Iniciación a la juventud
Mi intención era terminar estas memorias con el fin de mi infancia, y aunque tal vez se me haya colado algún suceso posterior, yo marcaría este momento con un hecho concreto: la entrada en el Instituto de Educación Secundaria.
A principios de los ochenta, en mi pueblo, lo normal era que el día que empezaban las clases en el instituto se hicieran multitud de novatadas a los que iniciaban ese año sus estudios. Era un día en que te podías asomar a la calle y ver corretear a los novatos perseguidos por los veteranos, intentando cogerlos con no se sabe qué pérfidos propósitos.
Y aquel año me tocaba a mí y averigué cuáles eran esos propósitos.
Yo acudí al instituto con más nervios que si fuera a una oposición. Mi hermano mayor ya estaba en segundo de B.U.P., con lo que muchos de sus amigos ya me conocían. Sabía que podía resultar una pieza apetecible.
Acudí al Instituto e intenté pasar desapercibido. De hecho, conseguí pasar el patio y llegar al primer pasillo sin ningún problema. Cuando creía que estaba a salvo alguien gritó: "¡¡El hermano de fulanito de tal!!" y una multitud de veteranos comenzó a perseguirme por el recinto.
No conseguí alcanzar la calle. Sobre mí empezaron a caer huevos que habían podrido inyectando vinagre y dejándolos macerar enterrados en macetas. Y no sólo eso caían todo tipo de mejunjes. Entre ellos, algo que me dejó un terrible olor en la pulsera metálica del reloj y nunca pude quitar: sudor de caballo. Tanto fue así que acabé tirando aquel reloj.
Para remate, abrieron la trampilla de una boca de agua y me metieron allí. No me mantuvieron más de dos o tres minutos encerrado, pero era un lugar extremadamente pequeño y húmedo.
No sé si aquello fueron novatadas o un ensañamiento. Tampoco me lo tomé demasiado mal, pero al año siguiente yo no quise participar en aquella tradición.
A principios de los ochenta, en mi pueblo, lo normal era que el día que empezaban las clases en el instituto se hicieran multitud de novatadas a los que iniciaban ese año sus estudios. Era un día en que te podías asomar a la calle y ver corretear a los novatos perseguidos por los veteranos, intentando cogerlos con no se sabe qué pérfidos propósitos.
Y aquel año me tocaba a mí y averigué cuáles eran esos propósitos.
Yo acudí al instituto con más nervios que si fuera a una oposición. Mi hermano mayor ya estaba en segundo de B.U.P., con lo que muchos de sus amigos ya me conocían. Sabía que podía resultar una pieza apetecible.
Acudí al Instituto e intenté pasar desapercibido. De hecho, conseguí pasar el patio y llegar al primer pasillo sin ningún problema. Cuando creía que estaba a salvo alguien gritó: "¡¡El hermano de fulanito de tal!!" y una multitud de veteranos comenzó a perseguirme por el recinto.
No conseguí alcanzar la calle. Sobre mí empezaron a caer huevos que habían podrido inyectando vinagre y dejándolos macerar enterrados en macetas. Y no sólo eso caían todo tipo de mejunjes. Entre ellos, algo que me dejó un terrible olor en la pulsera metálica del reloj y nunca pude quitar: sudor de caballo. Tanto fue así que acabé tirando aquel reloj.
Para remate, abrieron la trampilla de una boca de agua y me metieron allí. No me mantuvieron más de dos o tres minutos encerrado, pero era un lugar extremadamente pequeño y húmedo.
No sé si aquello fueron novatadas o un ensañamiento. Tampoco me lo tomé demasiado mal, pero al año siguiente yo no quise participar en aquella tradición.





