Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Oda a la vagancia (o “por qué hacer deporte no es sano”)
PhotobucketUno de los principales hobbies de los kiwis es el deporte; tanto practicarlo como observarlo. Cuando Maus y yo nos pasamos por la oficina de inmigración de Nueva Zelanda en Londres, las pantallas de la sala de espera se enorgullecían en declarar que “el 95% de los habitantes de Nueva Zelanda practica algún deporte”. No es necesaria ninguna labor especial de investigación para darse cuenta de que el porcentaje es bastante exacto: aún no conozco a ningún neozelandés que no corra, salte, monte en bicicleta, se tire cataratas abajo en un kayak, vuele enganchado a un fuera borda, esquíe, salte a la pata coja o levante abuelitas con la mano izquierda al menos 3 veces por semana. Y no os dejéis engañar: en Nueva Zelanda hay un gran porcentaje de gordos… pero no importa tu volumen o peso, siempre puedes practicar lanzamiento de jabalina, sumo (de naranja o de mansana) o rodamiento de ladera de montaña en calzoncillos. No hay disculpa.

Si en España la pregunta personal más típica entre desconocidos es algo así como “¿estudias o trabajas?” y en Inglaterra es “pues parece que va a llover hoy, ¿no?”, en Nueva Zelanda es invariablemente: “Y tú, ¿qué deporte practicas?”. Al ser una recién llegada y no haber tenido tiempo de integrarme en la comunidad deportiva (como se supone que una debe hacer para ser ciudadana de bien por estos lares), en mis primeros días la pregunta que me lanzaba todo quisqui era: “Y allá por Mix Village, ¿qué deportes practicabas?”. Ante la cual fui desarrollando una serie de respuestas que daban mejor o peor resultado:

Respuesta 1 (de novata total):

Fulano1: ¿Y tú qué deportes practicabas en Inglaterra?
Pilimindrina: ¿Yo? Ninguno, soy muy vaga.
Reacción del público: horror, espanto, estupefacción. Un incómodo silencio se instala en la mesa y X pares de ojos incrédulos se clavan sobre la hereje. Un niño pasa y te señala con el dedo. Se ve un rastrojo pasar.
Pilimindrina: uy pero qué tarde eeees… creo que tengo unas bacterias esperándome…

Respuesta2 (intento de no quedar en ridículo durante los primeros días):

Mengana2: ¿Y que deportes practicabas en Inglaterra?
Pilimindrina: bueno, verás, es que tenia muchísimo trabajo, y claro, volvía a casa agotada, y además en Inglaterra oscurece muy pronto, y es peligroso salir por la noche, estooo…
Mengana2: Pero mujer, algo harías, ¿no corres por las mañanas, o juegas al tenis con los compañeros de trabajo, ni nada? (Nota: esta respuesta asume que el interlocutor es retrasado mental y/o no conoce la definición de “deporte”)(Nota2: en algunos casos, como el mío, se pueden aceptar ambas asunciones)
Pilimindrina: bueno, iba en bici al trabajo
Mengana2: (con expresión de “¡pillina, ya sabia yo que algo había!”) ¡Ahhhh, ciclismo, ya decía yo! ¿Cuantos kilómetros diarios?
Pilimindrina: estoooo… pues a ver… esto… eran unos 3 minutos hasta el trabajo desde mi casa… y luego la vuelta, claro, así que calculo que seríannnnn… sumodosymellevouna raízcuadradademenos3… Unos… Dos kilómetros?
Mengana2 guarda un tenso silencio y decide que tiene que rellenar la taza del café. Fracaso total de la respuesta 2

Respuesta 3 (farol de contraataque):

Zutano3: Y cuéntanos Pili, ¿qué deportes practicabas tú en Inglaterra?
Pilimindrina: (es importante poner cara de profunda indiferencia) verás, todos los días me levantaba a las 4 de la mañana para ensayar para la maratón de Mix Village, después del trabajo practicaba salto con pértiga, los fines de semana iba con mi grupo de montaña a escalar el Everest y de vez en cuando pedía un día libre para hacer kayak extremo
Zutano3: ¡Vaya, kayak extremo! ¡Es mi hobby favorito! Seguro que tú me puedes aconsejar: verás, quiero cambiar el estroncio trasero de mi kayak tipo Blitz para adecuarlo a la Normativa Australiana del 2006, pero no encuentro una tabla de medidas estronciales compatibles con la longitud del tropacio. ¿Qué me recomiendas?
Pilimindrina: ehm… uy, ¿no escuchas como que alguien me esta llamando en alguna parte?

Respuesta 4 (desarrollada tras arduas tareas de investigación sociológica):

Chutana4: Y tu Pili, que deportes pract…?
Pilimindrina: ¡calla, so puta, y dedícate a tus asuntos!

PhotobucketLos eventos deportivos transmitidos por televisión son cita obligada para cualquier kiwi que se precie. Todos mis compañeros de trabajo se conocen la posición y los tiempos en 200 metros lisos de cada participante de los Juegos Olimpicos de la Commonwealth de la semana pasada… yo me enteré de que existían estos juegos cuando pillé de rebote la ceremonia de clausura en la tele… lo cual en ocasiones limita mucho mi participación en charlas amistosas. ¿Cómo contribuir a una conversación acerca de la situación de los All Blacks en el mundial cuando lo único que sé de rugby es que la pelota tiene forma ahuevada y que los jugadores se dan de hostias y se abrazan con cara de mala leche y una raya negra debajo de los ojos?

Vale, sí. Soy una puñetera vaga. Pero qué le voy a hacer, ¿es tan raro que no me guste agotarme? Observad con atención a cualquier persona de esas que salen a correr a las tantas de la mañana de un amanecer gélido de invierno… ¿¿¿Recordáis haber visto a alguno feliz??? Mejillas coloradas, rostros congestionados y sudorosos luciendo muecas de angustia, respiración irregular, correr renqueante… “Me gusta correr por las mañanas”… ¡Vamos hombre! ¡Y a mi me encanta retorcerme los pezones con unas tenazas, no te jiba!

Aún recuerdo cuando a mi Superpapi le dio la venada de salir a correr por las mañanas. Se le metió en la cabeza que sudar era lo más de lo más de lo sano sanísimo, así que se montó un dispositivo de sudoración casero consistente en dos bolsas de basura con agujeros que llevaba puestas debajo de la camiseta. El tío se tiraba corriendo sin beber unos 20 kilómetros hasta un bar de carretera en el que, el primer día, agotó las botellas de litro de agua que tenían en el almacén como aprovisionamiento para la sequía. Mi hermana Bicha y yo teníamos que acompañarle en el último kilómetro sujetándole la lengua para que no se la pisara. Cuando volvía a casa y abría la puerta sólo se veía una bolsa negra arrugada con patas que iba dejando un reguero por el pasillo. El hombre se arrastraba hasta la báscula del banyo, se subía y exclamaba entre jadeos:Photobucket “¡¡¡Ja!!! ¡Lo sabia! ¡He perdido 7 kg!” antes de desmayarse sobre el bidé. Una vez Mamá encontró una de las bolsas de basura sudorosas en el baño y, muerta de asco, la tiró en el contenedor. Nos pasamos dos días buscando a Superpapi hasta que la compañía de recogida de residuos nos lo trajo a casa junto con una demanda por atascar la trituradora del camión de basuras. Ese día Mama se arremangó y puso las cartas sobre la mesa: “Cariño, ¡o el deporte o yo!”. Luego se dio cuenta del riesgo que aquel ultimátum conllevaba (la mueca de felicidad de Superpapi la puso sobre aviso) y rectificó: “Estooo… quería decir que cambiaras de deporte”.

Entonces le dio por las artes marciales.

Judo. Karate. Tai-Jitsu. Todo lo que sonara a chino raro valía. Los primeros días después de las clases el hombre no podía con su alma; no podías hacerle reír porque le dolía la barriga, ni podía lavarse la cabeza en la ducha de las agujetas que tenía en los brazos. Cuando empezó a estar más en forma, en vez de mejorar, la cosa empeoró: el día que no volvía a casa con una fisura en una costilla, volvía sin un diente o con rotura del cartílago de la oreja (¡no es coña, no, una vez se rompió una oreja!). Mamá ya no sabía qué parte de su marido iba a faltar después de cada clase de Chin-Chuan-Chún. Afortunadamente nunca faltó la fundamental, por algo siguen juntos.

PhotobucketY es que el deporte, hablemos claro, no es sano. ¿Que sí? ¡Bobadas!… no conozco a un solo practicante de deporte que no padezca dolores musculares, o tenga el menisco jodido, o la espalda hecha un cristo, o una úlcera en el estómago. Yo en toda una vida de practicar “sofá-vaguing” lo único que he tenido es un esguince de tobillo al bajar una escalera (¡quién me mandaría a mí no coger el ascensor!). Un amigo mío que practica el ciclismo siempre me dice: “Sí, pero, ¿quién tiene el organismo más sano, y menos problemas cardiovasculares, y un ritmo cardiaco más lento, y mejor tensión?”. “No sé, lo que sé es que para cuando yo muera de aterosclerosis hará mucho que a ti te atropelló un camión”.

Y hablando de ciclismo, hay una cosa que me saca de quicio en este deporte, y que últimamente además está muchísimo de moda. Escenario: cualquier ciudad española/inglesa/neozelandesa. Protagonista: hombre cincuentón con sonrisa de suma satisfacción y orgullo en sí mismo (y su organismo). Situación: el hombre se prepara para su sesión de ciclismo diario. Se embute en un maillot de lycra tres tallas menor de la que le corresponde, amarillo fosforito y con el logotipo del Tour de Francia, unos pantalones de ciclista tan apretados que se le marcan todas y cada una de las arrugas escrotales (que son muchas), se enfunda unas gafas de sol de cristal rosa como las de Bono, un casco aerodinámico verde chillón que le hace parecer el pájaro loco mirándose el culo, hace unas cuantas flexiones para prepararse para el gran esfuerzo, agarra su mega-bicicleta marca SuperFashion que le ha costado lo menos 10000 euros (yo he pagado por mi coche de segunda mano aproximadamente la tercera parte), sube a la bici mirando con disimulo en todas direcciones a ver si alguna chica joven y atractiva le está mirando (más le vale que no, porque las carcajadas podrían herir su delicado ego masculino), pega cuatro pedaladas para coger carrerilla y raudo cual guepardo y con cara de velocidad se dirige a…

…al bar de la esquina, donde desmonta, se quita el casco, se toma una cerveza con los colegas de la fábrica y vuelve a casa.

¿Habéis visto algo más ridículo en toda vuestra vida?

Bueno, sí, un tío cascándosela delante de la webcam. Pero, ¿aparte de eso?

Pues ejemplares como ese rondan a diario las calles de nuestras ciudades, y amenazan con reproducirse (en número digo, porque a esas edades las capacidades reproductoras suelen andar bastante mermadas).

PhotobucketY luego están esas cámaras de tortura llamadas “Gimnasios”. Puedo entender que alguien corra al aire libre y se agote viendo un hermoso paisaje y beneficiándose del aire puro. Que alguien llegue a la extenuación para conquistar la cima de una montaña y disfrutar desde allí de una vista a la que pocas otras personas tienen acceso. Que baje un río embravecido y sobreviva a unas cataratas para alcanzar un rincón no explorado por ningún ser humano. Lo que no me cabe en la cabeza es acabar echando los higadillos en una cinta corredera sobre la que la vista más interesante es el culo del que corre delante de ti (eso en el caso de que el culo merezca la pena, requisito que se cumple en muy pocos casos). O pasarse tres horas pedaleando sobre una bicicleta con vistas al desconchón de la pared izquierda del gimnasio.

Y creedme, he estado allí. En dos o tres ocasiones he hecho el ridículo más espantoso pagando por seis meses de gimnasio y utilizando dos semanas. El primer día te diriges al gimnasio con tus pantaloncitos cortos y tu camiseta de tirantes nuevecita, tu toalla, tu cinta para el sudor y tu sensación de orgullo en plan de: “de aquí a 5 meses voy a ser la Schwarzenegger femenina”. El primer día tu entrenador personal te hace una lista de la media hora de bicicleta, 50 abdominales, 50 levantamientos, 50 flexiones y otra media hora de bici que se supone tienes que hacer. Cuando terminas, y tu corazón vuelve a las pulsaciones en las que el riesgo de ataque cardiaco está por debajo del 95%, te arrastras hasta la ducha y te repites una y mil veces que “mañana será mejor”. “Mañana” vuelves. La primera pedalada en la bici estática despierta todas tus agujetas y comienzas a darte cuenta de que aquello va a ser jodido. Ese día no llegas a la mitad de flexiones, y a la tercera abdominal tus músculos barrigueros se ponen en huelga de fibras caídas. Al día siguiente vuelves del trabajo “tan cansada, que hoy no me apetece volver al gimnasio”. Al otro descubres que tienes unas ganas locas de ir sola al cine, a ver… lo que sea. El día siguiente te lo pasas en casa sintiéndote culpable por no poder encontrar una disculpa y sin salir a la calle por miedo a que uno de tus compañeros del gimnasio te vea y se ponga a chillar: “¡ahí está, ahí está la vaga redomada, de modo que no era verdad lo del viaje a las Alpujarras!”. A la semana vuelves, más por orgullo que por otra cosa. Sólo ver la bici ya te provoca un trauma. Te da la impresión de que todos los clientes del gimnasio te miran con desprecio y escupen a tu paso (algunos, de hecho, lo hacen). A los veinte minutos de mirar el reloj de reojo decides que has hecho bastante por ese día.

Jamás se te vuelve a ver el pelo por el gimnasio.

Sí, es mi caso. ¿Y qué?

Unos lo llaman “deporte”. Yo lo llamo “masoquismo”.

Pero estamos en el país del deporte, y como buena viajera es mi deber tratar de integrarme en las costumbres de mi país de acogida. De modo que haciendo un terrible esfuerzo y con mucha fuerza de voluntad, esta semana he empezado a practicar un deporte. He descubierto que en una de las salas de reuniones de Kiwilabs tienen una mesa de ping-pong, y me he puesto a jugar con mi colega de grupo, Steve, un alemán extremadamente feo pero que practica todo tipo de deportes (y es bueno en todo, el cabronazo) y que además es un tío estupendo. Creo que hasta me puede llegar a gustar esto del ping-pong… si es que me encanta tocar las pelotas. Además, después del ajedrez, debe ser el deporte que menos calorías quema. Ya os hablaré acerca de mis progresos… espero no dislocarme una muñeca.
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KiwiMapas
Hoy Maus tuvo que ir al médico para hacerse unos análisis y una radiografía de tórax que necesita para solicitar el visado antes de volverse a Inglaterra. Nunca había estado en ninguna clínica neozelandesa, de modo que preguntó en la primera que encontró. La recepcionista, muy amable ella, le indicó que necesitaba pedir cita, pero que para ese tipo de certificados debía acudir a otro centro que estaba en la calle de al lado. Era imposible perderse, pero aún así, y para facilitarle las cosas, le dibujó un mapa en un Post-It.

Esto es el mapa:

Photobucket


Maus se quedó mirando a la recepcionista con cara de póker, ante lo cual la chica miró el mapa, miró a Maus, volvió a mirar el mapa y arregló las cosas diciendo: "Sí hombre, está bien claro, tiene forma de herradura".

Cuando volví del trabajo Maus aún andaba perdido por el centro de Hamilton.

Creo que la mujer quería ser delineante...

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Nota: esta noche me pasé media hora descojonándome mirando el mapa. ¿Soy normal?

Nota2: ¡está claro, joder, tiene forma de herradura!

 
Los auténticos Gusiluz
La Isla Norte de Nueva Zelanda sufrió en el pasado – y aún sufre de vez en cuando, como bien saben los habitantes de Rotorua – una persistente actividad sísmica. Los numerosos lagos y piscinas volcánicas fácilmente localizables a lo largo y ancho de la isla son prueba fehaciente de ello. En algunos lugares en particular, la combinación de estos frecuentes movimientos de tierra y magma junto con la acelerada actividad kárstica de la zona hacen que ese paisaje verde, frondoso y plagado de pequeñas colinas de hierba suave que se aprecia desde la superficie se transforme en una maraña interminable de pasadizos y cuevas subterráneas, muchos de los cuales aún no han sido explorados por el ser humano. En resumen, que están más llenos de agujeros que un queso Gruyere.

Uno de estos lugares mágicos es Waitomo.

PhotobucketSeguro que muchos de los que leéis este blog habéis visitado personalmente alguna de las muchas cuevas que tenemos en España, y conocéis en detalle los sorprendentes paisajes labrados a lo largo de los siglos por la actividad de simples gotas de agua filtrada a través de varios metros de roca. Uno se introduce por lo que parecía un sencillo agujero en la piedra, y de repente se encuentra rodeado de cientos de complicadas y hermosas estalactitas y estalagmitas. Las cuevas, dependiendo de en qué país y en qué zona se encuentren, pueden ser más o menos profundas, más o menos antiguas, más o menos hermosas; pero al fin y al cabo, son sólo cuevas, y una vez que has visto una especialmente espectacular se puede decir que las has visto todas.

Las de Waitomo, sin embargo, tienen algo especial. Algo que las hace únicas. Se trata de un minúsculo y humilde gusano que no sobrepasa los 3 cm de longitud. ¿Y qué leches tiene de especial un simple gusano?, os preguntaréis. Pues tiene de especial un ciclo de vida apasionante, aparte del hecho de ser una especie que sólo se encuentra en estas cuevas. Queridos lectores del blog, hoy quiero hablaros del Glowworm, o “gusano resplandeciente”; o, como yo lo llamo, el auténtico Gusiluz.

A pesar de que se lo denomine vulgarmente “gusano”, se trata sin embargo de un término incorrecto: el Gusiluz es realmente un insecto, y el gusano no es más que la etapa larvaria de una mosca. La mosca en sí sólo vive unos días y es una mera máquina reproductora: no tiene boca, ni estómago, ni aparato excretor. Sólo vive para reproducirse y poner sus huevos, tras lo cual muere de hambre en pocas horas. Pues bien, cuando la mosca hembra se ha dado la única alegría al cuerpo de toda su vida, se mete en una de las cuevas y pone sus huevos en el techo de las zona más oscura que encuentra. Manda narices, unas cuevas rodeadas de bosques y praderas de espectacular belleza y luminosidad, y la mosquita va a buscar el lugar más lúgubre para que nazcan sus hijos. Pero como ya os habréis imaginado la mosca no es idiota, y el lugar elegido para el feliz alumbramiento tiene toda su razón de ser. Unos 20 días después de puestos, los huevos eclosionan y el diminuto gusanito elige el lugar en donde pasará las siguientes semanas de su vida; la oscura cueva le proporciona la humedad que necesita y el lugar perfecto para poner en práctica su estrategia cazadora. Sí, he dicho cazadora, porque los no tan inocentes gusanos son temibles depredadores carnívoros que se alimentan de ingentes cantidades de moscas y mosquitos. PhotobucketSu método es extraordinariamente elaborado: los gusanos recién nacidos, a pesar de medir sólo 3 mm, emiten una potente luz desde el extremo de su cola; además, una glándula especial les permite secretar un hilo extremadamente pegajoso que dejan caer y que pende debajo de ellos. Estos hilos pueden alcanzar los 15-20 cm de longitud, y dan al techo de la cueva el aspecto que podéis ver en la fotografía. Visto desde apenas un metro de distancia os puedo asegurar que aquello parecen un montón de mocos blanquecinos colgando desde el techo de la cueva.

¿Y para qué se toman tantas molestias los Gusiluz? Imaginaos que sois una mosca o un mosquito zumbando alegremente a través un hermoso bosque en Nueva Zelanda. Como quien no quiere la cosa, os encontráis un agujero en la roca y decidís explorarlo. Pero claro, las moscas no suelen llevar linternas en la mochila, y de repente os dais cuenta de que os habéis desorientado, estáis rodeados de una oscuridad total y en cualquier momento os podéis pegar un hostiazo impresionante contra una estalactita. Os ponéis como locos a buscar una salida y de pronto vuestras plegarias se ven respondidas: allá, en el techo de la cueva, distinguís cientos y cientos de pequeñas luces brillantes, que sin duda indican agujeros por donde pronto volveréis a ver la luz del sol. Felices y contentos os dirigís hacia lo que creéis es una salida (¡Carol Anne, corre hacia la Luz!), cuando de repente chocáis contra algo que no se parece en nada a una roca: acabáis de estrellaros contra un moco gusanil. Cuanto más tratáis de despegaros de aquella cosa pringosa, más os enredáis en ella. Pronto os dais cuenta de que alguien está recogiendo el moco desde arriba, y en vuestros últimos y angustiosos segundos de vida comprobaréis que vuestra salida no era más que el culo brillante de un gusano a cuyas fauces os acercáis inexorablemente… BZZZZZ… fin de la mosca.

Aunque para cualquier mosca o mosquito estos Gusiluz sean lo más parecido al alien de la película, para los seres humanos constituyen un espectáculo luminoso único en el Mundo. Las “Glowworm Caves” de Waitomo (“Cuevas de los Gusanos Luminosos”), aparte de ser unas cuevas de particular belleza, te permiten contemplar, en la más absoluta oscuridad y silencio - no se permiten flashes ni murmullos, o los gusanos se acojonan y apagan la lámpara –, las miles y miles de diminutas lucecillas verdes-blanquecinas que tachonan el techo de las cuevas por encima del río que las atraviesa. Un paseo en barca a través de una galaxia oculta a varios metros bajo tierra.

PhotobucketAparte de las Cuevas Gusiluz, Waitomo cuenta también con otras dos cuevas famosas: la de Aranui y la de Ruakuri. En estas sí está permitido hacer fotos, y además te permiten conocer a más ejemplares de fauna autóctona, como es el caso de las Wetas. Las Wetas son enormes langostas de color marrón oscuro que a primera vista te pueden dar un susto de muerte, porque se asemejan a arañas enormes y se mueven exactamente igual que ellas. Sin embargo, cuando las miras con más atención (después de que el guía de la cueva te haya bajado de la estalagmita de 30 metros a la que te habías agarrado tras tu ataque de pánico arañil) reconoces fácilmente sus dos patas traseras adaptadas al salto y sus largas antenas negras. En la foto podéis ver a una familia de ellas que nos encontramos en la oquedad de una estalactita.

Así que ya sabéis, si vuestro hermanito pequeño o vuestro hijo os pregunta si de verdad existen los Gusiluz, ahora podéis decirle sin miedo a equivocaros que sí, que existen, y que viven en un lugar muy, muy lejano, llamado Waitomo.

Y que son carnívoros. Y que tienen mocos. Y que si no se duerme de una p… vez, el Gusiluz maléfico vendrá a atacarlo y comérselo vivo en la oscuridad de su cuarto.

Si es que me encantan los niños… :P

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Nota: no me pidáis que cambie el nombre al blog tan rápido, leñe, ¡que Maus aún no se ha ido! Tiene gracia la cosa – siempre y cuando se mire por el lado irónico -, me dice que se va, pero no me dice cuándo. ¿Se dará cuenta de la tortura que es estar viviendo con alguien que sabes que se va a marchar? En fin, después de la llantina de la semana pasada me estoy tomando las cosas con mucha más filosofía: aprovechémoslo mientras dure. Os recuerdo que en la cama el tío es un as :P

Más curiosidades de Nueva Zelanda:


1. En España nos quejamos de las comisiones que cobran los bancos… ¡os invito a que abráis una cuenta en Nueva Zelanda! ¡Pagas absolutamente por todo! Por tener la cuenta, comisión mensual. Por sacar dinero, por meter dinero (sí, sí, por meter dinero en tu propia cuenta, pagas), por usar el cajero automático (incluso el de tu propio banco), por domiciliar cualquier recibo, por tener una tarjeta de débito o crédito, por cada vez que usas cualquiera de ambas, por cobrar un cheque de tu mismo banco… ¡Joer, va a haber que volver al calcetín debajo del colchón!

Photobucket2. Los kiwis utilizan mucho la ironía en las señales de tráfico, especialmente en las que te piden que no te pases del límite de velocidad. Cada vez que entras en una autopista o vía rápida, empiezas a encontrarte con carteles de Tráfico con recochineo: “A tus amigos no les importa que llegues tarde”, “Seguro que habrá sitio en la playa”, “Seguro que tu casita de vacaciones sigue ahí”. El de la foto pone: “Pasaréis más tiempo juntos. Reduce la velocidad”.
 
Gracias... y a sonreír otra vez
Gracias por los comentarios, gracias por los correos, gracias a los que me consuelan, a los que me critican, a los que me insultan y a los que anuncian sus propios blogs. Gracias incluso a los que se equivocaron y pusieron aquí su comentario para la tía Engracia. Gracias a los que buscaban una página guarra y acabaron en la mía. Gracias a los que piensan que soy un tío con bigote cascándomela delante del portátil. Gracias a los que me piden que les ponga un link en mi página. Gracias a los que me ofrecen otra polla para que me olvide de la de Maus.

Como veis, vuelvo a estar de buen humor :P

Y a continuación, para los que quieren saber más cosas curiosas de Nueva Zelanda, aquí tenéis un capítulo especial de…

Curiosidades de Nueva Zelanda y los Kiwis:

Photobucket1. Las matrículas de los coches neozelandeses son muy parecidas a las españolas: números y letras negros sobre fondo blanco. Sin embargo, por un precio bastante razonable, puedes elegir tu propia combinación de letras y números (6 como máximo) e incluso añadir un mensaje en letras pequeñas. Así, paseando por la calle te encuentras a cada poco con matrículas la mar de originales. Adjunto un par de fotillos que tomé de dos de ellas: “TR1P 4U” (“trip for you” = “un viaje para ti”) y mi favorita, “JUCYAZ” (“juicy ass” = “culo jugoso”).

2. Un producto totalmente legal y de gran éxito entre la población juvenil de Nueva Zelanda son las píldoras nocturnas (“dance pills” o “party pills”). Te las encuentras anunciadas con todo lujo de detalles en quioscos y tiendas de todo tipo. Dudo mucho que sean pastillas de éxtasis, pero por la descripción no deben ser muy diferentes. Los puntos de venta advierten de su dosis máxima y de sus posibles efectos secundarios. Aún así yo no me he acostumbrado aún a ver en los quioscos carteles como estos:

Photobucket


Traducción:

Primer póster: “Kandi, fiesta en una píldora”

Segundo póster: “El paraíso de hierbas. Número 1 mundial en píldoras nocturnas. Desde 15$”

Tercer póster: encima de la imagen, aunque no se lee tan pequeño, pone: “¿Qué píldora eliges?”. Debajo de “Warning” (“Advertencia”), en letra pequeña, pone: “Jax y Bolts son hasta 5 veces más potentes que otras píldoras nocturnas y están designadas para ser consumidas en una sola dosis. Bajo ninguna circunstancia deben tomarse en doble dosis”. Debajo de “Jax” y “Bolts”: “Disponibles en sobres de 2, o botes de 5 unidades”.

Photobucket3. Las técnicas publicitarias de Nueva Zelanda son, como mínimo, peculiares. No es raro ver en la tele anuncios en los que un vendedor de coches te suelta algo como: “yo de fontanería no tengo ni cochina idea, pero vendiendo coches soy el amo”, o “nuestros pintores son profesionales: nunca se acostarán con su mujer”. Pero la palma se la llevan las agencias inmobiliarias. Aquí os pongo un anuncio que me encontré en el escaparate de la agencia Lodge. Traducción: “Se vende. 1 Esmae Place. ¿Buscas la peor casa en la mejor calle? Está aquí, en Dinsdale”







Nota: mi nuevo coche ya tiene nombre ;). Gracias a todos los que habéis colaborado, los nombres son todos geniales, aunque en cuanto vi el que propuso Miguel me enamoré. Así que, desde este mismo instante, mi coche queda bautizado como BEAGLE. Pienso enterarme de lo que cuesta cambiarle la matrícula... por Dios que, como sea barato, irá luciendo su nombre por las calles de Hamilton en menos que canta un gallo.
 
...que con el alma no puedo
En algunas ocasiones mis lectores me dejan comentarios de admiración por la vida tan emocionante que tengo, llena de aventuras y diversión y en la que todo me sale bien. No está de más recordar que un weblog no contiene todos y cada uno de los detalles de la vida de su protagonista, sino tan solo los momentos que a esa persona le apetece relatar. En un blog de humor, como este, con el que pretendo principalmente provocar sonrisas, la mayor parte de mis artículos se centran en acontecimientos divertidos, o bien en ironizar y satirizar aquellos que no lo son tanto.

No obstante mi vida, como la vuestra, no es sólo un camino de rosas. O quizás sí lo es, solo que esas rosas vienen con espinas, a veces largas y afiladas, otras pequeñitas que no duelen tanto, pero que te irritan la piel durante días.

Photobucket¿Soy feliz? La respuesta, sin tener que pensarla demasiado, es un rotundo . No soy feliz las 24 horas de los 7 días de la semana, no me paso todo el día con la sonrisa en la boca, ni tengo mucho dinero, ni mucho menos todo lo que me gustaría tener. Pero tengo algo que me ha costado mucho esfuerzo y trabajo conseguir: control sobre mi vida. Yo decido lo que hago, dónde lo hago y con quién. No debo favores a nadie ni he tenido nunca que humillarme para conseguir nada. Tengo todo lo que necesito porque me lo he currado, y bien currado, y nada de lo que tengo se debe a la buena suerte o a haber tenido una familia acomodada, ni a haber ganado la lotería. Sí, estoy satisfecha con lo que he conseguido en la vida, y además tengo ilusión de sobra para seguir luchando por muchas más cosas.

Tengo una familia a la que nunca le ha sobrado el dinero, pero que son ricos, inmensamente ricos, en amor y cariño. Si ese amor y cariño se pudiera traducir en billetes de 10 euros, no habría en el mundo mansión lo suficientemente lujosa que no pudieran pagar. Aunque de momento no necesite ayuda, ni sea una persona a la que le guste solicitarla, sé que bastaría con una llamada, una insinuación de que algo va mal, para tener a todos los míos reunidos en torno a mí como una piña. Ya sea en Nueva Zelanda o en Saturno, no existe lugar lo bastante lejano como para sentirme sola. Y mi privilegio es aún mayor por ser yo una persona que seguramente no merece todo ese apoyo, ya que mis muestras de cariño hacia ellos no llegan a la suela de los zapatos a las que ellos me prodigan a mí.

PhotobucketSoy feliz porque en el tema sentimental, a pesar de no haber tenido nunca una relación que haya durado más de dos años y poco – aparte de mi romance platónico a la tierna edad de tres añitos – siempre he estado con la persona con la que quería estar, y la mayoría de los que han compartido un trozo de su corazón conmigo se han quedado allá adentro, y yo en el suyo, por y para siempre. Porque puedo seguir hablando con ellos y confiando en ellos aun después de haberles fallado, porque ninguno me guarda rencor por mis pequeños y grandes defectos, ni yo a ellos. Porque aunque ya se haya fundido aquella chispa que una vez hubo, queda una brasa que no se apaga. Porque puedo volver a encontrarme con cualquiera de ellos dentro de 35 años, y ese algo especial seguirá allí.

Inciso: hablando de brasa, joer la que os estoy dando yo a vosotros… Fin del inciso.

Soy feliz en mi trabajo, porque después de toda una vida luchando por ser científica, hoy puedo decir que lo soy, y que además sigo sintiendo la misma ilusión cada vez que entro en un laboratorio que el primer día de prácticas de la carrera, cuando ver una hebra de ADN precipitado en alcohol era un acontecimiento mágico y un test ELISA me sonaba a una mujer con rulos. Sí, a veces mi trabajo es frustrante, desesperante… a veces meses y meses de trabajo se traducen en ningún resultado, a veces las personas que deberían apoyarte y dar ejemplo resultan ser las que te desaniman y te hacen replantearte qué coño haces trabajando por poco dinero y de sol a sol cuando, si hubieras estudiado Fisioterapia o Ingeniería Industrial, ahora estarías ganando una pasta gansa y de vacaciones en las Bahamas. A pesar de todo eso, una vez cada mucho tiempo, algo de lo que haces en el laboratorio da resultado: se te enciende una luz, descubres algo que nadie antes que tú sabía, una solución a un problema de una forma inesperada. Creo que hay que nacer científica para entender cómo ese simple instante te da energía para soportar otro año de frustraciones y fracasos, cómo gracias a esos escasos momentos mi trabajo es el mejor del mundo, y no lo cambiaría por ningún otro.

Soy feliz, sí, a pesar de todo.

A pesar de que a veces también haya motivos para llorar.

Maus quiere volverse para Inglaterra.

Dice que no era el momento adecuado para venirse, que no le gusta estar aquí. Que ha dejado cosas sin terminar en su país, y que debe volver para finalizarlas. No me puede asegurar si se va para volver. No sabe el tiempo que le llevará completar lo que tenga que completar. No puede darme fechas.

Me ha pedido que me vuelva con él. Al fin y al cabo, dice, yo puedo encontrar trabajo en cualquier parte.

Le he dicho que no.

Volvería con él si realmente hubiera intentado, en algún momento, adaptarse a este nuevo país, buscar un trabajo, conocer gente, demostrarme que ha movido un dedo por cumplir su promesa. Si después de un tiempo me mirase a los ojos y me dijera: “Pili, lo he intentado, pero no soy feliz aquí”. Entonces, y sentando un precedente en mi vida, dejaría mi casa y mi trabajo aquí y me iría con él a donde me llevara. Porque nunca había sentido por nadie lo que siento por él. Porque me pasaría la vida a su lado.

PhotobucketPero hay cosas que, por muy enamorada que esté, no estoy dispuesta a hacer. Y no estoy dispuesta a sacrificar mi nuevo trabajo en un país que me tiene hechizada por una persona que se ha pasado casi dos meses metida en casa, sin enviar un solo curri a ninguna de las ofertas de trabajo que yo misma me molesté en buscar para él (Maus ni siquiera entró en un buscador de empleo). Por una persona que va a volver a Inglaterra a vivir en la misma casa que comparte con su exmujer (“¿a dónde voy a ir, si no tengo otro sitio?”) y donde ella seguramente pasará todos los fines de semana, eso si no se muda en cuanto sepa que Maus vuelve.

Me dice que, si no voy con él, me esperará el tiempo que haga falta, y me pide que le espere yo a él.

Debo ser extremadamente egoísta, pero eso de esperar y esperar cual esposa de marinero gallego a que “mi hombre” se decida a volver, o yo a regresar a un país del que escapé cagando leches debido a la inexistente capacidad de sus habitantes de mostrar el más mínimo calor humano, no me atrae en absoluto. Si me tengo que quedar sola en el otro extremo del mundo, bastante jodido va a ser ya superar el hecho de perder a la persona a la que quiero para encima torturarme durante meses, quizá años, esperando el “retonno” del amor perdido. No. No tengo vocación de plañidera. Si Maus se marcha sin fecha de vuelta menos de dos meses después de venirse (y de casi dejarme plantada en el aeropuerto), se irá sin atadura alguna.

Y luego, al cabo de X tiempo, si de repente le dan unas ganas locas de regresar a Nueva Zelanda… mejor que primero me lo consulte, porque para entonces es posible que la que no quiera sea yo.

¡Qué fácil suena todo! ¡Qué valiente y dura que soy, coño! La mujer de hierro, del corazón de hielo y la cabeza templada.

PhotobucketHace un par de días dejé de llorar. Hasta entonces, durante más de una semana me acostaba con el corazón en un puño y un nudo en la garganta; me despertaba a las 5 de la mañana tras un sueño en el que yo estaba sola, y llamaba a Maus por teléfono para escucharle decir que se había vuelto con su mujer, que lo sentía mucho pero prefería una vida aburrida y predecible a una aventura sin hogar fijo ni seguridad alguna. En el trabajo, me refugiaba en mi oficina y en los baños cuando mantener los ojos abiertos sin parpadear no bastaba para evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas. Aun así, odiaba el momento de regresar a casa, porque sólo mirar a mi ingresito dulce dolía. Me pasaba el resto de la tarde mirando a la pared sin decir nada, o soltando lágrimas silenciosas, hasta acabar dormida sobre un cojín húmedo y salado.

Hace dos días me desperté hasta el moño de llorar. Lo de las depresiones a largo plazo no es lo mío, definitivamente. Al fin y al cabo, si Maus decidía irse, ¿no era mucho mejor recordar las últimas semanas pasadas a su lado como algo maravilloso y especial, en vez de como una representación teatral de las crónicas de María Magdalena?

Ya he aceptado que se marcha. Y yo pienso seguir luchando, esté él aquí o no.

Estoy jodida, pero sigo en pie.

Y no os equivoquéis, sigo siendo feliz. Es solo una espina.

Larga, afilada y venenosa. Pero una puta espina, al fin y al cabo. Veremos lo que tarda en curar la herida.

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Curiosidades de Nueva Zelanda:

1. Las lágrimas siguen siendo saladas y, aunque estemos cabeza abajo, siguen cayendo hacia el suelo.
 
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