Deporte y alcohol
Como ya dije, nací justo cuando empezaba la Feria de mi pueblo. Por eso, siempre me gustó: coincidía más o menos con mi cumpleaños, había vacaciones, había coches locos…
Y, si mal no recuerdo, fue en la Feria de Lora donde me emborraché por primera vez. Tal vez emborracharse sea un término muy exagerado para lo que ocurrió, pero sí fue la primera vez que sentí los efectos del alcohol de una manera clara.
Yo ya había probado la cerveza en comuniones y bodas, e incluso me permitían tomarme una palomita (Marie Brizard con agua) en las navidades, pero nunca había bebido de manera descontrolada.
Estaba en séptimo de EGB (o tal vez en octavo), y me acerqué a la Feria con un amigo de clase, un chaval bajito pero que jugaba muy bien al baloncesto. Con esa edad (doce años), entrar en las casetas no es una prioridad y subirse a los “cacharritos” empieza a ser cosa de niños. Así que nos dedicamos a ir a las casetas de tiro. Con las escopetas pocos podíamos hacer. No sé si porque realmente tenían la mirilla torcida o porque nuestra puntería no era todo lo buena que debía ser. Pero llegamos a una caseta en que lo que había que hacer era encestar unas pelotas de baloncesto.
Allá que se puso mi amigo a tirar, y a tirar, y a tirar… y no fallaba una. Pronto pudimos elegir, y entre todos los premios elegimos, cómo no, las botellas de vino. Era un vino blanco, peleón y caliente, pero poco nos importaba. No queríamos saborearlo, queríamos beber para sentirnos mayores. Al poco, sentí la típica excitación eufórica del alcohol. No recuerdo mucho más. Sólo que, de camino a casa, probaba mi grado de alcoholemia subiendo una rodilla, poniendo un codo sobre ella e intentando llevarme el pulgar a la nariz. Lo habría visto en alguna película.
La cosa no acabó mal. No vomité ni caí redondo, pero aquella noche sólo me dejó el recuerdo de una persistente resaca.
Y, si mal no recuerdo, fue en la Feria de Lora donde me emborraché por primera vez. Tal vez emborracharse sea un término muy exagerado para lo que ocurrió, pero sí fue la primera vez que sentí los efectos del alcohol de una manera clara.
Yo ya había probado la cerveza en comuniones y bodas, e incluso me permitían tomarme una palomita (Marie Brizard con agua) en las navidades, pero nunca había bebido de manera descontrolada.
Estaba en séptimo de EGB (o tal vez en octavo), y me acerqué a la Feria con un amigo de clase, un chaval bajito pero que jugaba muy bien al baloncesto. Con esa edad (doce años), entrar en las casetas no es una prioridad y subirse a los “cacharritos” empieza a ser cosa de niños. Así que nos dedicamos a ir a las casetas de tiro. Con las escopetas pocos podíamos hacer. No sé si porque realmente tenían la mirilla torcida o porque nuestra puntería no era todo lo buena que debía ser. Pero llegamos a una caseta en que lo que había que hacer era encestar unas pelotas de baloncesto.
Allá que se puso mi amigo a tirar, y a tirar, y a tirar… y no fallaba una. Pronto pudimos elegir, y entre todos los premios elegimos, cómo no, las botellas de vino. Era un vino blanco, peleón y caliente, pero poco nos importaba. No queríamos saborearlo, queríamos beber para sentirnos mayores. Al poco, sentí la típica excitación eufórica del alcohol. No recuerdo mucho más. Sólo que, de camino a casa, probaba mi grado de alcoholemia subiendo una rodilla, poniendo un codo sobre ella e intentando llevarme el pulgar a la nariz. Lo habría visto en alguna película.
La cosa no acabó mal. No vomité ni caí redondo, pero aquella noche sólo me dejó el recuerdo de una persistente resaca.





