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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
Sin filtros
Creo que estaba en octavo de E.G.B. El profesor de lengua, un circunspecto salmantino, nos mandó escribir una redacción sobre no sé qué tema, o puede que mandara escribir un cuento. En cualquier caso, a mí me daba lo mismo, porque yo siempre escribía cuentos cuando mandaban redacciones.

En esta ocasión, teníamos que escribir algo y después leerlo en voz alta en clase.

No recuerdo el tema, pero recuerdo que escribí un cuento de realidad-terror en el que me puse de protagonista junto a un compañero de clase, usando nuestros nombres verdaderos. El argumento giraba en torno a dos amigos del colegio vendiendo papeletas de un sorteo para financiar el viaje de fin de curso. Los chavales iban llamando de casa en casa e intentando colar las papeletas a la gente del pueblo.

En una de las casas, les recibía una señora de muy buen ver, apenas vestida con un albornoz. Los chavales se emocionaban cuando las señora les hacía pasar. El cuento de repente se convertía en un relato pornográfico en el que la señora practicaba una felación a mi amigo, mientras yo miraba impaciente esperando mi turno. De repente, la señora me miraba con los ojos inyectados en sangre a la vez que le arrancaba el pene a mi amigo de un bocado. Ahí el cuento se convertía en un relato de terror en el que la señora (una especie de vampiresa) me perseguía por el pueblo, buscando saborear también de mi pene, en el sentido más estricto del término.

El caso es que terminé de leer el relato y levanté la vista. Mis compañeros de clase estaban encantados. El profesor me hizo algún comentario sobre alguna cuestión de estilo y poco más. En aquel momento no me di cuenta de la impresión que debió haber causado a aquel hombre que un chaval de trece años escribiera aquello con aquella crudeza.

A mí ni siquiera me parecía un buen relato, pero tenía ganas de provocar. Y una vez (hace no muchos años) me dijeron que no tengo filtros. Tal vez sea verdad.
No