Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Amores platónicos
Suele suceder por vez primera en la infancia, cuando aún no sabemos explicar qué nos ocurre. Cuando conceptos como “amor” y “sexo” resultan para nosotros tan enigmáticos como “hipoteca” o “puta”. Sí, a los 8 años y en un momento de enfado monumental con tu compañera de clase Perica puedes abrir la boca de par en par, tomar aire y, siempre asegurándote primero de que no haya ningún adulto alrededor, gritarle: “¡¡¡eres una PUTA!!!”, haciendo mucho hincapié en la “P” (como Ripley en la película Aliens, cuando le decía a la bicha reina aquella frase de: “Aléjate de ella, ¡¡¡Puerca!!!”). Perica te mirará ofendida e impresionada porque has usado una de las palabras prohibidas, las que sólo usan los mayores y a veces escuchas en la televisión. Pero si alguien te preguntara qué es realmente una puta te quedarías en blanco. Incluso si te lo explicaran seguirías sin entenderlo, porque eres un niño, y tu mundo es sencillo y lleno de emociones básicas e intensas: el día de tu cumpleaños te regalan una bicicleta y te sientes tan feliz que podrías estallar en pedazos. Al día siguiente un niño se burla de ti en clase y eres el ser más triste de la Tierra. Al acostarte, cuando mamá te da las buenas noches y apaga la luz, cuando las sombras de tu habitación inundan todos los rincones, Photobuckette quedas observando el armario ropero, sabiendo que hay un monstruo terrible a punto de salir y abalanzarse sobre ti. Tus padres siempre te dicen que no hay monstruos, y es cierto, siempre y cuando papá o mamá estén cerca y la luz esté encendida. De noche no hay monstruos tampoco, sólo el de tu armario. Hasta que te venza el agotamiento y te quedes dormido serás el niño más asustado del planeta.

El primer amor suele ser así. Viene sin avisar y al principio no entiendes nada. Muchas veces tu interés por los miembros del sexo opuesto hasta ese momento había sido nulo, incluso negativo. Para una niña, los niños son esos seres brutos, siempre sucios, y que en vez de jugar con muñecas o a las cocinitas se pasan el día persiguiendo una pelota y soltando tacos. Para un niño, las niñas son cosas cursis y ridículas: no se puede jugar con ellas porque les haces daño, no puedes pelearte con ellas porque en seguida lloran, no saben correr ni lanzar piedras como es debido y se pasan el día contándose secretitos unas a otras. Puaj.

PhotobucketY de repente un día la cosa cambia, y tu mundo comienza a girar en torno a una persona. Tu cuerpo experimenta un sentimiento primitivo e indefinido, ya que aún no estás preparado fisiológicamente para llevarlo a término. Igual que con las demás sensaciones, el amor infantil es intenso, irresistible e inexplicable. No le buscas motivo, sólo lo sientes. De pronto un ser humano que hasta entonces había sido como las demás se convierte en el sol de tu Universo, el interruptor de tus sentimientos, el dueño o dueña de tus sonrisas y lágrimas (“Do, es trato de señoooor”... uy, que esto no iba aquí).

Sólo años después podrás poner nombre a lo que te sucedió: te habías enamorado, pero con un tipo de amor inocente, idealizado y puro. No piensas en sexo, en matrimonio ni en hijos. Amas incondicionalmente. Estás dominado por un amor platónico.

PhotobucketEl primer amor platónico de mi vida aconteció a la “tienna” edad de 3 añitos... una precocidad que no concuerda luego con lo panoli que fui hasta los 20. Por aquel entonces yo era una renacuaja con moñitos rubios y unos ojos grandes y muy azules (sí, esa de la foto). En esa época yo vivía con mis tres tías solteras, que hicieron las veces de madres, y a las que hoy en día quiero como a madres de verdad. Había empezado al colegio hacía unos meses y uno de los compañeros de mi curso, Sapillo, era el hijo de una amiga de una de mis tías, y además vivía muy cerca de nosotras, con lo cual coincidíamos en la parada del autobús todas las mañanas y todas las tardes. Una tarde en particular ambos bajamos del bus agarrados de la mano y diciendo que éramos novios. Así, sin más. A partir de ese momento sería una verdad más de la vida, como que las hojas eran verdes, los perros hacían “guau”, y no existían los monstruos (excepto el de mi armario): Sapillo y Pili eran novios.

No recuerdo proceso alguno de enamoramiento. Sí recuerdo, sin embargo, esa certeza, de que estábamos juntos, y punto. Y recuerdo que le quería, le quería un montón, a veces nos abrazábamos y nos dábamos besitos (en la mejilla, malpensados), y mi corazoncito de 3 años latía como loco, y me sentía feliz. Un día nos enfadamos no recuerdo por qué y Sapillo me gritó: “Pues ahora ya no soy tu novio más, ¡hala!”. Buena la hizo... El Diluvio Universal a mi lado era un escupitajo. En casa tardaron horas en consolarme y que les contara, entre hipidos, lo que había pasado. Aunque trataron de disimular la risa yo lo noté, y me sentí terriblemente dolida y enfadada porque nadie me entendía: ¡Mi novio me había dejado y los demás se reían de mí! ¡Oh mísera de mí, oh infelice! Al día siguiente en el cole ni siquiera me atrevía a acercarme a Sapillo, que al parecer se pasó el día buscándome. Cuando me encontró yo escondí la cara bajo el jersey. “¿Qué te pasa Pili?”, me preguntó. Yo ya estaba haciendo pucheros: “¡Que ya no eres mi novio!”. Dos lagrimones colgaban de mis ojos. “¡Claro que lo soy, tonta, vamos a jugar!”, y me tendió la mano con una sonrisa.

El cielo se abrió ante mí. Me sentía como Eurídice cuando Orfeo la vino a rescatar del Infierno. Me agarré a su mano y de un momento al siguiente pasé de ser la niña más desdichada a la más dichosa del mundo.

Nuestro noviazgo duró 3 ó 4 años – debo decir que ha sido el más largo de todos los que he tenido hasta el momento... tendré que volver a los 3 años para encontrar el secreto de las relaciones duraderas, manda webs – y luego se fue extinguiendo. No hubo dolorosas rupturas, tan solo nos fuimos distanciando. Un día en 2º de EGB discutimos por algo y me dijo: “Si te crees que soy tu novio lo llevas claro”. Recuerdo haberle respondido: “Si tú te creías que yo era la tuya lo llevas peor”. Y era cierto. Ese fue el remache. Fin de la historia de amor. Habíamos hecho separación de bienes, así que el proceso judicial no fue demasiado complicado.

PhotobucketSin embargo dentro de lo que cabe aquel amor fue correspondido desde el principio y nunca nos hizo sufrir a ninguno de los dos. El primer amor con el que las pasé canutas y a la vez me hizo elevarme hasta las nubes y más allá empezó cuando yo tenía 12 años. Recuerdo el día que conocí al que por aquel entonces ni se me pasaba por la cabeza que sería mi Adonis personal: el día que empecé 7º de EGB. Uno de los pocos incentivos que tenía empezar un curso era conocer a los posibles “nuevos”. Ese año había dos, que no eran “realmente nuevos”, sino “repetidores”. Si recordáis los años de escuela, sabréis que un curso de diferencia era todo un abismo. Los niños un curso por delante eran “mayores”: tenían un aura de importancia, y te morías de ganas de ser tan mayor como ellos. Los niños de un curso inferior eran bebés, pequeñajos. No merecían ni una triste mirada por encima del hombro. No les escupías y pateabas al pasar porque te castigaban los profesores, que si no... Tener a dos “mayores” de repente en tu clase era una trasgresión de las reglas del universo infantil, una situación nueva y emocionante. Uno de ellos, Fonsi, era lo más parecido a un ángel de 13 años; si buscabas “querubín” en el diccionario, a lado de la definición aparecía su foto. Su rostro estaba hecho para que las niñas en edad de amores platónicos se derritieran por él: rubio, de ojos azul cielo (no, no es el de la foto, pero tenía cierto aire...), sonrisa Profidén de esas que lanza destellos cegadores... Creo que fue el modelo para el Ken de la Barbie.

Sin embargo la primera impresión no pudo ser peor: el primer día siempre se hacían las votaciones para delegado de la clase. Y ese niño rubio, mayor y desconocido se puso a saltar de un lado a otro de la clase gritando con descaro: “Fonsi para delegado, me votáis, ¿eh?, ¡Fonsi para delegado!”. Yo me quedé mirando para él pensando: “Este tío qué se cree, ¡será chulo! Pero si no le conoce nadie y ahí está, pidiéndonos que le votemos, haciéndose el graciosillo como si fuera el ombligo del mundo”. No le voté. Salió elegido delegado.

Hasta entonces yo había sido una niña bastante “machote”... jugaba a la pelota con los niños, les echaba pulsos (y les ganaba), jamás había jugado con muñecas y me horrorizaba esa costumbre de las niñas de hablar de chicos todo el rato. Darse un beso en la boca me parecía algo asqueroso, y no os digo nada cuando me enteré de que además... ¡se metían la lengua por dentro! (puaaaaajjjjjj), y eso de enamorarse (o, por aquel entonces, que “te gustara” o “molara” alguien, o que alguien “fuera a por ti”) era algo que a mí jamás de los jamases me pasaría. ¡Qué cursilada! ¡Ja!

No recuerdo exactamente cuándo comenzó a ocurrir. Un día me di cuenta de que cada vez que Fonsi me miraba sentía cosquillas en la barriga. Cuando me rozaba al pasar se me erizaba la piel. Me ponía colorada cuando me hablaba. ¿¿¿Qué pasaba aquí???. ¡¡¡Esto no era serio!!!

Lejos de ser algo pasajero, la cosa fue a más. Por aquel entonces me gustaba escribir historias y dibujar comics. Me di cuenta horrorizada que desde hacía un tiempo todos los protagonistas de mis historias eran Fonsi. Y que el personaje principal de cada historieta era rubio y de ojos azules. El resto del comic era en blanco y negro, pero siempre coloreaba su pelo y sus ojos. Un Sin City en versión infantil.

PhotobucketMe gustaba observarle a escondidas cuando no me veía; a veces me podía pasar horas viéndole escribir en clase, o leer en la biblioteca. En ocasiones me acercaba a hurtadillas a su pupitre y buscaba un pelo que se le hubiera caído, lo llevaba a casa y me pasaba horas contemplando cómo brillaba bajo la luz del sol. Recuerdo haber pensado que parecía de oro. Busqué su fotografía en el anuario del año anterior, la recorté y la guardé en el interior de una libreta, y la libreta la escondí debajo de otras 5 libretas, las cuales a su vez reposaban en lo más profundo de un cajón... nadie debía descubrir mi secreto. Cuando estaba sola y segura de que nadie me vería, sacaba la foto y la contemplaba extasiada. El pecho se me hinchaba y una sonrisa bobalicona se extendía por mi cara. Pensaba en su sonrisa, en sus ojos, en que esa mañana me había hablado. Todo aquello era más cursi que una armadura rosa con lunares, pero me importaba un pimiento.

Un día en clase de Lenguaje se me acercó para pedirme algo y se agachó a mi lado. Cuando se fue yo ya no me acordaba del Sujeto, del Predicado ni del Complemento Directo... de hecho me había olvidado hasta de escribir. No sentía el suelo bajo mis pies ni el pupitre bajo mis manos. Sólo podía percibir los restos de su olor corporal, que de repente se me antojaba el perfume más exquisito sobre la Tierra. Esa misma tarde, mientras todos los demás niños estaban en el recreo, entré sigilosamente en clase y me dirigí a las perchas. Busqué su cazadora entre todas las allí colgadas, la descolgué y hundí mi cara en su interior. El olor de Fonsi la impregnaba por completo y yo me sentía en el séptimo (o el octavo) cielo. Ignoro cuánto tiempo pasé en esa posición, pero el hechizo se rompió cuando entro otra niña, me miró y musitó algo así como “desde luego, será cochina, para eso están los pañuelos”.

PhotobucketAverigüé su dirección y en dos o tres ocasiones reuní el valor suficiente como para escribirle una carta, o mandarle una postal declarándole mi “pofundo amor”. Por supuesto, siempre con letras mayúsculas o de papel recortado, en plan “mensaje de los secuestradores pidiendo rescate”, y sin firma. Una de las poesías más hermosas y sentidas que he compuesto en mi vida se la dediqué a él. Pensaba reproducirla aquí, pero prefiero que siga siendo parte de mis recuerdos, espero que no os importe :)

Mi amor platónico duró algo más de dos años. Era un amor puro e inocente. A pesar de que a los 13 ó 14 yo ya había empezado a hacerme una idea del significado de la palabra “sexo”, jamás me imaginé nada de “eso” con Fonsi... ¡habría sido como tratar de pervertir a un Dios!. De hecho me sentía feliz amándole en secreto, y más de una vez se me ocurrió plantearme qué haría si a él le gustara yo también... Mi primer pensamiento era de horror y espanto: “si me dice que le gusto... ¿¿¿luego qué leches hacemos???”. El caso es que al principio ni se fijaba en mí – una niña callada y estudiosa a la que le gustaba quedarse en los recreos leyendo, dibujando o escribiendo historias – pero al final creo que le entró el gusanillo (yo debía ser la única chica que no estaba oficialmente loca por él, las demás babeaban ostensiblemente a su paso) y se empezó a acercar a mí, a echarme indirectas y a tantearme. Yo reaccioné como una tortuga: cuanto más la mareas, más esconde la cabeza. Hasta entonces había estado muy cómoda admirándole en la intimidad, y disfrutando de su tranquila indiferencia. Verme en el centro de su atención me desconcertaba.

Recuerdo que una vez nos pusieron en el mismo grupo para hacer un trabajo de Ciencias Naturales acerca de los árboles. Otra compañera y yo quedamos en ir a su casa para acabar de ordenar y encuadernar el trabajo. La perspectiva de estar en su casa con él era irresistible, y no dejé de temblar en todo el día. Cuando la otra niña me telefoneó a casa para decirme que se había puesto enferma y que no podría venir, que si me importaba hacer su parte, creí que el corazón se detendría en mi pecho: yo, en casa de Fonsi, sola, ¿¿¿CON EL???. Era maravilloso y terrible a la vez. Pensé en llamarle para decirle que yo también me había puesto enferma y no podría ir. Pensé en llevarle un ramo de flores. Pensé en salir corriendo y no aparecer hasta el día siguiente. Pensé proponerle ir al cine después de terminar el trabajo. Pensé en hacer un agujero en el suelo, meterme allí y no salir más. Al final cogí la libreta, los bolígrafos, las tapas para encuadernar y lo que habíamos hecho hasta entonces del trabajo, mi madre me llevó en coche y me dejó en su portal. Llamé al timbre. Su voz sonó por el interfono.

“¿Quién es?”
“P-P-r-f-ls-e-f-sz-dx-s”
“¿Cómo?”
“Ehm... ehm... soy P-P-Pil-Pilidirnimda estooo... P-Pildrisidina... digoooo”
“¡Ah, Pilimindri, sube!”
“V-voy”

PhotobucketSubí en el ascensor con las canillas temblando y tragando saliva. Hasta el “TOC TOC” en su puerta sonó tartamudeante. La abrió y asomó la cabeza, y el brillo de su sonrisa me golpeó en la cara como un puñetazo.

No trabajamos nada, claro está. Entre que yo estaba en un estado de idiotismo agudo, y que él no se caracterizaba precisamente por su capacidad de estudio (de hecho creo que se había puesto en mi grupo para que las demás niñas le hiciéramos el trabajo) nos pasamos la tarde en su habitación, él hablándome de sus batallitas, de sus partidos de fútbol y de que su madre le dejaba volver a casa a las 10, y yo escuchándole embelesada asintiendo con la cabeza como una marioneta.

A pesar de lo que pueda parecer, ese día supuso el punto de inflexión de mi amor platónico. Y es que se puede escuchar embelesada un rato, pero cuando pasa de las 3 horas y media la cosa empieza a aburrir un poco. Sobre todo cuando el tema de conversación se convierte en una letanía de “yo, yo, yo, mí, mí mí”. “YO metí dos goles en el partido de ayer, YO me di cuenta de que las chicas me miraban, YO le dije a una que era guapa y la tía casi se desmaya, por cierto, ¿tú crees que YO soy guapo? Porque las chicas de clase están todas por , y ya me cansan. Por cierto, ¿nunca te he enseñado las cartas de amor que ME mandan? Recibo 3 ó 4 por semana”. Y efectivamente, el tío abrió un cajón y en su interior había decenas, quizás hasta cientos de cartas de todo tipo, forma, tamaño y color. Entre ellas acerté a distinguir una de las postales que yo misma había enviado, pero huelga decir que me libré muy mucho de mirarla siquiera. De repente Fonsi metió la mano entre las cartas y cogió un papel doblado que me resultaba terriblemente familiar. “Mira, esta es una de las cosas más bonitas que me han escrito”. Lo desdobló y me lo enseñó.

Era mi poesía.

Mientras yo hacía como que me leía por primera vez aquellos versos que me sabía (y aún me sé) de memoria, él me observaba fijamente. Quizás ya sospechaba que la poesía era mía, quién sabe. A lo mejor sólo quería ver mi reacción. “Muy bonita, sí”, y se la devolví. Sin embargo, parte de su glamour empezaba a decaer. Por primera vez en dos años le encontré un fallo, y muy gordo: era un engreído. Y posiblemente pensara que yo también estaba loca por él. No pensaba darle el gusto de confirmárselo, ni en mil millones de años (...aunque fuera verdad).

Fonsi salió poco a poco de mi corazón y, aunque alguna vez me gustó un poco algún otro chico, no volví a enamorarme hasta los 18 años. Y aquel amor me trajo de cabeza. Pero eso, ya es otra historia :)

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Este artículo va dedicado a HSolo, que me inspiró con el suyo.

¿Me contáis alguno de vuestros amores platónicos?

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