtasis de fiesta y alegría no se media en la tomata y terminaba tan mal que no podía dar un paso sin ayuda, al día siguiente se levantaba como si nada a tomarse la lechita helada que sagradamente guardaba en la nevera donde vivía y la que según el, era bendita para los cólicos producidos por el fríjol recalentado y para aplacar los tragos tomados sin medida, nunca Manuel había escuchado tan extraña teoría que al Chipote le funcionaba muy bien y la única vez que intento comprobar su veracidad duro una semana con diarrea crónica y jurando nunca mas aceptar remedio casero que no fuera recetado por mamá Jacinta o su abuela.
Otra de las costumbres extrañas del Chipote era cantar dormido y maullar, lo segundo lo explicaba diciendo que su animal preferido eran los gatos, pero sobre lo primero no tenia explicación alguna.
Así pues pasaron los meses, se fueron haciendo un solo circulo y aceptando la vida en el Ecuador con la intensidad de quien sabe que en cualquier momento se va a ir, el Chipote trabajaba haciendo diseños en una agencia publicitaria, Manuel vendiendo vitrales y haciendo talleres esporádicos de cine y Montaño de sus libros y de algunas clases que pudo hacer en teatros, hasta cuando le llegó una de las mejores oportunidades de su vida artística.
capitulo 27: Echar raiz

Montañita
A pesar de que la vida para Montaño era cada vez mas armónica, sus nostalgias interiores no le dejaban nunca de aparecer cuando sentía que era un barco solitario en medio del profundo océano, no era viejo pero no podía evitar pensarse de esa forma, en especial cuando hacia el ejercicio de observarse en una cronología de experiencias pasadas y de vivencias con amigos que iban quedando en algún capitulo anterior de su vida, los recordaba a todos, tenia una memoria prodigiosa para rememorar el tono de su voz, su rostro y la manera como se movían o se expresaban, eso era lo que tal vez, no le permitía olvidarlos por completo pero desde que había decidido convertirse en juglar eran pocos los que tenían un contacto permanente con el, su vida andariega de años lo fue convirtiendo en un espíritu errante entre sus cercanos e incluso también entre sus familiares.
Montaño pensaba en eso y en solitario cuando lo agarro la nostalgia porque sabia que de igual forma ocurriria con las personas que ahora estaban con el, así ocurriría con El mago Roldan y Lucrecia, así ocurriría con los Babilónicos y así ocurriría con Malena a quien quería mas que a nada, en este ciclo de su vida que bien sabia no duraría demasiado, eso lo entristecía y lo cuestionaba.
Por ratos deseaba decirse que ya era hora de parar, de quedarse en un lugar, y echar raíz, pero algo dentro lo empujaba a ser un espíritu libre, y un indicador de eso era la imagen de caracol que ahora percibía en su sombra cuando llevaba su morral a cuestas, un caracol con un par de libros, unos cuantos cuadernos escritos, ropa y fotografías, junto con su tambor.
Malena comenzó a sentir la sensación de que Montaño se iría y no pudo evitar odiarlo por eso, a pesar de que no era un secreto que el la quería sinceramente.
Ella se había entregado a el y por eso le costaba entender que Montaño era un viajante que necesitaba del movimiento para poder sentirse vivo, así, cuando vinieron los conflictos entre ambos, cuando las circunstancias les pedía mas de lo que el daba, decidió que era hora de partir y así lo hizo, dejando una vez mas el calor del asentamiento y haciéndose como siempre, un ser en solitario a quien la mudez del silencio le daba tristeza.
vago durante varios días por Quito sin querer hablar, quería ver a Manuel pero este andaba por la selva metido en un ritual indígena buscándose de manera sagrada en sus delirios, tomó la decisión de vender varios ejemplares de su libro e irse para la playa a vagar la tristeza anclada en lo profundo del océano que era su vida.
Mientras pensaba en sus nostalgia y en Malena.





