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Lo que se da no se quita...
Algo de lo que se le ocurra a Pepitamargrita... y otras curiosidades.
Sindicación
 
No está en mi llavero pero...
Tengo una llave. En realidad tengo varias, no sé ni como he llegado a tener tantas. Pero esta es especial. Es una llave plana, con un solo surquito. Quién lo diría.
Hay llaves que abren grandes cosas, grandes edificios, grandes tesoros. Esta solo abre un montón de aluminio. Pero tiene un surquito.

No está entregada como algo excepcional, pero lo es. No está encontrada tras subir a grandes alturas, ni tras bajar a grandes valles, pero si tras recorrer un gran camino. Es una llave que abre un paso de peatones tras comprar una bolsa de pipas y una caña de chocolote. Y eso solo lo hace mi llave con su surquito.
 
Abierto y limpio

7:00 de la mañana, pi-pi-pi-pi-pi. Apago el despertador. Voy a la cocina, pongo el café, me visto, vuelvo a la cocina y desayuno. Café con leche con azúcar moreno y una rebanada de pan tostado con aceite y sal. Me lavo los dientes, la cara y bajo al perro.

7:45 salgo de casa dirigiéndome a la facultad para aumentar mis conocimientos sobre diversas materias, comenzando con la fisiología animal.

8:03, Llego con la clase empezada, creo que no me he perdido gran cosa. Clase magistral sobre la fisiología de la visión.

8:58 fin de la clase sobre como ven los ojos. Interesante. Guardo las cosas y emigro a las aulas de abajo. Me dirijo a la A5.

9:00 estoy en la A5. El profesor de Ecología teórica y evolutiva nos reintroduce en el magnifico tema que trataremos durante un par de clases: la selección natural. Discutimos el término como si fuésemos alumnos de quinto curso que ya saben algo. Aprovechamos el hecho de tener a un profesor experto en biología evolutiva que nos deja curiosear sobre el tema y preguntar todas las cosas que van quedando oscuras durante la carrera. No nos da respuestas. Nos hace pensar, piensa con nosotros. Miro el reloj, quedan tres minutos de clase. Dios mío este hombre nos cautiva a todos. ¿Por qué no pasamos de la siguiente clase y seguimos hablando de selección? No es posible, mi horario dice que en este mismo instante ya debería estar en otra clase, las 10:00.
Aún así me paro a comentar un par de cosas sobre un trabajo que tenemos que entregar con mi compañera. Sólo dos minutos.

Las 10:02. Me dirijo a la A3. Uy! Creo que el café no me ha sentado nada bien.
10:03 entro en la clase, la gente comienza a sentarse. Al fondo en el pasillo hay un sitio. Me siento. Saco mis folios de la carpeta y la pluma como siempre de mi bolsillo izquierdo, que no tiene agujero. Uy el café.
No pasa nada, en breve como siempre se pasa. Comienza la clase con resumen de lo que vimos ayer.

10:05 joder, solo han pasado dos minutos. Mi barriga. No pasa nada, enseguida se pasa, porque un café con una tostada no puede tener un efecto negativo en mi, nunca lo ha tenido, tampoco hoy. El color de los pétalos se debe a los productos de las vías metabólicas secundarias... 10:07. Esto no puede ser. Café y tostadas, como siempre. Nunca pasa nada.
Uy el café.
Los fenoles son un grupo de moléculas que son usadas por muchos grupos de por dios el café y el aceite siempre se mezclan y no pasa nada, fenoles usados para aromatizar... por dios... cambio de postura, 10:11. Empiezo a agobiarme. Uy el café.

Abro la carpeta buscando una fotocopia de las rutas metabólicas secundarias de la flor procurando distraerme algo. 10:12. Cambio de postura. Al menos estoy sentada, eso ayuda. 10:12 ¿por dios que pasa con el reloj hoy?¿y con el café?

Decido concentrarme en la clase. Copio los esquemas a pesar de que los tengo en la fotocopia. Las enzimas son importantes, las pongo con mayúscula. Cambio de postura. Las fórmulas no las voy a copiar, solo los nombres. Cambio de postura. 10:17 bueno, algo hemos adelantado. ¿y si me salgo de clase? No, no ,no. 10:19. Que vergüenza, estoy al final de la clase. No. Ya se me pasará, como siempre.

Las flores usan diversas sustancias con distintos fines ¿el aceite y el café se mezclan? ¿y si los pongo en una taza y agito?
La agitación se produce en mi tal y conforme me imagino a mi misma agitando la terrible mezcla. Trato de concentrarme en la clase. 10:20 Me entran calores. No puede ser. Uy el café. Uy el café. Uy el café. Nuevamente, 10:20. las flores...uy el café.

No debe ser tan malo levantarme y salir. La gente lo hace antes de acabar la clase y no pasa nada. Pero ¿dejo las cosas o me las llevo? No, no, me quedo hasta el final de la clase. Sigo atendiendo, cambio de postura, cojo la pluma y me levanto con naturalidad. Salgo de la clase. Nadie en los pasillos que me entretenga, perfecto.

Que no esté cerrado, que no esté cerrado...
Que esté limpio, que esté limpio...
Perfecto abierto y con el suelo mojado de recién fregado.
¡¡Dios mío gracias!!
 
Documentalista de la 2
Y allí estábamos nosotros, sentados, esperando que viniera el autobús a por nosotros. Tras un par de percances, que tienen que ocurrir en todas las buenas aventuras, el autobús llegó justo cuando ya empezábamos a pensar que eso jamás sucedería.

Cada uno en su asiento, con el del lado vacío; éramos sólo unos poco los que nos habíamos decidido a usar uno de nuestros viernes para ampliar nuestros conocimientos sobre anfibios.

Primera parada, piscifactoría de Río Frío, donde aprendimos que hacen falta 18 años para que los maravillosos esturiones, den las preciadas bolitas denominadas caviar, que no son otra cosa que óvulos sin fecundar por las cuales se crían a estos maravillosos animalitos, que iban de la mano con los admirados dinosaurios pero que ellos aún consiguen vivir.

Segunda parada. El autobús se para en el arcén de una carretera que no creo que llegue ni al calificativo de comarcal. Noche clara, abierta, fría.

Nos enfundamos las botas de agua, todas prestadas por el departamento para la práctica de visu de anfibios. Cada uno de nosotros lleva, al menos, tres números mas que la talla de su pie. La bota baila y empieza a dejar pasar el frío.
Nos acercamos a la valla que tenemos que saltar; unos la levantan y otros la bajan. Uno a uno pasamos a través, tratando de no engancharnos en el espino. Encendemos la linterna frontal, queremos ver en mitad de la noche, en mitad de una sierra. El profesor nos indica que las apaguemos, que los ojos se acostumbran a la noche. Fe ciega en el, las apagamos. Comenzamos a llegar a la charca. Los sapos dejan de cantar porque hemos hecho mucho ruido. Pero conseguimos coger un par de gallipatos. Aprendo que no es el cruce de un gallo y un pato, sino un anfibio con forma de lagartija grande que saca las costillas por unas rugosidades para sacar veneno...

Seguimos andando con las linternas apagadas. Es cierto que los ojos se acostumbran, pero mas que la costumbre es el sentirse protagonista de un documental de anfibios de la dos. Andar por el campo, con un frío que traspasa dos camisetas, dos sudaderas y un chubasquero.
Si me tropiezo se me caen los dedos de los pies, estoy segura.

Pisando entre fango, andando unos quince minutos llegamos a través de una cuesta a otra charca, donde conseguimos sacar un par de tritones pigmeos. Todos a oscuras, todos en silencio, escuchando solo al profesor y sus explicaciones que parecen sacados de una enciclopedia animal.

Volvemos al autobús. Volvemos a saber lo que es el calor.
El profesor decide, que vamos a aprender cómo cantan ciertos anfibios y nos pone una cinta:
Canto de un sapo macho común: cro-cro-cro cro cro-cro
Canto de varios sapos comunes: cro-cro-cro-cro-cro-cro
Canto del sapo verde de las lagunas andaluzas: cru-cru-cru-cru....

Así durante unos veinte minutos; yo solo oigo ruido. Mas que sapos, algunos parecen pájaros.


Tercera parada, en medio de la nada. Andamos nuevamente con fe ciega en el profesor que nos guía por unos caminos sinuosos con paso firme hasta una nueva charca. Conseguimos ver nuevamente a otras especies de sapos. No me quedo con sus nombres. Conversamos en medio de la noche con escarcha, sobre los problemas de la dispersión de los anfibios.

Volvemos al autobús con la sensación de los documentalistas que han ido a hacer su trabajo pero las circunstancias no les eran favorables. No han conseguido plenamente mostrar al mundo lo que querían mostrar, pero ganan una nueva sensación: la de andar con el frontal apagado en mitad de una noche con el frío mas intenso que recuerdan, intentando escuchar el croar de un sapo tratando de llamar a una hembra, bajo un cielo estrellado como jamás lo habían visto.