Diplomacia magisterial
Ya lo dije. Nací el mismo día que comenzaba la feria de mi pueblo, "Feria Lora". Cada año, iba allí con mis padres, mi hermano, mis tíos o los amigos de mis padres... Me divertía mucho en "los cacharritos", y me gustaba beber refrescos (las añoradas "Mirindas"), y comer jamón y gambas hasta hartarme. Pero llegaba a cansarme de estar allí tanto tiempo.
Cuando ya cumplí cierta edad podía ir sólo con los amigos a montarme en los cacharritos.
Estaba en Quinto de E.G.B, con lo que tendría unos diez años. Me subí con alguien en una atracción que consistía en unos cubículos apoyados en una sola rueda que iban sobre un raíl y de vez en cuando pasaban un bache, con lo que el cubículo daba un tremendo salto. El raíl estaba inclinado, con lo que había una parte cercana al suelo y una parte bastante alta. Entre el cubículo y la plataforma desde donde se accedían a ellos había un hueco no muy grande, pero suficiente como para que cupiera una persona.
Mientras yo estaba subido allí, vi a mi hermano subido en una atracción cercana, algo que iba volando sobre nuestras cabezas. Él me hizo un gesto como de volar o algo así, y yo le hice un gesto como indicando que me iba a tirar de aquella atracción en marcha.
No lo hice.
Pero cuando paró, nuestro cubículo había quedado en la parte alta del raíl. Al salir, en un tremendo despiste, no me di cuenta del hueco y no puse el pie en la plataforma, sino en ese hueco. Caí con todo mi peso al vacío. Por suerte me agarré con un brazo a la plataforma. Desde abajo, un enorme pastor alemán comenzó a ladrarme. ¡Qué miedo!
Mis amigos me ayudaron a subir de nuevo. Mi hermano llegó corriendo.
-Decías que te ibas a tirar, y te has tirado.
A mí me dolía el brazo, pero no quería parecer débil, así que disimulé. Después me subí a alguna atracción más con mi hermano y amigos, pero me sentía mal. Empecé a marearme y me tuve que ir a casa. Era muy tarde, yo disimulaba porque no quería darle importancia al suceso, así que mis padres tampoco se la dieron.
Al día siguiente, amanecí con el brazo hinchado. Me llevaron corriendo al hospital. Allí me diagnosticaron un brazo "lastimado", que no roto, y me lo escayolaron. El médico les echó una bronca a mis padres por haber esperado tanto para llevarme.
Pero lo peor fue la incorporación al colegio el martes siguiente (el lunes era día "de resaca"). Cuando mi maestro (el de la nariz de payaso) me vio escayolado, me preguntó qué me había pasado. Cuando se lo conté, sus únicas palabras de consuelo fueron:
- A todos los tontos les pasa algo.
Cuando ya cumplí cierta edad podía ir sólo con los amigos a montarme en los cacharritos.
Estaba en Quinto de E.G.B, con lo que tendría unos diez años. Me subí con alguien en una atracción que consistía en unos cubículos apoyados en una sola rueda que iban sobre un raíl y de vez en cuando pasaban un bache, con lo que el cubículo daba un tremendo salto. El raíl estaba inclinado, con lo que había una parte cercana al suelo y una parte bastante alta. Entre el cubículo y la plataforma desde donde se accedían a ellos había un hueco no muy grande, pero suficiente como para que cupiera una persona.
Mientras yo estaba subido allí, vi a mi hermano subido en una atracción cercana, algo que iba volando sobre nuestras cabezas. Él me hizo un gesto como de volar o algo así, y yo le hice un gesto como indicando que me iba a tirar de aquella atracción en marcha.
No lo hice.
Pero cuando paró, nuestro cubículo había quedado en la parte alta del raíl. Al salir, en un tremendo despiste, no me di cuenta del hueco y no puse el pie en la plataforma, sino en ese hueco. Caí con todo mi peso al vacío. Por suerte me agarré con un brazo a la plataforma. Desde abajo, un enorme pastor alemán comenzó a ladrarme. ¡Qué miedo!
Mis amigos me ayudaron a subir de nuevo. Mi hermano llegó corriendo.
-Decías que te ibas a tirar, y te has tirado.
A mí me dolía el brazo, pero no quería parecer débil, así que disimulé. Después me subí a alguna atracción más con mi hermano y amigos, pero me sentía mal. Empecé a marearme y me tuve que ir a casa. Era muy tarde, yo disimulaba porque no quería darle importancia al suceso, así que mis padres tampoco se la dieron.
Al día siguiente, amanecí con el brazo hinchado. Me llevaron corriendo al hospital. Allí me diagnosticaron un brazo "lastimado", que no roto, y me lo escayolaron. El médico les echó una bronca a mis padres por haber esperado tanto para llevarme.
Pero lo peor fue la incorporación al colegio el martes siguiente (el lunes era día "de resaca"). Cuando mi maestro (el de la nariz de payaso) me vio escayolado, me preguntó qué me había pasado. Cuando se lo conté, sus únicas palabras de consuelo fueron:
- A todos los tontos les pasa algo.





