Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
An Aipod Nanou Blac
PhotobucketLos ingleses están totalmente obsesionados con la Navidad. Bueno, a decir verdad están obsesionados con cualquier fecha de las consideradas “especiales”, ya sea San Valentín, Halloween, el Día de la Madre, del Padre o el Día del Amigo del Yerno de la Prima Segunda por parte de Nuera. Todo lo que constituya una disculpa para salir de casa y arrasar en los centros comerciales es esperado con ansia y fruición rayanas en el paroxismo. Pero las Navidades en Inglaterra se llevan la palma de la horterada y la exageración más galopantes que en Europa se hayan visto.

Partimos ya de que los ingleses empiezan a celebrarla en Agosto. Sí, sí, en Agosto aparecen los primeros anuncios: “¡Se acerca la Navidad!”. Casi te imaginas a la tal Navidad como una tortuga enorme con gorro rojo y blanco renqueando desde Laponia. Los supermercados empiezan en Septiembre a dedicar un pequeño porcentaje de sus repisas y estanterías a productos navideños de todo tipo, porcentaje que va creciendo logarítmicamente hasta que en Noviembre te encuentras con 25 repisas saturadas de espumillón nada más poner los pies en el Tesco. Los productos expuestos en esas repisas son exactamente iguales a los del resto del año, pero metidos en cajas rojas y con purpurina y que ponen “Christmas”. Vamos, igualito que con los productos healthy, que lo único que tienen de “healthy” es la etiqueta. He terminado llegando a la conclusión de que los ingleses se creen todo lo que pongas en los envases. John, me he hecho vegetariana. ¡Pero Mary, si te estás comiendo una morcilla matachana!. Pero qué dices, ignorante, mira, en el paquete pone ‘ensalada de col’.

Pongamos por ejemplo el “Christmas Pudding” (“pudín de Navidad”). ¿Qué es un Christmas Pudding? Es un puñetero pastel de bizcocho con frutas y pasas, que durante el resto del año se ofrece en la sección de bollería como “Pudín de Frutas”. Pero claro, como se acerca la Navidad cogen, lo meten en un paquete con la jeta de Santa Claus en portada, le suben el precio al doble y ya es un “Christmas pudding”. Y la gente tan feliz, oye. No sé, yo siendo atea no es que aprecie el verdadero sentido de la Navidad, pero al menos en España los productos navideños son diferentes: turrón, peladillas, bolitas de coco y chocolate (diosssss, mira que están buenas...), almendras de turrón de Jijona... Creo que si un comerciante cogiera un sobao pasiego, lo metiera en una caja con un dibujo de un nacimiento y lo etiquetara como “Christmas Sobao” no iba a colar, ¿verdad?

Pues con lo demás lo mismo: las “velas navideñas” son las mismas velas aromáticas con las que a los ingleses les encanta apestar la casa durante todo el año, pero con pegatinas de acebo y campanitas. Los “bombones navideños” son bombones normales y corrientes en cajas rojas con papel dorado. Eso sí, los “precios navideños” suben más que las acciones del único puticlub en un pueblo de solteros.

PhotobucketUnas tres semanas antes de la Navidad propiamente dicha comienza la locura de las tarjetas de felicitación. Vale que en cualquier otro país también se envían a familiares y amigos, pero aquí sólo les falta enviárselas al gato (y exigir respuesta). No hay nada malo en mostrar un detalle y mandar una tarjeta de felicitación... el problema es que, en la furia navideña, a veces te encuentras con 40 tarjetas de personas que a lo mejor te han visto una vez en la vida y cuyo contenido es tan enternecedor como:

Para Pilimindrineixon,

Feliz Navidad,

De Zutaneixon

Este tipo de tarjetas se traducen en varias cosas:

a) Zutaneixon ha comprado un paquete de 200 felicitaciones y se ha dedicado a rellenarlas en serie ayudado por una lista de nombres que van desde la chica que le pidió la hora en el metro de Londres hasta el ciclista que le atropelló cuando hizo la comunión.

b) Zutaneixon probablemente ni recuerda quién eres

c) Zutaneixon espera respuesta tuya en forma de la misma felicitación insípida y carente de cualquier alusión personal, o de lo contrario te mirará mal y renegará de tu profunda amistad (sic) forever and ever.

d) A todas estas, ¿quién coño es Zutaneixon?

Gracias a esta locura de envíos de postales absurdas el correo en Inglaterra llega casi al colapso en estas tan entrañables fechas.

PhotobucketLuego está la hecatombe de los regalos de Navidad. En España la tradición (aunque ya empieza a cambiar) consiste en regalar cosas el Día de Reyes, y generalmente a los niños, o bien a una persona especial. Los ingleses hacen los regalos el 25 de Diciembre, y están moralmente obligados a regalar cosas a to quisqui, so pena de ser desheredados, marginados y repudiados públicamente como se te olvide regalarle algo a la tía Edmunda – a la que por otra parte no ves desde hace 14 años cuando se fugó con el tío Hermenegildo, pero es que la Navidad es la Navidad. Así, durante las dos semanas previas a la Navidad, las calles se ven tomadas por hordas descontroladas de compradores y compradoras desesperados por encontrar regalos para todos y cada uno de sus compromisos sociales. La Nochebuena (“Christmas Eve”) no suele tener celebración alguna por estas tierras. Lo del crío ese que nació la medianoche del 24 en un pesebre es una minucia. La verdadera Navidad inglesa consiste en recibir regalos por la mañana, comer y pasarse la tarde tirados delante de la televisión viendo la quincuagésima reposición de “Los Goonies”.

Ah, y por supuesto no hablemos del delicado gusto de los ingleses por unas decoraciones navideñas austeras y elegantes. Mix Village parece el expositor del concurso nacional de horteradas luminosas caseras. Los Británicos no se conforman con un árbol de Navidad, o un poco de espumillón, o una corona de acebo en la puerta de entrada, no. Eso no llamaría la atención ni los convertiría en los vecinos más envidiados del barrio. Aquí lo que se lleva es conseguir la mayor abominación visual posible a base de cientos de luces de mil colores, muñecos de nieve hinchables con movimiento incluido y Santa Claus musicales. Cada vez que salgo a la calle después de anochecer me siento en Las Vegas. Como seguro que pensáis que no soy más que una gruñona exagerada, aquí os dejo cuatro ejemplos de lo que se puede una encontrar en cualquier calle de una ciudad inglesa en estas fechas. Y ojo, que no me he pasado la noche entera buscando las fachadas más horteras; conste en acta que estas cuatro exquisiteces son una selección a partir de 12 fotos que hice ayer noche en la calle donde vive Maus. No tuve que moverme más de 200 metros. Y casi sufro un ataque epiléptico en cada una de ellas.

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¿Y a qué vienen todas estas quejas lastimeras por mi parte?, os preguntaréis. Pues vienen a que llevo meses diciéndole a Maus que los españoles no regalamos cosas el Día de Navidad, que estoy totalmente en contra de la furia consumista y que si yo le regalo algo será porque me apetezca o en un día señalado realmente importante, como su cumpleaños. Que odio que se me diga que tal o cual día tengo que comprar un regalo por narices.

Pero él no puede evitarlo: a pesar de todo, es inglés. Y como buen inglés es un genio de la ironía, las insinuaciones y los dobles sentidos. “Maus, unos compañeros y yo nos vamos a tomar una cerveza después del trabajo, ¿te apuntas?”. “No, verás, es que tengo que comprar unos regalos de Navidad. ¿Tú ya has acabado con los tuyos?” Grmblblblbl. O el otro día, que me suelta: “No me gusta la navidad, lo único que me gusta es que la gente a la que le importas te regala algo especial”. El colmo fue este fin de semana, cuando se acercó a mí con cara de cordero degollado: “He recibido el regalo de Navidad de Mamá, me ha prohibido que lo abra hasta el domingo. Pero lo he estado palpando y me da que va a ser otro de esos jerséis espantosos de lana. Me lo estoy viendo. Otro día de Navidad sin nadie que se preocupe por hacerme un regalo que realmente me guste. Yo que pongo tanto esfuerzo en buscar cosas especiales...”. Sólo le faltó tirarse de rodillas, romper a llorar y arrearse de latigazos, gritando: “¡oh mísero de mí, oh infelice!”.

Photobucket¿Y qué quiere el señorito Maus para Navidad? Pues indagando un poco y haciendo alarde de mi acentuada capacidad de adivinación he conseguido averiguarlo. No ha tenido nada que ver que los ojos le hagan chirivitas y se le caiga la baba cada vez que pasamos por delante de un escaparate de una tienda donde la tengan expuesta, ni que la tenga subrayada y rodeada con fluorescente de 3 colores en el catálogo del Argos, ni que diga su nombre en sueños durante sus episodios de poluciones nocturnas, no. Mi inglesillo vegetariano quiere una iPod. No le vale un lector de mp3 de esos de oferta 2x1 si te compras una bolsa de cacahuetes, no. Tiene que ser una iPod original. No le vale el modelo antiguo más baratillo, no. Tiene que ser una iPod nano, porque si no, no mola. Y como todo el mundo la tiene en blanco, pues él la quiere en negro. Como él dice, “an Aipod Nanou Blac”. Facilísimo.

Pero eso no es asunto mío, porque ya sabemos todos que esta menda no compra regalos en Navidad. Sería ir contra mis principios, contra las raíces mismas de mi ética personal. Sería traicionarme a mí misma. He dicho.

Así que me fui a buscar la Aipod Nanou.

Cuando fui a preguntar el precio del dichoso juguetito casi me caigo de espaldas. Y menos mal que fue sólo “casi”, porque de lo contrario al precio de la Aipod Nanou dichosa habría tenido que añadir el de las 15 pantallas planas expuestas en la estantería que tenía justo detrás. ¡Joer con la Nano, leches!... ya podía tener Nano el precio. Venga, vale, estrujaremos un poco la tarjeta de crédito y le daremos el gusto al nene con la nano. Póngame una. Al empleado casi le da un ataque de risa. “Señorita, estamos a 20 de Diciembre y este es el regalo del año... no nos queda ninguna en stock y hay una lista de espera de unas 400 personas”. “Estooo... guau”.

PhotobucketNi una. Ni una puñetera Aipod Nanou Blac en todo Mix Village. Agotadas, agotadas, agotadas. Vuelva el mes que viene. Apúntese a la lista de espera. Encárguela por correo. Chúpemela y puedo conseguirle una de segunda mano. ¡Hasta este último tenía lista de espera, el joío!. En uno de los almacenes en los que estuve me enviaron a una tiendecilla perdida en lo más recóndito de los suburbios suburbiales de Mix Village, donde me aseguraron que les quedaban 3 en stock. Cuando llegué, efectivamente, las tenían... pero en blanco. Vosotros diréis: bah joer, ¿qué más da blanca que negra? Pero es que no conocéis a Maus. Él no te pide el DVD del último éxito de U2. Él te pide el DVD del último éxito de U2 con sello digital de la Virgin, letras firmadas por la hermana sorda de Bono y edición especial con regalo de un vello púbico de Larry Mullen. Si no es ese, no le vale. Cada vez que lo escuche se entristecerá pensando en el vello ausente.

Total, que ayer por la mañana tenía que pasarme por Londres a recoger el visado para Nueva Zelanda, que por fin me han concedido. El edificio de Inmigración de Nueva Zelanda (o “New Zealand House”) queda a unos 100 metros de la parada de metro de Picadilly Circus, donde se encuentra una de las tiendas de música más famosas y visitadas de Londres: la Virgin Megastore. Allí tenían que tener una iPod por huevos.

La Virgin estaba a rebosar de clientes a pesar de ser un jueves por la mañana. Rebaños enteros de empleados cargaban los CDs de los recopilatorios navideños en carretillas y los repartían por las estanterías, donde eran rápidamente reducidos a la nada por las ávidas manos de los compradores navideños rezagados. Entre la algarabía de clientes en éxtasis consumista conseguí agarrar a un pobre empleado de la manga y salvarle de la muerte por aplastamiento. “¿Cómo puedo agradecerte tu heroico gesto, estimada compradora?”. “Fácil, dime que tenéis iPods nano negras”. “Estooo... pos va a ser que no. Agotadas desde hace semanas”. ¡Será capullo! De una patada lo devolví a la masa del populacho para que acabara sus días pisoteado y aplastado, por incompetente.

Salí de la Virgin y me puse a caminar sin rumbo y cabizbaja por Regent Street. Esperaba ese milagro que siempre sucede en las pelis cuando el protagonista ha perdido ya toda esperanza y se dispone a saltar desde el puente más alto para poner fin a sus miserables días. Suele ser en ese preciso instante cuando aparece tras de él la chica de sus sueños, que por fin ha descubierto que él es el hombre que siempre ha estado esperando (a pesar de haberse pasado toda la peli poniéndole a parir a la menor oportunidad). En la vida real la tía aparecería para escupirle después de saltar. Y en mi vida real me iba a quedar sin iPod nano.

PhotobucketY de repente, apareció. Como por arte de magia, cual si de un barco pirata se tratara, una bandera negra se dejó ver unos cuantos bloques de edificios por delante de donde yo me encontraba, ondulante bajo la fría brisa de la mañana londinense. A medida que me acercaba pude distinguir un símbolo en blanco en el centro de la bandera, que se perfiló como una manzana mordida cuando la distancia se fue acortando. No podía ser, ¿verdad?, no iba a tener tanta suerte...

Pero sí. Por pura casualidad mis pasos me habían llevado hasta la tienda oficial de Apple en Regent Street. En su interior, el paraíso: iPods, cientos de iPods, miles de iPods, de todos los tamaños, formas y colores. Un enorme letrero luminoso sobre una larga fila de clientes rezaba: “Servicio iPod Express. Elija su iPod y espere su turno”. 15 minutos después salía de la tienda con mi Aipod Nanou Blac, y una funda especial que consiguió colarme el dependiente. Con lo feliz que me encontraba creo que podría haberme colado la colección completa de éxitos del verano de Georgie Dann de haberlo intentado.

Más le vale a Maus que le guste mi regalo. Más le vale que lo adore, venere e idolatre. Como le ponga una sola pega voy a llevar a cabo un estudio práctico de la capacidad de una iPod nano de actuar como consolador anal ("Pilimindri presenta... la nueva iPod ano"). Bien mirado tendría sus ventajas. Cada vez que tuviera gases se podría escuchar el último single de Maroon 5 a través de su ombligo.
No