logotipo

img_google
Lo que se da no se quita...
Algo de lo que se le ocurra a Pepitamargrita... y otras curiosidades.
Sindicación
 
Las historias de mis desayunos y meriendas.
A la vista tengo diez; diez que use ahora mismo. No se muy bien como empezó, sólo se que ha seguido, y ahora, a la vista tengo diez, pero por ahí, en los altillos, tengo por lo menos dos o tres más, y en mi mesa, otras dos.
Cada una tiene su historia, y cada mañana, según me siento, busco una u otra, cada una me dice algo. Puede ser que todo empezara con una de Fantasia, con Mickey lanzando un conjuro a la escoba para que limpie, pero esa, está relegada a lapicero, tuvo su época, pero por tener un par de golpes, y estar algo desportillada, la he relegado a esa misión, para evitar que se rompa, creo que la compré la primera, en Londres. Creo que es la primera de mi colección de tazas.
Quizá, mucho antes, mi tia me regaló una azul oscuro con una bonita manzana roja, que después de un tiempo, la regalé. A quien se la regalé creo que le hizo más ilusión que tenerla yo... pero esa es otra historia.
Mi hermana me regaló una de unos ositos jugando al tenis, taza por excelencia de Tomás, cuando venía a casa a tomar café a Cádiz, era su taza; ahora, cada vez que la uso, me acuerdo de el, y de las sobremesas que se tiene en una casa de estudiantes donde tus amigos son tu segunda familia. La de la manzana, se la mandé a María, esa era su taza... y era mi taza... detalles tontos sobre una taza.
Tengo una de Drácula, que me trajeron mis padres del Rumanía, y otra de Madrid, que no puedo usar porque se despinta y se te ponen las manos negras...
De cuando trabajamos en Port Aventura, tengo dos; una de Betty Boop, es de Betty recién levantada y su sombra está ella ideal, me recuerda mucho ese verano, me hace sonreir el dibujillo que tiene, la uso cuando me levanto cansada... La otra, es la de la mascota de Port Aventura con una cara... me recuerda a David recién levantado...tiene gracia.
Tengo una par de ellas de flores, que al desayunar en ellas, me recuerdan todo lo que las rodeó en su momento.
Cuando tengo ganas de un gran vaso de leche fresquita con colacao... me tomo un tazón de medio litro con la cara de uno de los enanitos, Gruñón, mirándome. Me la regaló mi hermana porque dice que al verla se acordó de mi (y yo no entiendo la relación...). David me regaló una de montón de corazones, pero a mi lo que mas me gusta es que conforme te bebes la leche, o el café o lo que metas, sale por dentro, la cara de un león, y me mola mucho; es como cuando los niños pequeños se comen la comida para ver el dibujo del plato...
Me quedan unas cuantas mas, pero sólo contaré la historia de dos de ellas. La de Wonder Woman, que siempre la busco cuando se que el día va a ser complicado, no sé porqué, pero me transmite ánimos. Y si esa no está limpia, busco la de los Scouts, me transmite también ánimos, es como empezar el día con fuerzas. Quizá tenga algo que ver que me acuerdo de la gente que me las regaló.
 
Paseos mañaneros
Un día de estos que no tengo nada que hacer, se me ocurre la feliz idea de pasear a mi perro al campo. Hay una zona del rio, en la que siempre he paseado al perro, pero ahora está de obras. Parece que están haciendo un carril para bicis y otro para coches o algo así, pero bueno, hay suficiente espacio para pasar entre los obreros con el perro, y me decido a seguir mi paseo. A mitad de las obras veo de frente un rebaño de ovejas que vienen hacia mi. Ocupan todo lo ancho del carril, por lo que llamo al perro y nos volvemos antes de ser atropellados por las ovejitas del señor pastor. Aquí acaba nuestro paseo.

Otro día feliz, de estos que no tengo nada que hacer, saco de nuevo al perro al campo. Cuento con los obreros. Siguen trabajando, y no se ven ningunas ovejas.
Sigo mi camino. Mi paseo mañanero. Me doy la vuelta para llamar a Daraimon que se ha quedado atrás, se acerca corriendo y vuelvo a mirar hacia delante, y sí, de nuevo, se ven venir las ovejas. Bueno, con coger al perro que es un poco miedica, no creo que tengamos mayor problema. Esta vez no me doy la vuelta. Cojo al perro. Me pongo en uno de los bordes del camino y empezamos a pasar en sentidos contrarios, las ovejas, y mi perro y yo. Sin problema. Seguimos cada uno su camino.
Eso que corre, no son ovejas, son perros. Se nos acercan los cuatro perro del señor pastor a olisquear a mi perro. Las ovejas miran a los perros, y el pastor no parece preocupado. Tiro de mi perro, y un silbido del pastor hace volver a los perros a su sitio. Las ovejas han dejado de mirarnos. Seguimos avanzando.
Ahora, por alguna razón que desconozco, me giro, y veo a unas veinte o treinta ovejas que se han dado la vuelta, nos miran y nos empiezan a seguir a mi y a mi perro, en dirección contraria al resto del rebaño. A mi sólo me da por pensar, que esto es una historia de las que le pasarían a Marina, no a mi. No se si quedarme quieta mientras las ovejas avanzan hacia nosotros a unos escasos diez metros y nos rodean, o ponerme a andar más rápido; no se si lo que les ha llamado la atención es la sudadera roja que llevo en la mano y que tengo la tentación de tirar al suelo, o es mi perro al que han confundido con un perro ovejero. Me da por quedarme quieta, tampoco es cuestión de desarmar todo el rebaño... cuando están a uno tres metros de nosotros, el pastor lanza un par de silbidos, y de nuevo veo correr a cuatro perros hacia nosotros, que rápidamente, y sin saber muy bien como, le han dado la vuelta a las ovejas que han dejado de mirarnos. Yo creo que el pastor se estaba cachondeando de nosotros.