¡Pero que chispa!
- A ver, Manolo, -digo en un intento conciliador, después de que el interfecto haya leído un párrafo con la entonación y pronunciación de un gato al que pisan la cola- que no te he pedido que te nacionalices británico, porras. Sólo digo que lo puedes hacer mucho mejor. Vamos, que he oído arañazos de la tiza en la pizarra que parecen hablantes nativos a tu lado.
- Profe, no se pase, que me ofende. ¡Qué esto es muy difícil!
- ¡Ay, si Shakespeare levantara la cabeza!
- ¡Uy, se daría con la tapa del ataúd! -responde Manolo.
Risotada general. Me arruina la clase. Me está bien empleado.
- Profe, no se pase, que me ofende. ¡Qué esto es muy difícil!
- ¡Ay, si Shakespeare levantara la cabeza!
- ¡Uy, se daría con la tapa del ataúd! -responde Manolo.
Risotada general. Me arruina la clase. Me está bien empleado.
Un día cualquiera
Nada nuevo en los pasillos. Voces, barullo, carreras. Me dirijo al aula con mi cassette en la mano izquierda y mis libros en la derecha. “¡Lo vendo barato, oiga!”, me digo. Venzo la tentación de ponerme el cassette encima del hombro, cual rapero americano, ya hago bastante el ridículo. No sea que me pierdan el respeto. Esto del respeto se merece una reflexión que haré en cuanto llegue a casa.
Camino de mi mesa, los alumnos me abren paso con desgana. Algo en su interior les dice que hay que regresar a la mesa, pero no creo que sean conscientes de su comportamiento. “El homo-alumnis advierte la presencia del homo-docentis y, sin mirarse apenas, ambas especies se alejan la una de la otra, buscando la primera la seguridad en el grupo. Gregarios, los alumnis se refugian en la manada-familia, mientras que el docentis, parapetándose tras sus instrumentos de guerra, intenta demostrar un valor del que carece.”
Comienzo la clase. Improviso, pero no se nota. Los años de experiencia. Mañana mismo me reviso los contenidos del libro. Sigo explicando, parece que me entienden, o eso creo yo. Me sale el chiste fácil (¡no, calla, que te pierdes!), ¡mierda!, ya se me escapó. “Callaos, please silence”. Mañana, no, mejor, ahora mismo, empezaré a ser seria. Pero es que desde la segunda fila me mira Jonathan. ¡Dios, qué cruz! Jamás me he encontrado un Jonathan bueno. Será algo que va en el nombre, pero es que el pobre tiene un intelecto comparable al de una pala, pero mucha menos capacidad de trabajo. Me mira, creo, como quien oye llover, sin verme, sin realmente notar mi presencia, sin alterar su gesto. He visto maniquíes con más expresividad. Nos dejamos en paz mutuamente.
La clase sigue su curso. Bla, bla, bla, cállate Julio, no molestes, bla, bla, bla, ¿quieres dejar de pasar hojas de una ... (no lo digo) vez, Esther?, bla, bla, y hacéis los ejercicios de la página 22. Los hacen y los corregimos. Me salva la campana. “See you tomorrow!” ¡Qué alivio!
Repito proceso de carga y descarga de material en la sala de profesores. Estibadores del puerto, ¡uníos! Cambio de libro, saludo a compañeros, hablamos de fútbol o de famosos, como gente culta que somos, nos confortamos en el dolor y nos damos ánimo:
- ¡Sólo quedan dos horitas de nada! -dice Marijose
- Será para ti, guapa, que a mí las clases con 3º B me duran el doble.
- Deja de quejarte, que ya quisiera yo entrar tarde como entras tú -me apuñala la susodicha.
Hago mutis por el foro con la excusa de que llego tarde y me arrastro a la nueva clase. Más de lo mismo, pero sin Jonathan. Aquí “disfruto” de la grata compañía del “espídico” de Raúl. Merece capítulo aparte.
Ya estoy en casa. Dispuesta a hacer la reflexión esa, resulta que el hambre me puede y me lanzo cual Carpanta sobre el corrusco de pan que, resulta, cada día es más grande. “Pero si yo no como pan”, me digo. No, ya, no comes pan. Bueno, como decía Escarlata O’Hara, ya pensaré en esto mañana.
Camino de mi mesa, los alumnos me abren paso con desgana. Algo en su interior les dice que hay que regresar a la mesa, pero no creo que sean conscientes de su comportamiento. “El homo-alumnis advierte la presencia del homo-docentis y, sin mirarse apenas, ambas especies se alejan la una de la otra, buscando la primera la seguridad en el grupo. Gregarios, los alumnis se refugian en la manada-familia, mientras que el docentis, parapetándose tras sus instrumentos de guerra, intenta demostrar un valor del que carece.”
Comienzo la clase. Improviso, pero no se nota. Los años de experiencia. Mañana mismo me reviso los contenidos del libro. Sigo explicando, parece que me entienden, o eso creo yo. Me sale el chiste fácil (¡no, calla, que te pierdes!), ¡mierda!, ya se me escapó. “Callaos, please silence”. Mañana, no, mejor, ahora mismo, empezaré a ser seria. Pero es que desde la segunda fila me mira Jonathan. ¡Dios, qué cruz! Jamás me he encontrado un Jonathan bueno. Será algo que va en el nombre, pero es que el pobre tiene un intelecto comparable al de una pala, pero mucha menos capacidad de trabajo. Me mira, creo, como quien oye llover, sin verme, sin realmente notar mi presencia, sin alterar su gesto. He visto maniquíes con más expresividad. Nos dejamos en paz mutuamente.
La clase sigue su curso. Bla, bla, bla, cállate Julio, no molestes, bla, bla, bla, ¿quieres dejar de pasar hojas de una ... (no lo digo) vez, Esther?, bla, bla, y hacéis los ejercicios de la página 22. Los hacen y los corregimos. Me salva la campana. “See you tomorrow!” ¡Qué alivio!
Repito proceso de carga y descarga de material en la sala de profesores. Estibadores del puerto, ¡uníos! Cambio de libro, saludo a compañeros, hablamos de fútbol o de famosos, como gente culta que somos, nos confortamos en el dolor y nos damos ánimo:
- ¡Sólo quedan dos horitas de nada! -dice Marijose
- Será para ti, guapa, que a mí las clases con 3º B me duran el doble.
- Deja de quejarte, que ya quisiera yo entrar tarde como entras tú -me apuñala la susodicha.
Hago mutis por el foro con la excusa de que llego tarde y me arrastro a la nueva clase. Más de lo mismo, pero sin Jonathan. Aquí “disfruto” de la grata compañía del “espídico” de Raúl. Merece capítulo aparte.
Ya estoy en casa. Dispuesta a hacer la reflexión esa, resulta que el hambre me puede y me lanzo cual Carpanta sobre el corrusco de pan que, resulta, cada día es más grande. “Pero si yo no como pan”, me digo. No, ya, no comes pan. Bueno, como decía Escarlata O’Hara, ya pensaré en esto mañana.





