Spanish Bodorrio
Mi amiga OsaVerde y yo nos conocemos prácticamente desde la cuna. Es una de esas personas cuyo carácter es tan distinto al tuyo que en ocasiones te preguntas qué demonios os mantiene tan próximas, qué fuerza misteriosa se encarga de que, incluso tras dos años sin vernos, un simple cruce de miradas y una sonrisa basten para que la complicidad vuelva a demostrar que hay lazos que el tiempo no es capaz de romper. Si el Fistro y yo nos pasábamos la vida juntos, OsaVerde y yo llevamos nuestra amistad a saltos de tiempo. A ella le encanta hablar y hablar, y a mí escucharla e interrumpirla en ocasiones para soltar una burrada de las mías, que nos hace revolcarnos de risa durante horas. Ella es profundamente católica, y yo soy una atea de lo más cerril. A ella le encanta el arte, la arquitectura, los viajes culturales y las fotos de monumentos sin personas; a mí me gustan las ciencias, lo práctico, visitar las zonas de marcha de las ciudades… y prefiero que en mi foto de la Torre de Pisa se vean rostros conocidos antes que la torre en sí. A ella le gusta cuidar de su aspecto, mientras que yo sería capaz de presentarme en una boda con zapatillas agujereadas y vaqueros viejos. En una boda cualquiera lo habría hecho, pero no en esta. Porque esta era SU boda.Las palabras que más he escuchado durante los días previos a la ceremonia ante mis interminables quejas por tener que ir bien vestida han sido: “Mujer, si no hace falta ir de gala, basta con unos pantalones o falda de vestir y una camisita mona”. Perfecto, eso valdría para cualquier mujer de este mundo… menos yo. Vuestra Pilimindri no tiene en su armario ni un solo pantalón “de vestir” (para qué hablar de faldas, si antes de comprobar si tenía alguna he tenido que buscar la definición en el diccionario), y las dos únicas camisas que podéis encontrar si un día os escondéis en mi armario son de pana y de colores chillones. De hecho nunca compro camisas normales, porque se arrugan y hay que plancharlas, y para eso tendría primero que aprender a planchar (y segundo, tendría que querer hacerlo).
Así que al día siguiente de llegar a mi amada Asturias comenzó el suplicio: había que comprar vestido, zapatos, chaqueta y medias. Había que depilarse las piernas a la cera (creo que el estilo “Tarzán” no es el más adecuado para una boda). Había que… atención… ¡¡¡MAQUILLARSE!!! Es decir, echarse esos potingues asquerosos por toda la cara que no te permiten ni rascarte cuando te pica la nariz, y que como se te ocurra soltar una lágrima te dejan las mejillas como si alguien hubiese descubierto petróleo en tus pestañas. Y por supuesto, había que ir a la peluquería. Esto sólo lo hago por una amiga como OsaVerde, que conste.
Luego está el tema del regalito de bodas… como esta menda jamás había ido a ninguna boda (quitando una por lo civil de un compañero de trabajo en la que expresamente se nos pidió ir vestidos de forma informal y no comprar regalos, benditos sean) no tenía ni idea de lo que se suponía que una debía gastarse en un regalo de bodas. Inocente de mí, supuse que la cosa sería más o menos como un regalo de cumpleaños: 30 ó 40 eureles y listo. Casi se me caen los ojos al suelo cuando mi familia me confirmó mis peores temores: un regalo estándar de boda te cuesta unos 150 euros. Adiós presupuesto de Septiembre.Afortunadamente OsaVerde es una mujer moderna, y me hizo el gran favor de poner su lista de bodas en internet, lo cual me ahorró entre otras cosas el pasarme días y días pensando qué comprarles. Pero a su vez introdujo nuevas dificultades: el único regalo que entraba en mi presupuesto llevaba el nombre de “bajo plato oval”. Sé que cualquier persona que tenga una casa sabrá lo que es eso, lo sé. Pero yo soy yo. De modo que compré la cosa esa y rellené el formulario marcado como “¡Envíe a los novios su mensaje de felicitación!” con las siguientes palabras: “¡Enhorabuena a los dos!. Por cierto, ¿qué leches es un `bajo plato oval´?”. El novio de OsaVerde se pasó todo el día descojonándose a mi costa.
Sigo sin saber lo que es un “bajo plato oval”.
Por supuesto, no acaba ahí el despelleje. ¿Qué es un vestido?, me preguntaba yo. Un vestido no es más que un trozo de tela sin demasiados adornos para envolver el cuerpo, ¿no? Un pedazo de tela no puede costar tanto… Pues bien, parece que el precio medio de un cacho de tela de esos ronda los 200 euros. Si llego a saberlo antes me fabrico yo uno con las cortinas de la abuela. Prefiero mil veces aguantar los escobazos de mi abuela a casi tener que pedir una hipoteca para comprar el puñetero vestidito, con el que encima, por muy monísima me diga todo el mundo que voy, no puedo evitar sentirme como Cocodrilo Dundee en un traje de Armani.
Comprado el vestido podría parecer que ahí termina la cosa, pero no. Alguien ha tenido la fabulosa idea de que con un vestido elegante no pegan las zapatillas de deporte con calcetines de los de 5 pares por 3 euros. Así que hay que comprar zapatos. Además no valen unos zapatos cómodos y de suela plana, no. Uno de los privilegios - léase con ironía - de ser mujer en este mundo es que los “zapatos elegantes” son sinónimo de “instrumentos de tortura profesional”. Cuantos más tormentos causen, más megafashion son. Para mí, que jamás he llevado tacones, montarme en uno de esos zancos que se llevan ahora, de tacón de aguja de 15 cm, es tan plausible como para Cristina Almeida desfilar en la Pasarela Cibeles. Vamos, que al primer par ya me negué en redondo, so pena de cargar a la zapatería la factura de mi baja laboral de 1 mes por rotura de tobillo. Otro problema añadido es tratar de meter un pedazo de pie como el mío, que calzo un 40-41, en una talla 38, que es el máximo número que parecen tener en las zapaterías españolas. Por no hablar de lo que se lleva este año, que son las puntas tan largas y estrechas, que como le des una patada en el culo a alguien le dejas el zapato y 3/4 partes de las medias incrustadas en salva sea la parte cual supositorio artístico.OsaVerde, jamía, ¡cuánto te debo de querer!
Por fin llegó el famoso día. Tras la interminable sesión de peluquería y maquillaje ni siquiera me conocía al mirarme al espejo. Para todo el mundo yo estaba absolutamente preciosa y divina. Para mí la que me miraba desde el espejo no era más que una pretenciosa versión de alguien que nunca he querido ser. Mi auténtico yo viste vaqueros y camiseta y se peina echándose agua a las carreras todas las mañanas. Aunque debo reconocer que cuando voy de vaqueros y camiseta no me echan tantos piropos como en mi breve recorrido a pie (y cojeando con un tacón de 3 cm) entre la casa de mi abuela y la iglesia. Lamenté no tener una libretita de notas para ir dejando mi número de teléfono a algunos tíos buenos que me crucé en mi camino. Aunque pensándolo bien, prefiero que no sean testigos de tan dramático cambio a la inversa.
Llegué a la iglesia y comenzó uno de los paripés sociales más arraigados en nuestra cultura: quién de vosotros no ha vivido uno de esos momentos en los que te encuentras rodeada de familiares lejanos, tan lejanos que no tienes ni idea de quiénes son ni cómo se llaman, pero que por alguna caprichosa razón recuerdan los momentos más humillantes de tu vida (esos que tú desearías olvidar a toda costa) y se regodean en proclamarlos a los cuatro vientos mientras te pellizcan la mejilla y exclaman lo mucho que has crecido y lo guapísima que estás. “¡Ay Pilimindri, cómo pasa el tiempo! ¿Recuerdas cuando nos veíamos en la parada del autobús y te pellizcaba los michelines? Porque ahora estás delgadita, pero en aquella época te merendabas una caja entera de Donettes y 4 Phoskitos cada día. ¡Parecías una bolita de manteca! ¡Qué tiempos, Dios, qué tiempos! Y a ver si te nos casas, ¿eh?, que te veo de solterona de por vida”. ¿Por qué será que una es demasiado educada como para contestarle…?: “Sí, qué tiempos... justo por aquella época cuando tu cabeza empezó a parecerse a una bola de billar… porque la grasa se pierde, pero el pelo no vuelve… y perdona que me cubra los ojos pero es que me ciega el brillo del sol en tu calva. Por cierto, ¿tu mujer cómo anda?... Ah, ¿que ya no la tienes? Ya decía yo que el club aquel pintado de rosa donde te ibas de copas todas las noches no sería de su agrado… Ains, qué tiempos, ¿verdad?”Pero todos los sacrificios valen la pena cuando se hace por ver feliz a una amiga. Y es que OsaVerde es una de esas pocas, poquísimas personas que ves con su pareja y piensas: “Estos dos pueden tener alguna posibilidad de funcionar juntos”. Dos chavales que se lo han currado en la vida, que lo han tenido difícil, que se han encontrado el uno al otro sin esperarlo y que han unido amor con responsabilidad para planear una vida juntos. Vamos, eso que yo soy incapaz de hacer.
OsaVerde estaba preciosa, radiante. Mientras la veía entrar del brazo de su padre, que casi reventaba de orgullo dentro de su chaqué (a ella le costó semanas convencerle de que se lo pusiera) reviví en mi mente los miles de momentos que habíamos vivido juntas. Hacía ya muchos años esa misma chica, entonces una niña, se quedaba a dormir en mi casa, y después de que mi madre apagara la luz, las dos nos contábamos historias de miedo bajo las sábanas. OsaVerde se asustaba fácilmente, y yo la hacía de rabiar cuando la casa quedaba en silencio:
“Osi”
“¿Qué?”
“No te asustes, pero hay una cara en la puerta… y nos está mirando”
“¡Es mentira! ¡lo dices para asustarme! ¡¡¡No hay ninguna cara en la puerta!!!”
“Sí la hay, y justo ahora te está mirando a ti”
“¡¡¡Cállate, cállate, cállate!!! Por la mañana te voy a matar”
“Juasjuasjuas vale, venga, no hay caras, vamos a dormir”. Silencio.
“Pili”
“Dime”
“Tengo que ir al baño”
“¿Ahora? Pero tía, ahora no, que tengo miedo”
“Pero si dijiste que no había caras en la puerta”
“Eso era antes, ahora creo que he visto una”
“¡¡¡Eres una guarra!!! Pues ahora te vienes conmigo”
Las dos nos levantábamos de la mano, descalzas y en pijama, y nos íbamos juntas al baño. La casa estaba oscura y silenciosa, y las dos nos abrazábamos al mínimo ruido o sombra sospechosa. Recuerdo una de aquellas noches, cuando las dos habíamos terminado de hacer pis. Nos disponíamos a volver a la cama, cuando de repente la puerta se abrió de golpe y una sombra enorme entró en el baño. Las dos dimos un grito que debió escucharse a 50 km a la redonda. “¿Se puede saber qué hacéis despiertas a estas horas?” Mi madre. OsaVerde y yo nos miramos, con el corazón a 100. Corrimos a la cama y nos pasamos una hora sin poder aguantar la risa. Cuando parecía que nos habíamos calmado, una de las dos hacía un ruido, o decía alguna cosa, y volvíamos a descacharrarnos durante otra media hora.Esa misma niña caminaba hacia el hombre que había elegido para compartir su vida, esa niña que algún día tendría otras niñas como ella a las que un día contaría estas mismas historias. Un hombre que apenas podía contener la emoción y en cuyos labios pude leer un “estás preciosa” nada más tenerla a su lado. Se pasaron toda la ceremonia cogidos de la mano y lanzándose miradas y sonrisas de complicidad.
La comida y el baile fueron totalmente anti-blog: nadie se emborrachó ni metió mano a nadie, nadie tiró los langostinos encima de nadie, nadie se enrolló en los baños con la mujer de nadie… vamos, que me apetecía pagar a alguien para que se quitara la ropa y bailara el twist sobre la mesa para hacer aquello más animado y venir a contároslo. Quizás en otra boda ;P
Yo quería unas vacaciones tranquilitas y con tiempo para hacer lo que me viniera en gana… sin embargo me vuelvo a encontrar sacando tiempo de debajo de las piedras para ver a toda la gente que quiero ver y sin poder recorrer mi Asturias como a mí me gustaría. Afortunadamente este martes se viene Maus, y con la disculpa de que estoy con él podré pillar el coche e ir a visitar Covadonga, Cangas de Onís, Llanes, el Cabo Peñas, los Picos de Europa… todos esos lugares que tanto echo de menos cuando estoy en Mix Village. Y no sólo eso, sino que además podré presumir de tierrina con un inglés que no ha salido jamás de su Gran Bretaña natal. Y bueno… para qué negarlo… hay algún otro motivo por el que tengo ganas de que venga. Recordadme que compre un par de cajas de condones antes del martes :PPP
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PD: ¡¡¡MUCHO ALONSO, MUCHO ALONSO, EH EH!!!
PD2: ¿¿¿Qué coño es un “bajo plato oval”???
Etiquetas: boda
Malentendidos idiomáticos
No importan los años que lleves estudiando un idioma, no importan los certificados que tengas, los exámenes oficiales que hayas hecho, ni las clases de conversación que hayas mantenido. Cuando llegas por primera vez a un país donde los nativos dominan (más o menos) ese idioma desde chiquitillos, tú, con tu acentazo cutrespanish de andar por casa, te sientes peor que un tartamudo en una prueba para el anuncio de MicroMachines. En el caso de Inglaterra la cosa es aún peor si cabe, especialmente porque hoy en día casi todo el mundo estudia inglés en el instituto y muchos llegamos aquí pensando que tenemos el tema dominado... pero, ¡ay amigo! En un país donde apenas se entienden unos con otros, ya que dependiendo de qué zona sean pueden tener un acento completamente incomprensible para otro anglosajón (no hablemos entonces de para un español novato), y donde para más inri no se entiende el concepto de “hablar despacio para que el extranjero te entienda mejor” (manda narices, siendo uno de los países con mayor porcentaje de inmigración de toda Europa), entender y hacerte entender puede resultar duro.
Es triste, pero la frase que más utilizaréis los primeros meses (y los segundos, y los terceros..) que paséis en Inglaterra será: “Can you repeat, please?” (“Por favor, ¿puede repetirlo?”). Ante esta solicitud, una cajera del banco que te acaba de soltar una parrafada ininteligible cuando has ido a abrir una cuenta te dirá: “yes!”, y te repetirá la misma parrafada ininteligible de antes a la misma velocidad. Tras la quinta repetición existen varias opciones:
1. La cajera te mira con expresión de fastidio infinito y acaba cogiendo un impreso, poniéndotelo delante de los morros y haciendo una cruz en el lugar en el que tienes que firmar. Es lo mejor que te puede pasar.
2. La vergüenza y desesperación rebasan los límites de tu tolerancia. Metes la cabeza por la ventanilla, agarras a la cajera por el cuello de la camisa y le sueltas: “Mira quilla, no te entiendo ná de ná, sólo quiero abrir una puta cuenta, así que por favor, deja de taladrarme el oído con tu voz chillona y dime qué coño tengo que hacer”. Ante este gesto a su vez existen dos posibles consecuencias:
a) La cajera llama a seguridad y te echan del banco dejándote una hermosa huella de zapato en el culo.
b) La cajera descubre casualmente que es de Logroño y que entiende perfectamente lo que le estabas pidiendo. Tu cuenta queda abierta en 5 minutos. Jamás descubrirás qué te estaba diciendo antes la puñetera.
3. La cajera va subiendo cada vez más el volumen y el tono de la frase que te repite. Cuando la frecuencia está a punto de taladrarte el cerebro la tía se lleva la mano a la cabeza y se quita la máscara humana que llevaba todo este tiempo, dejando ver un rostro verde con tentáculos. Descubres que la nueva cara es mucho más atractiva que la original, resultando esta la primera prueba de la falta de atributos físicos de los ingleses. El monstruo saca una pistola de rayos cósmicos y te dispara, pero falla y le da al elefante rosa que tienes detrás, que explota y llena la oficina bancaria de confeti y serpentinas. Te despiertas en el hospital psiquiátrico. El médico viene a decirte algo y no le entiendes ni jota. Le pides que te lo repita. Vuelves al punto 1.
4. La vigésimo quinta vez que te lo repite lo entiendes perfectamente y abres tu cuenta bancaria sin más problemas. Nota: esta opción no sucede nunca, pero tampoco existen los Reyes Magos y somos felices mientras nos los creemos. Nota2: sí que existen los Reyes Magos, decidle a Manolito que deje de llorar y vuelva a leer mi blog.
Al cabo de muchos, muuuuchos meses por estos lares empiezas por fin a pillar un poco lo que esta gente quiere decirte. También descubres que la mayoría de las veces no importa tanto, porque suelen ser estupideces. Tú asientes, dices que “yes” y en la mayoría de los casos quedas como Dios. Eso sí, algo que se te resiste incluso años después de vivir en este país son las conversaciones telefónicas... no sé qué leches les dan a los ingleses cuando agarran un auricular, que no se les entiende ni el “hello”. Y ahí estás tú tratando de descifrar la jerga de un representante de microscopios o al menos de encontrar el botón de “cámara lenta”... si tienes buen humor y poca vergüenza, como yo, puedes hacerle callar en seco diciéndole algo con delicadeza y tacto, como por ejemplo: “Mira corazón, ¿por qué no te vienes al laboratorio y me repites todo eso tan interesante en persona? Me gustaría conocerte, porque con esa lengua tan rápida que tienes seguro que podrías montar el flujo a punto de nieve”.
La combinación del cutrespanglish y la dificultad para dominar algunas expresiones inglesas, así como la manía comprensible de cualquier hablante no nativo de un idioma de tratar de asimilar expresiones inglesas con las de su propia lengua - a veces funciona, pero no siempre - dan lugar a montones de situaciones jugosas para cualquier criticón aficionado (como esta menda, sin ir más lejos). Por eso quisiera dedicar mi artículo de hoy a describir algunos de los malentendidos idiomáticos con los que me he ido encontrando tanto en esta tierra como en otros países por los que he pasado, España incluida.
Los primeros malentendidos a los que cualquier viajero se enfrenta suelen ser debidos a palabras que, pese a ser similares en ambos idiomas (inglés y español, en este caso) tienen significados muy diferentes. Si en alguna ocasión cogéis un catarro estando en Inglaterra, no se os ocurra decirle a un inglés que estáis “constipated”... le estaréis diciendo que estáis extreñidos. Si un inglés ha hecho algo que os ha sentado mal, no le digáis que estáis “disgusted” con él (a no ser que lo que haya hecho sea MUY malo), ya que aquí “disgust” no significa “disgusto”, sino “asco”. Ah, y si, como esta menda, recibís un correo de un compañero de trabajo a toda la lista preguntando si alguien tiene “preservatives” para dejarle no pongáis cara de sorpresa y penséis que esta gente es muy liberal y pide ayuda para echar un casquete en la oficina... aquí los “preservatives” son “conservantes” y nada más. Cuando llegué a Inglaterra en mi Reichín me harté de seguir carteles en la carretera que ponían “Diversion”... total, la nueva carretera era igual de aburrida que la anterior, ¡qué engaño!. Al establecerme y mirar el diccionario descubrí que “diversion” aquí significa “desvío”.
Los malentendidos idiomáticos no se producen únicamente con el inglés hablado: a pesar de que los ingleses tienen menos expresión corporal que un maniquí, también hay algunos gestos que hay que tener en cuenta antes de pasarse por tierras británicas. En España cuando vas a comprar dos barras de pan no te preocupas lo más mínimo de en qué posición tienes la mano con la que enseñas los dos dedos; aquí tienes que ser más cuidadoso si no quieres llevarte dos barras de pan normal y dos hostias extra. La razón es que enseñar los dedos índice y corazón con la palma hacia ti es un gesto aún más ofensivo para un inglés que levantarle el dedo medio.
Uno de mis lectores, Dani, me preguntaba por correo precisamente por el origen de este gesto. Indagando entre mis colegas ingleses conseguí una explicación que expongo aquí, aunque no he podido verificarla: al parecer durante la guerra contra los franceses, una de las facciones del ejército inglés más temida era la de los arqueros, que eran educados tradicionalmente en ese arte desde muy pequeños y causaban un enorme número de bajas entre las filas enemigas. Por ello, cada vez que los franceses tomaban un prisionero británico, le cortaban esos dos dedos, para que, en caso de ser arquero, nunca jamás pudiera volver a disparar una flecha. A la hora de la batalla, cuando los arqueros ingleses veían acercarse al ejército francés, les enseñaban los dos dedos como muestra de desafío (en plan de: “mira, aún los tengo, y te voy a hacer un agujero extra en la p...”). Desde entonces ese gesto ha quedado como muestra de desafío y ofensa.
Muchos otros malentendidos idiomáticos se deben a la pronunciación incorrecta de una o varias palabras. Esto puede producirse en un sentido u otro, ya que no sé cómo les parecerá a los ingleses nuestra pronunciación, pero la suya cada vez que tratan de decir algo en español es todo un poema. Mi compañero de trabajo Walt estuvo preguntándome por un libro durante una semana, mientras yo le decía que jamás había oído hablar de él. “¡Eso es imposible!”, me decía exasperado. Al final acabó escribiéndomelo: era el “Don Quijote”. Pero cualquiera se entera cuando lo que te preguntan suena así como “ton cuíxot”.
Jamás te desesperes tratando de que un inglés pronuncie bien tu nombre: es una batalla perdida. Una estudiante española, Beatriz, que estuvo con nosotros un par de meses, aprendió al final a dejar que la llamaran Bítrix sin pestañear siquiera. A Quique le costó bastante más... acabó pidiendo que le llamaran Enrique (o más bien “an-ruiii-ke”), porque el diminutivo resultaba una humillación constante: o bien lo pronunciaban “kiki” (con el consiguiente cachondeo de los demás españoles) o “quicky”, que en inglés se podría traducir como “polvo rápido”, con el consiguiente cachondeo de los demás ingleses. Como te llames Jesús más te vale cambiarte de nombre directamente, no sólo porque lo pronuncien mal, sino porque te cansarás de las miradas de horror tanto de los ingleses como de muchos otros extranjeros, para los que llevar ese nombre es poco menos que blasfemo. Los nombres foráneos tampoco se salvan: una chica de Malasia que trabaja en el segundo piso tiene a bien llamarse Hui Hui. Ningún problema, ¿verdad? Pues sí: porque “wee-wee” en inglés, que sería como se pronuncia ese nombre por estos lares, significa “pis”.
Otra piedra en el zapato para aprender el idioma inglés son los puñeteros “phrasal verbs” (verbos con preposición o adverbio). Todos los que sepáis un poco de inglés sabréis inmediatamente a lo que me refiero y pondréis los ojos en blanco recordando las interminables listas de verbos y significados posibles que tuvimos que aprendernos. Para los que no, os diré que a los ingleses no les vale con tener un verbo que signifique una cosa, no. Tenemos el verbo “make”, que significa “hacer”, y el adverbio “up”, que significa “arriba”. Si decimos “make up”, significará “hacer arriba”, ¿no?. Pues no. Según el contexto, “make up” puede significar “maquillarse”, “inventarse una historia”, “preparar una comida” o “compensar a alguien por algo”. Ahí queda eso. Y lo peor es que cada día aparecen docenas de nuevos “phrasal verbs”.
No es de extrañar entonces que a veces los españoles metamos la pata hasta la rodilla. Mi caso más sonado fue hace un par de semanas y tiene como protagonista al célebre Maus, que si no recordáis mal trabaja en el sótano de departamento. A veces a la hora del café bajo a tomar una Coca-Cola con él si tengo tiempo libre. Ese día le escribí para decirle que me iba a pasar por allí, y en vez de decirle “I´ll come down to you” (“ahora bajo contigo”) se me ocurrió poner, pa cambiar un poco “I’ll go down on you on a minute” (que yo traduje mentalmente como “voy para abajo contigo en un minuto”). A los 10 segundos recibí una precipitada respuesta suya: “You can go down on me when you want!!!” (“¡¡¡puedes ‘go down on me’ cuando quieras!!!”). Me mosqueó un poco, así que cuando finalmente bajé le pregunté a qué se debía tanto entusiasmo. Esto... cómo os lo diría yo... resulta que en inglés “go down on somebody” significa “hacerle sexo oral a alguien”.
Las meteduras de pata pueden darse también porque nos inventemos nuestros propios “phrasal verbs”. Un familiar mío me contaba que durante una estancia en Inglaterra, una erasmus había ido a reclamar a la lavandería porque la chaqueta que había llevado a lavar “has given of yes” (“se ha dado de sí”).
Los “phrasal verbs” pueden dar mucho de sí, como podéis ver. Recuerdo cuando los estudiamos en la escuela. Una de las profesoras de inglés que tuvimos era un ser chillón e insoportable, de esas que parece que te taladran el tímpano cada vez que hablan. Nos explicaba que para “vestirse” y “desvestirse” los ingleses decía “put on” y “take off”, aparte de muchos otros verbos. Al final de la clase se dedicaba a preguntar al azar a ver si recordábamos lo que habíamos dado. Esta vez eligió a uno de los principales granujillas de la última fila: a ver Pepito, ¿cómo se dice “vestirse”? Pepito se la quedó mirando fijamente... llevaba años esperando una ocasión semejante. Tomó aire y soltó con todas sus ganas: “¡PUTÓN!”. El año siguiente nos cambiaron a la profesora.
Otros malentendidos vienen propiciados por la propia pronunciación cutrespanglish: en muchas ocasiones los españoles tenemos problemas para pronunciar los tonos y matices de las vocales inglesas, acostumbrados como estamos a nuestras 5, que se pronuncian siempre igual. Si recordáis mi artículo dedicado a los ingleses y las palabrotas, la peor de todas las palabras en inglés es la famosa “palabra con C” (c-u-n-t). Pues bien, muchos de nosotros los españoles llegamos a este país pronunciando la frase “I can’t” (“no puedo”) como “I cunt” (cuya traducción más aproximada sería “Yo cabrón”, ya que la palabrita puede también usarse como insulto personal aparte de para nombrar el aparato sexual femenino). También solemos pronunciar igual las palabras “sheet” (“sábana u hoja de papel”) y “shit” (“mierda”), con lo cual frases como “cambié la sábana ayer” y “¡pásame esa hoja de papel” pueden acabar convertidas en “me cambié la mierda ayer” y “¡pásame esa mierda de papel!”.
Otro ejemplo bastante famoso de este tipo de errores corre por Inglaterra como leyenda urbana que yo no dudo que haya ocurrido en más de una ocasión; la historia cuenta que un español consiguió un trabajo como ejecutivo en una importante empresa. A los pocos días de empezar el trabajo, su nuevo jefe, horrorizado, corrió a preguntarle al encargado de personal, John, cómo había seleccionado a semejante trabajador, incapaz de vestir con traje, mal hablado y vago. John le contestó, sorprendido: “No sé cómo ha podido ocurrir, Señor... ¡Él me dijo que había estado en Yale!”. “John, imbécil, ¡¡¡lo que te dijo fue que había estado in jail!!! (“en la cárcel”).
Algunas veces en nuestro empeño por hablar rápido podemos equivocarnos y cambiar alguna letrita fundamental. Esto le ocurrió a uno de mis compañeros españoles de trabajo, que nos contaba a mí y a otros ingleses algo que le había ocurrido con su jefe. En medio de la explicación, soltó: “Then he told me off and I flushed” (“entonces él me regañó y yo tiré de la cadena”). Todos nos fuimos de allí pensando que el tío era un guarro y que había que recordarle constantemente que dejara el water en buenas condiciones. Preguntado acerca del hecho más tarde, lo que había querido decir era “I blushed” (“me puse colorado”).
Finalmente podemos decir una frase completamente correcta gramaticalmente pero que los ingleses utilizan en situaciones diferentes y puede dar lugar a malentendidos. Hace unas cuantas semanas Rizos y yo estábamos de marcha por ahí; hacía un calor de mil demonios, y en medio del baile ella, abanicándose con las manos, va y me suelta: “I’m hot, blow me a bit!”, queriendo decir: “tengo calor, sóplame un poco”. Las 4 ó 5 miradas de asombro que cosechamos a nuestro alrededor se debieron a que esa misma frase puede interpretarse más bien como: “Estoy buenísimo, chúpamela un poco”. En el mismo ámbito, los españoles tenemos la manía de decir, cuando hemos llegado a algún sitio, “I came” en vez de “I arrived”. Aquí “I came” dicho sin más añadidos significa más bien “me corrí”.
En un ambiente tan internacional como el de Mix Village los malentendidos no se reducen al español-inglés. A veces existen problemas incluso entre hablantes de español de diferentes orígenes, especialmente con los hispanoamericanos. Seguro que todos vosotros conocéis el significado que el verbo “coger” tiene en países como México y Argentina, mientras que en España lo empleamos para todo. Pues bien, mis vecinos Cani y Tartaja hicieron amistad al poco de llegar con un matrimonio de argentinos que tienen una niña pequeña. La primera vez que se la trajeron a casa Tartaja, a quien le encantan los críos, se puso a jugar con ella y a perseguirla por toda la casa. En un momento determinado puso cara de ogro comeniños, abrió los brazos y le gritó: “¡¡¡Ven aquí que te voy a coger!!!”. Al día siguiente me contaba entre tartamudeos que la madre de la niña había estado a punto de denunciarle por pederasta.
Pero si hablamos de latinoamericanos, ellos tampoco tienen un lenguaje puro y casto precisamente. Sin ir más lejos en Chile a la lotería le llaman “la Polla”. Así que cada vez que un chileno se me viene quejando de que los españoles somos unos guarros, que nos pasamos el día cogiendo, yo le respondo que de qué se quejan, si ellos se pasan el día jugando a la polla.
En cada país tienen sus propios malentendidos autóctonos que sólo afloran cuando te ves obligada a pasar una temporada allí, o bien cuando ellos visitan tu tierra. Hace ya un montón de años, cuando yo aún era joven e inocente, participé en uno de los intercambios entre la ciudad de Oviedo y la alemana de Bochum que organiza el Ayuntamiento durante dos años consecutivos. El primero los chicos españoles viajamos a Alemania, y el segundo fueron los alemanes los que vinieron a Asturias. Los chavales teutones cosecharon muy mala fama entre mis paisanos por su manía de acercarse a la gente y soltarles: “¿Folla?” así, por las buenas. Como por entonces ninguno teníamos ni papa de alemán tardamos un tiempecito en darnos cuenta de que los pobres sólo nos pedían “fuego” (“Feuer”).
En los 3 meses durante los que viví en Roma mi metedura de pata más sonada fue pedirle ayuda para barrer a uno de mis compañeros italianos de piso. El problema viene de que el verbo “scopare”, que efectivamente también significa “barrer”, tiene una acepción mucho más popular entre los italianos, equivalente al “fuck” de los ingleses. Vamos, que realmente lo que le estaba pidiendo era colaboración para echar un polvo.
Pero, ¿qué se le va a hacer? El aprendizaje de un idioma no sería lo mismo sin estas entrañables situaciones a las que nos somete la lengua en algunos casos. Estoy segura de que muchos os habéis encontrado en casos similares cuando habéis salido de España. Así que ahora os toca el turno a vosotros:
¿alguna vez habéis metido la pata, o la han metido con vosotros, debido al idioma?
Es triste, pero la frase que más utilizaréis los primeros meses (y los segundos, y los terceros..) que paséis en Inglaterra será: “Can you repeat, please?” (“Por favor, ¿puede repetirlo?”). Ante esta solicitud, una cajera del banco que te acaba de soltar una parrafada ininteligible cuando has ido a abrir una cuenta te dirá: “yes!”, y te repetirá la misma parrafada ininteligible de antes a la misma velocidad. Tras la quinta repetición existen varias opciones:1. La cajera te mira con expresión de fastidio infinito y acaba cogiendo un impreso, poniéndotelo delante de los morros y haciendo una cruz en el lugar en el que tienes que firmar. Es lo mejor que te puede pasar.
2. La vergüenza y desesperación rebasan los límites de tu tolerancia. Metes la cabeza por la ventanilla, agarras a la cajera por el cuello de la camisa y le sueltas: “Mira quilla, no te entiendo ná de ná, sólo quiero abrir una puta cuenta, así que por favor, deja de taladrarme el oído con tu voz chillona y dime qué coño tengo que hacer”. Ante este gesto a su vez existen dos posibles consecuencias:
a) La cajera llama a seguridad y te echan del banco dejándote una hermosa huella de zapato en el culo.
b) La cajera descubre casualmente que es de Logroño y que entiende perfectamente lo que le estabas pidiendo. Tu cuenta queda abierta en 5 minutos. Jamás descubrirás qué te estaba diciendo antes la puñetera.
3. La cajera va subiendo cada vez más el volumen y el tono de la frase que te repite. Cuando la frecuencia está a punto de taladrarte el cerebro la tía se lleva la mano a la cabeza y se quita la máscara humana que llevaba todo este tiempo, dejando ver un rostro verde con tentáculos. Descubres que la nueva cara es mucho más atractiva que la original, resultando esta la primera prueba de la falta de atributos físicos de los ingleses. El monstruo saca una pistola de rayos cósmicos y te dispara, pero falla y le da al elefante rosa que tienes detrás, que explota y llena la oficina bancaria de confeti y serpentinas. Te despiertas en el hospital psiquiátrico. El médico viene a decirte algo y no le entiendes ni jota. Le pides que te lo repita. Vuelves al punto 1.
4. La vigésimo quinta vez que te lo repite lo entiendes perfectamente y abres tu cuenta bancaria sin más problemas. Nota: esta opción no sucede nunca, pero tampoco existen los Reyes Magos y somos felices mientras nos los creemos. Nota2: sí que existen los Reyes Magos, decidle a Manolito que deje de llorar y vuelva a leer mi blog.
Al cabo de muchos, muuuuchos meses por estos lares empiezas por fin a pillar un poco lo que esta gente quiere decirte. También descubres que la mayoría de las veces no importa tanto, porque suelen ser estupideces. Tú asientes, dices que “yes” y en la mayoría de los casos quedas como Dios. Eso sí, algo que se te resiste incluso años después de vivir en este país son las conversaciones telefónicas... no sé qué leches les dan a los ingleses cuando agarran un auricular, que no se les entiende ni el “hello”. Y ahí estás tú tratando de descifrar la jerga de un representante de microscopios o al menos de encontrar el botón de “cámara lenta”... si tienes buen humor y poca vergüenza, como yo, puedes hacerle callar en seco diciéndole algo con delicadeza y tacto, como por ejemplo: “Mira corazón, ¿por qué no te vienes al laboratorio y me repites todo eso tan interesante en persona? Me gustaría conocerte, porque con esa lengua tan rápida que tienes seguro que podrías montar el flujo a punto de nieve”.La combinación del cutrespanglish y la dificultad para dominar algunas expresiones inglesas, así como la manía comprensible de cualquier hablante no nativo de un idioma de tratar de asimilar expresiones inglesas con las de su propia lengua - a veces funciona, pero no siempre - dan lugar a montones de situaciones jugosas para cualquier criticón aficionado (como esta menda, sin ir más lejos). Por eso quisiera dedicar mi artículo de hoy a describir algunos de los malentendidos idiomáticos con los que me he ido encontrando tanto en esta tierra como en otros países por los que he pasado, España incluida.
Los primeros malentendidos a los que cualquier viajero se enfrenta suelen ser debidos a palabras que, pese a ser similares en ambos idiomas (inglés y español, en este caso) tienen significados muy diferentes. Si en alguna ocasión cogéis un catarro estando en Inglaterra, no se os ocurra decirle a un inglés que estáis “constipated”... le estaréis diciendo que estáis extreñidos. Si un inglés ha hecho algo que os ha sentado mal, no le digáis que estáis “disgusted” con él (a no ser que lo que haya hecho sea MUY malo), ya que aquí “disgust” no significa “disgusto”, sino “asco”. Ah, y si, como esta menda, recibís un correo de un compañero de trabajo a toda la lista preguntando si alguien tiene “preservatives” para dejarle no pongáis cara de sorpresa y penséis que esta gente es muy liberal y pide ayuda para echar un casquete en la oficina... aquí los “preservatives” son “conservantes” y nada más. Cuando llegué a Inglaterra en mi Reichín me harté de seguir carteles en la carretera que ponían “Diversion”... total, la nueva carretera era igual de aburrida que la anterior, ¡qué engaño!. Al establecerme y mirar el diccionario descubrí que “diversion” aquí significa “desvío”.
Los malentendidos idiomáticos no se producen únicamente con el inglés hablado: a pesar de que los ingleses tienen menos expresión corporal que un maniquí, también hay algunos gestos que hay que tener en cuenta antes de pasarse por tierras británicas. En España cuando vas a comprar dos barras de pan no te preocupas lo más mínimo de en qué posición tienes la mano con la que enseñas los dos dedos; aquí tienes que ser más cuidadoso si no quieres llevarte dos barras de pan normal y dos hostias extra. La razón es que enseñar los dedos índice y corazón con la palma hacia ti es un gesto aún más ofensivo para un inglés que levantarle el dedo medio.
Uno de mis lectores, Dani, me preguntaba por correo precisamente por el origen de este gesto. Indagando entre mis colegas ingleses conseguí una explicación que expongo aquí, aunque no he podido verificarla: al parecer durante la guerra contra los franceses, una de las facciones del ejército inglés más temida era la de los arqueros, que eran educados tradicionalmente en ese arte desde muy pequeños y causaban un enorme número de bajas entre las filas enemigas. Por ello, cada vez que los franceses tomaban un prisionero británico, le cortaban esos dos dedos, para que, en caso de ser arquero, nunca jamás pudiera volver a disparar una flecha. A la hora de la batalla, cuando los arqueros ingleses veían acercarse al ejército francés, les enseñaban los dos dedos como muestra de desafío (en plan de: “mira, aún los tengo, y te voy a hacer un agujero extra en la p...”). Desde entonces ese gesto ha quedado como muestra de desafío y ofensa.Muchos otros malentendidos idiomáticos se deben a la pronunciación incorrecta de una o varias palabras. Esto puede producirse en un sentido u otro, ya que no sé cómo les parecerá a los ingleses nuestra pronunciación, pero la suya cada vez que tratan de decir algo en español es todo un poema. Mi compañero de trabajo Walt estuvo preguntándome por un libro durante una semana, mientras yo le decía que jamás había oído hablar de él. “¡Eso es imposible!”, me decía exasperado. Al final acabó escribiéndomelo: era el “Don Quijote”. Pero cualquiera se entera cuando lo que te preguntan suena así como “ton cuíxot”.
Jamás te desesperes tratando de que un inglés pronuncie bien tu nombre: es una batalla perdida. Una estudiante española, Beatriz, que estuvo con nosotros un par de meses, aprendió al final a dejar que la llamaran Bítrix sin pestañear siquiera. A Quique le costó bastante más... acabó pidiendo que le llamaran Enrique (o más bien “an-ruiii-ke”), porque el diminutivo resultaba una humillación constante: o bien lo pronunciaban “kiki” (con el consiguiente cachondeo de los demás españoles) o “quicky”, que en inglés se podría traducir como “polvo rápido”, con el consiguiente cachondeo de los demás ingleses. Como te llames Jesús más te vale cambiarte de nombre directamente, no sólo porque lo pronuncien mal, sino porque te cansarás de las miradas de horror tanto de los ingleses como de muchos otros extranjeros, para los que llevar ese nombre es poco menos que blasfemo. Los nombres foráneos tampoco se salvan: una chica de Malasia que trabaja en el segundo piso tiene a bien llamarse Hui Hui. Ningún problema, ¿verdad? Pues sí: porque “wee-wee” en inglés, que sería como se pronuncia ese nombre por estos lares, significa “pis”.
Otra piedra en el zapato para aprender el idioma inglés son los puñeteros “phrasal verbs” (verbos con preposición o adverbio). Todos los que sepáis un poco de inglés sabréis inmediatamente a lo que me refiero y pondréis los ojos en blanco recordando las interminables listas de verbos y significados posibles que tuvimos que aprendernos. Para los que no, os diré que a los ingleses no les vale con tener un verbo que signifique una cosa, no. Tenemos el verbo “make”, que significa “hacer”, y el adverbio “up”, que significa “arriba”. Si decimos “make up”, significará “hacer arriba”, ¿no?. Pues no. Según el contexto, “make up” puede significar “maquillarse”, “inventarse una historia”, “preparar una comida” o “compensar a alguien por algo”. Ahí queda eso. Y lo peor es que cada día aparecen docenas de nuevos “phrasal verbs”.No es de extrañar entonces que a veces los españoles metamos la pata hasta la rodilla. Mi caso más sonado fue hace un par de semanas y tiene como protagonista al célebre Maus, que si no recordáis mal trabaja en el sótano de departamento. A veces a la hora del café bajo a tomar una Coca-Cola con él si tengo tiempo libre. Ese día le escribí para decirle que me iba a pasar por allí, y en vez de decirle “I´ll come down to you” (“ahora bajo contigo”) se me ocurrió poner, pa cambiar un poco “I’ll go down on you on a minute” (que yo traduje mentalmente como “voy para abajo contigo en un minuto”). A los 10 segundos recibí una precipitada respuesta suya: “You can go down on me when you want!!!” (“¡¡¡puedes ‘go down on me’ cuando quieras!!!”). Me mosqueó un poco, así que cuando finalmente bajé le pregunté a qué se debía tanto entusiasmo. Esto... cómo os lo diría yo... resulta que en inglés “go down on somebody” significa “hacerle sexo oral a alguien”.
Las meteduras de pata pueden darse también porque nos inventemos nuestros propios “phrasal verbs”. Un familiar mío me contaba que durante una estancia en Inglaterra, una erasmus había ido a reclamar a la lavandería porque la chaqueta que había llevado a lavar “has given of yes” (“se ha dado de sí”).
Los “phrasal verbs” pueden dar mucho de sí, como podéis ver. Recuerdo cuando los estudiamos en la escuela. Una de las profesoras de inglés que tuvimos era un ser chillón e insoportable, de esas que parece que te taladran el tímpano cada vez que hablan. Nos explicaba que para “vestirse” y “desvestirse” los ingleses decía “put on” y “take off”, aparte de muchos otros verbos. Al final de la clase se dedicaba a preguntar al azar a ver si recordábamos lo que habíamos dado. Esta vez eligió a uno de los principales granujillas de la última fila: a ver Pepito, ¿cómo se dice “vestirse”? Pepito se la quedó mirando fijamente... llevaba años esperando una ocasión semejante. Tomó aire y soltó con todas sus ganas: “¡PUTÓN!”. El año siguiente nos cambiaron a la profesora.
Otros malentendidos vienen propiciados por la propia pronunciación cutrespanglish: en muchas ocasiones los españoles tenemos problemas para pronunciar los tonos y matices de las vocales inglesas, acostumbrados como estamos a nuestras 5, que se pronuncian siempre igual. Si recordáis mi artículo dedicado a los ingleses y las palabrotas, la peor de todas las palabras en inglés es la famosa “palabra con C” (c-u-n-t). Pues bien, muchos de nosotros los españoles llegamos a este país pronunciando la frase “I can’t” (“no puedo”) como “I cunt” (cuya traducción más aproximada sería “Yo cabrón”, ya que la palabrita puede también usarse como insulto personal aparte de para nombrar el aparato sexual femenino). También solemos pronunciar igual las palabras “sheet” (“sábana u hoja de papel”) y “shit” (“mierda”), con lo cual frases como “cambié la sábana ayer” y “¡pásame esa hoja de papel” pueden acabar convertidas en “me cambié la mierda ayer” y “¡pásame esa mierda de papel!”.
Otro ejemplo bastante famoso de este tipo de errores corre por Inglaterra como leyenda urbana que yo no dudo que haya ocurrido en más de una ocasión; la historia cuenta que un español consiguió un trabajo como ejecutivo en una importante empresa. A los pocos días de empezar el trabajo, su nuevo jefe, horrorizado, corrió a preguntarle al encargado de personal, John, cómo había seleccionado a semejante trabajador, incapaz de vestir con traje, mal hablado y vago. John le contestó, sorprendido: “No sé cómo ha podido ocurrir, Señor... ¡Él me dijo que había estado en Yale!”. “John, imbécil, ¡¡¡lo que te dijo fue que había estado in jail!!! (“en la cárcel”).Algunas veces en nuestro empeño por hablar rápido podemos equivocarnos y cambiar alguna letrita fundamental. Esto le ocurrió a uno de mis compañeros españoles de trabajo, que nos contaba a mí y a otros ingleses algo que le había ocurrido con su jefe. En medio de la explicación, soltó: “Then he told me off and I flushed” (“entonces él me regañó y yo tiré de la cadena”). Todos nos fuimos de allí pensando que el tío era un guarro y que había que recordarle constantemente que dejara el water en buenas condiciones. Preguntado acerca del hecho más tarde, lo que había querido decir era “I blushed” (“me puse colorado”).
Finalmente podemos decir una frase completamente correcta gramaticalmente pero que los ingleses utilizan en situaciones diferentes y puede dar lugar a malentendidos. Hace unas cuantas semanas Rizos y yo estábamos de marcha por ahí; hacía un calor de mil demonios, y en medio del baile ella, abanicándose con las manos, va y me suelta: “I’m hot, blow me a bit!”, queriendo decir: “tengo calor, sóplame un poco”. Las 4 ó 5 miradas de asombro que cosechamos a nuestro alrededor se debieron a que esa misma frase puede interpretarse más bien como: “Estoy buenísimo, chúpamela un poco”. En el mismo ámbito, los españoles tenemos la manía de decir, cuando hemos llegado a algún sitio, “I came” en vez de “I arrived”. Aquí “I came” dicho sin más añadidos significa más bien “me corrí”.
En un ambiente tan internacional como el de Mix Village los malentendidos no se reducen al español-inglés. A veces existen problemas incluso entre hablantes de español de diferentes orígenes, especialmente con los hispanoamericanos. Seguro que todos vosotros conocéis el significado que el verbo “coger” tiene en países como México y Argentina, mientras que en España lo empleamos para todo. Pues bien, mis vecinos Cani y Tartaja hicieron amistad al poco de llegar con un matrimonio de argentinos que tienen una niña pequeña. La primera vez que se la trajeron a casa Tartaja, a quien le encantan los críos, se puso a jugar con ella y a perseguirla por toda la casa. En un momento determinado puso cara de ogro comeniños, abrió los brazos y le gritó: “¡¡¡Ven aquí que te voy a coger!!!”. Al día siguiente me contaba entre tartamudeos que la madre de la niña había estado a punto de denunciarle por pederasta.Pero si hablamos de latinoamericanos, ellos tampoco tienen un lenguaje puro y casto precisamente. Sin ir más lejos en Chile a la lotería le llaman “la Polla”. Así que cada vez que un chileno se me viene quejando de que los españoles somos unos guarros, que nos pasamos el día cogiendo, yo le respondo que de qué se quejan, si ellos se pasan el día jugando a la polla.
En cada país tienen sus propios malentendidos autóctonos que sólo afloran cuando te ves obligada a pasar una temporada allí, o bien cuando ellos visitan tu tierra. Hace ya un montón de años, cuando yo aún era joven e inocente, participé en uno de los intercambios entre la ciudad de Oviedo y la alemana de Bochum que organiza el Ayuntamiento durante dos años consecutivos. El primero los chicos españoles viajamos a Alemania, y el segundo fueron los alemanes los que vinieron a Asturias. Los chavales teutones cosecharon muy mala fama entre mis paisanos por su manía de acercarse a la gente y soltarles: “¿Folla?” así, por las buenas. Como por entonces ninguno teníamos ni papa de alemán tardamos un tiempecito en darnos cuenta de que los pobres sólo nos pedían “fuego” (“Feuer”).
En los 3 meses durante los que viví en Roma mi metedura de pata más sonada fue pedirle ayuda para barrer a uno de mis compañeros italianos de piso. El problema viene de que el verbo “scopare”, que efectivamente también significa “barrer”, tiene una acepción mucho más popular entre los italianos, equivalente al “fuck” de los ingleses. Vamos, que realmente lo que le estaba pidiendo era colaboración para echar un polvo.Pero, ¿qué se le va a hacer? El aprendizaje de un idioma no sería lo mismo sin estas entrañables situaciones a las que nos somete la lengua en algunos casos. Estoy segura de que muchos os habéis encontrado en casos similares cuando habéis salido de España. Así que ahora os toca el turno a vosotros:
¿alguna vez habéis metido la pata, o la han metido con vosotros, debido al idioma?
Etiquetas: idioma malentendidos
Gran Hermano Post-Doc II: pianistas fantasma y daneses apasionados
El primer día de cursillo fue tan intenso que acabamos todos en la cama sobre las 9 de la noche; la mañana siguiente nos regaló uno de esos maravillosos momentos que te permiten contemplar a lo que hasta entonces habían sido formales compañeros de curso convertidos en seres despeinados, ojerosos y legañosos. Por supuesto, en el momento en que pasé por delante de un espejo dejé de reírme de los demás; la Bruja Avería a mi lado habría ganado el Premio de Peluquería 2005.
El desayuno estilo buffet también me permitió descubrir dos nuevos engendros culinarios cuya existencia únicamente es posible en un país como Inglaterra, donde las glándulas salivares de los nativos deben haber sufrido una mutación extraña de origen extraterrestre. Uno de estos horrores lleva el nombre de “porridge” (lo he buscado en el diccionario y viene como “gachas de cereales”)... ¿cómo puedo definir el porridge para que podáis apreciar toda su sinrazón? Imaginaos una pasta totalmente incolora, inodora e insípida, de la consistencia de harina mezclada con agua y que se sirve con garcilla en un bol. Lo más expresivo de este “alimento” (me niego a escribirlo sin comillas) es el sonido que hace al caer. PTSCHOF. Una bosta de vaca hace un sonido más elegante. Rizos, como siempre, trataba de ser positiva: “Qué va, mujer, claro que tiene sabor: mira, al mío le he echado miel, pruébalo”. Lo probé. Sabía a cosa inodora, insípida y grumosa a la que le hubieran echado miel. Vamos, tan sabroso como el agua, que si le echas huevo sabe a huevo.
Pero aún no había acabado la mañana de deleitarme con sus sorpresas. Por si no había sido suficiente con el monstruo blanco y grumoso, se me ocurrió investigar entre las tarrinas de plástico en las que suele haber mermeladas, miel, crema y mantequilla, y descubrí una muy peculiar que jamás había visto antes: de color marrón oscuro, se definía orgullosamente como “yeast extract” (“extracto de levadura”). Fruncí el ceño. “Extracto de levadura” es lo que viene dentro de los sobres de Royal, si no recordaba mal. Leí más abajo: “Ingredientes: extracto de levadura”. Brillante. Jamás lo habría adivinado. Recordé los envoltorios de los filetes de pescado congelado del Tesco en los que había descubierto la advertencia: “Información para los alérgicos: contiene pescado”. Los ingleses son así.
Pregunté a uno de mis compañeros, Tímido (el de la perillita) qué era aquello; él sonrió con orgullo y exclamó: “Claro, no lo conoces, creo que no se toma en ninguna otra parte del mundo. ¡Se unta sobre las tostadas y está buenísimo!”. Desconfié. Con cuidado levanté una de las esquinas de la tarrina y ante mí apareció una pasta marronuzca parecida a aceite de engrasar. Tomé una pizca con el cuchillo y me lo llevé a la lengua.
Mala idea.
Tres cucharadas de azúcar después aún notaba el regusto amargo de aquella cosa. Rizos, una vez más, intervino: “¡Qué exagerada eres! A ver, pásame un poco”, y ni corta ni perezosa cogió una cucharada entera de aquel fluido viscoso. Se la metió en la boca. Me miró. Se le encogieron los labios. Se le hincharon los carrillos. Le lloraron los ojos. Se puso azul. Con el lado izquierdo de la boca consiguió disculparse y preguntar dónde estaba el baño más cercano.
Aún me estoy planteando patentar el “porreast”, mezclando “porridge” y “yeast extract”. En Inglaterra será considerado una delicatessen mientras que en los demás países podría emplearse como matarratas o en la guerra química.
Las clases de ese día fueron incluso más interesantes que las del día anterior; además, durante la hora del café de por la mañana hice un descubrimiento la mar de productivo; investigando entre las numerosas habitaciones de aquel caserón descubrí una enorme sala con mesas y sillas antiguas... y lo más importante, un enorme y elegante piano de cola.
Inciso: desde pequeñita me ha gustado aprender a tocar cualquier instrumento que cayese en mis manos, pero especialmente los pianos o teclados. ¿Recordáis aquellos miniteclados Yamaha LPT1 con las teclas tan pequeñas que un adulto tocaba media docena al poner el dedo? Pues esta menda los ha debido tener todos. A medida que fui creciendo accedí a teclados algo más dignos e incluso empecé a clases de solfeo y piano en una ocasión, aunque no duré más de dos meses... Pasarme horas y horas tratando de perfeccionar la posición de los dedos en la complicadísima melodía “Sur le pont d’Avignon” me hizo reconsiderar ser autodidacta. Como consecuencia de ello, toco el piano de manera bastante pasable y poniendo los dedos donde me da la gana (esto último se puede aplicar tanto al piano como a muchos otros aspectos de la vida) y sigo disfrutando de la música tanto como el primer día.
Fin del inciso.
Desde el momento en que le eché el ojo a aquel piano no pude pensar en otra cosa – si exceptuamos los momentos en los que el GranDanés pasaba por delante mío, en los cuales pensaba en alguna cosa diferente y menos artística. Nada más verlo ya me las arreglé para quitarle parte del plástico que lo cubría y comprobar que no me había olvidado de tocar (estooooo... os recuerdo que me estoy refiriendo al piano, no a GranDanés), pero levantar la vista y descubrir que tienes a 16 compañeros de curso y 3 profesores con los ojos clavados en ti pidiendo más canciones le quita gran parte de la privacidad al asunto. Me juré y perjuré que esa misma noche haría una visita secreta a aquel hermoso piano de cola.
Las clases del martes terminaron a las 6:30 y el tiempo fuera era espantosamente malo. La mayoría de compañeros se fueron un rato a sus habitaciones a leer, dormir o lo que fuera que hicieran allí, de modo que yo también me fui a la mía. Sin embargo estar en una habitación sin televisión, sin radio, sin sueño y sin haberte acordado de traer un libro resulta mortalmente aburrido. Decidí hacerle una llamadita a Maus, que tenía esa semana de vacaciones y había ido a visitar a su familia con su flamante esposa - léase con ironía - para contarle lo bien que me lo estaba pasando y lo estupenda que era la gente, y ver qué tal le iban las cosas a él. Cogió el teléfono al primer timbrazo.
“Hello, Beautiful! Estoy terriblemente deprimido porque no estás aquí conmigo, el lugar es precioso pero soy incapaz de disfrutarlo de lo mucho que te echo de menos, miro a cualquier parte y me acuerdo de ti, el mar parece gris y frío, los pájaros cantan canciones tristes y las estrellas han perdido parte de su brillo. El tiempo se estira como un chicle y yo me eternizo aquí esperando el momento en el que pueda volver a verte. Y tú, ¿qué tal?”
“Bueno... estooooo... yoooo... sí, verás... yo lo mismo, sí... bueno, más o menos” – carraspeé cuando GranDanés pasó justo por delante de mi ventana luciendo su espectacular culo – “sí, sí, claro que pienso en ti... sí, el jueves ya te aviso cuando llegue, sí... estooo... bueno, adiós ¿eh?”
¿Alguna vez os habéis sentido como la cagada de pájaro sobre la hoja de un poema de Bécquer?
Decidí salir de la habitación y buscar a alguien con quien tomarme una cerveza antes de la cena. Localicé a un par de compañeros en circunstancias similares a la mía (a excepción del amante trágico al teléfono, supongo) que me salvaron del aburrimiento. La cena aún me guardaba una nueva sorpresa culinaria: en un alarde de pijería crónica, el primer plato consistía en un higo envuelto en beicon y relleno de queso Camembert (sí, sí, un higo), acompañado de ensalada de tomatitos y lombarda. Nunca me ha gustado la “comida de grillos”, aunque no le habría hecho ascos al higo si no fuera porque algo que siempre he sido incapaz de meterme en la boca (y nada de bromas, que os veo venir :P) es el queso. Me volví hacia Rizos, que ya había terminado su plato, y sin pensármelo dos veces le solté en español: “Si te apetece puedes comerte mi higo”. Parece ser que en la mayoría de idiomas latinos, incluidos español y portugués (y por lo que sé, también en italiano) la mención de esa frutita tiene el mismo segundo sentido. Rizos me echó una mirada que no supe si interpretar como “¿¿¿Pero qué estás diciendo???” o bien “¿¿¿Aquí, ahora, encima de la mesa??? ¡Sé un poco más discreta, mujer!” y acto seguido las dos nos miramos y fracasamos en nuestro intento de contener la carcajada. No sé si lo peor fue ver a nuestros compañeros de mesa quitarse nuestra salivilla del ojo o tener que traducir al inglés de qué nos reíamos.
Acabamos todos bebiendo y riendo en la cafetería de la mansión. Pasamos un buen rato durante un par de horas, pero yo no podía quitarme de la cabeza la imagen del piano de cola, allí tan solo y triste sin nadie que le pusiera los dedos encima (si es que en el fondo un piano es como una mujer: necesita unas manos delicadas y dulces que lo acaricien al ritmo adecuado). Cuando el cruce de miradas lascivas entre Rizos y GranDanés amenazaba con chamuscarme las pestañas me disculpé diciendo que iba al baño y ya no volví más.
Para llegar al cuarto del piano había que atravesar todo el piso bajo y subir por unas enrevesadas escaleras, atravesar un laberinto de puertas y alcanzar un rellano en el que habitualmente nos servían los cafés al mediodía. De día este recorrido no representaba un gran reto, pero eran ya cerca de las 11:30 de la noche y allí no quedaba despierto ni el conserje. Me deslicé por entre los cuadros que la oscuridad había convertido en tétricos y el numeroso mobiliario que proyectaba sombras amenazantes por todos los rincones. Iba pensando en la disculpa que daría si alguien me encontraba vagando a tientas por entre las habitaciones. Por fin localicé la puerta del enorme salón y la abrí con cuidado, no pudiendo evitar sin embargo un ligero chirrido. Cerré detrás de mí y contemplé los que ahora eran mis dominios particulares: la única luz que bañaba la estancia provenía de la tenue iluminación exterior que se colaba por los dos ventanales, aunque más parecía provenir de la misma noche, que lanzara un manto azulado tenue sobre todo aquello que tocaba. Del piano sólo se distinguían los contornos de la funda protectora que lo cubría, pero pude sentir en mi interior, tan claro y nítido como el aullido de un lobo, el murmullo de sus cuerdas y teclas que me llamaban. Deslicé lentamente la funda y su superficie negra y brillante fue quedando al descubierto, desnuda para mí. Allí, completamente sola en un caserón en silencio, la escena tenía una fuerza y una sensualidad que me cuesta reproducir con palabras. Aquel piano quería que yo lo tocase. Levanté la tapa y el limpio olor a madera tallada me hizo entrecerrar los ojos y esbozar una leve sonrisa.
Separé el taburete, me senté lentamente y abrí la tapa que cubría las teclas. Ocho octavas blanquinegras que ocultaban una infinidad de melodías... al igual que el pedazo de madera tosco oculta cien mil esculturas majestuosas. Acaricié aquellas teclas con ternura y un estremecimiento recorrió mi nuca. No había ninguna duda de con qué obra debía romperse el silencio. El Claro de Luna de Beethoven llenó de vida lo que hasta entonces habían sido paredes frías y habitaciones vacías en aquel caserón. Y eso fue sólo el principio.
Hora y media después abandoné aquel lugar mágico que ya no era frío ni sobrecogedor. El piano me dijo adiós con una sonrisa de complicidad y yo me dirigí hacia mi habitación embriagada de música. Sin embargo poco antes de llegar a la zona de los dormitorios recordé que había dejado la cámara de fotos en la cafetería. Di la vuelta para encontrármela ya cerrada y supuse que Rizos la habría recogido; no obstante quería estar segura, ya que mi cámara digital fue un regalo de una de las personas que más quiero en este mundo poco antes de abandonar mi tierrina y no quisiera perderla.
Cuando me dirigía a la habitación de Rizos, justo al girar una esquina, me di de bruces con el GranDanés. Parecía estar buscando algo, o a alguien. “Hola Pilimindri... ¿no sabrás cuál es la habitación de Rizos por casualidad?”. Sonreí... debía haberlo imaginado... ains, qué no haría yo por una amiga... “Sí, precisamente iba ahora a buscarla para ver si había recogido mi cámara... vente conmigo”. Me siguió, claramente esperanzado. Rizos abrió la puerta tras mi llamada y pareció sorprendida al encontrase con mi cara, y más aún al ver que veníamos los dos juntos. Me dio mi cámara y yo me disponía ya a marcharme y dejarlos solitos cuando GranDanés se despidió y se marchó en dirección a su propio cuarto. Rizos y yo nos miramos con expresión interrogativa. Nos encogimos de hombros y yo me fui finalmente a mi habitación.
No llevaba ni 5 segundos en mi cuarto cuando sonó el teléfono. Era Rizos otra vez:
“Pili, tú no sabes en qué habitación duerme el GranDanés, ¿verdad?”
“No, ni idea, sólo le vi tirar pasillo alante y bajar unas escaleras”
“Cachis, y yo que creía que se iba a quedar conmigo”
“No te preocupes... si no es tonto, volverá”
“Ya... pero es que es tonto”
Total que me fui para la cama sin conocer el final de la historia.
El miércoles debíamos sacar el equipaje antes de las 9, ya que las habitaciones debían quedar libres a pesar de que el curso continuaba hasta las 5:30 de la tarde. Mientras me dirigía a recepción cargando con mis bolsas y con la llave en la boca, uno de los camareros me hizo un gesto. Me acerqué y me habló en voz baja: “Disculpa... ¿eras tú la que tocabas el piano ayer noche?”. Yo recordé que aquel camarero había estado sirviendo los cafés esa mañana; probablemente me había visto tocar un rato, y me había identificado; me puse del color de las berenjenas maduras y balbuceé: “Yo... esto... verá... pues sí, la verdad... lo siento si hice algo que no debía... el piano estaba tan solo allí...”. Él me hizo callar con un gesto y sonrió: “¡Mis compañeros creen que ha sido un fantasma! Estuvimos un buen rato escuchando el sonido del piano hasta que tres de nosotros nos decidimos a subir para ver quién era el pianista.... y cuando llegamos al salón nos encontramos la luz apagada, la puerta cerrada y el piano perfectamente cubierto con su funda”. Me quedé sin habla. El camarero me sonrió. Yo le devolví la sonrisa y guiñando el ojo le susurré: “Entonces no se lo cuente. ¡Mantenga el misterio!”. “¡Hecho!” dijo, devolviéndome el guiño.
Rizos venía muy sonriente esa mañana al desayuno. Me lanzó una sonrisa pícara y yo le pregunté: “¿Qué, al final volvió, verdad?” “¡Vaya que si volvió! Creo que esta tarde necesitaré una buena siesta... no recordaba que los daneses fueran tan apasionados”. Apuesta ganada. Al menos alguien lo había aprovechado... snif.
El último día de curso lo dedicamos a identificar los diferentes roles existentes en el trabajo en equipo y a tratar de encontrar en cuál de ellos encajábamos. También a identificar situaciones de conflicto, ensayar casos prácticos y encontrar las diferentes opciones laborales que cada uno de nosotros debía considerar a la hora de plantearnos nuestro futuro. Si hubo una frase se repitió allí hasta la saciedad fue: “Be proactive!” (“¡Sé proactivo!”), es decir, búscate la vida, toma la iniciativa, no esperes a que nadie haga las cosas por ti. Inglaterra es un país lleno de recursos y ayudas para gente emprendedora, pero carece de una buena red informativa que te aclare a qué cosas puedes acceder, por eso es tan importante no esperar a que te lo den todo hecho. Nos repartieron unas hojas de papel y un sobre. En la hoja debíamos escribir tres cosas que teníamos que conseguir en los próximos seis meses (publicar artículos, cambiar de trabajo, conseguir un aumento de sueldo, participar en una orgía interdepartamental... lo que fuera que aspirásemos a hacer); el sobre debíamos dirigirlo a nosotros mismos, en la dirección donde fuera más probable encontrarnos dentro de 6 meses. La organización del curso se comprometía a enviarnos esa carta al cabo de medio año para que nosotros mismos comprobásemos si habíamos tenido éxito en nuestras propuestas. Me pareció una idea excelente.
Llegó el final del curso y los profesores se despidieron de nosotros encomendándonos una tarea: ser proactivos empezando desde ya. El jueves en el trabajo debíamos hacer algo para mejorar nuestra situación laboral. Yo a esas alturas ya sabía lo que iba a hacer: quería hablar con mi jefa RanciaWoman y exponerle los problemas que tenía con su forma de llevar el grupo y su actitud personal hacia sus trabajadores. Y lo haría antes de irme de vacaciones.
Rizos y yo abandonamos el palacete agotadas mentalmente, pero contentas porque aquel curso había más que cubierto todas nuestras expectativas (las suyas en algo más que el aspecto laboral, será puñetera... :P). Y quién sabe, mi aportación también podría tomar carices inesperados... puedo haber comenzado la Leyenda del Pianista Fantasma del Palacete de Mix Village... después del fracaso del Pianista Amnésico estos ingleses necesitan un nuevo misterio que les ponga las pilas ;)
El desayuno estilo buffet también me permitió descubrir dos nuevos engendros culinarios cuya existencia únicamente es posible en un país como Inglaterra, donde las glándulas salivares de los nativos deben haber sufrido una mutación extraña de origen extraterrestre. Uno de estos horrores lleva el nombre de “porridge” (lo he buscado en el diccionario y viene como “gachas de cereales”)... ¿cómo puedo definir el porridge para que podáis apreciar toda su sinrazón? Imaginaos una pasta totalmente incolora, inodora e insípida, de la consistencia de harina mezclada con agua y que se sirve con garcilla en un bol. Lo más expresivo de este “alimento” (me niego a escribirlo sin comillas) es el sonido que hace al caer. PTSCHOF. Una bosta de vaca hace un sonido más elegante. Rizos, como siempre, trataba de ser positiva: “Qué va, mujer, claro que tiene sabor: mira, al mío le he echado miel, pruébalo”. Lo probé. Sabía a cosa inodora, insípida y grumosa a la que le hubieran echado miel. Vamos, tan sabroso como el agua, que si le echas huevo sabe a huevo.
Pero aún no había acabado la mañana de deleitarme con sus sorpresas. Por si no había sido suficiente con el monstruo blanco y grumoso, se me ocurrió investigar entre las tarrinas de plástico en las que suele haber mermeladas, miel, crema y mantequilla, y descubrí una muy peculiar que jamás había visto antes: de color marrón oscuro, se definía orgullosamente como “yeast extract” (“extracto de levadura”). Fruncí el ceño. “Extracto de levadura” es lo que viene dentro de los sobres de Royal, si no recordaba mal. Leí más abajo: “Ingredientes: extracto de levadura”. Brillante. Jamás lo habría adivinado. Recordé los envoltorios de los filetes de pescado congelado del Tesco en los que había descubierto la advertencia: “Información para los alérgicos: contiene pescado”. Los ingleses son así.Pregunté a uno de mis compañeros, Tímido (el de la perillita) qué era aquello; él sonrió con orgullo y exclamó: “Claro, no lo conoces, creo que no se toma en ninguna otra parte del mundo. ¡Se unta sobre las tostadas y está buenísimo!”. Desconfié. Con cuidado levanté una de las esquinas de la tarrina y ante mí apareció una pasta marronuzca parecida a aceite de engrasar. Tomé una pizca con el cuchillo y me lo llevé a la lengua.
Mala idea.
Tres cucharadas de azúcar después aún notaba el regusto amargo de aquella cosa. Rizos, una vez más, intervino: “¡Qué exagerada eres! A ver, pásame un poco”, y ni corta ni perezosa cogió una cucharada entera de aquel fluido viscoso. Se la metió en la boca. Me miró. Se le encogieron los labios. Se le hincharon los carrillos. Le lloraron los ojos. Se puso azul. Con el lado izquierdo de la boca consiguió disculparse y preguntar dónde estaba el baño más cercano.
Aún me estoy planteando patentar el “porreast”, mezclando “porridge” y “yeast extract”. En Inglaterra será considerado una delicatessen mientras que en los demás países podría emplearse como matarratas o en la guerra química.
Las clases de ese día fueron incluso más interesantes que las del día anterior; además, durante la hora del café de por la mañana hice un descubrimiento la mar de productivo; investigando entre las numerosas habitaciones de aquel caserón descubrí una enorme sala con mesas y sillas antiguas... y lo más importante, un enorme y elegante piano de cola.
Inciso: desde pequeñita me ha gustado aprender a tocar cualquier instrumento que cayese en mis manos, pero especialmente los pianos o teclados. ¿Recordáis aquellos miniteclados Yamaha LPT1 con las teclas tan pequeñas que un adulto tocaba media docena al poner el dedo? Pues esta menda los ha debido tener todos. A medida que fui creciendo accedí a teclados algo más dignos e incluso empecé a clases de solfeo y piano en una ocasión, aunque no duré más de dos meses... Pasarme horas y horas tratando de perfeccionar la posición de los dedos en la complicadísima melodía “Sur le pont d’Avignon” me hizo reconsiderar ser autodidacta. Como consecuencia de ello, toco el piano de manera bastante pasable y poniendo los dedos donde me da la gana (esto último se puede aplicar tanto al piano como a muchos otros aspectos de la vida) y sigo disfrutando de la música tanto como el primer día.Fin del inciso.
Desde el momento en que le eché el ojo a aquel piano no pude pensar en otra cosa – si exceptuamos los momentos en los que el GranDanés pasaba por delante mío, en los cuales pensaba en alguna cosa diferente y menos artística. Nada más verlo ya me las arreglé para quitarle parte del plástico que lo cubría y comprobar que no me había olvidado de tocar (estooooo... os recuerdo que me estoy refiriendo al piano, no a GranDanés), pero levantar la vista y descubrir que tienes a 16 compañeros de curso y 3 profesores con los ojos clavados en ti pidiendo más canciones le quita gran parte de la privacidad al asunto. Me juré y perjuré que esa misma noche haría una visita secreta a aquel hermoso piano de cola.
Las clases del martes terminaron a las 6:30 y el tiempo fuera era espantosamente malo. La mayoría de compañeros se fueron un rato a sus habitaciones a leer, dormir o lo que fuera que hicieran allí, de modo que yo también me fui a la mía. Sin embargo estar en una habitación sin televisión, sin radio, sin sueño y sin haberte acordado de traer un libro resulta mortalmente aburrido. Decidí hacerle una llamadita a Maus, que tenía esa semana de vacaciones y había ido a visitar a su familia con su flamante esposa - léase con ironía - para contarle lo bien que me lo estaba pasando y lo estupenda que era la gente, y ver qué tal le iban las cosas a él. Cogió el teléfono al primer timbrazo.
“Hello, Beautiful! Estoy terriblemente deprimido porque no estás aquí conmigo, el lugar es precioso pero soy incapaz de disfrutarlo de lo mucho que te echo de menos, miro a cualquier parte y me acuerdo de ti, el mar parece gris y frío, los pájaros cantan canciones tristes y las estrellas han perdido parte de su brillo. El tiempo se estira como un chicle y yo me eternizo aquí esperando el momento en el que pueda volver a verte. Y tú, ¿qué tal?”
“Bueno... estooooo... yoooo... sí, verás... yo lo mismo, sí... bueno, más o menos” – carraspeé cuando GranDanés pasó justo por delante de mi ventana luciendo su espectacular culo – “sí, sí, claro que pienso en ti... sí, el jueves ya te aviso cuando llegue, sí... estooo... bueno, adiós ¿eh?”
¿Alguna vez os habéis sentido como la cagada de pájaro sobre la hoja de un poema de Bécquer?
Decidí salir de la habitación y buscar a alguien con quien tomarme una cerveza antes de la cena. Localicé a un par de compañeros en circunstancias similares a la mía (a excepción del amante trágico al teléfono, supongo) que me salvaron del aburrimiento. La cena aún me guardaba una nueva sorpresa culinaria: en un alarde de pijería crónica, el primer plato consistía en un higo envuelto en beicon y relleno de queso Camembert (sí, sí, un higo), acompañado de ensalada de tomatitos y lombarda. Nunca me ha gustado la “comida de grillos”, aunque no le habría hecho ascos al higo si no fuera porque algo que siempre he sido incapaz de meterme en la boca (y nada de bromas, que os veo venir :P) es el queso. Me volví hacia Rizos, que ya había terminado su plato, y sin pensármelo dos veces le solté en español: “Si te apetece puedes comerte mi higo”. Parece ser que en la mayoría de idiomas latinos, incluidos español y portugués (y por lo que sé, también en italiano) la mención de esa frutita tiene el mismo segundo sentido. Rizos me echó una mirada que no supe si interpretar como “¿¿¿Pero qué estás diciendo???” o bien “¿¿¿Aquí, ahora, encima de la mesa??? ¡Sé un poco más discreta, mujer!” y acto seguido las dos nos miramos y fracasamos en nuestro intento de contener la carcajada. No sé si lo peor fue ver a nuestros compañeros de mesa quitarse nuestra salivilla del ojo o tener que traducir al inglés de qué nos reíamos.Acabamos todos bebiendo y riendo en la cafetería de la mansión. Pasamos un buen rato durante un par de horas, pero yo no podía quitarme de la cabeza la imagen del piano de cola, allí tan solo y triste sin nadie que le pusiera los dedos encima (si es que en el fondo un piano es como una mujer: necesita unas manos delicadas y dulces que lo acaricien al ritmo adecuado). Cuando el cruce de miradas lascivas entre Rizos y GranDanés amenazaba con chamuscarme las pestañas me disculpé diciendo que iba al baño y ya no volví más.
Para llegar al cuarto del piano había que atravesar todo el piso bajo y subir por unas enrevesadas escaleras, atravesar un laberinto de puertas y alcanzar un rellano en el que habitualmente nos servían los cafés al mediodía. De día este recorrido no representaba un gran reto, pero eran ya cerca de las 11:30 de la noche y allí no quedaba despierto ni el conserje. Me deslicé por entre los cuadros que la oscuridad había convertido en tétricos y el numeroso mobiliario que proyectaba sombras amenazantes por todos los rincones. Iba pensando en la disculpa que daría si alguien me encontraba vagando a tientas por entre las habitaciones. Por fin localicé la puerta del enorme salón y la abrí con cuidado, no pudiendo evitar sin embargo un ligero chirrido. Cerré detrás de mí y contemplé los que ahora eran mis dominios particulares: la única luz que bañaba la estancia provenía de la tenue iluminación exterior que se colaba por los dos ventanales, aunque más parecía provenir de la misma noche, que lanzara un manto azulado tenue sobre todo aquello que tocaba. Del piano sólo se distinguían los contornos de la funda protectora que lo cubría, pero pude sentir en mi interior, tan claro y nítido como el aullido de un lobo, el murmullo de sus cuerdas y teclas que me llamaban. Deslicé lentamente la funda y su superficie negra y brillante fue quedando al descubierto, desnuda para mí. Allí, completamente sola en un caserón en silencio, la escena tenía una fuerza y una sensualidad que me cuesta reproducir con palabras. Aquel piano quería que yo lo tocase. Levanté la tapa y el limpio olor a madera tallada me hizo entrecerrar los ojos y esbozar una leve sonrisa.
Separé el taburete, me senté lentamente y abrí la tapa que cubría las teclas. Ocho octavas blanquinegras que ocultaban una infinidad de melodías... al igual que el pedazo de madera tosco oculta cien mil esculturas majestuosas. Acaricié aquellas teclas con ternura y un estremecimiento recorrió mi nuca. No había ninguna duda de con qué obra debía romperse el silencio. El Claro de Luna de Beethoven llenó de vida lo que hasta entonces habían sido paredes frías y habitaciones vacías en aquel caserón. Y eso fue sólo el principio.Hora y media después abandoné aquel lugar mágico que ya no era frío ni sobrecogedor. El piano me dijo adiós con una sonrisa de complicidad y yo me dirigí hacia mi habitación embriagada de música. Sin embargo poco antes de llegar a la zona de los dormitorios recordé que había dejado la cámara de fotos en la cafetería. Di la vuelta para encontrármela ya cerrada y supuse que Rizos la habría recogido; no obstante quería estar segura, ya que mi cámara digital fue un regalo de una de las personas que más quiero en este mundo poco antes de abandonar mi tierrina y no quisiera perderla.
Cuando me dirigía a la habitación de Rizos, justo al girar una esquina, me di de bruces con el GranDanés. Parecía estar buscando algo, o a alguien. “Hola Pilimindri... ¿no sabrás cuál es la habitación de Rizos por casualidad?”. Sonreí... debía haberlo imaginado... ains, qué no haría yo por una amiga... “Sí, precisamente iba ahora a buscarla para ver si había recogido mi cámara... vente conmigo”. Me siguió, claramente esperanzado. Rizos abrió la puerta tras mi llamada y pareció sorprendida al encontrase con mi cara, y más aún al ver que veníamos los dos juntos. Me dio mi cámara y yo me disponía ya a marcharme y dejarlos solitos cuando GranDanés se despidió y se marchó en dirección a su propio cuarto. Rizos y yo nos miramos con expresión interrogativa. Nos encogimos de hombros y yo me fui finalmente a mi habitación.
No llevaba ni 5 segundos en mi cuarto cuando sonó el teléfono. Era Rizos otra vez:
“Pili, tú no sabes en qué habitación duerme el GranDanés, ¿verdad?”
“No, ni idea, sólo le vi tirar pasillo alante y bajar unas escaleras”
“Cachis, y yo que creía que se iba a quedar conmigo”
“No te preocupes... si no es tonto, volverá”
“Ya... pero es que es tonto”
Total que me fui para la cama sin conocer el final de la historia.
El miércoles debíamos sacar el equipaje antes de las 9, ya que las habitaciones debían quedar libres a pesar de que el curso continuaba hasta las 5:30 de la tarde. Mientras me dirigía a recepción cargando con mis bolsas y con la llave en la boca, uno de los camareros me hizo un gesto. Me acerqué y me habló en voz baja: “Disculpa... ¿eras tú la que tocabas el piano ayer noche?”. Yo recordé que aquel camarero había estado sirviendo los cafés esa mañana; probablemente me había visto tocar un rato, y me había identificado; me puse del color de las berenjenas maduras y balbuceé: “Yo... esto... verá... pues sí, la verdad... lo siento si hice algo que no debía... el piano estaba tan solo allí...”. Él me hizo callar con un gesto y sonrió: “¡Mis compañeros creen que ha sido un fantasma! Estuvimos un buen rato escuchando el sonido del piano hasta que tres de nosotros nos decidimos a subir para ver quién era el pianista.... y cuando llegamos al salón nos encontramos la luz apagada, la puerta cerrada y el piano perfectamente cubierto con su funda”. Me quedé sin habla. El camarero me sonrió. Yo le devolví la sonrisa y guiñando el ojo le susurré: “Entonces no se lo cuente. ¡Mantenga el misterio!”. “¡Hecho!” dijo, devolviéndome el guiño.
Rizos venía muy sonriente esa mañana al desayuno. Me lanzó una sonrisa pícara y yo le pregunté: “¿Qué, al final volvió, verdad?” “¡Vaya que si volvió! Creo que esta tarde necesitaré una buena siesta... no recordaba que los daneses fueran tan apasionados”. Apuesta ganada. Al menos alguien lo había aprovechado... snif.
El último día de curso lo dedicamos a identificar los diferentes roles existentes en el trabajo en equipo y a tratar de encontrar en cuál de ellos encajábamos. También a identificar situaciones de conflicto, ensayar casos prácticos y encontrar las diferentes opciones laborales que cada uno de nosotros debía considerar a la hora de plantearnos nuestro futuro. Si hubo una frase se repitió allí hasta la saciedad fue: “Be proactive!” (“¡Sé proactivo!”), es decir, búscate la vida, toma la iniciativa, no esperes a que nadie haga las cosas por ti. Inglaterra es un país lleno de recursos y ayudas para gente emprendedora, pero carece de una buena red informativa que te aclare a qué cosas puedes acceder, por eso es tan importante no esperar a que te lo den todo hecho. Nos repartieron unas hojas de papel y un sobre. En la hoja debíamos escribir tres cosas que teníamos que conseguir en los próximos seis meses (publicar artículos, cambiar de trabajo, conseguir un aumento de sueldo, participar en una orgía interdepartamental... lo que fuera que aspirásemos a hacer); el sobre debíamos dirigirlo a nosotros mismos, en la dirección donde fuera más probable encontrarnos dentro de 6 meses. La organización del curso se comprometía a enviarnos esa carta al cabo de medio año para que nosotros mismos comprobásemos si habíamos tenido éxito en nuestras propuestas. Me pareció una idea excelente.
Llegó el final del curso y los profesores se despidieron de nosotros encomendándonos una tarea: ser proactivos empezando desde ya. El jueves en el trabajo debíamos hacer algo para mejorar nuestra situación laboral. Yo a esas alturas ya sabía lo que iba a hacer: quería hablar con mi jefa RanciaWoman y exponerle los problemas que tenía con su forma de llevar el grupo y su actitud personal hacia sus trabajadores. Y lo haría antes de irme de vacaciones.
Rizos y yo abandonamos el palacete agotadas mentalmente, pero contentas porque aquel curso había más que cubierto todas nuestras expectativas (las suyas en algo más que el aspecto laboral, será puñetera... :P). Y quién sabe, mi aportación también podría tomar carices inesperados... puedo haber comenzado la Leyenda del Pianista Fantasma del Palacete de Mix Village... después del fracaso del Pianista Amnésico estos ingleses necesitan un nuevo misterio que les ponga las pilas ;)Gran Hermano Post-Doc (1ª edición)
Un palacete del siglo XIX aislado, a 5 millas de Mix Village... 17 concursantes jóvenes (bueno, relativamente), universitarios, doctores en varias disciplinas y finalizando su primer contrato con la Universidad... Todos ellos con su carga personal de frustraciones y problemas (“mi jefe no me quiere”, “mi grupo no publica artículos suficientes”, “no consigo un contrato indefinido”, “no hay manera de acabar con las hemorroides”)... 3 profesores especializados en gestión y dirección laboral... El lunes 5 de Septiembre de 2005 dio comienzo la serie más esperada de blogs.ya.com... “GH Post-Doc” (música de entrada y fundido en negro).El lunes de madrugada cayó sobre Mix Village una de las tormentas más bestiales que recuerdo en los dos años que llevo por tierras inglesas. Cómo serían los truenos, que uno de ellos me despertó de golpe a las 5 de la mañana (a mí, que no me despierta ni el ruido una excavadora tirando mi casa abajo) y me tuvo un buen rato en vela tratando de decidir si Mix Village había sido el siguiente objetivo de Al Qaeda. Ese trueno habría dejado al Conde Drácula acojonado en una esquina de su ataúd durante toda la noche. Antes de coger el coche para recoger a Rizos e irnos para el famoso curso diluviaba de tal manera que la gente caminaba por la calle con bombonas de oxígeno y aletas por si las moscas – aunque, a decir verdad, tardé mi tiempo en percatarme del hecho... creí que sería un complemento más a las orejeras peludas rosa y las faldas de charol violetas que tanto abundan por estas latitudes -. Los presagios para los 3 días que nos esperaban no podrían haber sido peores.
No obstante, en línea con los cambios meteorológicos extremos que predominan por aquí, en cuanto salí de casa y me metí en mi Reichín ya no se veía una nube en el cielo. Rizos y yo encontramos el camino sin perdernos ni una sola vez (debí pillar a Murphy despistadillo) y al llegar nos encontramos con una enorme construcción a caballo entre caserón y palacete, de ladrillo rojo, con interminables jardines salpicados de setos recortados en formas angulosas, un pequeño lago y rodeada a su vez por retazos de bosque por los cuatro costados. El edificio y los setos me recordaban vagamente al Overlook, aquel siniestro hotel de la película “El Resplandor”. Incluso tenía campo de Crocket y todo. Recuerdo haber deseado en silencio no encontrarnos con ningún Jack Nicholson de ojos desorbitados detrás de alguna puerta chirriante.El lugar era todo un supermercado de detalles pijos y recargados: lámparas de cristal de roca, enormes retratos de personas que en su día fueron conocidas e importantes, techos altísimos y sillas de madera tallada y cojines a punto de cruz. Casi esperaba ver salir a Ambrosio de detrás de una esquina con una montaña de Ferrero Rocher en equilibrio sobre una bandeja. Yo me sentía como una pordiosera con mis vaqueros y mis playeras gastadas. El cursillo era gratuito e incluía pensión completa, lo cual nos evitaba la factura de 5 cifras que sin duda deleitaría a huéspedes menos afortunados que nosotros.
Uno de los recepcionistas nos acompañó a Rizos y a mí hasta una sala en la que ya se encontraban 3 ó 4 personas con sus mochilas y bolsas y sus expresiones de “acabo de llegar y no conozco a nadie”, amén de un camarero con pajarita situado estratégicamente para servirnos café en cuanto pasáramos por su lado. Rizos dejó las bolsas al lado de la puerta y salió corriendo espendolada a buscar un lugar privado donde aliviar sus necesidades biológicas (amos, que se estaba meando toa) y yo me puse a hablar con el pequeño grupito allí presente, formado con una chica gordita de aspecto oriental, un chaval de perilla y cara tímida, una mujer de pelo canoso y un pedazo de ejemplar masculino alto, fornido y de buen ver. Me faltó tiempo para preguntarle de dónde era y a qué se dedicaba (“¡pero si lo pone la tarjeta identificativa esta que llevo en el cuello!”, “es igual, es sólo para comprobar si tu voz hace juego con el resto del macho, tú disimula”); resultó ser de Dinamarca y Doctor en Ingeniería, y cuando estábamos charlando animadamente, de repente noté que levantaba la vista, se le dilataban las pupilas y se le escapaba una sonrisa pícara... Antes de volverme ya sabía qué (o más bien “quién”) había captado su atención tan súbitamente: Rizos había vuelto del baño. Ya no había nada que hacer con el GranDanés... snif... me estoy acostumbrando a este tipo de reacciones. Aposté que esos dos acababan follando apasionadamente antes de que terminara el curso.
¿Que si gané? ¡Leeros el resto del post, leñe!
Poco a poco fueron llegando los demás participantes. Allí sólo faltaba la voz en off de la Mercedes Milá para acabar de completar la escena. Por fin estuvimos todos, y un hombrecillo barbudo de expresión agradable (únicamente empañada por las sandalias rojas con calcetines azules que llevaba... si, era inglés) nos acompañó a través de innumerables pasillos y puertas hasta la sala en donde empezaríamos a impartir el curso.
Yo llegaba con una mentalidad bastante escéptica: soy una persona a la que le repatean los libros de “autoayuda”, que odia la psicología barata y las frases hechas del estilo “cómo puedes amar a los demás si antes no te amas a ti mismo” (pronúnciese siempre con el dedo índice en alto, gesto de profunda meditación Zen y ojos semicerrados con mirada perdida en la infinitud del universo), etc etc. La mayoría de cursos que se autoproclaman de “autoayuda” u “orientación”, sea laboral, familiar o sexual, suelen ser de este tipo. Total, que sales de ellos sin saber nada más de lo que sabías antes, pero al día siguiente vas a tu casa, te compras 3 kg de incienso, haces alguna postura de yoga frente a un espejo y, mirando fijamente al panoli que tienes enfrente, repites 50 veces: “me amo, me quiero, soy necesario para el equilibrio del universo”. No mejora para nada tu rendimiento en el trabajo, ni solucionas ningún problema, ni acabas con el hambre en el mundo, al final sigues siendo el mismo panoli de antes y encima tienes que dejar la casa ventilando durante una semana para eliminar el pestazo. Por no hablar de las agujetas.Así que para acudir a este curso me hice con una buena libreta en blanco que decorar con numerosas viñetas de cómic y me dispuse a 3 días de aburrimiento supino. Al menos el lugar era agradable. Desde la sala se veía el campo de Croquet y se escuchaba el tranquilizador sonido de una fuente (joer, qué ganas de mear).
Y una vez más el destino se regodea llevándote la contraria. Desde los primeros 5 minutos me encontré con mi atención completamente centrada en los tres espléndidos profesores que nos enseñaron más cosas en 3 días de las que he podido aprender por mí misma en dos años en esta Universidad. Tuve la oportunidad de aislar e identificar los problemas que he tenido durante este tiempo con mi jefa, RanciaWoman, y de escuchar muchos otros casos, algunos francamente peores que el mío, de muchos de mis compañeros de curso. De las 20 personas que estábamos allí puedo decir que ni siquiera una sola de ellas me cayó mal, y eso fue debido no sólo a que el buen rollo en el grupo fue patente desde el principio, sino a la maestría de los profesores, que nos obligaron subliminalmente a interaccionar todos con todos, a comprender y aceptar a la persona que teníamos enfrente, que nos explicaron los diferentes roles dentro de un equipo, que nos enseñaron la mejor manera de reaccionar ante un conflicto o una crítica... Consiguiendo al mismo tiempo que todo ello resultara ameno y divertido.
Una de las primeras cosas que nos mandaron hacer fue tomar una enorme hoja de papel y dibujar, en 5 minutos, la percepción que teníamos nosotros mismos de nuestro lugar de trabajo y de lo que hacíamos a diario. Aquí os dejo el que fue mi dibujillo, que tuvo bastante éxito entre mis colegas de curso. Para los críticos del cómic, por favor tened en cuenta que fueron 5 minutos cronometrados. No me ha quedado tan mal, ¿verdad?El primer día tuvimos también media hora libre para pasear por los jardines e investigar un poco el entorno. Salimos en un principio todos en rebaño, aunque en seguida se fueron formando grupitos de dos o tres personas más interesadas en visitar unas cosas u otras. Aprovechando la oportunidad me fijé en una valla de madera que marcaba el límite entre los jardines (con una hierba que parecía cortada con tijeras de peluquero y unos setos de formas imposibles) y un bosque totalmente silvestre por el que se filtraban los rayos del sol. Bajo los árboles, abundantes arbustos, ortigas, musgos y troncos en descomposición... el lugar ideal para una bióloga. ¿Cuántos bichos se escurrirían por entre los arbustos esperando a que yo los encontrase? Me sentía como en mi más tierna infancia, cuando metía culebras en bolsas de patatas fritas y me las llevaba a casa (aún recuerdo la cara de extrema complacencia de mi madre cuando por casualidad descubría alguno de mis trofeos... una de las veces se encerró en la cocina y se negó a salir hasta que no sacara de casa “aquel monstruo verde y asqueroso”... me sentí una incomprendida).
Miré a ambos lados con disimulo... nadie me prestaba atención. Un discreto saltito y... ¡vòila! Pilimindrina estaba en medio del bosque.
Es un placer caminar por un bosque sin ningún otro ser humano que estorbe, ni bolsas de plástico con fiambreras, ni niños chillones, ni mesas de camping. Te abres paso entre las ramas, esquivando las zarzas y las ortigas, mirando constantemente a tu alrededor en busca de cualquier ser vivo que se mueva... una libélula verde oliva pasa a tu lado zumbando como una maquinilla de afeitar; una hermosa mariposa negra y roja se posa a escasos 30 cm de tu nariz y te hace quedarte inmóvil para contemplar su frágil belleza; detienes tu pie en el aire justo antes de posarlo sobre un avispero... en un primer momento te asustas, para a continuación contemplar embelesada las idas y venidas, a la vez caóticas y ordenadas, de tan peculiar sociedad que vive a caballo entre la tierra húmeda y un tronco en putrefacción. Las ajetreadas avispas menean las antenas un par de segundos en tu dirección, para acabar decidiendo que no representas un peligro y continuar con sus actividades. Pequeñas arañitas aterrizan en tu camiseta y te hacen cosquillas, poco antes de dejarse caer de nuevo sobre el suelo del bosque, decidiendo que no resultas un buen cimiento para construir su sedoso hogar.
Seguí caminando sin apartar los ojos del suelo. Una fila de hormigas negras arrastraba consigo el cadáver de una cigarra... ¿o era sólo su carcasa?. Un ciempiés venenoso se escurrió rezongando cuando partí y levanté un pedazo de madera de un tocón infestado de termitas. Aquello era mi paraíso particular. Mientras hurgaba en una madriguera que tenía toda la pinta de pertenecer a una familia de conejos, por el rabillo del ojo capté un movimiento junto a mis pies: algo pequeño y negro trataba de escurrirse discretamente, pero no lo suficiente. Sin hacer ruido cerré con las manos todas sus posibles salidas y lo fui aislando hasta que no le quedó más remedio que subir y asomar su cabecita entre las hierbas: su cuerpo, como sus ojos, era de color azabache y brillaba como una manzana de caramelo de las que se venden en las ferias. Era una rana.Emocionada con mi descubrimiento atrapé a la ranita con cuidado y me di la vuelta, dispuesta a regresar y metérsela a Rizos por el escote, o algo por el estilo. No había dado ni 5 pasos cuando noté algo en el cuello: había pasado justo por el medio de una enorme telaraña habitada por una araña igual de enorme que ahora se encontraba subiendo por mi camiseta... Una cosa es que me gusten los bichos y otra ver a la mamá de todas las tarántulas dirigirse a darme un beso en la nariz. Solté un aullido de sorpresa, lancé a la pobre rana a 3 metros de distancia y empecé a correr como una loca dándome manotazos en el pecho. Me pregunto para qué coño tendremos el instinto inútil de correr cuando lo que te pasa es que tienes un bicho encima... en mi caso la carrera me sirvió para varias cosas:
1. Meterme de lleno entre las zarzas y ortigas.
2. Llenarme los playeros de barro y agujas de pino.
3. Hacerme perder por completo mi ya de por sí escasa orientación (por no hablar de mi dignidad).
Pues sí, de repente me encontré sin aliento, con ronchas de ortiga y espinas de zarza clavadas por todas partes, buscando desesperadamente a una araña que debía haberse apeado de mi cuerpo unos 30 metros más atrás (“coño con la niña esta, no sólo se carga mi casa, no... encima me deja medio sorda y me escorre a manotazos”). El bosquecillo aquel no era demasiado extenso, pero la vegetación hacía que resultara imposible llegar a ver fuera de él, con lo que no veía ni la casona, ni el campo de Croquet, ni mucho menos la valla que había saltado para entrar allí. Con mi innegable lógica calculé por dónde andaría el Norte guiándome por la luz del sol y me dirigí hacia allí, segura de que los jardines estarían en aquella dirección. No había recorrido 20 metros cuando una enorme morera me cortó el paso: ni se podía atravesar ni recordaba haberla visto antes. Traté de rodearla. 5 minutos y 300 ortigazos más tarde descubrí que estaba en la misma morera. Empezaba a sentirme como los chicos que se pierden en “La bruja de Blair”. Eché de menos una cámara para filmar un primer plano de mis mocos.Por muy ridículo que pareciese (y lo era), estaba perdida. No sabía por dónde salir de allí, estaba hecha un asco, y para más inri dentro de 5 minutos empezaba la siguiente sesión del curso. Me negaba a ponerme a dar alaridos como una loca: prefería dormir en el bosque que soportar aquella humillación. Me imaginaba la cara de los profesores cuando me encontraran: “Pilimindrina, maja, tú mejor vete a casa, y antes de buscar orientación laboral cómprate una brújula. ¿Cuántos años decías que tenías?”, “yo... yo... estooo... verán, es que me desorienté con una rana”.
Cuando ya empezaba a considerar seriamente la idea de hacer señales de humo (así a perderme en un bosque de no más de 5 hectáreas le podríamos sumar el provocar un incendio forestal) vislumbré una figura blanca por entre unos arbustos; corrí hacia allí y comprobé que se trataba de una chica haciendo jogging. Atravesé ortigas y ramas para acercarme y allá, a 10 metros de mí, estaba la famosa valla que separaba el bosquecillo (¿¿¿he dicho bosquecillo??? ¡El bosque de los coj...es!) de los jardines. Llegué justo a tiempo a la siguiente clase. Rizos se pasó la tarde quitándome ramitas del pelo y la ropa y echándole miraditas a GranDanés, que se las devolvía con arrobamiento.
No volví a ver a la rana.
Continuará
La Torre Oscura...
El jueves por la tarde volví al cine; como siga a este paso, dentro de poco recibiré en casa el nombramiento de espectadora del año y un paquete de 30 kg de palomitas de regalo... pero es que he pasado de tener una vida social bastante mediocre a que de repente me sobren las invitaciones para salir por ahí. Habrá que aprovecharlo mientras dure...
Mi acompañante esta vez fue, cómo no, Maus. Fuimos a ver una película italiana titulada “Las consecuencias del amor”, de la cual lo más remarcable fue que me ayudó a desempolvar mis conocimientos de italiano; me pareció lenta y bastante aburrida, por más que el director pareciese empeñado en darle al filme una capa de pintura de intriga e interés. Pero lo mejor de esa noche no estaba en el cine.
A la salida, Maus tenía que pasarse por el Departamento para recoger su mochila. El recinto universitario estaba oscuro y solitario, sólo se veían un par de luces en algún laboratorio en el que algún pobre becario había decidido prolongar sus horas de trabajo. Entramos en nuestro edificio y bajamos al sótano. No se oía una mosca - hasta las Drosophilas parecían estar dormidas -, y mi mente aventurera comenzó a traquetear.
El Departamento de Genética de Mix Village debe tener más de 100 años (no sé si llamarlo antiguo o simplemente decir que es más viejo que el cura que bautizó a Sara Montiel), es feo, oscuro y sucio. Pero tiene dos detalles que lo hacen atractivo para alguien como yo: primero, que está lleno de rincones, cuartos ocultos y áticos polvorientos en los que se acumulan todo tipo de tesoros; hacía ya tiempo que se me había pasado por la cabeza agarrar una linterna y ponerme a explorar en una noche solitaria. Segundo, que en la parte más alta del tejado hay una especie de torre que puede verse claramente desde abajo, pero a la que nunca había sabido cómo llegar.
Hasta ahora...
Le hice un gesto a Maus para que dejara su mochila y me siguiera. Él se me quedó mirando con cara de interrogante y media sonrisa, y cuando vio que iba en serio y que desaparecía por un rincón, salió corriendo detrás de mí. Cogimos el ascensor y subimos hasta el tercer piso, desde donde yo sabía que había al menos una escalera por la que nunca había subido y que probablemente llevase hasta el tejado. Sin embargo, una vez en el rellano del tercer piso nos tropezamos con el primer contratiempo: una luz en el diminuto laboratorio justo bajo esa escalera indicaba la presencia de alguien. Asomamos la cabeza por el cristal de la puerta para ver la espalda de Aimy, una de los ejemplares más extraños que han pisado tierras inglesas: tendrá unos 40 y pico años, más fea que pegar a un padre con un calcetín sudado, con pinta de Bruja Avería, y se pasa los días, semanas y meses encerrada en su pequeño habitáculo, sin que nadie sepa exactamente lo que hace allí; las veces que yo había tenido que ir al ático a buscar bombillas o fluorescentes de repuesto, siempre la veía comiendo chocolatinas delante de alguna página web de compras online. Las pocas veces que habla se dedica a ensañarse con cualquier ejemplar masculino de la especie humana, que para ella no son más que el equivalente evolutivo de una ameba. Se declara alérgica a la mayoría de marcas de jabón del mercado, y afirma que su alergia es tan extrema, que ninguna persona que no vista bata, guantes y mascarilla puede entrar en “su” laboratorio. Cuando así ocurre, lo deja ventilando durante horas. Ahora comprobábamos que también por la noche seguía en su cubículo, quizás maquinando una nueva poción maléfica con la que dejar impotentes a todos los hombres del departamento. Maus y yo nos miramos con temor.
“No me parece buena idea entrar aquí, esta mujer igual nos lanza un maleficio”
“Probemos por el otro extremo del edificio... ¡tiene que haber manera de acceder desde allí!”
Dicho y hecho, allá que nos recorrimos Maus y yo toda la longitud del enorme departamento para acabar frente a una puerta que nunca habíamos atravesado antes. La abrimos silenciosamente y nos encontramos de repente en una zona del ático desconocida, llena de cientos volúmenes de los años 20, tesis doctorales de alumnos que sin duda serían ya tatarabuelos, máquinas que habían sido desechadas por inútiles décadas atrás y que ahora se encontraban cubiertas de una enorme capa de polvo y telarañas... Aquello era el paraíso para una exploradora nata como yo. Maus y yo recorrimos las interminables estanterías tratando de descifrar títulos que el paso de los años habían convertido en líneas de polvo ilegibles. Parecía como si de repente hubiésemos sido transportados a la librería del Sr Koreander, el librero ceñudo de La Historia Interminable.
Tan concentrados estábamos que no nos dimos cuenta de que en el extremo del ático había una luz encendida. Cuando nuestros pasos nos llevaron hasta allí y nos percatamos del hecho, sólo tuvimos tiempo de ver una mesa de despacho que parecía totalmente fuera de lugar en un sitio como aquél. Numerosos artículos científicos, papeles varios, bolígrafos y una lámpara salpicaban la mesa. Por detrás de una esquina y sin previo aviso apareció uno de los profesores del Departamento, Zoltar, que se quedó mirando con cara de sorpresa a aquellos dos chavales que de repente habían invadido sus dominios. Maus y yo enmudecimos. ¡Pillados!
“Hola, ¿qué hacéis aquí?”
Yo carraspeé y decidí que lo mejor era decir la verdad. Al fin y al cabo él ya se haría su propia idea acerca de lo que una parejita hacía en el ático del departamento en plena noche.
“Nos preguntábamos cómo llegar hasta la torrecita que hay en el tejado”
Él me miró con cierta desconfianza: “¿La torre? ¿Qué torre?”
“Esa que se ve desde abajo, con forma de cúpula, justo en medio del tejado.” – en ese momento se me ocurrió una frase que le daría algo más de credibilidad al tema – “Siempre hemos querido verla de cerca, pero nunca nos atrevimos a subir de día... Pensamos que igual nos decían algo al vernos en el tejado. La verdad, tampoco esperábamos encontrar a alguien aquí a estas horas.”
Su ceño se relajó un poco y esbozó una sonrisa de complicidad; nuestros corazones volvieron a latir.
“¡Ah, os referís al adorno arquitectónico! No es una torre real, pero si queréis verla de cerca es por aquí detrás. ¡Venid, os diré cómo llegar!”
Zoltar nos guió por un pasillito que rodeaba aquel extraño ático y pudimos ver unas escaleras empinadísimas en el extremo de las cuales había una puerta en forma de claraboya. Alzó el cristal y automáticamente el ático se llenó del olor de la brisa nocturna y los restos del verano que se acababa.
Maus y yo subimos y miramos a nuestro alrededor. Encima nuestro brillaba la Luna, y a nuestros pies se veían cientos de tejados y las copas de algunos árboles. Habíamos salido a la superficie.
Zoltar señaló al frente, y allí, a escasos 30 metros, estaba la famosa torre (sí, la mismita que sale en la foto de la izquierda).
“Bueno, yo me vuelvo a mi despacho. Tened cuidado si queréis subir, no hay acceso y puede ser algo peligroso. ¡Buenas noches!” – se despidió sonriendo y volvió a aquel curioso despacho de bibliotecario. Maus y yo nos quedamos solos, en compañía únicamente de las estrellas y de pie sobre una especie de plataforma que recorría el tejado de un extremo a otro. Nos acercamos a la torre y comprobamos que, efectivamente, no había por dónde subir. No obstante, la barandilla de la plataforma permitía alcanzar la mitad de la altura, y desde allí una tubería enorme rodeaba la torre. Poniendo el pie en esa tubería y dándose impulso sería fácil alcanzar el balconcito de hierro que cerraba los 4 lados de la cúpula. Maus me miró sonriendo: “¿Quieres arriesgarte a intentarlo?”. “Por supuesto, no hemos llegado hasta aquí para quedarnos a 3 metros de conseguirlo, ¿no?”.
Maus trepó por la barandilla y, poniéndose de puntillas, se agarró al balcón de la torre con las dos manos. Yo le hice de apoyo para alcanzar la tubería mientras miraba temerosa el tejado, empinadísimo a ambos lados. Si Maus perdía el equilibrio y caía hacia un lado lo más probable sería que resbalase sobre las tejas y acabara cayendo al vacío 4 pisos. ¡Dios mío, no! ¿Cómo me presentaría yo en el entierro? ¿“Hola, soy la amante de Maus, lo siento muchísimo, en la cama era estupendo”? No, aquello no podía ser. Cerré los ojos y no los abrí hasta que escuché la voz de Maus sobre mi cabeza: “¡Lo conseguí! Venga, sube que te ayudo”. Dicho y hecho, agarrándome a todo saliente que pillaba (“¡Auch! ¡¡¡Ahí no!!!”) y ayudada por Maus logré encaramarme a aquella cúpula sin acabar convertida en tortilla de Pilimindrina sobre el asfalto del aparcamiento.
Nos asomamos al balconcito y durante unos instantes no dijimos ni una palabra: no hacía falta. Desde allá arriba se veía media Mix Village iluminada por la luz de las farolas y de los coches. Podía distinguir el camino que hacía todos los días para venir al trabajo. Veíamos trabajar a un par de rezagados que seguramente no se imaginaban que dos miembros del Departamento de Genética estaban viéndoles meterse el dedo en la nariz a 40 metros de altura en una diminuta torre de cartón piedra. En aquella templada noche, podíamos escuchar el chirrido de las cigarras y el viento en las ramas de los árboles. Había merecido la pena.
Me miró. Le miré. Sin mediar palabra acercamos nuestros labios y nos fundimos en un largo y profundo beso (y dos... y tres). Sólo faltaba la banda sonora de “Ghost” de fondo y un plano exterior sobre la torre para que aquello pareciese el final de una película romántica de los años 80. No pasó nada más, porque desde allí aún podíamos ver la luz encendida del laboratorio de Aimy, y sabíamos que a veces salía al tejado a fumar un pitillo. Que nos pillara morreándonos no era tan grave, pero tener que ponernos la ropa interior apresuradamente y bajar de la torre a saltos habría resultado algo más incómodo (y peligroso). Maus me miró con una sonrisa de oreja a oreja: “Te quiero, Pilimindri. Contigo hago cosas que antes ni se me pasaban por la cabeza”. Yo le abracé... seguía sin poder responderle lo mismo. “Todavía quedan muchas más cosas emocionantes por hacer. La primera va a ser cómo bajar de aquí sin rompernos la crisma”.
La bajada fue algo más complicada que la subida, entre otras cosas porque el centro de gravedad de Maus se había modificado ligeramente a causa de los besillos y sobeteos varios (ejem...) y porque desde allá arriba se veía la tubería, pero no la barandilla en la que se suponía que debíamos apoyarnos para bajar. Aquello requirió un poco de fe ciega, pero afortunadamente no hubo que lamentar incidentes y llegamos sanos y salvos a la plataforma.
“¿Volvemos por donde vinimos?”, pregunté. “No, mejor bajamos por el laboratorio de Aimy, tengo ganas de ver la cara que se le queda”. Sonreí. “Hecho”.
La cara que se le quedó fue digna de la Madrastra mala malísima cuando el espejo le contestó que nanay, que la más guapa era Blancanieves y ella era más fea que un pie. La mujer se nos quedó mirando fijamente con los ojos muy abiertos mientras bajábamos por la escalera y gritó un sonoro “¡HEY!” cuando pulsé por error el interruptor de la luz en lugar del botón para abrir la puerta. Recordé que yo soy de las que usa jabón a diario y me pregunté si mis vapores tóxicos provocarían que se le cayera la cara a pedazos como a los lagartos de “V”. Mientras Maus y yo esperábamos el ascensor, pudimos verla agachada junto a la puerta por la que acabábamos de salir... no me explico qué podía estar haciendo, pero daba la impresión de estar sellando las rendijas con cinta aislante o algo así. Si los ingleses ya son raros de por sí, esta mujer se lleva la palma.
De vuelta a casa a Maus y a mí nos dio un ataque de risa floja de los graves... de esos que te hacen apoyarte en las farolas y los muros para evitar despatarrarte por el suelo con las manos en la barriga. Eso nos pasa por dedicarnos a elucubrar acerca de las posibles prácticas sexuales depravadas de la Bruja Avería aquella que vivía en el ático y era alérgica al jabón.
Sólo sé que llegamos a mi casa casi sin poder respirar, y que para empeorar las cosas una vez allí nos pusimos a practicar una serie de cosas que aún nos dejaron más sin respiración. Yo me desperté a las 5:30 de la mañana para ver a Maus recogiendo su ropa de los lugares más inaccesibles de mi cuarto. Antes de volver a quedarme dormida sentí un beso en la mejilla, sumamente suave y delicado, y una voz que susurraba “God, don’t you look beautiful while you’re sleeping!” (“¡Dios, estás preciosa mientras duermes!”). Antes de irme al trabajo aquella mañana despegué de la puerta de entrada un enorme corazón rodeado de varios corazoncitos más pequeños. Ains, ¿qué voy a hacer yo con este hombre? (nota: es una pregunta retórica, lo que estoy haciendo ya lo sé yo muy bien).
Muchos me aconsejáis que le diga exactamente lo que siento, y lo he hecho. Le he dicho que para mí esto empezó como una aventura y que sigue siendo una aventura. Que soy imprevisible, que hoy estoy aquí y mañana allí, que no me siento preparada para atarme a nadie y que sigo mirando a otros hombres con buenos ojos. Es inútil. Creo que le he abierto los ojos a un mundo que no conocía, o que quizás conoció una vez hace muchísimos años y que ya tenía olvidado, y quiere quedarse en él. No hay problema, siempre que no trate de mantenerme a mí dentro. “Maus, yo soy como unas vacaciones”, le dije hace unos días. Creo que no le gustó demasiado la comparación, pero las cosas están como están.
El lunes empiezo un curso de 3 días de orientación laboral. Se imparte en un campus a sólo 5 km de Mix Village, pero al ser un curso residencial se nos exige que nos quedemos a dormir allí. Rizos también está apuntada y es posible que, aparte del pedazo de programa que tenemos que cumplir en esos 3 días, también haya tiempo para conocer gente nueva y montar alguna que otra juerga. Pase lo que pase os mantendré informados a la vuelta :)
Mi acompañante esta vez fue, cómo no, Maus. Fuimos a ver una película italiana titulada “Las consecuencias del amor”, de la cual lo más remarcable fue que me ayudó a desempolvar mis conocimientos de italiano; me pareció lenta y bastante aburrida, por más que el director pareciese empeñado en darle al filme una capa de pintura de intriga e interés. Pero lo mejor de esa noche no estaba en el cine.A la salida, Maus tenía que pasarse por el Departamento para recoger su mochila. El recinto universitario estaba oscuro y solitario, sólo se veían un par de luces en algún laboratorio en el que algún pobre becario había decidido prolongar sus horas de trabajo. Entramos en nuestro edificio y bajamos al sótano. No se oía una mosca - hasta las Drosophilas parecían estar dormidas -, y mi mente aventurera comenzó a traquetear.
El Departamento de Genética de Mix Village debe tener más de 100 años (no sé si llamarlo antiguo o simplemente decir que es más viejo que el cura que bautizó a Sara Montiel), es feo, oscuro y sucio. Pero tiene dos detalles que lo hacen atractivo para alguien como yo: primero, que está lleno de rincones, cuartos ocultos y áticos polvorientos en los que se acumulan todo tipo de tesoros; hacía ya tiempo que se me había pasado por la cabeza agarrar una linterna y ponerme a explorar en una noche solitaria. Segundo, que en la parte más alta del tejado hay una especie de torre que puede verse claramente desde abajo, pero a la que nunca había sabido cómo llegar.
Hasta ahora...
Le hice un gesto a Maus para que dejara su mochila y me siguiera. Él se me quedó mirando con cara de interrogante y media sonrisa, y cuando vio que iba en serio y que desaparecía por un rincón, salió corriendo detrás de mí. Cogimos el ascensor y subimos hasta el tercer piso, desde donde yo sabía que había al menos una escalera por la que nunca había subido y que probablemente llevase hasta el tejado. Sin embargo, una vez en el rellano del tercer piso nos tropezamos con el primer contratiempo: una luz en el diminuto laboratorio justo bajo esa escalera indicaba la presencia de alguien. Asomamos la cabeza por el cristal de la puerta para ver la espalda de Aimy, una de los ejemplares más extraños que han pisado tierras inglesas: tendrá unos 40 y pico años, más fea que pegar a un padre con un calcetín sudado, con pinta de Bruja Avería, y se pasa los días, semanas y meses encerrada en su pequeño habitáculo, sin que nadie sepa exactamente lo que hace allí; las veces que yo había tenido que ir al ático a buscar bombillas o fluorescentes de repuesto, siempre la veía comiendo chocolatinas delante de alguna página web de compras online. Las pocas veces que habla se dedica a ensañarse con cualquier ejemplar masculino de la especie humana, que para ella no son más que el equivalente evolutivo de una ameba. Se declara alérgica a la mayoría de marcas de jabón del mercado, y afirma que su alergia es tan extrema, que ninguna persona que no vista bata, guantes y mascarilla puede entrar en “su” laboratorio. Cuando así ocurre, lo deja ventilando durante horas. Ahora comprobábamos que también por la noche seguía en su cubículo, quizás maquinando una nueva poción maléfica con la que dejar impotentes a todos los hombres del departamento. Maus y yo nos miramos con temor.“No me parece buena idea entrar aquí, esta mujer igual nos lanza un maleficio”
“Probemos por el otro extremo del edificio... ¡tiene que haber manera de acceder desde allí!”
Dicho y hecho, allá que nos recorrimos Maus y yo toda la longitud del enorme departamento para acabar frente a una puerta que nunca habíamos atravesado antes. La abrimos silenciosamente y nos encontramos de repente en una zona del ático desconocida, llena de cientos volúmenes de los años 20, tesis doctorales de alumnos que sin duda serían ya tatarabuelos, máquinas que habían sido desechadas por inútiles décadas atrás y que ahora se encontraban cubiertas de una enorme capa de polvo y telarañas... Aquello era el paraíso para una exploradora nata como yo. Maus y yo recorrimos las interminables estanterías tratando de descifrar títulos que el paso de los años habían convertido en líneas de polvo ilegibles. Parecía como si de repente hubiésemos sido transportados a la librería del Sr Koreander, el librero ceñudo de La Historia Interminable.Tan concentrados estábamos que no nos dimos cuenta de que en el extremo del ático había una luz encendida. Cuando nuestros pasos nos llevaron hasta allí y nos percatamos del hecho, sólo tuvimos tiempo de ver una mesa de despacho que parecía totalmente fuera de lugar en un sitio como aquél. Numerosos artículos científicos, papeles varios, bolígrafos y una lámpara salpicaban la mesa. Por detrás de una esquina y sin previo aviso apareció uno de los profesores del Departamento, Zoltar, que se quedó mirando con cara de sorpresa a aquellos dos chavales que de repente habían invadido sus dominios. Maus y yo enmudecimos. ¡Pillados!
“Hola, ¿qué hacéis aquí?”
Yo carraspeé y decidí que lo mejor era decir la verdad. Al fin y al cabo él ya se haría su propia idea acerca de lo que una parejita hacía en el ático del departamento en plena noche.
“Nos preguntábamos cómo llegar hasta la torrecita que hay en el tejado”
Él me miró con cierta desconfianza: “¿La torre? ¿Qué torre?”
“Esa que se ve desde abajo, con forma de cúpula, justo en medio del tejado.” – en ese momento se me ocurrió una frase que le daría algo más de credibilidad al tema – “Siempre hemos querido verla de cerca, pero nunca nos atrevimos a subir de día... Pensamos que igual nos decían algo al vernos en el tejado. La verdad, tampoco esperábamos encontrar a alguien aquí a estas horas.”
Su ceño se relajó un poco y esbozó una sonrisa de complicidad; nuestros corazones volvieron a latir.
“¡Ah, os referís al adorno arquitectónico! No es una torre real, pero si queréis verla de cerca es por aquí detrás. ¡Venid, os diré cómo llegar!”
Zoltar nos guió por un pasillito que rodeaba aquel extraño ático y pudimos ver unas escaleras empinadísimas en el extremo de las cuales había una puerta en forma de claraboya. Alzó el cristal y automáticamente el ático se llenó del olor de la brisa nocturna y los restos del verano que se acababa.Maus y yo subimos y miramos a nuestro alrededor. Encima nuestro brillaba la Luna, y a nuestros pies se veían cientos de tejados y las copas de algunos árboles. Habíamos salido a la superficie.
Zoltar señaló al frente, y allí, a escasos 30 metros, estaba la famosa torre (sí, la mismita que sale en la foto de la izquierda).
“Bueno, yo me vuelvo a mi despacho. Tened cuidado si queréis subir, no hay acceso y puede ser algo peligroso. ¡Buenas noches!” – se despidió sonriendo y volvió a aquel curioso despacho de bibliotecario. Maus y yo nos quedamos solos, en compañía únicamente de las estrellas y de pie sobre una especie de plataforma que recorría el tejado de un extremo a otro. Nos acercamos a la torre y comprobamos que, efectivamente, no había por dónde subir. No obstante, la barandilla de la plataforma permitía alcanzar la mitad de la altura, y desde allí una tubería enorme rodeaba la torre. Poniendo el pie en esa tubería y dándose impulso sería fácil alcanzar el balconcito de hierro que cerraba los 4 lados de la cúpula. Maus me miró sonriendo: “¿Quieres arriesgarte a intentarlo?”. “Por supuesto, no hemos llegado hasta aquí para quedarnos a 3 metros de conseguirlo, ¿no?”.
Maus trepó por la barandilla y, poniéndose de puntillas, se agarró al balcón de la torre con las dos manos. Yo le hice de apoyo para alcanzar la tubería mientras miraba temerosa el tejado, empinadísimo a ambos lados. Si Maus perdía el equilibrio y caía hacia un lado lo más probable sería que resbalase sobre las tejas y acabara cayendo al vacío 4 pisos. ¡Dios mío, no! ¿Cómo me presentaría yo en el entierro? ¿“Hola, soy la amante de Maus, lo siento muchísimo, en la cama era estupendo”? No, aquello no podía ser. Cerré los ojos y no los abrí hasta que escuché la voz de Maus sobre mi cabeza: “¡Lo conseguí! Venga, sube que te ayudo”. Dicho y hecho, agarrándome a todo saliente que pillaba (“¡Auch! ¡¡¡Ahí no!!!”) y ayudada por Maus logré encaramarme a aquella cúpula sin acabar convertida en tortilla de Pilimindrina sobre el asfalto del aparcamiento.
Nos asomamos al balconcito y durante unos instantes no dijimos ni una palabra: no hacía falta. Desde allá arriba se veía media Mix Village iluminada por la luz de las farolas y de los coches. Podía distinguir el camino que hacía todos los días para venir al trabajo. Veíamos trabajar a un par de rezagados que seguramente no se imaginaban que dos miembros del Departamento de Genética estaban viéndoles meterse el dedo en la nariz a 40 metros de altura en una diminuta torre de cartón piedra. En aquella templada noche, podíamos escuchar el chirrido de las cigarras y el viento en las ramas de los árboles. Había merecido la pena.
Me miró. Le miré. Sin mediar palabra acercamos nuestros labios y nos fundimos en un largo y profundo beso (y dos... y tres). Sólo faltaba la banda sonora de “Ghost” de fondo y un plano exterior sobre la torre para que aquello pareciese el final de una película romántica de los años 80. No pasó nada más, porque desde allí aún podíamos ver la luz encendida del laboratorio de Aimy, y sabíamos que a veces salía al tejado a fumar un pitillo. Que nos pillara morreándonos no era tan grave, pero tener que ponernos la ropa interior apresuradamente y bajar de la torre a saltos habría resultado algo más incómodo (y peligroso). Maus me miró con una sonrisa de oreja a oreja: “Te quiero, Pilimindri. Contigo hago cosas que antes ni se me pasaban por la cabeza”. Yo le abracé... seguía sin poder responderle lo mismo. “Todavía quedan muchas más cosas emocionantes por hacer. La primera va a ser cómo bajar de aquí sin rompernos la crisma”.La bajada fue algo más complicada que la subida, entre otras cosas porque el centro de gravedad de Maus se había modificado ligeramente a causa de los besillos y sobeteos varios (ejem...) y porque desde allá arriba se veía la tubería, pero no la barandilla en la que se suponía que debíamos apoyarnos para bajar. Aquello requirió un poco de fe ciega, pero afortunadamente no hubo que lamentar incidentes y llegamos sanos y salvos a la plataforma.
“¿Volvemos por donde vinimos?”, pregunté. “No, mejor bajamos por el laboratorio de Aimy, tengo ganas de ver la cara que se le queda”. Sonreí. “Hecho”.
La cara que se le quedó fue digna de la Madrastra mala malísima cuando el espejo le contestó que nanay, que la más guapa era Blancanieves y ella era más fea que un pie. La mujer se nos quedó mirando fijamente con los ojos muy abiertos mientras bajábamos por la escalera y gritó un sonoro “¡HEY!” cuando pulsé por error el interruptor de la luz en lugar del botón para abrir la puerta. Recordé que yo soy de las que usa jabón a diario y me pregunté si mis vapores tóxicos provocarían que se le cayera la cara a pedazos como a los lagartos de “V”. Mientras Maus y yo esperábamos el ascensor, pudimos verla agachada junto a la puerta por la que acabábamos de salir... no me explico qué podía estar haciendo, pero daba la impresión de estar sellando las rendijas con cinta aislante o algo así. Si los ingleses ya son raros de por sí, esta mujer se lleva la palma.
De vuelta a casa a Maus y a mí nos dio un ataque de risa floja de los graves... de esos que te hacen apoyarte en las farolas y los muros para evitar despatarrarte por el suelo con las manos en la barriga. Eso nos pasa por dedicarnos a elucubrar acerca de las posibles prácticas sexuales depravadas de la Bruja Avería aquella que vivía en el ático y era alérgica al jabón.Sólo sé que llegamos a mi casa casi sin poder respirar, y que para empeorar las cosas una vez allí nos pusimos a practicar una serie de cosas que aún nos dejaron más sin respiración. Yo me desperté a las 5:30 de la mañana para ver a Maus recogiendo su ropa de los lugares más inaccesibles de mi cuarto. Antes de volver a quedarme dormida sentí un beso en la mejilla, sumamente suave y delicado, y una voz que susurraba “God, don’t you look beautiful while you’re sleeping!” (“¡Dios, estás preciosa mientras duermes!”). Antes de irme al trabajo aquella mañana despegué de la puerta de entrada un enorme corazón rodeado de varios corazoncitos más pequeños. Ains, ¿qué voy a hacer yo con este hombre? (nota: es una pregunta retórica, lo que estoy haciendo ya lo sé yo muy bien).
Muchos me aconsejáis que le diga exactamente lo que siento, y lo he hecho. Le he dicho que para mí esto empezó como una aventura y que sigue siendo una aventura. Que soy imprevisible, que hoy estoy aquí y mañana allí, que no me siento preparada para atarme a nadie y que sigo mirando a otros hombres con buenos ojos. Es inútil. Creo que le he abierto los ojos a un mundo que no conocía, o que quizás conoció una vez hace muchísimos años y que ya tenía olvidado, y quiere quedarse en él. No hay problema, siempre que no trate de mantenerme a mí dentro. “Maus, yo soy como unas vacaciones”, le dije hace unos días. Creo que no le gustó demasiado la comparación, pero las cosas están como están.
El lunes empiezo un curso de 3 días de orientación laboral. Se imparte en un campus a sólo 5 km de Mix Village, pero al ser un curso residencial se nos exige que nos quedemos a dormir allí. Rizos también está apuntada y es posible que, aparte del pedazo de programa que tenemos que cumplir en esos 3 días, también haya tiempo para conocer gente nueva y montar alguna que otra juerga. Pase lo que pase os mantendré informados a la vuelta :)
Primer
Bien. Ayer fui con Muso a ver la película "Primer". Quiero que todos los que leáis este artículo y tengáis acceso a esta película os levantéis corriendo de la silla y compréis las entradas ya mismo. Que vayáis a verla. Y que luego volváis y me digáis que no soy completamente estúpida por necesitar verla otras 3 ó 4 veces para acabar de entenderla.Ni siquiera os voy a contar nada acerca de ella, porque cualquier dato que os dé será para fastidiarla. No leáis acerca de ella, no pidáis opiniones de ella. Sólo id a verla. ¿Te gustan las películas que te hacen pensar durante días y días? ¿Las que provocan un pequeño orgasmo mental cuando de repente descubres una de sus incógnitas? ¿Las que son tan sencillas que carecen del más mínimo efecto especial, y aún así te mantienen pegado a la pantalla queriendo saber más? ¿Las que no te lo dan todo masticado, sino que hacen funcionar todas tus neuronas? Si la respuesta es sí, ¿qué coño haces aún aquí leyendo? ¡A por la entrada YA!
¿Que de qué va la peli? Un grupo de ingenieros construyen una máquina que pretende modificar la masa de los objetos. Ni una palabra más.
No puedo esperar a esta tarde para verla otra vez... Quizás entonces logre que alguna pieza más del puzzle encaje.
Postdata: si os gusta esta película, os recomiendo también "Irreversible", "Memento" y "K-Pax". También hacen pensar y te sorprenden, aunque no llegan a provocar un colapso mental como sí hace "Primer". ¡Ojo! Aunque pongo los links respectivos, os recomiendo no leer nada acerca de ninguna de ellas. Estas películas están hechas para que cada uno se forme su propia opinión.
Etiquetas: primer