Eufemismos educados
Estimada (prfffff) Dra RanciaWoman,Me gustaría expresar mi deseo de
Habiendo
Le agradezco enormemente
Mis mejores deseos
Pilimindrineixon
Si es que soy un encanto... Voy a celebr... estooo... a ahogar mis penas en unas cuantas pintas...
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PD1 Oficialmente decidido. ¡Prepárate, Nueva Zelanda!
PD2 Oficialmente decidido (por él): Maus se viene conmigo.
PD3 Mañana me marcho a Roma para un congreso que tenemos el martes y el miércoles siguiente. Me llevo a Maus conmigo. Quiero enseñarle la ciudad que me enamoró al chico que me está enamorando.
PD4 Joer... voy a estar rodeada de italianos y sin poder... grmblblblbllll...
Detalles...
El viernes fue un día completamente agotador. A los nervios por la oferta de empleo en Nueva Zelanda se sumaba la tensión de saber que tendría que comentarle a RanciaWoman que me largaba del laboratorio sin poder dar los tres meses de aviso que pone en mi contrato... Curioso apartado, según el cual si me echan, les basta con comunicármelo una semana antes, mientras que si la que se va soy yo, entonces son 3 meses. Como veis, estas cosas no sólo pasan en Spain... Aparte de eso tenía que averiguar cuántos miles de papeles tendría que presentar en la embajada de Nueva Zelanda para conseguir el visado de trabajo que se necesita para currar allí, planear qué hago con mis muebles y mis enseres, pensar en cuándo y por cuánto tiempo me vuelvo a Asturias a despedirme de mi familia (¡a saber cuándo les volveré a ver!), contactar con empresas de envíos marítimos a ver cuánto te despellejan por trasladar un par de cajas a las Antípodas y consolar a Maus, que se debate entre quedarse en la gris Inglaterra o venirse conmigo al paraíso del Señor de los Anillos.
A todo ello, cómo no, se sumaba un día de trabajo en el que parecía que todas las líneas celulares se habían puesto de acuerdo para crecer como locas y todos los compañeros necesitaban mágicamente de mi ayuda para acabar sus respectivos experimentos. A las 5 de la tarde lo que quedaba de mi cerebro estalló y decidí que las células podrían arreglárselas hasta el lunes con agua del grifo y un par de nutritivos escupitajos. Y dos hostias, como se quejaran. Di esquinazo al último colega que venía corriendo hacia mí con una pipeta y un matraz en las manos y cara de no-sé-cómo-coño-se-hace-esto-y-tú-eres-la-elegida-para-sacarme-de-dudas, dejé un par de tubos de ensayo y papeles garabateados sobre mi mesa para que pareciera que estaba haciendo algo importante y me escabullí hasta la cafetería, donde un viernes más se celebraba la “happy hour”: Cervezas y botellines por 1 libra y gente contentilla y con ganas de hablar de todo menos del curro. Justo lo que necesitaba.
A las 6:30, mucho más relajada y con andares mucho más zigzagueantes (que se lo digan a los radiadores del pasillo y a los cardenales de mis piernas) regresé al laboratorio y comencé a recogerlo todo para irme a casa. Esa tarde no contaba con Maus porque había quedado en pasarse por casa de Jazz, su hermano esotérico. Sin embargo nada más abrir el correo me encontré con un mensajito suyo (de Maus, no del hermano esotérico):
De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: ¿te paso a recoger?
Hola Preciosa,
Hace un frío que se congelan hasta los mocos. Había pensado que, para que no tengas que ir sujetándote la nariz y las orejas por el camino, podría pasar a recogerte con el coche y dejarte en casa antes de irme a ver a Jazz. Dame un toque cuando termines y en 5 minutos estoy ahí.
Besos y chupetones,
Maus
Son detalles como este los que hacen que me cueste un huevo seguir considerando a Maus como una simple aventura.
Inciso: “detalles como este” son algo habitual en Maus. Cuando se queda a dormir en mi casa y tiene que levantarse a las 6 mientras yo sigo frita en la cama, no hay día que no me deje un corazón dibujado en un papel por algún rincón de la casa en donde sabe que me voy a topar con él. Encima de la mesa, en el sofá, en el fogón de la cocina, dentro de la nevera, encima del cartón de la leche, pegado al paquete del Cola-Cao... El lunes pasado encontré un rastro de corazoncitos de servilleta desde la habitación a la cocina; en cada uno de ellos había una palabra: “I love you Pili, you are very special” (“Te quiero Pili, eres muy especial”). Recuerdo una mañana en la que me levanté, me duché, desayuné y me sentí un pelín triste al no haber encontrado ninguno. “No seas tonta, se le ha pasado, no va a dejarte corazones todos los días, leñe”. Me puse el abrigo y cogí las botas. Cuando iba a meter el pie, descubrí un corazoncito de servilleta dentro de cada una de ellas.
Fin del inciso.
Así que le llamé y le dije que podía pasarse a por mí cuando quisiera, que yo estaría en el laboratorio. Mi jefa se había largado ya, y sólo quedaban algunos estudiantes de doctorado y postdocs disfrutando de los restos de la happy hour y del inicio del fin de semana. La mayoría de los laboratorios estaban a oscuras.
En unos 15 minutos escuché abrirse la puerta y allí estaba Maus, tiritando de frío pero con los ojos iluminados al verme. Nos abrazamos y achuchamos un ratito. Él me miró con ojos traviesos y me dijo: “No sabes lo que lamento no poder estar contigo esta noche, llevo toda la tarde pensando en ti e imaginando todo lo que me gustaría hacerte”. “Oooohhh vaya... pobrecito... ¿y vas a tener que irte a casa de Maus todo cachondo?” “¡Qué remedio! Pero ya te pillaré mañana...”. Yo le sonreí, pícara. Mi cabeza empezó a maquinar y tardé medio segundo en tomar una decisión... Agarré a Maus de la mano y eché a andar. Pasamos por delante de clases y laboratorios hasta que nos detuvimos delante de uno de ellos. Detrás, la oscuridad. Miré a ambos lados del pasillo, abrí la puerta usando mi llave maestra y le arrastré detrás de mí sin darle tiempo a murmurar más que un: “¿P... pero a dónde me llev...?”.
Era el laboratorio de los microscopios. Para utilizar un microscopio de fluorescencia necesitas estar a oscuras, y por ello cada aparato tiene asignada una mesa y una cortinita que cierra un reducido espacio de trabajo. Allí adentro me paso a veces horas contando metafases cromosómicas o células que sintetizan una proteína fluorescente determinada. Esta vez tenía pensado hacer algo mucho más interesante.
Llevé a Maus hasta el microscopio más cercano y cerré la cortina negra muy despacio alrededor nuestro, mirándole fijamente a los ojos. “¿Qué estás maquinando, niña mala?”, me susurró al oído. Yo le hice callar con un beso en los labios. El beso se hizo más apasionado, y nuestras manos se dedicaron a recorrer todos los rincones de nuestros cuerpos. De sus labios bajé a la barbilla, y luego al cuello... y luego seguí bajando...
... una media hora más tarde la puerta del laboratorio se abrió despacito y vuestra Pilimindrina comprobó que no hubiese moros (ni ingleses) en la costa. Volví a sacar a Maus agarrado de la mano y los dos regresamos pasillo arriba. Él no decía nada - aún necesitaría unos segundos para recuperar la voz -, sólo me miraba con una expresión entre feliz y asombrada de “no me puedo creer lo que me acaba de pasar”. Le miré. Me miró. Sonreímos. Nos entró la risa. De repente su mirada se dirigió a un punto debajo de mi barbilla, en mi camiseta. “Espera un segundo, tienes algo aquí...”, y estiró la mano para tocarlo.
Estooo...
¿Habéis visto la película “Algo pasa con Mary”?
Los que la hayáis visto sabréis por qué lo menciono. Si no lo recordáis echad un vistazo a la foto de este enlace y os refrescará la memoria. Los que no la hayáis visto, lo siento mucho, pero me niego a dar más explicaciones al respecto. Alquiladla si os corroe la curiosidad morbosa ;P
Con el paso aún vacilante, Maus me llevó hasta el coche y me condujo hasta mi casa. Conociendo lo que le gustaba hablar a su hermano, yo ya suponía que la visita a Jazz iría para largo, así que le dije que no se preocupara, que cuando terminara se volviera para su casa y ya nos veríamos al día siguiente. A las 12.30 o así me fui a la cama, derrengada. A las 4 de la mañana oí a alguien tratando de abrir la puerta; ningún ladrón iba a ser tan torpe y escandaloso, de modo que no tuve problemas para identificar a Maus tratando de utilizar el juego de llaves que le había dado hacía escasamente una semana... Un rato después vi una sombra entrar tímidamente en mi habitación, tropezar con mis zapatillas, desvestirse con infinito cuidado para no despertarme (a buenas horas ya), y meterse conmigo en la cama. Estaba congelado de frío. Me abrazó y yo le abracé, y nos quedamos dormidos así, con mi cabeza en su pecho.
El sábado por la mañana, aún entre legañas y bostezos, le pregunté por qué había venido tan tarde en vez de dormir tranquilamente en su cama y venirse por la mañana. “De hecho me fui a casa y traté de dormir”, me dijo con su pelo corto y negro acariciando mi cuello y los ojos aún cerrados, “pero no era posible. Sé que te va a sonar rarísimo, y que me arriesgo a que salgas corriendo o a que me eches a patadas de tu cama, pero en mi cabeza sólo tenía un pensamiento: ‘quiero irme a dormir con la madre de mis futuros hijos’”.
No salí corriendo, ni le eché a patadas de la cama. Me quedé allí abrazada a él con los ojos abiertos como platos y sin saber cómo reaccionar, mientras él se adormecía de nuevo. Independientemente de lo que yo piense, de mi forma de ser, de mi independencia, de mis ideas acerca del matrimonio y los hijos... independientemente de todo eso, mi corazón se hinchó de orgullo y emoción. Nunca, jamás, nadie me había dicho algo tan hermoso.
A todo ello, cómo no, se sumaba un día de trabajo en el que parecía que todas las líneas celulares se habían puesto de acuerdo para crecer como locas y todos los compañeros necesitaban mágicamente de mi ayuda para acabar sus respectivos experimentos. A las 5 de la tarde lo que quedaba de mi cerebro estalló y decidí que las células podrían arreglárselas hasta el lunes con agua del grifo y un par de nutritivos escupitajos. Y dos hostias, como se quejaran. Di esquinazo al último colega que venía corriendo hacia mí con una pipeta y un matraz en las manos y cara de no-sé-cómo-coño-se-hace-esto-y-tú-eres-la-elegida-para-sacarme-de-dudas, dejé un par de tubos de ensayo y papeles garabateados sobre mi mesa para que pareciera que estaba haciendo algo importante y me escabullí hasta la cafetería, donde un viernes más se celebraba la “happy hour”: Cervezas y botellines por 1 libra y gente contentilla y con ganas de hablar de todo menos del curro. Justo lo que necesitaba.A las 6:30, mucho más relajada y con andares mucho más zigzagueantes (que se lo digan a los radiadores del pasillo y a los cardenales de mis piernas) regresé al laboratorio y comencé a recogerlo todo para irme a casa. Esa tarde no contaba con Maus porque había quedado en pasarse por casa de Jazz, su hermano esotérico. Sin embargo nada más abrir el correo me encontré con un mensajito suyo (de Maus, no del hermano esotérico):
De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: ¿te paso a recoger?
Hola Preciosa,
Hace un frío que se congelan hasta los mocos. Había pensado que, para que no tengas que ir sujetándote la nariz y las orejas por el camino, podría pasar a recogerte con el coche y dejarte en casa antes de irme a ver a Jazz. Dame un toque cuando termines y en 5 minutos estoy ahí.
Besos y chupetones,
Maus
Son detalles como este los que hacen que me cueste un huevo seguir considerando a Maus como una simple aventura.
Inciso: “detalles como este” son algo habitual en Maus. Cuando se queda a dormir en mi casa y tiene que levantarse a las 6 mientras yo sigo frita en la cama, no hay día que no me deje un corazón dibujado en un papel por algún rincón de la casa en donde sabe que me voy a topar con él. Encima de la mesa, en el sofá, en el fogón de la cocina, dentro de la nevera, encima del cartón de la leche, pegado al paquete del Cola-Cao... El lunes pasado encontré un rastro de corazoncitos de servilleta desde la habitación a la cocina; en cada uno de ellos había una palabra: “I love you Pili, you are very special” (“Te quiero Pili, eres muy especial”). Recuerdo una mañana en la que me levanté, me duché, desayuné y me sentí un pelín triste al no haber encontrado ninguno. “No seas tonta, se le ha pasado, no va a dejarte corazones todos los días, leñe”. Me puse el abrigo y cogí las botas. Cuando iba a meter el pie, descubrí un corazoncito de servilleta dentro de cada una de ellas.Fin del inciso.
Así que le llamé y le dije que podía pasarse a por mí cuando quisiera, que yo estaría en el laboratorio. Mi jefa se había largado ya, y sólo quedaban algunos estudiantes de doctorado y postdocs disfrutando de los restos de la happy hour y del inicio del fin de semana. La mayoría de los laboratorios estaban a oscuras.
En unos 15 minutos escuché abrirse la puerta y allí estaba Maus, tiritando de frío pero con los ojos iluminados al verme. Nos abrazamos y achuchamos un ratito. Él me miró con ojos traviesos y me dijo: “No sabes lo que lamento no poder estar contigo esta noche, llevo toda la tarde pensando en ti e imaginando todo lo que me gustaría hacerte”. “Oooohhh vaya... pobrecito... ¿y vas a tener que irte a casa de Maus todo cachondo?” “¡Qué remedio! Pero ya te pillaré mañana...”. Yo le sonreí, pícara. Mi cabeza empezó a maquinar y tardé medio segundo en tomar una decisión... Agarré a Maus de la mano y eché a andar. Pasamos por delante de clases y laboratorios hasta que nos detuvimos delante de uno de ellos. Detrás, la oscuridad. Miré a ambos lados del pasillo, abrí la puerta usando mi llave maestra y le arrastré detrás de mí sin darle tiempo a murmurar más que un: “¿P... pero a dónde me llev...?”.
Era el laboratorio de los microscopios. Para utilizar un microscopio de fluorescencia necesitas estar a oscuras, y por ello cada aparato tiene asignada una mesa y una cortinita que cierra un reducido espacio de trabajo. Allí adentro me paso a veces horas contando metafases cromosómicas o células que sintetizan una proteína fluorescente determinada. Esta vez tenía pensado hacer algo mucho más interesante.
Llevé a Maus hasta el microscopio más cercano y cerré la cortina negra muy despacio alrededor nuestro, mirándole fijamente a los ojos. “¿Qué estás maquinando, niña mala?”, me susurró al oído. Yo le hice callar con un beso en los labios. El beso se hizo más apasionado, y nuestras manos se dedicaron a recorrer todos los rincones de nuestros cuerpos. De sus labios bajé a la barbilla, y luego al cuello... y luego seguí bajando...... una media hora más tarde la puerta del laboratorio se abrió despacito y vuestra Pilimindrina comprobó que no hubiese moros (ni ingleses) en la costa. Volví a sacar a Maus agarrado de la mano y los dos regresamos pasillo arriba. Él no decía nada - aún necesitaría unos segundos para recuperar la voz -, sólo me miraba con una expresión entre feliz y asombrada de “no me puedo creer lo que me acaba de pasar”. Le miré. Me miró. Sonreímos. Nos entró la risa. De repente su mirada se dirigió a un punto debajo de mi barbilla, en mi camiseta. “Espera un segundo, tienes algo aquí...”, y estiró la mano para tocarlo.
Estooo...
¿Habéis visto la película “Algo pasa con Mary”?
Los que la hayáis visto sabréis por qué lo menciono. Si no lo recordáis echad un vistazo a la foto de este enlace y os refrescará la memoria. Los que no la hayáis visto, lo siento mucho, pero me niego a dar más explicaciones al respecto. Alquiladla si os corroe la curiosidad morbosa ;P
Con el paso aún vacilante, Maus me llevó hasta el coche y me condujo hasta mi casa. Conociendo lo que le gustaba hablar a su hermano, yo ya suponía que la visita a Jazz iría para largo, así que le dije que no se preocupara, que cuando terminara se volviera para su casa y ya nos veríamos al día siguiente. A las 12.30 o así me fui a la cama, derrengada. A las 4 de la mañana oí a alguien tratando de abrir la puerta; ningún ladrón iba a ser tan torpe y escandaloso, de modo que no tuve problemas para identificar a Maus tratando de utilizar el juego de llaves que le había dado hacía escasamente una semana... Un rato después vi una sombra entrar tímidamente en mi habitación, tropezar con mis zapatillas, desvestirse con infinito cuidado para no despertarme (a buenas horas ya), y meterse conmigo en la cama. Estaba congelado de frío. Me abrazó y yo le abracé, y nos quedamos dormidos así, con mi cabeza en su pecho.El sábado por la mañana, aún entre legañas y bostezos, le pregunté por qué había venido tan tarde en vez de dormir tranquilamente en su cama y venirse por la mañana. “De hecho me fui a casa y traté de dormir”, me dijo con su pelo corto y negro acariciando mi cuello y los ojos aún cerrados, “pero no era posible. Sé que te va a sonar rarísimo, y que me arriesgo a que salgas corriendo o a que me eches a patadas de tu cama, pero en mi cabeza sólo tenía un pensamiento: ‘quiero irme a dormir con la madre de mis futuros hijos’”.
No salí corriendo, ni le eché a patadas de la cama. Me quedé allí abrazada a él con los ojos abiertos como platos y sin saber cómo reaccionar, mientras él se adormecía de nuevo. Independientemente de lo que yo piense, de mi forma de ser, de mi independencia, de mis ideas acerca del matrimonio y los hijos... independientemente de todo eso, mi corazón se hinchó de orgullo y emoción. Nunca, jamás, nadie me había dicho algo tan hermoso.
El otro extremo del mundo...
Ya tenía medio escrito el siguiente artículo. Iba a contaros que, por bocazas, tuve que hacer una entrevista por teléfono en italiano, y que había estado toda esa semana dando el coñazo a mis amigos italianos para entrenar. Que la entrevista me había salido muy bien, pero que al final no me habían dado el puesto porque además tenía que escribir en italiano (podrían haberlo dicho antes de hacerme pasar por todo el trago, leñe).Por el medio de todo eso me llegó la contestación a otro curri que envié, casi sin esperanza alguna (se había pasado ya el plazo para solicitar el puesto) a Nueva Zelanda. El trabajo es poco menos que el ideal para una científica, en un laboratorio independiente de la Universidad, trabajando 8 horas al día, 5 días por semana. No esperaba respuesta, o bien la esperaba al cabo de varios meses, pero llegó a la semana de haber contactado con ellos. Me llamaron a casa. Me volvieron a llamar para acribillarme a preguntas desde 5 flancos diferentes. Me enviaron un batallón de tests psicológicos, numéricos y verbales que tuve que hacer por internet y que me dejaron con un dolor de cabeza que me quitó incluso las ganas de sexo durante... estoooo... una media hora.
Y tres horas después de enviar los resultados de los tests, recibí otro mail.
Contenía tres archivos adjuntos.
El primero de ellos era un contrato de trabajo con una oferta completa para trabajar en Nueva Zelanda durante dos años y medio.Los otros dos, un par de folletos sobre condiciones del puesto de trabajo y la estructura de la empresa.
Si acepto, tengo que empezar a trabajar el 16 de Enero... ¡¡¡Dentro de mes y medio!!!
En el otro extremo del Mundo...
Tengo hasta el viernes que viene para pensármelo.
¿Realmente hay algo que pensar? :)
Seguiremos informando...
Mensaje de Maus (o "descojone mañanero")
De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: frío
Buenos días Preciosa,
¡Hace tanto frío esta mañana que mis genitales han desaparecido!
Montones de besos y abrazos,
Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: frío
Buenos días Preciosa,
¡Hace tanto frío esta mañana que mis genitales han desaparecido!
Montones de besos y abrazos,
Maus
Recuerdos de Edimburgo: dos brujas y un catalán en apuros
En el verano del año 2000, mientras estaba realizando mi doctorado en la Universidad de Oviedo, tuve la oportunidad de realizar una estancia de 3 meses en Edimburgo para aprender nuevas técnicas, y de paso comprobar la manera de desarrollar la investigación científica en otro país. A pesar de que yo llevaba ya unos años viviendo en un piso compartido, era la primera vez que me alejaba de mi tierrina durante más de un par de semanas. Por aquel entonces yo llevaba año y pico saliendo con Elmo, mi novio de entonces, aunque la relación empezaba a resultarme enormemente cargante: Elmo era un chico bastante religioso que me veía como “la mujer de sus sueños”, con la que quería casarse y tener hijos (a pesar de que yo ya le había advertido en numerosas ocasiones que esa no era mi idea al respecto), y yo no podía evitar ver también mi viaje como una manera de liberarme de la presión, al menos durante unos meses.Aquél fue el año del “Efecto 2000”, el mismo que se suponía iba a provocar todo tipo de catástrofes: los aviones se estrellarían, los ordenadores explotarían, las calculadoras de bolsillo encabezarían una revolución comunista electrónica y el caos se adueñaría del Primer Mundo... Vamos, algo así como un Juicio-Chip Final. Al final todo se quedó en un par de pantallas asegurando que estábamos a 1 de Enero de 1900 y un montón de adivinos diciendo que “ellos ya sabían que no pasaría nada”. Ah, y un puñado de raelianos esperando como gilipollas a la nave espacial que se suponía vendría a recogerlos en la cima de una montaña.
Fue también el año del boom de Internet. Aunque la red de redes llevaba ya un tiempo funcionando, fue en el 2000 cuando empezó a hacerse indispensable para todo tipo de actividades cotidianas: desde comprar un billete de avión, hasta reservar una habitación de hotel, registrarse para un congreso, pedir una pizza margarita, vender tu colección de comics o comprar un muñeco hinchable hiperrealista con pelo en el pecho, erección continua y lengua masturbadora móvil. Yo recuerdo haber utilizado Internet para todas esas cosas excepto una. Sí, habéis acertado: nunca pedí una pizza margarita online. Recordad que no me gusta el queso.
También hice uso de la red para encontrar alojamiento para los 3 meses que iba a pasarme en tierras escocesas. Teniendo en cuenta que mi habitación en Oviedo, amueblada y con derecho a cocina y baño, me salía por menos de 20000 pelas de las de entonces al mes, los precios de los pisos compartidos en Edimburgo me resultaban exorbitantes, y la beca que estaba cobrando por entonces no daba para demasiados lujos. Así que decidí decantarme (craso error que sólo más tarde reconocería) por reservar lo que allí se conoce como lodging, y que no es más que una habitación con derecho a cocina y baño, pero en una casa particular. Los lodgings, al menos en Edimburgo, suelen tener como landlady (casera) a una mujer de bastante edad que vive sola, y a la que los ingresos extra de tener a un inquilino en casa suelen ayudar a cubrir sus gastos. De modo que encontré un lodging a escasos minutos a pie del campus universitario al que yo tenía que ir – la Universidad de Edimburgo está bastante deslocalizada, y el departamento de Biología Molecular se encuentra en los llamados “King’s Buildings”, al Sur de la ciudad – regentado por una tal Sheila, descrita en la página web como “amable y comprensiva”, y que además aceptaba estancias cortas de estudiantes extranjeros a un precio insultante, pero más económico que un piso compartido. Reservé el lugar por tres meses y envié un cheque por correo por valor del primer mes. La mujer lo recibió perfectamente y se me confirmó vía e-mail que el lodging era mío. ¡Que viva Internés y la madre que lo parió!Así que a mediados de Junio hice la maleta, me despedí de Elmo sin demasiados aspavientos y me monté en el avión que me conduciría a mi primera prueba de fuego de la independencia: 3 meses en un país desconocido, en una ciudad en la que no conocía absolutamente a nadie, y en la que ni siquiera hablaban mi idioma. El país de los hombres con falda, de las gaitas escocesas, de William Wallace, del monstruo del Lago Ness, del Whisky y de las High Lands. ¡Tiembla, Escocia, que llega el huracán asturiano!
Nada más poner el pie en Edimburgo me di cuenta de que podría haber alguna dificultad más de las previstas. Yo llegaba a Escocia con un nivel bastante bueno de inglés, un idioma que llevaba estudiando desde los 3 años. Pero ninguna clase de conversación avanzada te prepara para el acento cerrado escocés. Ninguna. Yo llevaba apuntadito en una libreta absolutamente todo lo que tenía que hacer, incluido el número de autobús que debía tomar para acercarme a mi lodging. Sólo necesitaba preguntarle al conductor cuál era mi parada. Fácil, ¿verdad? ¡Y un huevo! El tío abrió la boca y me soltó una parrafada de la que no entendí ni el “yes”. Le pedí que me lo repitiera y obtuve idéntico resultado (luego descubrí que hacerse entender con extranjeros no es precisamente la especialidad de ningún habitante de la Isla, como ya he contado en alguna ocasión). Se me heló la sangre... ¿y si el que iba a ser mi profesor durante esos días hablaba igual? Porque si no entendía a un conductor de autobús que me explicaba en qué parada tenía que bajar... ¿entendería a un profesor de Universidad hablándome sobre las mutaciones puntuales en el genoma de Drosophila melanogaster? Pos iba a ser que no, ¿eh?
Por fin, y entendiéndonos por gestos y con el mapa, como cualquier turista despistado, conseguí dar con la parada correcta. Desde ahí al lodging de marras aún me quedaba aproximadamente un kilómetro de caminata cargando con una maleta enorme que pesaba 25 kg y un abrigo de plumas que no había sido capaz de embutir dentro del equipaje (“Llévatelo nena, que por allá arriba seguro que hace mucho frío”... 23 grados a la sombra... gracias mamá). El hecho de que parte del camino fuera una senda pedregosa no alivió para nada mi sufrimiento. Finalmente llegué al lugar indicado: una casita pequeña justo al lado de otra bastante más grande que al parecer también alquilaba habitaciones. Llamé a la puerta y una voz chirriante se dejó oír: “I’m coming!” (“¡Ya voy!”). Ruido de butaca o mecedora suspirando de alivio porque la dueña le ha librado de su tonelaje, y pasos atronadores como si el mismo Godzilla se estuviera aproximando a la puerta. BUM... bum... BUM... bum. Se abre. 350 kg de Sheila me contemplan con desconfianza desde detrás de unas gafas cuyas patillas parecen enterradas en las arrugas de sus ojos; desde luego esta mujer podría hacer puenting con ellas sin riesgo a perderlas. Me miró de arriba a abajo con una mueca despreciativa y me dejó pasar a sus dominios. Yo me sentí como si estuviera entrando en la guarida del lobo. En cierta manera, lo estaba.Aquel primer día con Sheila fue un prólogo de lo que iba a vivir durante los siguientes tres meses. La mujer me enseñó mi habitación y la casa en general soltando un monólogo constante de advertencias y reproches sin haberme dado tiempo siquiera a dejar aparcadas mis cosas: “Esta es tu habitación. Yo te daré sábanas y toallas limpias una vez por semana, y me encargo de limpiarla, así que no dejes cosas tiradas por el suelo o por encima de la cama, o irán directamente a la basura. La luz es muy cara, úsala sólo si es necesaria. No dejes entrar a amigos a la casa, está estrictamente prohibido. Este es el baño, el agua es muy cara, sobre todo el agua caliente; no la uses demasiado" -
debo reconocer que, por su aspecto y aroma personal, la verdad es que ella daba ejemplo de sus propias normas - "Esta es la cocina, puedes usarla, pero no toques la lavadora, esa no está incluida, porque gasta mucho. Hay una lavandería a 10 minutos subiendo por esta misma calle. Puedes usar mi vajilla y la nevera, pero no saques de casa ningún plato ni cubierto, los tengo contados. Este es el salón, es para mi uso único y exclusivo, tú no puedes entrar aquí, a no ser que tengas que usar el teléfono. No puedes venir a ver la tele ni a sentarte. Ah, este es mi gato, Lucky”, me señaló a un orondo gato blanco y negro, “Sale y entra de la casa cuando le apetece, si ves que quiere salir o entrar ábrele la puerta. Yo le doy de comer, así que no le ofrezcas comida ni lo manosees mucho, no le gustan los desconocidos. A partir de las 10 no hagas demasiado ruido ni pongas música, es la hora a la que me acuesto. Adiós.”Y se volvió a torturar a su butaca dejándome insegura de si lo que acababa de ocurrir era real o una ensoñación que estaba teniendo en el avión. Pronto supe que se pasaba la mayor parte del día así, sentada en esa butaca delante de la televisión cual reina en su trono, tapada con una mantilla y comiendo galletas. A veces Lucky se subía a su regazo buscando caricias, pero ella no tardaba en bajarlo de un empujón.
Mis primeros días en aquel lodging fueron un infierno. No sólo estaba completamente sola (la presencia de Sheila en el salón era peor que haber estado físicamente sola) y echaba de menos a Elmo y a mi familia, sino que en aquella zona de la ciudad no había absolutamente nada que hacer, nadie a quien conocer, y el centro de Edimburgo estaba a 45 minutos caminando. No tenía radio ni televisión, ni nada para leer. Las primeras llamadas que hice a mi familia fueron tal que así:
“Hola. Sí, estoy bien. Sí. La casa bien, sin problemas. Sí, yo también os echo de menos. No, tranquila, estoy muy feliz. El lunes empiezo en la Uni, ya os contaré. Si. Yo a ti también. Un beso para todos. Adiós.” Cuelgo. Salgo del salón y del influjo maléfico de la mirada de Sheila, que está visiblemente contrariada porque mi charla no la dejaba escuchar “Faulty Towers”. Entro en mi habitación. Cierro la puerta. Me tiro en la cama. “¡¡¡BBBUUUAAAAAAAA!!! Snif, snif... ¡¡¡BUAAAAAAAAAAAAA!!! ¡Yo quiero volver a mi casaaaaaa!”
El hermano de Sheila, Whitey, vivía en la enorme casa de al lado, y estaba casado con una mujer oriental, Lynn, que regentaba el otro lodging. Lynn y Sheila no se podían ni ver, y aprovechaban cualquier oportunidad para ponerse a parir mutuamente.
Un par de días después de empezar en el laboratorio, lo cual fue de gran ayuda (no sólo porque por fin conocí a más gente y tuve algo que hacer durante todo el día, sino también porque una de mis compañeras de trabajo, Dios la tenga en su gloria, me prestó una pequeña TV que me salvó la vida en mis aburridas noches solitarias), en mi primer fin de semana en aquel país, Sheila llamó a la puerta cuando acababa de despertarme:“¿Pilimindrineixon? A ver si tú puedes hacer algo, mira: en la casa de mi hermano y la bruja de su mujer hay un chico español que se encuentra un poco mal. No habla mucho inglés, y no le entienden. ¿Podrías acercarte por allí?”
Yo me levanté de un salto y me vestí con una sonrisa de absoluta felicidad: ¡un chico español que necesitaba ayuda! Si hacía falta le llevaba en brazos al médico, vamos. Lo que fuera por una oportunidad de conocer a alguien y salir de aquel espantoso lugar.
En la casa de Lynn flotaba un cierto ambiente opresivo que, si por aquél entonces ya se hubiese estrenado, me habría recordado al caserón de la película “Los Otros”. El piso de abajo sustentaba la vivienda del matrimonio, y en los dos pisos superiores habría una docena de habitaciones decrépitas; tuve tiempo de alegrarme de haber elegido la casa de Sheila, donde al menos mi cuarto estaba limpio y tenía dos ventanas por las que entraba el sol todas las mañanas (¡más bien todas las madrugadas! El verano en Edimburgo implica que el sol sale sobre las 4 de la mañana, y a ver cómo coño convences tú a tu organismo que aún quedan 3 horas más para que suene el despertador). Lynn me condujo hasta la habitación del “chico español”, que era la última del pasillo, justo al lado del baño compartido por 6 inquilinos. Nada más abrir la puerta me di cuenta de que la expresión “está un poco mal” utilizada por Sheila se quedaba algo más que corta: impregnaba aquella habitación un olor ácido pegajoso e intenso, que yo recordaba muy bien de las veces que algún familiar o amigo había sufrido una infección de garganta. Sin embargo aquel tufo podía decirse que “tenía solera”; preguntada al respecto, Lynn me confesó que el chaval llevaba así desde que llegó, hacía ya 3 días, durante los cuales aquella mujer no se había dignado a preguntarle cómo se encontraba, ni mucho menos a llevarle agua o comida. Le dije que se quedara fuera y me acerqué al bulto tembloroso en la cama. Su nombre era Sergi.
Sergi estaba de espaldas a mí. Le puse la mano en el hombro con suavidad y él se volvió hacia mí, haciendo un esfuerzo notable. Tendría uno o dos años más que yo. Su cara estaba roja e hinchada, le costaba incluso abrir los ojos, que le lloriqueaban continuamente. Su cuerpo desprendía el calor de 10 estufas, y sin embargo no sudaba... mala señal. Trató de hablar y sólo le salía un incómodo graznido. El olor ácido allá a su lado se hacía insoportable.“Tranquilo, no intentes hablar. Verás, me llamo Pilimindrina y estoy alojada en la casa de al lado, vengo a ayudarte. Yo me encargo de todo a partir de ahora, no te preocupes.”
Le puse la mano en la frente y, aunque nunca he sido una experta en calcular temperaturas, puedo decir sin miedo a equivocarme que aquella piel ardía. Salí unos segundos para pedirle a aquella bruja desalmada un termómetro que ya debería habérsele ofrecido a aquel chico nada más llegar a la casa. Cuando le aparté la camisa para ponérselo me di cuenta de que aún iba vestido con ropa de calle. Cuando quise comprobar la temperatura, me percaté de que aquel termómetro estaba en grados Farenheit. Sobre la mesita, entre sus cosas, encontré una pequeña calculadora y tras unos segundos de rebanarme los sesos logré recordar la fórmula para calcular los grados Celsius. Hice la transformación. La cifra se burlaba de mí desde la pantalla de cristal líquido.
41,2ºC
“Lynn, este chico está muy enfermo, tiene una infección grave, hay que llevarlo ahora mismo a un médico”
La mujer debió notar la urgencia y el indignación en mis ojos, porque se limitó a decir: “voy a ponerme algo y a por las llaves”, y en 5 minutos estaba de vuelta. Durante ese tiempo aproveché para darle de beber a Sergi, que se tomó 3 vasos de agua casi sin respirar. Finalmente logró hablar un poco y me comentó que en las últimas 36 horas no había tenido fuerzas ni siquiera para levantarse a por agua. Fuera lloviznaba y la temperatura estaría cerca de los 17 grados. Le envolví en toda la ropa de abrigo que pude encontrar, ya que estaba tiritando, y le ayudé a levantarse y bajar hasta la salida. Estaba tan débil que me parecía estar sosteniendo a un anciano.
Lynn condujo bajo la lluvia, que ya arreciaba, hasta un pequeño centro de salud a un par de kilómetros de la casa. En cuanto salimos del coche, aquella mujer – por llamarla de alguna manera – cerró la puerta y nos dijo que ella se volvía a casa, que tenía cosas que hacer. “¿La llamo cuando terminemos la consulta?”, pregunté yo, ingenua. Ella me miró como quien mira a una mosca que ha caído en su sopa. “No, no, no voy a volver. Para la vuelta tendréis que encontrar transporte”. Y se fue, dejándonos incrédulos bajo la lluvia.
En el centro de salud no tardaron ni 5 minutos en atendernos, y la médico que lo hizo se comportó espléndidamente. Ni siquiera nos hizo rellenar los interminables papeles que te exigen a veces cuando lo único que tienes es una tarjeta española de la Seguridad Social. “Efectivamente, es una infección bacteriana de garganta y está muy avanzada, pero en cuanto empiece a tomar antibióticos se pondrá bien en un par de días. ¿Cómo es que no ha venido antes?”. Me ahorré mis ganas de decir que la Bruja Mala del Oeste lo había tenido secuestrado en su castillo. La médico nos extendió la receta e incluso nos hizo el favor de llamar a un taxi, ya que la farmacia de guardia más cercana aquel sábado por la mañana estaba a unos 3 kms, en el centro de la ciudad, en Princess Street. Allá que dejé a Sergi bajo una parada de autobús mientras yo vigilaba, empapada en agua de lluvia, para ver si llegaba el taxi. En la farmacia tuve que esperar una cola de unas 7 personas antes de que me atendieran, y volver de nuevo a por un vaso de agua porque Sergi estaba muerto de sed allá en el taxi. Cuando nos dejó otra vez en casa de Lynn el taxímetro marcaba 12 libras (unos 16 euros). Pero a ninguno de los dos nos importaba. Subimos a su habitación, le cambié las sábanas y se las eché a lavar mientras él trataba de darse una ducha, le ayudé a ponerse el pijama y le dejé allá acostado mientras yo me iba a prepararle un arroz hervido a mi casa. Llevaba casi 3 días sin comer nada sólido.Todo aquel que haya sufrido una infección de garganta sabe que, una vez tomado el antibiótico, la mejoría es muy rápida; la recuperación de Sergi fue casi milagrosa, y ese mismo día por la noche ya hablaba mucho mejor e incluso esbozaba sus primeras sonrisas. Me contó que él también venía a hacer una estancia corta de doctorado, y que se había empezado a encontrar mal poco antes de subirse al avión. Al llegar a la casa ya se notaba con fiebre alta, y ni siquiera había llamado aún a su familia ni a su novia, porque temía que si les contaba lo mal que estaba cogieran ellos un avión y vinieran ipso-facto “a rescatarlo”. Le entendí perfectamente.
A partir de ese día, y hasta principios de Septiembre, cuando Sergi se volvió para Barcelona, no volví a estar sola. Cierto que durante los 3 meses de mi estancia en Edimburgo conocí a mucha gente, pero la amistad más bonita que recuerdo fue con aquel catalán. Como solíamos bromear más adelante, nos conocimos gracias a un montón de bacterias y a una Bruja Mala del Oeste. Fue una de las primeras lecciones que aprendí en mi recién estrenada “independencia lejos de casa”: no importa lo mal que vayan las cosas, no importan los morros de tu casera, ni que te mire mal por ducharte todos los días, ni que te regañe porque desayunas en la cocina y molestas al gato... Lo que importa es no estar sola.
Sergi se casó con su novia unos meses después de volver de Edimburgo. Aunque tratamos de mantener el contacto por e-mail, al pasar los meses y años lo fuimos perdiendo. Sin embargo ahí quedan un montón de recuerdos entrañables y el deseo de que todo le haya ido lo mejor posible en su vida. Y desde aquí, en el improbable caso de que algún día llegues a leer esto, un abrazo muy fuerte de la que un día fue tu improvisada enfermera :)
Etiquetas: edimburgo
¿Una casa encantada? (parte II)
(continuación)
A pesar de que una servidora es valerosa y osada, amén de una acérrima seguidora del método científico, la idea de subir a aquel ático oscuro en plena noche habría resultado temeraria... mira que si tropiezo en algún pedazo de madera abandonado y me despanzurro toda, o acabo empalada en un clavo oxidado... vamos, que mejor esperar al día siguiente, a plena luz del día. No es que tuviera miedo, ¿eh?, ¡por favor, qué tontería! (ja-ja-ja). Además, estaba muerta de hambre, y no iba a ponerme a explorar un ático polvoriento con el estómago vacío, ¿verdad?. Porque yo no creo en los espíritus, y sé a ciencia cierta que no hay monstruos ni fantasmas...
...excepto el del ático de Maus...
...en ninguna parte, y que todos los sonidos extraños...
...como la voz que grita tu nombre, o los golpes sobre el ventanuco del ático exigiendo que le dejes salir...
...tienen una explicación totalmente lógica y coherente. Hombre, vamos. Faltaría más. Le di la espalda a la puerta de marras y, muy digna yo, seguí a Maus escaleras abajo hasta la cocina.
Yo siempre había pensado que los vegetarianos llevaban, por necesidad, una alimentación mucho más sana, rica en vitaminas y minerales, y que se preocupaban por lograr un equilibrio en su dieta; esto es algo importante en alguien que no consume proteínas de origen animal. Sin embargo, una vez más, Inglaterra is different. La nevera y el congelador de Maus están llenos de comidas preparadas de 50 tipos diferentes – eso sí, todas ellas “aptas para vegetarianos” – y todo lo que sea salirse de “5 minutos al microondas” o “45 minutos en el horno” le resulta tan extraño como una PDA a un aborigen australiano. El fin de semana aquel descubrí que Maus no sabe hacer un sofrito de verduras, ni cortar en rodajas una zanahoria, ni tan siquiera freír unas patatas (“¿Para qué, si las puedes comprar congeladas?”). Vamos, que soy yo mejor “vegetariana” que él.
No contento con eso, en plena puerta de la nevera una postal impresa en rojo sangre me espetó en los morros: “MEAT IS MURDER” (“Carne = asesinato”). A su derecha, con la misma idea aunque un poco más de discreción, otra postal mostraba a una angelical joven en una bucólica escena junto a una gallina y un borreguillo: “I don’t eat my friends” (“Yo no me como a mis amigos”). Tan ridículo me pareció que hasta les saqué una foto (y aquí os la dejo para que os descojonéis vosotros mismos). He de decir que en cuanto Maus se despistó un momento, agarré la postal roja y le di la vuelta. Él que coma lo que quiera, pero lo de llamarme asesina no lo tolero.
Después de la tarde que había pasado Maus, yo ya iba mentalizada a pasarme la noche abrazándole y dándole mimos hasta que se quedara dormido entre sollozos, o algo por el estilo. Hablando en plata: a no comerme una rosca en todo el fin de semana. Así que me puse en mi faceta más maternal con besitos en la mejilla y abrazos reconfortantes. “¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? ¿Necesitas hablar?”. Desde luego, parece que nací ayer. Debería haber tenido en cuenta que Maus es un hombre.
Maus: “No, no estoy nada bien”
Pilimindrina: “¿Qué puedo hacer para ayudarte?”
Maus: “Espera que piense...”
(...)
Pilimindrina: “Estooo... Maus, nene, ¿tú no estabas deprimido?”
Maus: “Terriblemente”
Pilimindrina: “¿Entonces qué hace esa mano recorriendo zonas abruptas de mi geografía?”
Maus: “Está buscando la cura contra la depresión”
Pilimindrina: “¿Y la encuentra?”
Maus: “No, de momento no aparece... deja que busque por otras zonas...”
Pilimindrina: “Mmmmhhh... creo que he oído un ruido extraño en la puerta que da al ático. ¿Crees que será un fantasma?”
Maus: “Que lo follen. Pero que lo haga otro. Yo ahora mismo ya estoy ocupado”
Pilimindrina: “Maus...”
Maus: “¿Mmmhhh?”
Pilimindrina: “Estooo... creo que estás intentando desabrocharme el piercing del ombligo”
(...)
Fantasma del ático: “¿¿Y a mí quién coño me hace caso??”
(...)
Sábado por la mañana. Maus decidió salir a enseñarme la zona y a comprar algo de comer (especialmente para mí, que como tuviera que seguir comiendo comida de conejos me iban a crecer las orejas y los dientes). Descubrí en seguida por qué aquella casa había costado aproximadamente la tercera parte que una exactamente igual en las proximidades de Mix Village: el pueblecito de North es lo más parecido a la ciudad deprimida de la película “Billy Elliot”: las aceras estaban sucias y llenas de basura; las pocas tiendas mostraban una dejadez y un abandono deprimentes. Muchas casas estaban abandonadas y tenían los cristales rotos o cubiertos con maderas podridas. En los 2 ó 3 pubs que nos cruzamos, las cucarachas compartían cervezas con los clientes... y parecían más inocentes que ellos (¡y más guapas!). Unos metros más allá, se acababa el pueblecito y empezaban los polígonos industriales. La gente que nos cruzábamos tenía cara de pocos amigos y más de uno me lanzó una mirada asesina por atreverme a acariciar a su perro.
Tras hacer las compras pertinentes y volver a casa, decidí que era el momento perfecto para explorar el famoso ático: hacía sol, la luz penetraba por todas las ventanas, Maus y yo veníamos riéndonos de nuestra última tontería... ¿Quién dijo miedo?
Pregunté a Maus si tenía alguna linterna; tras revolver por los cajones de media casa, me vino todo sonriente con una de esas cintas elásticas con luz que se ponen en plena cocorota. Y encima de color rosa, cómo no. Ingleses... “¿Es esto todo lo que tienes?”, pregunté, “¡Por Dios, si voy a parecer la pequeña Lulú haciendo espeleología!”. Pero nada ni nadie me detendría en mi afán explorador: dije que investigaría en aquel ático tenebroso y eso era exactamente lo que pretendía hacer. Lo juro y lo perjuro.
Maus sacó de la habitación una escalera extensible de esas que vibran y se mueven con cada peldaño que avanzas, recordándote en cada momento lo mucho que apreciarías el hecho de seguir teniendo todos tus dientes en su lugar, se subió él primero y abrió el ventanuco que daba al ático. Yo entorné los ojos y traté de ver algo más allá, pero la oscuridad era total. Ni una ventana, ni un agujero entre los ladrillos, allí no había una sola fuente de luz. Me tendió la escalera y sonrió: “Hala, todo tuyo”.
Empecé a subir. Los peldaños chirriaban bajo mis pies, y parecía como si el agujero fuese el que se acercaba a mí, y no al revés. La negrura seguía siendo impenetrable. Finalmente estuve lo suficientemente alta como para apoyar las manos a ambos lados de aquel ventanuco e introducir la cabeza en aquel lugar. ¿Alguna vez habéis tenido la impresión de que la oscuridad es un ente físico? ¿De que es tan densa que casi puedes verla, como si de una niebla negruzca se tratase? Esa fue la sensación que tuve yo al meter la cabeza por aquel agujero. “¡No veo nada de nada!”, le grité a Maus desde arriba. “Espera un rato, tus ojos se acostumbrarán a la oscuridad”. Esperé. Desde allá arriba no se oía ni un solo sonido: ni voces de vecinos, ni ruidos de cañerías, ni siquiera la tan socorrida gota de agua que parece que siempre gotea en escenas de oscuridad en sótanos o áticos abandonados. El silencio era tal que se oían formarse las legañas. Por mi cabeza pasaban todas y cada una de las películas de terror que había visto en las que alguno de los protagonistas había sido lo suficientemente imbécil como para meterse solo en uno de los lugares oscuros y tenebrosos como aquél:
En “La Maldición”, la chica que sube al ático por el armario y enciende un mechero... para que al acabar de girarse la luz permita ver a la mujer muerta que la esperaba allá arriba...
En “Al final de la escalera”, el hombre que sube al ático, entra en la habitación y ve moverse la silla de ruedas...
En “El sexto sentido”, el niño que va al baño en plena noche y tras él, en la oscuridad, se ve a alguien pasar por delante de la puerta...
En “La Bruja de Blair”, los tres amigos metidos de noche en la tienda de campaña y sin atreverse a asomarse fuera, porque se pueden escuchar perfectamente los sonidos guturales y las risas de los niños...
En “Darkness”, el niño jugando en su habitación y algo que atrae todos sus juguetes a la zona oscura de debajo de su cama...
Y finalmente, en “La decapitación de Pilimindrina”, donde una estúpida científica mete la cabeza en un ático oscuro tratando de demostrar que no existen los fantasmas... sólo para descubrir en los últimos momentos agónicos de su existencia a un esqueleto cubierto de tiras de carne putrefacta que le mira con su huesuda sonrisa y sus cuencas vacías, antes de rebanarle el cuello con el mismo cuchillo oxidado que había utilizado años atrás para asesinar a su padre, que le mantenía encadenado en el ático. “Te estaba esperando”, susurraba el espectro con voz burbujeante mientras blandía la hoja del cuchillo ante una Pilimindrina paralizada por el terror.
Miré hacia abajo. Maus estaba al pie de la escalera, mirándome... pero parecía estar a años luz de distancia. Volví a mirar en el ático... mis ojos se habían acostumbrado mínimamente a la oscuridad, lo suficiente como para distinguir alguna forma extraña a mi alrededor. Pensé en la habitación escondida que tenía que haber justo a mi derecha, oscura, impenetrable, esperando a alguien que fuera lo bastante idiota como para atreverse a entrar. Pude verme a mí misma tropezando por los rincones del ático mientras, de alguna manera, el ventanuco de entrada volvía a cerrarse. Entonces me quedaría allá sola en la oscuridad, en el silencio que dejaría de ser silencio para dar paso a susurros que me llamaban.
Pilimindrina: “Maus, esta linterna no alumbra nada de nada, ¿seguro que no tienes una más normal?”
Maus: “No, tengo una pero me la dejé en Mix Village”
Pilimindrina: “Pues con esta es un peligro entrar aquí, es que no se ve nada”
Maus: “Si quieres puedo ir a pedirle una al vecino”
Pilimindrina: “Sí, esa sería una buena idea... pero antes vamos a comer, que estoy muerta de hambre”
Maus: “¿No entras entonces?”
Pilimindrina: Sí, sí, entro, pero más tarde, además, seguro que allá arriba está sucísimo, tendré que ponerme ropa más adecuada. Esta tarde lo volvemos a hablar, ¿eh? Hala, vamos a comer.
Maus: Pili, ¿por qué te castañetean los dientes?
Pilimindrina: ermm... es que en ese ático hace un frío que te cagas. Deja de preguntar tanto y dedícate a agarrar bien la escalera, no sea que me despanzurre.
Entonces fuimos a comer, y...
Oye tú. Sí, el/la que estás leyendo esto ahora mismo... ¿a qué viene esa media sonrisa de condescendencia? Hacía frío, estaba oscuro y sucio. NO es que tuviera miedo, ¿está claro? ¿Eh? ¿EH?
Y en el caso improbable de que tuviera miedo, ¿QUÉ PASA?
¡Ah, pensaba! ¬¬
Como iba diciendo, nos fuimos a comer. Y después de comer pues claro, una siestecita... y después de la siestecita que si mimitos por aquí, mimitos por allá, jugueteos por aquí, toqueteos por allá... total, que nos dieron las 4 y pico de la tarde. Y a esa hora no me iba yo a poner a visitar el ático otra vez, ya faltaba poco (ehm... unas dos horas) para que se empezara a hacer de noche. Y al día siguiente nos íbamos a volver para Mix Village, había que recogerlo todo. Así que acabamos viendo una peli (“Donnie Darko”, recomendada a todos los que leáis este blog y os gusten las pelis de miedo/misterio, y también a las/los que le echaríais un kiki ya mismo a Jake Gyllenhaal aunque en la peli no aparente más de 16 años), dándonos un baño de espuma los dos juntos - Dios, cómo echaba de menos una bañera de verdad, y no la ducha ridícula que tengo yo en casa -, cenando y volviendo a darle al vuelta a la postal de “MEAT IS MURDER”, que el muy joío había vuelto a colocar como estaba, y volviendo a la cama. Y 3 horas más tarde, durmiendo.
No volví a intentar subir al ático.
VALE, ¿Y QUÉ?
Para desviar un poco el tema, aquel domingo tuve mi primera “microdiscusión” con Maus. Todo vino a colación del cartelito de “Carne es asesinato”. Empecé preguntándole por qué lo volvía a poner como estaba mientras yo estaba allí si sabía que me ofendía. Él me decía que en casa de cada uno se pone lo que le apetece a cada uno. Yo estuve de acuerdo, pero también en unos ciertos límites de educación para con un invitado; en mi opinión, es como si una persona es cristiana y pone un cartel en el salón que dice: “Los musulmanes son asesinos”. Sí, vale, es su casa, pero si un día invita a casa a un musulmán no creo que le haga mucha gracia el cartelito de marras. Él repetía una y otra vez que no entendía por qué un cartel llamándome asesina podía resultarme ofensivo.
Así que para buscar el desempate en esta discusión (y para que no me llaméis cobardica por el tema ese del que no quiero acordarme), os pregunto a vosotros:
¿Os ofendería encontraros con el cartel de “Carne = asesinato” plantado en la nevera? ¿O estoy siendo demasiado tiquis-miquis?
A pesar de que una servidora es valerosa y osada, amén de una acérrima seguidora del método científico, la idea de subir a aquel ático oscuro en plena noche habría resultado temeraria... mira que si tropiezo en algún pedazo de madera abandonado y me despanzurro toda, o acabo empalada en un clavo oxidado... vamos, que mejor esperar al día siguiente, a plena luz del día. No es que tuviera miedo, ¿eh?, ¡por favor, qué tontería! (ja-ja-ja). Además, estaba muerta de hambre, y no iba a ponerme a explorar un ático polvoriento con el estómago vacío, ¿verdad?. Porque yo no creo en los espíritus, y sé a ciencia cierta que no hay monstruos ni fantasmas......excepto el del ático de Maus...
...en ninguna parte, y que todos los sonidos extraños...
...como la voz que grita tu nombre, o los golpes sobre el ventanuco del ático exigiendo que le dejes salir...
...tienen una explicación totalmente lógica y coherente. Hombre, vamos. Faltaría más. Le di la espalda a la puerta de marras y, muy digna yo, seguí a Maus escaleras abajo hasta la cocina.
Yo siempre había pensado que los vegetarianos llevaban, por necesidad, una alimentación mucho más sana, rica en vitaminas y minerales, y que se preocupaban por lograr un equilibrio en su dieta; esto es algo importante en alguien que no consume proteínas de origen animal. Sin embargo, una vez más, Inglaterra is different. La nevera y el congelador de Maus están llenos de comidas preparadas de 50 tipos diferentes – eso sí, todas ellas “aptas para vegetarianos” – y todo lo que sea salirse de “5 minutos al microondas” o “45 minutos en el horno” le resulta tan extraño como una PDA a un aborigen australiano. El fin de semana aquel descubrí que Maus no sabe hacer un sofrito de verduras, ni cortar en rodajas una zanahoria, ni tan siquiera freír unas patatas (“¿Para qué, si las puedes comprar congeladas?”). Vamos, que soy yo mejor “vegetariana” que él.
No contento con eso, en plena puerta de la nevera una postal impresa en rojo sangre me espetó en los morros: “MEAT IS MURDER” (“Carne = asesinato”). A su derecha, con la misma idea aunque un poco más de discreción, otra postal mostraba a una angelical joven en una bucólica escena junto a una gallina y un borreguillo: “I don’t eat my friends” (“Yo no me como a mis amigos”). Tan ridículo me pareció que hasta les saqué una foto (y aquí os la dejo para que os descojonéis vosotros mismos). He de decir que en cuanto Maus se despistó un momento, agarré la postal roja y le di la vuelta. Él que coma lo que quiera, pero lo de llamarme asesina no lo tolero.Después de la tarde que había pasado Maus, yo ya iba mentalizada a pasarme la noche abrazándole y dándole mimos hasta que se quedara dormido entre sollozos, o algo por el estilo. Hablando en plata: a no comerme una rosca en todo el fin de semana. Así que me puse en mi faceta más maternal con besitos en la mejilla y abrazos reconfortantes. “¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? ¿Necesitas hablar?”. Desde luego, parece que nací ayer. Debería haber tenido en cuenta que Maus es un hombre.
Maus: “No, no estoy nada bien”
Pilimindrina: “¿Qué puedo hacer para ayudarte?”
Maus: “Espera que piense...”
(...)
Pilimindrina: “Estooo... Maus, nene, ¿tú no estabas deprimido?”
Maus: “Terriblemente”
Pilimindrina: “¿Entonces qué hace esa mano recorriendo zonas abruptas de mi geografía?”
Maus: “Está buscando la cura contra la depresión”
Pilimindrina: “¿Y la encuentra?”
Maus: “No, de momento no aparece... deja que busque por otras zonas...”
Pilimindrina: “Mmmmhhh... creo que he oído un ruido extraño en la puerta que da al ático. ¿Crees que será un fantasma?”
Maus: “Que lo follen. Pero que lo haga otro. Yo ahora mismo ya estoy ocupado”
Pilimindrina: “Maus...”
Maus: “¿Mmmhhh?”
Pilimindrina: “Estooo... creo que estás intentando desabrocharme el piercing del ombligo”
(...)
Fantasma del ático: “¿¿Y a mí quién coño me hace caso??”
(...)
Sábado por la mañana. Maus decidió salir a enseñarme la zona y a comprar algo de comer (especialmente para mí, que como tuviera que seguir comiendo comida de conejos me iban a crecer las orejas y los dientes). Descubrí en seguida por qué aquella casa había costado aproximadamente la tercera parte que una exactamente igual en las proximidades de Mix Village: el pueblecito de North es lo más parecido a la ciudad deprimida de la película “Billy Elliot”: las aceras estaban sucias y llenas de basura; las pocas tiendas mostraban una dejadez y un abandono deprimentes. Muchas casas estaban abandonadas y tenían los cristales rotos o cubiertos con maderas podridas. En los 2 ó 3 pubs que nos cruzamos, las cucarachas compartían cervezas con los clientes... y parecían más inocentes que ellos (¡y más guapas!). Unos metros más allá, se acababa el pueblecito y empezaban los polígonos industriales. La gente que nos cruzábamos tenía cara de pocos amigos y más de uno me lanzó una mirada asesina por atreverme a acariciar a su perro.Tras hacer las compras pertinentes y volver a casa, decidí que era el momento perfecto para explorar el famoso ático: hacía sol, la luz penetraba por todas las ventanas, Maus y yo veníamos riéndonos de nuestra última tontería... ¿Quién dijo miedo?
Pregunté a Maus si tenía alguna linterna; tras revolver por los cajones de media casa, me vino todo sonriente con una de esas cintas elásticas con luz que se ponen en plena cocorota. Y encima de color rosa, cómo no. Ingleses... “¿Es esto todo lo que tienes?”, pregunté, “¡Por Dios, si voy a parecer la pequeña Lulú haciendo espeleología!”. Pero nada ni nadie me detendría en mi afán explorador: dije que investigaría en aquel ático tenebroso y eso era exactamente lo que pretendía hacer. Lo juro y lo perjuro.
Maus sacó de la habitación una escalera extensible de esas que vibran y se mueven con cada peldaño que avanzas, recordándote en cada momento lo mucho que apreciarías el hecho de seguir teniendo todos tus dientes en su lugar, se subió él primero y abrió el ventanuco que daba al ático. Yo entorné los ojos y traté de ver algo más allá, pero la oscuridad era total. Ni una ventana, ni un agujero entre los ladrillos, allí no había una sola fuente de luz. Me tendió la escalera y sonrió: “Hala, todo tuyo”.
Empecé a subir. Los peldaños chirriaban bajo mis pies, y parecía como si el agujero fuese el que se acercaba a mí, y no al revés. La negrura seguía siendo impenetrable. Finalmente estuve lo suficientemente alta como para apoyar las manos a ambos lados de aquel ventanuco e introducir la cabeza en aquel lugar. ¿Alguna vez habéis tenido la impresión de que la oscuridad es un ente físico? ¿De que es tan densa que casi puedes verla, como si de una niebla negruzca se tratase? Esa fue la sensación que tuve yo al meter la cabeza por aquel agujero. “¡No veo nada de nada!”, le grité a Maus desde arriba. “Espera un rato, tus ojos se acostumbrarán a la oscuridad”. Esperé. Desde allá arriba no se oía ni un solo sonido: ni voces de vecinos, ni ruidos de cañerías, ni siquiera la tan socorrida gota de agua que parece que siempre gotea en escenas de oscuridad en sótanos o áticos abandonados. El silencio era tal que se oían formarse las legañas. Por mi cabeza pasaban todas y cada una de las películas de terror que había visto en las que alguno de los protagonistas había sido lo suficientemente imbécil como para meterse solo en uno de los lugares oscuros y tenebrosos como aquél:En “La Maldición”, la chica que sube al ático por el armario y enciende un mechero... para que al acabar de girarse la luz permita ver a la mujer muerta que la esperaba allá arriba...
En “Al final de la escalera”, el hombre que sube al ático, entra en la habitación y ve moverse la silla de ruedas...
En “El sexto sentido”, el niño que va al baño en plena noche y tras él, en la oscuridad, se ve a alguien pasar por delante de la puerta...
En “La Bruja de Blair”, los tres amigos metidos de noche en la tienda de campaña y sin atreverse a asomarse fuera, porque se pueden escuchar perfectamente los sonidos guturales y las risas de los niños...
En “Darkness”, el niño jugando en su habitación y algo que atrae todos sus juguetes a la zona oscura de debajo de su cama...
Y finalmente, en “La decapitación de Pilimindrina”, donde una estúpida científica mete la cabeza en un ático oscuro tratando de demostrar que no existen los fantasmas... sólo para descubrir en los últimos momentos agónicos de su existencia a un esqueleto cubierto de tiras de carne putrefacta que le mira con su huesuda sonrisa y sus cuencas vacías, antes de rebanarle el cuello con el mismo cuchillo oxidado que había utilizado años atrás para asesinar a su padre, que le mantenía encadenado en el ático. “Te estaba esperando”, susurraba el espectro con voz burbujeante mientras blandía la hoja del cuchillo ante una Pilimindrina paralizada por el terror.
Miré hacia abajo. Maus estaba al pie de la escalera, mirándome... pero parecía estar a años luz de distancia. Volví a mirar en el ático... mis ojos se habían acostumbrado mínimamente a la oscuridad, lo suficiente como para distinguir alguna forma extraña a mi alrededor. Pensé en la habitación escondida que tenía que haber justo a mi derecha, oscura, impenetrable, esperando a alguien que fuera lo bastante idiota como para atreverse a entrar. Pude verme a mí misma tropezando por los rincones del ático mientras, de alguna manera, el ventanuco de entrada volvía a cerrarse. Entonces me quedaría allá sola en la oscuridad, en el silencio que dejaría de ser silencio para dar paso a susurros que me llamaban.Pilimindrina: “Maus, esta linterna no alumbra nada de nada, ¿seguro que no tienes una más normal?”
Maus: “No, tengo una pero me la dejé en Mix Village”
Pilimindrina: “Pues con esta es un peligro entrar aquí, es que no se ve nada”
Maus: “Si quieres puedo ir a pedirle una al vecino”
Pilimindrina: “Sí, esa sería una buena idea... pero antes vamos a comer, que estoy muerta de hambre”
Maus: “¿No entras entonces?”
Pilimindrina: Sí, sí, entro, pero más tarde, además, seguro que allá arriba está sucísimo, tendré que ponerme ropa más adecuada. Esta tarde lo volvemos a hablar, ¿eh? Hala, vamos a comer.
Maus: Pili, ¿por qué te castañetean los dientes?
Pilimindrina: ermm... es que en ese ático hace un frío que te cagas. Deja de preguntar tanto y dedícate a agarrar bien la escalera, no sea que me despanzurre.
Entonces fuimos a comer, y...
Oye tú. Sí, el/la que estás leyendo esto ahora mismo... ¿a qué viene esa media sonrisa de condescendencia? Hacía frío, estaba oscuro y sucio. NO es que tuviera miedo, ¿está claro? ¿Eh? ¿EH?
Y en el caso improbable de que tuviera miedo, ¿QUÉ PASA?
¡Ah, pensaba! ¬¬
Como iba diciendo, nos fuimos a comer. Y después de comer pues claro, una siestecita... y después de la siestecita que si mimitos por aquí, mimitos por allá, jugueteos por aquí, toqueteos por allá... total, que nos dieron las 4 y pico de la tarde. Y a esa hora no me iba yo a poner a visitar el ático otra vez, ya faltaba poco (ehm... unas dos horas) para que se empezara a hacer de noche. Y al día siguiente nos íbamos a volver para Mix Village, había que recogerlo todo. Así que acabamos viendo una peli (“Donnie Darko”, recomendada a todos los que leáis este blog y os gusten las pelis de miedo/misterio, y también a las/los que le echaríais un kiki ya mismo a Jake Gyllenhaal aunque en la peli no aparente más de 16 años), dándonos un baño de espuma los dos juntos - Dios, cómo echaba de menos una bañera de verdad, y no la ducha ridícula que tengo yo en casa -, cenando y volviendo a darle al vuelta a la postal de “MEAT IS MURDER”, que el muy joío había vuelto a colocar como estaba, y volviendo a la cama. Y 3 horas más tarde, durmiendo.
No volví a intentar subir al ático.
VALE, ¿Y QUÉ?
Para desviar un poco el tema, aquel domingo tuve mi primera “microdiscusión” con Maus. Todo vino a colación del cartelito de “Carne es asesinato”. Empecé preguntándole por qué lo volvía a poner como estaba mientras yo estaba allí si sabía que me ofendía. Él me decía que en casa de cada uno se pone lo que le apetece a cada uno. Yo estuve de acuerdo, pero también en unos ciertos límites de educación para con un invitado; en mi opinión, es como si una persona es cristiana y pone un cartel en el salón que dice: “Los musulmanes son asesinos”. Sí, vale, es su casa, pero si un día invita a casa a un musulmán no creo que le haga mucha gracia el cartelito de marras. Él repetía una y otra vez que no entendía por qué un cartel llamándome asesina podía resultarme ofensivo.
Así que para buscar el desempate en esta discusión (y para que no me llaméis cobardica por el tema ese del que no quiero acordarme), os pregunto a vosotros:
¿Os ofendería encontraros con el cartel de “Carne = asesinato” plantado en la nevera? ¿O estoy siendo demasiado tiquis-miquis?