Grease: Rock'n Roll never dies!
Hoy, por enésima vez, han vuelto a poner en televisión Grease. Y yo, por enésima vez, he visto Grease. Siempre caigo, es irresistible para mí: la música, la estética, el lenguaje soez, la historia, todo me atrae. Me sé diálogos de memoria, canto las canciones a voz en grito –un pequeño detalle que me hace muy impopular entre los que están alrededor– y, si nadie mira, bailo. Pero lo mejor de la peli, sin duda, son sus actores adolescentes. Creo que Olivia Newton-John tenía cerca de la treintena cuando le ofrecieron el papel y John Travolta ya no cumplía los 25. Y, aún así, todo encaja una vez que se pone uno a ver la película: te dejas llevar y te crees lo que te echen. Será que se produce eso que mi profe de literatura inglesa en la universidad llamaba “suspension of disbelief” (suspensión del descreimiento): el lector se deja engatusar por el escritor, se mete en la historia y, durante la lectura, acepta como cierto todo lo que aquél le presenta. Vamos, que esto aplicado al cine explica porqué no gritamos “¡es mentira, eso es imposible!” al ver volar a Superman o no nos partimos de risa cuando Woody Allen hace de galán en muchos de sus largometrajes y siempre se lleva a la chica –por cierto, eso sí que es ciencia-ficción y no lo de volar–.
Sin embargo, desde mi punto de vista docente, es muy poco probable encontrarse chicos y chicas así en un instituto español. Es curioso, porque los alumnos de 1º y 2º de la ESO (entre los 12 y los 14 años) cada vez maduran antes, pero los de 2º de Bachillerato (de 18, preuniversitarios) me parecen terriblemente inmaduros e infantiles. A veces les tienes que llamar la atención porque se comportan como críos, hablando sin parar en el aula, tirándose papeles por los pasillos, etc. En su descargo diré que esa inmadurez es un mal propio de la sociedad moderna, por lo menos en España, creo yo. Los treintañeros se comportan como adolescentes y los cuarentones son unos alocados que intentan aparentar veinte. El otro día leí un anuncio en la sección de contactos de un periódico –os recomiendo la lectura, te ríes mucho– en el que “una chica de 49 años” buscaba pareja. ¡Vamos, hombre, que “chica” y “49” son términos antitéticos, imposibles de combinar!
Así que, puestos a elegir inmaduros, prefiero enseñar a los pequeñines. Este año dí clase por primera vez a los de 1º ESO y fue una experiencia estupenda. ¡Qué entusiasmo y ganas de aprender! Y que cariño cogen a los profesores, yo diría que nos respetan de verdad. También son muy exigentes, ya que tienes que proporcionarles actividades muy variadas cada poco, porque las “devoran.” Y, si te enfadas en serio con ellos, alguno hasta hace pucheros y parece que se le va a escapar una lágrima. Esto me pasó con el pobre Diego y casi le tengo que abrazar para que no llorara. ¡Ay, el instito maternal, que me trae a mal traer!
Sin embargo, desde mi punto de vista docente, es muy poco probable encontrarse chicos y chicas así en un instituto español. Es curioso, porque los alumnos de 1º y 2º de la ESO (entre los 12 y los 14 años) cada vez maduran antes, pero los de 2º de Bachillerato (de 18, preuniversitarios) me parecen terriblemente inmaduros e infantiles. A veces les tienes que llamar la atención porque se comportan como críos, hablando sin parar en el aula, tirándose papeles por los pasillos, etc. En su descargo diré que esa inmadurez es un mal propio de la sociedad moderna, por lo menos en España, creo yo. Los treintañeros se comportan como adolescentes y los cuarentones son unos alocados que intentan aparentar veinte. El otro día leí un anuncio en la sección de contactos de un periódico –os recomiendo la lectura, te ríes mucho– en el que “una chica de 49 años” buscaba pareja. ¡Vamos, hombre, que “chica” y “49” son términos antitéticos, imposibles de combinar!
Así que, puestos a elegir inmaduros, prefiero enseñar a los pequeñines. Este año dí clase por primera vez a los de 1º ESO y fue una experiencia estupenda. ¡Qué entusiasmo y ganas de aprender! Y que cariño cogen a los profesores, yo diría que nos respetan de verdad. También son muy exigentes, ya que tienes que proporcionarles actividades muy variadas cada poco, porque las “devoran.” Y, si te enfadas en serio con ellos, alguno hasta hace pucheros y parece que se le va a escapar una lágrima. Esto me pasó con el pobre Diego y casi le tengo que abrazar para que no llorara. ¡Ay, el instito maternal, que me trae a mal traer!
Comentario:
¿Parezco tan vieja? Es que lo de "varias generaciones" me ha sonado muy mal, Lizard. De todos modos, a todos nos gusta creernos mejores de lo que somos. Seguro que yo, de adolescente, era tan patética como ellos. Ya decía Séneca (creo): "los jóvenes no respetan a sus mayores" Mira lo que llovió desde aquello y seguimos igual. Es ley de vida. Un saludo.
Comentario:
Ah, la adolescencia, pobre tesoro. Sus ademanes e incontinencias me producen espasmos. Los veo y, en medio de la vergüenza ajena que me producen, pienso en si yo era realmente tan patético como ellos ligando, comiendo, leyendo, riendo... Y pienso que no, que de alguna manera las generaciones involucionan. Me interesa tu opinión como profesora. No sé cuántos años llevarás en esto, pero seguro que has visto varias generaciones.
Un saludo
Un saludo
Comentario:
Hey, que decirte de Grease a este lado del charco? Pues que aqui si que hay grupos de nignas que visten entero de rosa y dicen las mismas gilipolleces. No te parece demencial? A mi me resulta duro resistirme a la realidad. Ahora, por ejemplo, me pinto las ugnas y a veces digo cosas que nunca hubiera creido que dijera. En fin, la vida, ein?





