capitulo 26: Diario de Manuel por ERIKA ARCON MAZZILLI (Bogota Colombia)

Lilith
Pintura de Erika Buttner
Escribir en la página del diario de un viajero, con la cortina cerrada, en mis cuatro metros cuadrados de cuarto, bajo la mirada protectora de mi pared fucsia, me parece un atrevimiento. Ponerme en los zapatos de este que ha caminado tanto, que horror que un momento de estupidez se me ocurriera pasarles un trapito. Pero la tentación me gana, aqui está el cuadernito, en la tapa dice cien hojas, lo abro en cualquier parte, pagina 764, tenia la letra chiquita ese día el viajero, tal vez escribía un secreto, cada tres o cuatro lineas , las palabras están corridas, y ahí donde las letras huyen, un círculo perfecto en el que el papel está arrugado y un poco inflado, no me atrevo a leer, con que derecho una cobarde claustrofilica va meter las narices en las lágrimas de un hombre que no le tiene miedo a la distancia.
Por fin me decido, abro el cuaderno en la primera hoja en blanco, pongo los dedos sobre las letras, el teclado es frio y cuadriculado como yo, imagino que Manuel tiene un lápiz de siete centimetros con la punta desgastada, un lápiz amarillo de mina negra que a vivido tanto como él, se sorprenderá, de ver una Times New Roman atravesada en su historia.
Manuel está sentado en una carretera oscura, los carros pasan y dejan gotitas de la calle en su cara, tiene las orejas y la punta de la nariz heladas y un destino desconocido ardiendole en los pies, ha decido tomar un descanso corto, cierra los ojos por un segundo, depronto llega a él, el olor de esas sopitas que preparaba la mamá de su amigo Montaño en Bogotá, el hambre hace que la nostalgia se le pegue en el estómago, pero la nostalgia y los buenos recuerdos en hombres como Manuel, no producen un efecto normal, él sabe que siempre estarán ahí, que le cabrán en cualquier maleta, pero no le quitan espacio a lo que está por pasar, a lo que falta por conocer , él sabe que algún día llegará a un lugar en el que su cuerpo se acomodará tan bien que no volverá a moverse de ahí, pero sabe que ese lugar está lejos, muy muy lejos y eso lo llena de fuerza , tanto que se levanta de la carretera, se cuelga otra vez su morral y retoma el camino, “si ese lugar existe, si el lugar del que nunca voy a querer irme existe, espero que parezca una tumba, porque mientras esté vivo, quiero andar y andar, regresar claro, de vez en cuando, pero siempre volver a andar”, piensa Manuel mientras el camino se le mete en la suela de los zapatos .

Cuando los primeros rayos del sol empiezan a tragarse la noche, salen de la nada unas casitas, de esas de pueblo que parecen haber surgido de la cabeza de un pintor amante de lo simple y en las puertas de las casas gente que inconsientemente con su ropa llena de texturas y de colores valientes, le da vida a la obra de este artista secreto. Manuel se sienta en una banquita de madera, en la terraza de una tienda, pide un café, se pasa la manos por la cara, como para quitarse un poquito de la noche que se le ha quedado pegada en el rostro, se organiza el pelo, aunque sabe que es un acto absolutamente simbólico, sonríe de pensar lo que diría su mamá de este sistema de baño, pero se le borra la sonrisa rápidamente, queda boquiabierto cuando una niña morena, de pelo negro trenzado, de curvas contundentes y ojos enormes, le pone el tintico en la mesa con una sonrrisota que Dios mio!, anoche pensaba que el único lugar en el que le gustaría quedarse largo tiempo era su tumba, pero los ojos de esta niña ponían a dudar a cualquiera, intentó responder a su sonrisa pero la bocota seguía abierta de par en par , los dos ojotes y sus curvas entraron a la tienda y Manuel se quemó la lengua .
El café caliente le despertó la cabeza, se le ocurrió un escena para un cortometraje que venía dándole vueltas desde hace rato, abrió su morral para buscar el diario en el anotaba todo, “que raro, siempre lo dejo encimita”, pensó, y empezó a sacar una por una las cosas que llevaba, pero nada, en uno de los bolsillos, encontró un papel con una nota:
Manuel, a mí me da escalofrio cuando veo esas banderas de Colombia a las que por la lluvia el azul se les vuelve morado, eso debe parecer una estupidez para usted que sabe lo que es pasar una frontera, tambien me pasa que me siento absolutamente desamparada cuando debo esperar sola un bus, me da pánico salir de mi casa cuando aparecen esos cucarrones que salen despues de la lluvia, me gusta caminar, pero de dia y por calles que parezcan muy seguras, miro para los dos lados antes de pasar las avenidas,

aunque el semaforo este rojo, llevo chaqueta aunque el dia este soleado, a veces si ha llovido mucho, prefiero no salir para que no se me embarren los zapatos, le cuento esto, sin saber si le daré risa o lástima, se lo cuento para explicarle que ayer robé su diario, creí haber perdido las llaves de mi casa y me asusté , entonces agarré su cuaderno por si necesitaba aprender a irme , a despegarme, pero ya las encontré , las llaves , no fui capaz de leer sus relatos, no sé si por miedo o por respeto, hoy mismo se lo haré llegar, escribí algo en su primera hoja en blanco, no me arranque , talvez usted me pueda llevar alguna parte.





