Nuevos sabores
Ya hablé en su día de la primera vez que probé el jamón. Eran otros tiempos y uno iba descubriendo ciertos sabores según se tenía acceso a ellos.
Ocurrió como con la hamburguesa. Hoy en día es un producto muy mayoritario, no hay niño que no haya entrado alguna vez en un McDonalds, Burguer, o la hamburguesería del pueblo. Pero en aquellos tiempos, la hamburguesa (como tal, con su pan con sésamo, su lechuga, su ketchup...) sólo era algo que veíamos en las películas americanas. Lo mas parecido que comíamos era el filete ruso (y bien rico que está).
Recuerdo que probé mi primera hamburguesa en la feria de mi pueblo (otra vez la feria, ya sabía yo que me iba a marcar mi nacimiento). En uno de esos puestos ambulantes, esa especie de camionetas con un lateral abierto, anunciaban este plato. No sé que edad tenía yo, pero supongo que unos once o doce años. Tampoco recuerdo con quién iba, creo que con mi hermano mayor y alguien más. El caso es que nos lanzamos y pedimos nuestras hamburguesas. A mí aquello me pareció rico, pero incomodísimo de comer. El ketchup chorreaba por los lados, el pan se deslizaba y dejaba al aire la lechuga, había que abrir demasiado la boca para morder aquello. Pensé que ese producto no iba a tener mucho futuro en nuestro país, que era sólo cosa de las películas.
Creo que me equivoqué.
Ocurrió como con la hamburguesa. Hoy en día es un producto muy mayoritario, no hay niño que no haya entrado alguna vez en un McDonalds, Burguer, o la hamburguesería del pueblo. Pero en aquellos tiempos, la hamburguesa (como tal, con su pan con sésamo, su lechuga, su ketchup...) sólo era algo que veíamos en las películas americanas. Lo mas parecido que comíamos era el filete ruso (y bien rico que está).
Recuerdo que probé mi primera hamburguesa en la feria de mi pueblo (otra vez la feria, ya sabía yo que me iba a marcar mi nacimiento). En uno de esos puestos ambulantes, esa especie de camionetas con un lateral abierto, anunciaban este plato. No sé que edad tenía yo, pero supongo que unos once o doce años. Tampoco recuerdo con quién iba, creo que con mi hermano mayor y alguien más. El caso es que nos lanzamos y pedimos nuestras hamburguesas. A mí aquello me pareció rico, pero incomodísimo de comer. El ketchup chorreaba por los lados, el pan se deslizaba y dejaba al aire la lechuga, había que abrir demasiado la boca para morder aquello. Pensé que ese producto no iba a tener mucho futuro en nuestro país, que era sólo cosa de las películas.
Creo que me equivoqué.
Artes marciales
El cine. No puedo olvidar que durante toda mi vida me ha encantado el cine. Ya conté que los domingos iba a la sesión de tarde siempre, sin mirar siquiera la cartelera.
Uno de mis géneros favoritos en mi infancia eran las películas de kárate. Bruce Lee era un auténtico ídolo para mí y para la mayoría de los niños. Nos tragábamos sus películas con la boca abierta y una fascinación en la mirada que se traducía en patadas al aire, juegos de brazos y gritos en cuanto salíamos a la calle. Un amigo mío incluso se fabricó unos "luchacos" caseros con dos trozos de madera y una cadena.
Aún recuerdo un descubrimiento en este género: las películas de Jackie Chan, aunque aún no sabía que era Jackie Chan. Lo bueno de estas películas eran que mezclaban humor con la acción. Títulos míticos, que no quiero volver a ver para no defraudarme son El mono borracho en el ojo del tigre y La serpiente a la sombra del águila.
Mi hermano y yo tuvimos grandes peleas tras salir del cine de verlas. Qué tiempos aquellos.

Uno de mis géneros favoritos en mi infancia eran las películas de kárate. Bruce Lee era un auténtico ídolo para mí y para la mayoría de los niños. Nos tragábamos sus películas con la boca abierta y una fascinación en la mirada que se traducía en patadas al aire, juegos de brazos y gritos en cuanto salíamos a la calle. Un amigo mío incluso se fabricó unos "luchacos" caseros con dos trozos de madera y una cadena.
Aún recuerdo un descubrimiento en este género: las películas de Jackie Chan, aunque aún no sabía que era Jackie Chan. Lo bueno de estas películas eran que mezclaban humor con la acción. Títulos míticos, que no quiero volver a ver para no defraudarme son El mono borracho en el ojo del tigre y La serpiente a la sombra del águila.
Mi hermano y yo tuvimos grandes peleas tras salir del cine de verlas. Qué tiempos aquellos.

Sensación de ridículo
En octavo de E.G.B se hacía el típico viaje de fin de curso. Para recaudar fondos no sólo recurrimos a la venta de papeletas o el pago de una cuota mensual, también organizamos una fiesta en una discoteca.
Yo tendría unos trece años y fue la primera vez que iba "a bailar". La fiesta se celebró en la discoteca "El Palacete". Al entrar, lo primero que llamó mi atención fue la bola de espejos en el techo. Me sentía como dentro de Fiebre del sábado noche, al fin y al cabo esa era mi principal referencia sobre el mundo discotequero.
No recuerdo si nos servían alcohol, aunque supongo que sí. Era el año ochenta y dos u ochenta y tres, y supongo que la venta de alcohol a menores aún no estaba mal vista del todo.
Al principio mantenía la típica pose del "machito de discoteca", o sea, apoyado en la barra, con una copa en la mano, charlando con los colegas y mirando a las chicas. Pero pronto alguna compañera de clase me agarró del brazo y tiró de mí hacia la pista. Me vi obligado a bailar.
Sinceramente, sentí mucha vergüenza, mucha. Me sentía muy ridículo moviendo torpemente el cuerpo al ritmo de aquella música, que además no me gustaba. Pero aguanté el tipo y bailé.
Recuerdo a mis amigos fumando, y a todos (yo incluido) con una copa en la mano. Teniamos trece años y queríamos imitar a los adultos. Al fin y al cabo, es lo que se sigue haciendo hoy en día.
Y así fue mi entrada al mundo de la noche.
Yo tendría unos trece años y fue la primera vez que iba "a bailar". La fiesta se celebró en la discoteca "El Palacete". Al entrar, lo primero que llamó mi atención fue la bola de espejos en el techo. Me sentía como dentro de Fiebre del sábado noche, al fin y al cabo esa era mi principal referencia sobre el mundo discotequero.
No recuerdo si nos servían alcohol, aunque supongo que sí. Era el año ochenta y dos u ochenta y tres, y supongo que la venta de alcohol a menores aún no estaba mal vista del todo.
Al principio mantenía la típica pose del "machito de discoteca", o sea, apoyado en la barra, con una copa en la mano, charlando con los colegas y mirando a las chicas. Pero pronto alguna compañera de clase me agarró del brazo y tiró de mí hacia la pista. Me vi obligado a bailar.
Sinceramente, sentí mucha vergüenza, mucha. Me sentía muy ridículo moviendo torpemente el cuerpo al ritmo de aquella música, que además no me gustaba. Pero aguanté el tipo y bailé.
Recuerdo a mis amigos fumando, y a todos (yo incluido) con una copa en la mano. Teniamos trece años y queríamos imitar a los adultos. Al fin y al cabo, es lo que se sigue haciendo hoy en día.
Y así fue mi entrada al mundo de la noche.
De averías, campanadas y soluciones

No sé que Navidad fue aquella en que decidimos que ni íbamos a comer las uvas en casa ni en ninguna fiesta, sino que íbamos a hacer lo que hacía la gente de Madrid: acudiríamos a la Plaza del Ayuntamiento para comernos las doce uvas al compás del reloj de la torre.
No recuerdo si el reloj estaba ya averiado o si se averió aquella noche. Lo cierto es que cuando llegamos allí, las agujas marcaban una hora absurda, que nada tenía que ver con la proximidad del año nuevo. Ni corto ni perezoso, alguien se asomó al balcón de la casa situada a la derecha del Ayuntamiento, con una cacerola y un cazo en la mano. Mirando hacia el interior de su salón seguía atentamente la retransmisión por Televisión Española. Probablemente aún la veía en blanco y negro.
Cuando empezaron las campanadas, él fue repitiéndolas dando golpes del cazo contra la cacerola. Puede que las "campanadas" correpondieran con las de la Puerta del Sol o puede que no, pero nos comimos las doce uvas, nos besamos todos, y aún hoy mantengo aquel recuerdo.





