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De especies, adobos y aliños
Personalmente me encantan los aliños y todo lo que sirva para ensalzar o añadir sabores y olores a los platos. Y eso de aliñar tiene su ciencia...

Yo, por ejemplo, sigo un rito a la hora de aliñar las ensaladas, sigo un orden estricto: primero la sal, a continuación el aceite y por último el vinagre.

Todo en su justa medida, eso es cierto, pero si me dan a elegir, aliñado por favor, gracias.

Sin embargo en el día a día no me ocurre lo mismo, es más, encontrarme “aliños” incluidos no me gusta nada. Y es que a veces, por más adobos que le mezcles con la carne, si no está en buenas condiciones, no hay especie que lo disimule.
 
Le Papillon
Como ya es habitual, de vez en cuando me doy una vuelta (cada vez más a menudo, la verdad) por el mundo animado, donde muchas veces encuentras imágenes mucho más bonitas que en este.

El enlace que traigo es un claro ejemplo. Se trata de un cortometraje titulado "Le Papillon" realizado por Antoine Antin y Jenny Rakotomamonjy para Bilbo Films.

No lo he colgado directamente porque pesa demasiado, pero aconsejo hacerle una visita, y de paso, dejarse caer por la sección Films de su web, donde se puede ver otras realizaciones, como por ejemplo "Mesieur Carré" dedicada a todos aquellos Mesieurs Carrés (cuadrados en un mundo redondo) pequeños y mayores.

 
De preguntas con respuesta
- ¿Me quieres? - preguntó ella.
- Síiiiiii - contestó él con tono hastiado - ¿acaso no lo sabes?
- Sí - afirmó ella.
- Entonces, ¿para qué preguntas...?

Al cabo de un minuto:

- ¿Me quieres? - preguntó él.
- No - contestó rotundamente ella - ¿y es que acaso no lo sabes?
- Pues no... - repuso atónito él.
- Entonces has hecho bien en preguntar.
 
La encantadora de serpientes
Hace unos meses estuve de viaje en México y aproveché la ocasión para conocer el trabajo que un amigo y su asociación llevaban a cabo en las comunidades indígenas de la península de Yucatán.

Nos quedamos unos días en una aldea reuniéndonos con los diferentes grupos de trabajo, comentando distintas iniciativas y proponiendo otras que se habían desarrollado con éxito en otras comunidades; por la noche, nos contaban largos cuentos tradicionales, compartiendo las historias de sus abuelos y de los abuelos de sus abuelos. A veces, entre historia e historia, se hacía el silencio. Un silencio del que todos participábamos pero de forma voluntaria, sin incomodidades y con toda la naturalidad del mundo. No siempre la importancia está en lo que se dice. Era curioso escuchar el cambio que se producía en el bosque al ponerse el sol, los sonidos del día dejaban paso a los de la noche, acentuados por la falta de luz.

La última noche de estancia en la aldea, me desperté sobresaltado sin saber muy bien qué había interrumpido mi sueño. Tras despejarme un poco lavándome la cara, me di cuenta de cual había sido la razón. La noche estaba en silencio total, no se oía ningún animal, sólo el sonido de las hojas y el viento.

Salí de la cabaña y me dirigí al centro de la aldea, no se veía ni una sola luz dentro de las cabañas ni en los alrededores; mi camino lo alumbraba la luna, una inmensa luna llena que reinaba solitaria en el cielo. De pronto, comencé a escucharlo, primero muy tenue, en la lejanía, como apareciendo en mitad del horizonte verde una ligera melodía. Al principio pensé que sería el canto de un pájaro, pero pronto descarté la idea; esa riqueza de matices no podía pertenecer a un ave por muy exótica que fuera.

Comencé a andar hacia el bosque como hipnotizado, la música me embargaba y simplemente deseaba seguir su rastro hasta dar con el origen. Tan absorto me encontraba, que no me percaté de los ofidios que pasaban a ras de suelo junto a mí siguiendo el mismo rastro melódico que yo.

La música se fue haciendo cada vez más nítida, al igual que mi visión en la oscuridad, llegando a vislumbrar las figuras alargadas que pasaban de árbol en árbol dirigiéndose hacia un enorme claro en la selva.

Llegué por fin al límite de la espesura y al otro lado del claro acerté a ver una figura femenina de la que procedía la música. Tocaba una flauta y tenía una gran serpiente colgada de los hombros. Iba completamente desnuda salvo por un tocado vegetal en la cabeza. Una gran masa de ofidios se acercaba a ella moviéndose al son de la música y ella, por sorprendente que parezca, parecía complacida, andando entre ellos sin ningún temor, jugueteando con las serpientes más pequeñas. Al rato, la música y aquella misteriosa mujer se fueron alejando y difuminando entre la arboleda, llevándose tras de sí todo un río de sierpes.

No sé cuanto tiempo pasó, sólo sé que al alba me encontré solo en mitad del bosque y realmente cansado. Al llegar a la aldea, nadie se sorprendió de escapada nocturna, y al narrar lo sucedido a los viejos del lugar, me explicaron que la mujer que había visto era la encantadora de serpientes y que al fin de cada estación lluviosa, se pasea por el valle para reunir y recoger a todas las serpientes, alejándolas de las aldeas e internándose en la selva.

P.D. El cuadro se titula "La encantadora de serpientes" de Henri Rousseau
 
El de la vista aguda - Draco
Se volvió a recostar, las águilas y los buitres le relevarían. Hace varios lustros habían sellado un pacto: ellos vigilarían durante el día y él sobrevolaría el valle al caer la noche.

Con las primeras luces sus ojos se cerrarían y su piel volvería a tener esa textura pétrea; por algo los habitantes de la comarca conocían aquella gran peña perfilada como "el dragón durmiente".
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