¿Y cómo es él?
O ella, en este caso. Porque, supongo, alguno habrá que quiera saber cómo yo ocupo mi tiempo libre, qué narices hago que me aleja del ordenador y de mi blog. ¿Y si digo que soy una eremita que vive sus ratos de ocio entre libros e incienso? No cuela, seguro, creo que no doy el perfil. ¿Una alcohólica seudónima (claro, por lo de Nancy Astley) empeñada en batir el récord de levantamiento de vidrio en barra fija? Lamento decir que tampoco doy el tipo, me sobra vitalidad... y algún kilo que otro. Un inciso, por cierto, ¿os habéis dado cuenta de que el alcohol está prohibidísimo en las dietas de adelgazamiento y tipos como, no sé, un Mick Jagger, que se habrá bebido hasta el agua de los floreros, está mas seco que la mojama? Será que el glamour enflaquece los cuerpos... y engorda las cuentas corrientes.
A lo que iba, en un arranque de sinceridad producido por una cerveza en mal estado (el mío, of course, la cerveza estaba de p.m; que la dipsomanía no sea mi defecto no quiere decir que no beba nada de nada) os contaré a qué sexo -perdón, quería decir porras- dedico el tiempo libre. LLEVO TRES ******* SEMANAS REVISANDO LA PROGRAMACIÓN DIDÁCTICA. Que qué es eso, querréis saber. Nada, gente, es como el manual de instrucciones de la asignatura. O mejor, el programa político del profesor en cuestión, a cumplir durante el curso escolar. Con la ventaja (alguno pensará que inconveniente) de que al profesor no le echan si no lo cumple a rajatabla –bueno, bien mirado, tampoco se diferencia esto tanto de la vida política real- Y, todo hay que decirlo, tampoco ha sido refrendado por los votos del pueblo-alumnado. By the way, ¿os imagináis si los alumnos votaran el contenido de las asignaturas? Se me abren las carnes sólo de pensarlo. Tendríamos situaciones como...
-Y si me votáis, queridos alumnos, elevaré a la categoría de idioma el inglés de Toro Sentado. ¡No más concordancia sujeto-verbo! ¡Abajo los conectores lógicos! ¡Y libertad para colocar el adjetivo donde os dé la gana y no sólo delante del nombre!
-Eso, eso –corearían los estudiantes- ¡y Gibraltar español!
Spooky! En fin, que yo decía que lo de la programación, que este año tenía gordas modificaciones por el cambio de libros y demás, me ha tenido enredada muchas tardes delante del ordenador. Y al revisar contenidos, metodología, criterios de evaluación, etc, reparo en los llamados temas transversales. Ni longitudinales ni oblicuos, sino transversales. Siempre – vamos, desde la LOGSE- han estado allí, pero para los no iniciados pueden sonar a chino mandarín o cantonés. Explico: son aquellos contenidos no gramaticales que deben estar presentes en las programaciones y que, por así, decir, vinculan la asignatura a la realidad social del momento. Sobre todo, buscan que el aprendizaje de esa materia no sea un fin en sí mismo sino que éste dé a los alumnos herramientas para entender su entorno y les ayude a ser ciudadanos más responsables.
Qué, ya salió la jerga pseudocientífica, pensaréis. ¿Un ejemplo? Alucinaréis:
Educación moral y cívica: Respeto por cómo algunas personas reencauzan su vida tras haber cometido algún delito.
Educación para la paz: Respeto por las pertenencias de otras personas e interés por conseguir lo que se desea sin acudir a robos o estafas.
Quien dijo que la patria de un hombre era su infancia vivió hace mucho, ¿verdad?
PD: Me quedó la duda y ante la duda... (no, guarros, eso no). Quiero decir, que se me entienda bien. Me parece estupendo que desde los institutos enseñemos esas cosas del respeto y el civismo, es de recibo, pero... ¿no debería ser eso el, digamos, equipamiento de serie del alumno? Por lo menos, si no de fábrica, si uno de esos extras que son casi obligatorios, como el airbag de acompañante o... el sentido común.
A lo que iba, en un arranque de sinceridad producido por una cerveza en mal estado (el mío, of course, la cerveza estaba de p.m; que la dipsomanía no sea mi defecto no quiere decir que no beba nada de nada) os contaré a qué sexo -perdón, quería decir porras- dedico el tiempo libre. LLEVO TRES ******* SEMANAS REVISANDO LA PROGRAMACIÓN DIDÁCTICA. Que qué es eso, querréis saber. Nada, gente, es como el manual de instrucciones de la asignatura. O mejor, el programa político del profesor en cuestión, a cumplir durante el curso escolar. Con la ventaja (alguno pensará que inconveniente) de que al profesor no le echan si no lo cumple a rajatabla –bueno, bien mirado, tampoco se diferencia esto tanto de la vida política real- Y, todo hay que decirlo, tampoco ha sido refrendado por los votos del pueblo-alumnado. By the way, ¿os imagináis si los alumnos votaran el contenido de las asignaturas? Se me abren las carnes sólo de pensarlo. Tendríamos situaciones como...
-Y si me votáis, queridos alumnos, elevaré a la categoría de idioma el inglés de Toro Sentado. ¡No más concordancia sujeto-verbo! ¡Abajo los conectores lógicos! ¡Y libertad para colocar el adjetivo donde os dé la gana y no sólo delante del nombre!
-Eso, eso –corearían los estudiantes- ¡y Gibraltar español!
Spooky! En fin, que yo decía que lo de la programación, que este año tenía gordas modificaciones por el cambio de libros y demás, me ha tenido enredada muchas tardes delante del ordenador. Y al revisar contenidos, metodología, criterios de evaluación, etc, reparo en los llamados temas transversales. Ni longitudinales ni oblicuos, sino transversales. Siempre – vamos, desde la LOGSE- han estado allí, pero para los no iniciados pueden sonar a chino mandarín o cantonés. Explico: son aquellos contenidos no gramaticales que deben estar presentes en las programaciones y que, por así, decir, vinculan la asignatura a la realidad social del momento. Sobre todo, buscan que el aprendizaje de esa materia no sea un fin en sí mismo sino que éste dé a los alumnos herramientas para entender su entorno y les ayude a ser ciudadanos más responsables.
Qué, ya salió la jerga pseudocientífica, pensaréis. ¿Un ejemplo? Alucinaréis:
Educación moral y cívica: Respeto por cómo algunas personas reencauzan su vida tras haber cometido algún delito.
Educación para la paz: Respeto por las pertenencias de otras personas e interés por conseguir lo que se desea sin acudir a robos o estafas.
Quien dijo que la patria de un hombre era su infancia vivió hace mucho, ¿verdad?
PD: Me quedó la duda y ante la duda... (no, guarros, eso no). Quiero decir, que se me entienda bien. Me parece estupendo que desde los institutos enseñemos esas cosas del respeto y el civismo, es de recibo, pero... ¿no debería ser eso el, digamos, equipamiento de serie del alumno? Por lo menos, si no de fábrica, si uno de esos extras que son casi obligatorios, como el airbag de acompañante o... el sentido común.
Sin ti no soy nada
Lo voy dejando, lo voy dejando... en fin, que han pasado unas semanas y yo no quería demorarme tanto.
No hay nada honorable en lo que voy a decir, lo reconozco, pero he de decirlo. He vuelto al instituto por que me obligan. Sí, sí, de la misma manera y con el mismo entusiasmo con el que todo el mundo vuelve al trabajo después de las vacaciones, ni más ni menos. Lo comento, aclaro y explico por si alguien se creyó, pensó o dio por hecho que yo era una devota de mi trabajo o, quizás, una mártir de la causa docente. Pues no, nada más lejos de la realidad. Yo estoy en esto por el dinero y por la fama que proporciona este trabajo tan glamoroso (me ha costado escribir esto último porque me ha entrado la risa floja y teclear es más complicado si te descoyuntas a la altura de las costillas flotantes, fíjate tú), no lo olvidéis.
Así que ahí me tenéis la víspera del comienzo de clases, más apagada que la llama de la Estatua de la Libertad y más desganada que Homer Simpson, buscándole el sentido (¿es horizontal..., vertical..., quizás oblicuo?) a la vida y contándole mis cuitas a quien quisiera escuchar (“a mi no me des más la tabarra, que ya te aguanté el rollo el curso pasado”, es la respuesta tipo de mis amigos). Vamos, nada que no hubiera vivido antes, pero no por conocido el miedo al dentista es menor, ¿no?
El caso es que llegué al instituto el primer día arrastrando los pies, como si calzara zapatos de buzo de los de antes. Eso sí, llevaba una sonrisa en la cara más falsa y ensayada que las del posado veraniego de Ana Obregón (no hay más coincidencias entre ella y yo, por suerte o por desgracia), pero que daba el pego. Entre holas y besos a compañeros y conserjes reencontrados y saludos a los nuevos, se pasaron los primeros minutos, los de adaptación al medio. Luego, cuando sonó el timbre, algo se despertó en mí y, de repente, todo volvió a ser como antes, como si no hubieran pasado dos meses: el mismo colegio, las mismas aulas, los mismos alumnos... con caras distintas. Todo ya es tan familiar que no recuerdo haber hecho otra cosa nunca antes y, lo que es más sorprendente, no creo que puede hacer otra cosa distinta. Después de dos horas, cuando ya me había tocado pegar dos voces y hacer de poli malo con un alumno nuevo que todavía no conocía las reglas de juego (el poli bueno es la jefa de estudios; ¿a qué no sabíais que esto funciona muy bien en los institutos?), me di cuenta de que no se me da del todo mal esto, vamos, que me encuentro como pez en el agua.
¿Sabéis qué? A pesar de la pereza, a pesar de la desgana, a pesar del desánimo, "¡cómo me gusta el olor del napalm por las mañanas; huele a victoria!" Que me perdonen Coppola y Robert Duvall
PD: No me malinterpretéis. No soy violenta, pero admito que, de vez en cuando, me posee cierta euforia. Sólo cuando me encuentro verdaderamente a gusto, como era el caso.
No hay nada honorable en lo que voy a decir, lo reconozco, pero he de decirlo. He vuelto al instituto por que me obligan. Sí, sí, de la misma manera y con el mismo entusiasmo con el que todo el mundo vuelve al trabajo después de las vacaciones, ni más ni menos. Lo comento, aclaro y explico por si alguien se creyó, pensó o dio por hecho que yo era una devota de mi trabajo o, quizás, una mártir de la causa docente. Pues no, nada más lejos de la realidad. Yo estoy en esto por el dinero y por la fama que proporciona este trabajo tan glamoroso (me ha costado escribir esto último porque me ha entrado la risa floja y teclear es más complicado si te descoyuntas a la altura de las costillas flotantes, fíjate tú), no lo olvidéis.
Así que ahí me tenéis la víspera del comienzo de clases, más apagada que la llama de la Estatua de la Libertad y más desganada que Homer Simpson, buscándole el sentido (¿es horizontal..., vertical..., quizás oblicuo?) a la vida y contándole mis cuitas a quien quisiera escuchar (“a mi no me des más la tabarra, que ya te aguanté el rollo el curso pasado”, es la respuesta tipo de mis amigos). Vamos, nada que no hubiera vivido antes, pero no por conocido el miedo al dentista es menor, ¿no?
El caso es que llegué al instituto el primer día arrastrando los pies, como si calzara zapatos de buzo de los de antes. Eso sí, llevaba una sonrisa en la cara más falsa y ensayada que las del posado veraniego de Ana Obregón (no hay más coincidencias entre ella y yo, por suerte o por desgracia), pero que daba el pego. Entre holas y besos a compañeros y conserjes reencontrados y saludos a los nuevos, se pasaron los primeros minutos, los de adaptación al medio. Luego, cuando sonó el timbre, algo se despertó en mí y, de repente, todo volvió a ser como antes, como si no hubieran pasado dos meses: el mismo colegio, las mismas aulas, los mismos alumnos... con caras distintas. Todo ya es tan familiar que no recuerdo haber hecho otra cosa nunca antes y, lo que es más sorprendente, no creo que puede hacer otra cosa distinta. Después de dos horas, cuando ya me había tocado pegar dos voces y hacer de poli malo con un alumno nuevo que todavía no conocía las reglas de juego (el poli bueno es la jefa de estudios; ¿a qué no sabíais que esto funciona muy bien en los institutos?), me di cuenta de que no se me da del todo mal esto, vamos, que me encuentro como pez en el agua.
¿Sabéis qué? A pesar de la pereza, a pesar de la desgana, a pesar del desánimo, "¡cómo me gusta el olor del napalm por las mañanas; huele a victoria!" Que me perdonen Coppola y Robert Duvall
PD: No me malinterpretéis. No soy violenta, pero admito que, de vez en cuando, me posee cierta euforia. Sólo cuando me encuentro verdaderamente a gusto, como era el caso.
September Morn
Como a todo cerdo le llega su San Martín, a todo alumno suspenso en junio le llega su septiembre (no, este ejemplo no me ha quedado muy afortunado, me temo. Disculpad, pero es que he tenido un veranito...) ¿Y qué pasa en septiembre? Respuesta tipo:
-Alumno: los frustrados estos, como se aburren en verano, vuelven con ganas de guerra a tocarnos los cataplines (ya sé, ya, tengo un problema con la escatología, que no me sale decir coj..., vamos; ¡esa castrante educación católica¡) Ya bastante mal lo he pasado yo este verano delante de los libros y vendrá este capullo a suspenderme sin pestañear. ¡Me estoy temiendo las collejas de mi madre!
- Profesor: ¡Mierda, que mañana examino! ¿Pero dónde porras he puesto los exámenes? ¿Los habré dejado en el insti? ¿Y a qué hora era? Si son las 12 de la noche, ¿a quién llamo yo ahora para enterarme? Bueno, en caso de duda, al que se presente al examen, le apruebo y me dejo de bobadas. ¡Allá penas!
Llegado el momento de la verdad, todo fue menos caótico de lo esperado. Aparecieron los exámenes, se presentaron los que se presentaron, aprobaron los que aprobaron. Pero... esto no me había pasado nunca. Ved.
-Lo siento, José Miguel, vas a tener que repetir 4º.
-¿Cómo que repetir? ¡Pero si el examen me salió genial! –ay, que al crío se le aguan los ojos. ¡No me llores, hijo, que me partes el alma!- ¡Las matemáticas, claro!
-No, hijo, si es que te queda también la informática y el inglés –esta última es culpa mía, pero lo de la informática ni yo lo entiendo; yo pensé que los jóvenes venían con el microchip de serie- Venga, tranquilo, que yo te explico y bla, bla, bla.
Diez minutos, dos kleenex y quince explicaciones después, el chico, más tranquilo, me pregunta si me parece bien que venga su madre mañana a hablar conmigo, para explicarle la situación y ayudarle a entenderlo. No me puedo negar, naturalmente, pero al día siguiente...
-Buenos días, Sra. López y José Miguel. Hoy estamos más clamados ¿no? –me estaban esperando en el recibidor los dos, con sendas optimistas sonrisas... que empezaron a desmayar-
-¿Más calmados? Pero ¿qué pasa? –a la madre le tiembla la voz; esto no me cuadra- ¿Es que le queda alguna asignatura?
-Sí, bueno, estoooo, pero ¿no le dijo José Miguel que...? –de repente, me cuesta tragar-
-¿Qué me tenía que decir, el mocoso este? –uy, que le cambia el carácter, que está afilando el tomahawk, que se le inyectan los ojos en sangre- ¡Espero que no haya suspendido ninguna!
-Mejor será que nos sentemos en mi despacho, allí charlaremos tranquilamente...
¡Je, tranquilamente! Hay más diálogo y conversación amable en cualquier tertulia de Gran Hermano. ¡Dios, qué guirigay! La madre, gritándole “¡Mentiroso, vago, que eres un vago, que me haces creer que estudias y no rascas bolas!”, el chico, disculpándose entre hipos y lágrimas, yo, partiendo en dos el último kleenex que me quedaba para repartirlo entre los dos. Como habréis deducido, el interfecto no se había atrevido a decir nada en casa y me había dejado a mi el marrón. Lo cual, en parte, era entendible, pero ¡que me hubiera avisado, porras, que me dejó con el culo al aire! ¡Que soy tutora, no madre abadesa, leches! Una vez recuperados los tres, madre e hijo se fundieron en un abrazo que casi me pilla a mí en medio. Zafándome del apretujón, intenté poner un poquitín de orden con una frase socorrida del tipo “si hay algo más que pueda hacer por usted, dígamelo, pero ahora creo que tendrán que hablar en casa y bla, bla, bla”. Salieron del despacho sorbiéndose los mocos, con perdón, y disculpándose al unísono. Y yo me quedé mirando con expresión bobalicona mientras se alejaban por el pasillo, musitando un “nada, mujer, para eso estamos”. Y yo me pregunto, ¿para eso estamos?
-Alumno: los frustrados estos, como se aburren en verano, vuelven con ganas de guerra a tocarnos los cataplines (ya sé, ya, tengo un problema con la escatología, que no me sale decir coj..., vamos; ¡esa castrante educación católica¡) Ya bastante mal lo he pasado yo este verano delante de los libros y vendrá este capullo a suspenderme sin pestañear. ¡Me estoy temiendo las collejas de mi madre!
- Profesor: ¡Mierda, que mañana examino! ¿Pero dónde porras he puesto los exámenes? ¿Los habré dejado en el insti? ¿Y a qué hora era? Si son las 12 de la noche, ¿a quién llamo yo ahora para enterarme? Bueno, en caso de duda, al que se presente al examen, le apruebo y me dejo de bobadas. ¡Allá penas!
Llegado el momento de la verdad, todo fue menos caótico de lo esperado. Aparecieron los exámenes, se presentaron los que se presentaron, aprobaron los que aprobaron. Pero... esto no me había pasado nunca. Ved.
-Lo siento, José Miguel, vas a tener que repetir 4º.
-¿Cómo que repetir? ¡Pero si el examen me salió genial! –ay, que al crío se le aguan los ojos. ¡No me llores, hijo, que me partes el alma!- ¡Las matemáticas, claro!
-No, hijo, si es que te queda también la informática y el inglés –esta última es culpa mía, pero lo de la informática ni yo lo entiendo; yo pensé que los jóvenes venían con el microchip de serie- Venga, tranquilo, que yo te explico y bla, bla, bla.
Diez minutos, dos kleenex y quince explicaciones después, el chico, más tranquilo, me pregunta si me parece bien que venga su madre mañana a hablar conmigo, para explicarle la situación y ayudarle a entenderlo. No me puedo negar, naturalmente, pero al día siguiente...
-Buenos días, Sra. López y José Miguel. Hoy estamos más clamados ¿no? –me estaban esperando en el recibidor los dos, con sendas optimistas sonrisas... que empezaron a desmayar-
-¿Más calmados? Pero ¿qué pasa? –a la madre le tiembla la voz; esto no me cuadra- ¿Es que le queda alguna asignatura?
-Sí, bueno, estoooo, pero ¿no le dijo José Miguel que...? –de repente, me cuesta tragar-
-¿Qué me tenía que decir, el mocoso este? –uy, que le cambia el carácter, que está afilando el tomahawk, que se le inyectan los ojos en sangre- ¡Espero que no haya suspendido ninguna!
-Mejor será que nos sentemos en mi despacho, allí charlaremos tranquilamente...
¡Je, tranquilamente! Hay más diálogo y conversación amable en cualquier tertulia de Gran Hermano. ¡Dios, qué guirigay! La madre, gritándole “¡Mentiroso, vago, que eres un vago, que me haces creer que estudias y no rascas bolas!”, el chico, disculpándose entre hipos y lágrimas, yo, partiendo en dos el último kleenex que me quedaba para repartirlo entre los dos. Como habréis deducido, el interfecto no se había atrevido a decir nada en casa y me había dejado a mi el marrón. Lo cual, en parte, era entendible, pero ¡que me hubiera avisado, porras, que me dejó con el culo al aire! ¡Que soy tutora, no madre abadesa, leches! Una vez recuperados los tres, madre e hijo se fundieron en un abrazo que casi me pilla a mí en medio. Zafándome del apretujón, intenté poner un poquitín de orden con una frase socorrida del tipo “si hay algo más que pueda hacer por usted, dígamelo, pero ahora creo que tendrán que hablar en casa y bla, bla, bla”. Salieron del despacho sorbiéndose los mocos, con perdón, y disculpándose al unísono. Y yo me quedé mirando con expresión bobalicona mientras se alejaban por el pasillo, musitando un “nada, mujer, para eso estamos”. Y yo me pregunto, ¿para eso estamos?
I just call to say...
... I'm leaving. La verdad es que no hay manera fácil de despedirse, por cual he decidido no andarme con rodeos. Sí, lectores de blog, lo dejo. Lo que yo creía era, simplemente, un writers's block temporal se ha convertido en un querer y no poder. Y como esto del blog se suponía que era divertido y ahora ya no lo es, pues recojo los bártulos y me voy.
No tenéis ni idea lo feliz que me ha hecho este pedacito de universo internáutico. Y no os imagináis lo que os debo, lectores. Gracias mil. En serio. De verdad de la buena. Os quiero. ¡Muac!
Pd: Aunque quien sabe si en septiembre...
No tenéis ni idea lo feliz que me ha hecho este pedacito de universo internáutico. Y no os imagináis lo que os debo, lectores. Gracias mil. En serio. De verdad de la buena. Os quiero. ¡Muac!
Pd: Aunque quien sabe si en septiembre...
Light blue... (and getting lighter)
Soy una alma en pena, arrastro mi congoja cual fantasma atado a sus cadenas. Soy un San Manuel Bueno, Mártir, que ha perdido la fe. Soy un vaca sin cencerro (y esto no tiene que ver con el hecho de que ya no entro en una talla 42) No tengo perro que me ladre (pero, por lo que veo, sí tengo lectores que me lean) Soy un Bonny sin Clyde, un Ramón sin Cajal, unas fresas sin nata...
¡Bueno, basta ya de autocomplacencia deprimente! ¡Ea, que la cosa no es tan grave! Nada, nada, algún sapo que tragar más grande de lo habitual y punto. Algún día os daré detalles, ya que os veo interesados. Prometo volver al ataque en cuanto afile el hacha de guerra. De momento, la emoción, como los bancos, me embarga y no me quedan fuerzas para más. I love you all!
PD: ¿Por qué porras os he contado lo de la talla?
¡Bueno, basta ya de autocomplacencia deprimente! ¡Ea, que la cosa no es tan grave! Nada, nada, algún sapo que tragar más grande de lo habitual y punto. Algún día os daré detalles, ya que os veo interesados. Prometo volver al ataque en cuanto afile el hacha de guerra. De momento, la emoción, como los bancos, me embarga y no me quedan fuerzas para más. I love you all!
PD: ¿Por qué porras os he contado lo de la talla?