Endiablados colores
A principio de los ochenta surgió un endiablado juguete que nos mantuvo a todos los niños (y no tan niños) con los nervios de punta: el cubo de rubik. A mi poder llegó uno en forma de llavero.
Lo terrible de aquel juguete era que no había manera de solucionarlo. Por mucho que dijeran que había gente que lo había conseguido, que se establecían records de tiempo, que existía un truco... yo nunca conocí a nadie que lo hubiera conseguido formar. Podías pasar horas y conseguir dos caras, pero había que tener una paciencia infinita para no acabar tirando aquello contra una pared.
Lo terrible de aquel juguete era que no había manera de solucionarlo. Por mucho que dijeran que había gente que lo había conseguido, que se establecían records de tiempo, que existía un truco... yo nunca conocí a nadie que lo hubiera conseguido formar. Podías pasar horas y conseguir dos caras, pero había que tener una paciencia infinita para no acabar tirando aquello contra una pared.
Ande yo caliente...
Cuando nos mudamos de casa, pasé de ser uno de los más pequeños del barrio, a ser uno de los más adultos. En mi odiosa sensatez infantil, pronto adquirí una obligación acorde con mi edad.
Cuando iba al colegio, no iba solo. Conmigo venían mi hermano (el tercero en orden) y un vecino de la calle, de la edad de mi hermano. Mi labor consitía en hacer que llegaran sanos y salvos a la puerta de la escuela, lo que ocurriera dentro, ya no era asunto mío. No recuerdo si también los esperaba a la salida, pero creo que no.
En aquellos paseos tenía que tirar de ellos cuando se rezagaban y poco más. Aún me acuerdo de un día en que hacía mucho, mucho frío. Mi madre nos dio unos pasamontañas para protegernos la cabeza y las orejas de aquel inusual tiempo. Mi hermano, mucho más coqueto, se negaba en redondo a usar aquella prenda infame. Yo, siete años mayor que él, no dudé en ponérmela al grito de "Ande yo caliente, y ríase la gente".
Aquel día, ni mi hermano ni mi vecino querían venir conmigo. Tuve que caminar solo todo el trayecto mirando de vez en cuando hacia atrás para comprobar que me seguían, a una distancia suficiente como para que nadie los relacionara con aquel energúmeno del rostro oculto.
Pero no me salieron sabañones.
Cuando iba al colegio, no iba solo. Conmigo venían mi hermano (el tercero en orden) y un vecino de la calle, de la edad de mi hermano. Mi labor consitía en hacer que llegaran sanos y salvos a la puerta de la escuela, lo que ocurriera dentro, ya no era asunto mío. No recuerdo si también los esperaba a la salida, pero creo que no.
En aquellos paseos tenía que tirar de ellos cuando se rezagaban y poco más. Aún me acuerdo de un día en que hacía mucho, mucho frío. Mi madre nos dio unos pasamontañas para protegernos la cabeza y las orejas de aquel inusual tiempo. Mi hermano, mucho más coqueto, se negaba en redondo a usar aquella prenda infame. Yo, siete años mayor que él, no dudé en ponérmela al grito de "Ande yo caliente, y ríase la gente".
Aquel día, ni mi hermano ni mi vecino querían venir conmigo. Tuve que caminar solo todo el trayecto mirando de vez en cuando hacia atrás para comprobar que me seguían, a una distancia suficiente como para que nadie los relacionara con aquel energúmeno del rostro oculto.
Pero no me salieron sabañones.
Introducción al erotismo
Vuelvo un poco atrás para lanzar una mirada a las primeras revistas pornográficas que pude contemplar. Aún vivía en Las Morerías, y, como ya he dicho, mis amigos eran todos mayores que yo. Estoy hablando de finales de los setenta, pero ya había revistas completamente pornográficas. Aquellas fotos en papel brillante de mujeres totalmente desnudas practicando todo tipo de sexo me fascinaron. Cada vez que mis vecinos, ya adolescentes, se hacían con uno de aquellos ejemplares, yo me unía a la contemplación.
Además de lo puramente pornográfico, una revista que hacía furor era el LIB, que además de fotografías eróticas incluía relatos, consultorios, chistes... Algunos de aquellos números llegaban a nuestras manos con algunas páginas pegadas entre sí. Poco después supe por qué.
Una imagen que se me viene a la mente es la de varios amigos de la calle paseando en bicicleta por las afueras del pueblo y parando a recoger revistas porno-eróticas viejas tiradas en el arcén de la carretera. No tengo ni idea de quién las tiraba allí ni de por qué sabíamos dónde estaban, pero aún puedo verme allí, bajo el sol abrazador del verano, recogiendo las revistas del suelo y pasando sus páginas acartonadas a la vez que hacíamos comentarios.
Es que no había internet.
Además de lo puramente pornográfico, una revista que hacía furor era el LIB, que además de fotografías eróticas incluía relatos, consultorios, chistes... Algunos de aquellos números llegaban a nuestras manos con algunas páginas pegadas entre sí. Poco después supe por qué.
Una imagen que se me viene a la mente es la de varios amigos de la calle paseando en bicicleta por las afueras del pueblo y parando a recoger revistas porno-eróticas viejas tiradas en el arcén de la carretera. No tengo ni idea de quién las tiraba allí ni de por qué sabíamos dónde estaban, pero aún puedo verme allí, bajo el sol abrazador del verano, recogiendo las revistas del suelo y pasando sus páginas acartonadas a la vez que hacíamos comentarios.
Es que no había internet.
El amigo americano
Probablemente fue en séptimo de E.G.B. A nuestra clase llegó un compañero nuevo. Su padre debía tener uno de esos trabajos itinerantes que a nosotros se nos escapaban de nuestras entendederas. Él era de Navarra, y su manera de hablar nos sonaba a todos exageradamente "finoli". Pronto olvidamos su nombre y empezamos a llamarlo indistintamente con dos motes. El que menos usábamos era el más obvio, Navarrico. Pero el nombre con el que al instanté empezó a ser conocido y que sepultó en el olvido a su verdadera identidad fue el de El Americano. ¿Por qué? Simplemente porque hablaba distinto, vocalizaba bien, pronunciaba las "eses". Un tipo raro.
El Americano era además un chico listo, estudioso, bien vestido, cuando el profesor que montaba obras de teatro pensaba en un protagonista, inmediatamente confiaba en él, pues su dicción era perfecta. Los ingredientes adecuados para despertar la envidia y el odio de todos los demás. Sin embargo, recuerdo haber hecho buenas migas con él.
Una cruz para él y una bendición para nosotros era la forma física de su madre. Sus padres habían alquilado un chalet en el pueblo, y de vez en cuando íbamos allí a jugar. Bueno, jugar era una excusa. Lo que nosotros queríamos (doce años y la testosterona empezando a dominarnos) era ver a su madre. Nosotros, que teníamos madres trabajadas, con manos rugosas de fregar el suelo de rodillas, no entendíamos cómo se podía tener una madre que estuviera tan buena. Tuvo que ser duro para el Americano oírnos todos los días comentarios obscenos sobre ella. Era el pago que tenía que soportar si quería tener amigos.
El Americano era además un chico listo, estudioso, bien vestido, cuando el profesor que montaba obras de teatro pensaba en un protagonista, inmediatamente confiaba en él, pues su dicción era perfecta. Los ingredientes adecuados para despertar la envidia y el odio de todos los demás. Sin embargo, recuerdo haber hecho buenas migas con él.
Una cruz para él y una bendición para nosotros era la forma física de su madre. Sus padres habían alquilado un chalet en el pueblo, y de vez en cuando íbamos allí a jugar. Bueno, jugar era una excusa. Lo que nosotros queríamos (doce años y la testosterona empezando a dominarnos) era ver a su madre. Nosotros, que teníamos madres trabajadas, con manos rugosas de fregar el suelo de rodillas, no entendíamos cómo se podía tener una madre que estuviera tan buena. Tuvo que ser duro para el Americano oírnos todos los días comentarios obscenos sobre ella. Era el pago que tenía que soportar si quería tener amigos.
Deporte y alcohol
Como ya dije, nací justo cuando empezaba la Feria de mi pueblo. Por eso, siempre me gustó: coincidía más o menos con mi cumpleaños, había vacaciones, había coches locos…
Y, si mal no recuerdo, fue en la Feria de Lora donde me emborraché por primera vez. Tal vez emborracharse sea un término muy exagerado para lo que ocurrió, pero sí fue la primera vez que sentí los efectos del alcohol de una manera clara.
Yo ya había probado la cerveza en comuniones y bodas, e incluso me permitían tomarme una palomita (Marie Brizard con agua) en las navidades, pero nunca había bebido de manera descontrolada.
Estaba en séptimo de EGB (o tal vez en octavo), y me acerqué a la Feria con un amigo de clase, un chaval bajito pero que jugaba muy bien al baloncesto. Con esa edad (doce años), entrar en las casetas no es una prioridad y subirse a los “cacharritos” empieza a ser cosa de niños. Así que nos dedicamos a ir a las casetas de tiro. Con las escopetas pocos podíamos hacer. No sé si porque realmente tenían la mirilla torcida o porque nuestra puntería no era todo lo buena que debía ser. Pero llegamos a una caseta en que lo que había que hacer era encestar unas pelotas de baloncesto.
Allá que se puso mi amigo a tirar, y a tirar, y a tirar… y no fallaba una. Pronto pudimos elegir, y entre todos los premios elegimos, cómo no, las botellas de vino. Era un vino blanco, peleón y caliente, pero poco nos importaba. No queríamos saborearlo, queríamos beber para sentirnos mayores. Al poco, sentí la típica excitación eufórica del alcohol. No recuerdo mucho más. Sólo que, de camino a casa, probaba mi grado de alcoholemia subiendo una rodilla, poniendo un codo sobre ella e intentando llevarme el pulgar a la nariz. Lo habría visto en alguna película.
La cosa no acabó mal. No vomité ni caí redondo, pero aquella noche sólo me dejó el recuerdo de una persistente resaca.
Y, si mal no recuerdo, fue en la Feria de Lora donde me emborraché por primera vez. Tal vez emborracharse sea un término muy exagerado para lo que ocurrió, pero sí fue la primera vez que sentí los efectos del alcohol de una manera clara.
Yo ya había probado la cerveza en comuniones y bodas, e incluso me permitían tomarme una palomita (Marie Brizard con agua) en las navidades, pero nunca había bebido de manera descontrolada.
Estaba en séptimo de EGB (o tal vez en octavo), y me acerqué a la Feria con un amigo de clase, un chaval bajito pero que jugaba muy bien al baloncesto. Con esa edad (doce años), entrar en las casetas no es una prioridad y subirse a los “cacharritos” empieza a ser cosa de niños. Así que nos dedicamos a ir a las casetas de tiro. Con las escopetas pocos podíamos hacer. No sé si porque realmente tenían la mirilla torcida o porque nuestra puntería no era todo lo buena que debía ser. Pero llegamos a una caseta en que lo que había que hacer era encestar unas pelotas de baloncesto.
Allá que se puso mi amigo a tirar, y a tirar, y a tirar… y no fallaba una. Pronto pudimos elegir, y entre todos los premios elegimos, cómo no, las botellas de vino. Era un vino blanco, peleón y caliente, pero poco nos importaba. No queríamos saborearlo, queríamos beber para sentirnos mayores. Al poco, sentí la típica excitación eufórica del alcohol. No recuerdo mucho más. Sólo que, de camino a casa, probaba mi grado de alcoholemia subiendo una rodilla, poniendo un codo sobre ella e intentando llevarme el pulgar a la nariz. Lo habría visto en alguna película.
La cosa no acabó mal. No vomité ni caí redondo, pero aquella noche sólo me dejó el recuerdo de una persistente resaca.
El monstruo de Guatemala
Puestos a hablar de la Feria de Lora, he recordado un momento significativo, algo que parece sacado de una película de David Linch pero que ocurrió en mi pueblo y supongo que en muchos más pueblos.
En la feria, además de las típicas casetas de baile, farolillos y sevillanas, de las casetas de tiro y de las atracciones mecánicas, había otro tipo de atracción: la exhibición de seres peligrosos y sobrenaturales. Una variante muy repetida eran los terrarios de serpientes, en los que un camino circundaba el hábitat de unos enormes reptiles que apenas se movían, pero que daban mucho miedo.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención en mi infancia fue el año que apareció El Monstruo de Guatemala. Cuando paseabas por el real de la feria, oías una megafonía que aseguraba que tras el terremoto de Guatemala (hubo uno terrible en el año 76) había aparecido un monstruo entre los escombros. Nosotros teníamos suerte porque alguien había conseguido atraparlo y estaba allí, dentro de aquella barraca. Luces parpadeantes llamaban la atención para que no pasaras de largo por la puerta. Y la voz del charlatán repetía una y otra vez: "El monstruo de Guatemala, el monstruo de Guatemala..."
A mí me daba mucho miedo entrar. ¿Qué podía encontrarme allí dentro? ¿Rompería su jaula y nos atacaría? Pero me armé de valor, pagué la entrada y me decidí a arriesgar mi vida.
La escenografía estaba muy bien dispuesta. Pasabas por un pasillo estrecho, apartabas una cortina, y accedías a una especie de estrado desde el que ver un pequeño escenario a oscuras. Cuando todo el mundo había entrado. Se encendían unas luces y allí estaba: el mismísimo monstruo mirándote cara a cara. El monstruo no estaba en ninguna jaula, sino que estaba de pie, abierto en aspa y con las extremidades atadas a unos postes laterales. Ante el brillo de las luces, rugía e intentaba desatarse.
Yo era pequeño (tendría siete u ocho años), pero incluso así me di cuenta del engaño. El monstruo no era otra cosa que un enano (encima era un monstruo pequeño) absurdamente disfrazado (creo que con una careta de cuero tipo Anibal Lecter) y poco más.
Aún así, sabiendo que todo era un engaño, la imagen de aquella barraca me impactó. Tal vez por lo sórdido del asunto.
En la feria, además de las típicas casetas de baile, farolillos y sevillanas, de las casetas de tiro y de las atracciones mecánicas, había otro tipo de atracción: la exhibición de seres peligrosos y sobrenaturales. Una variante muy repetida eran los terrarios de serpientes, en los que un camino circundaba el hábitat de unos enormes reptiles que apenas se movían, pero que daban mucho miedo.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención en mi infancia fue el año que apareció El Monstruo de Guatemala. Cuando paseabas por el real de la feria, oías una megafonía que aseguraba que tras el terremoto de Guatemala (hubo uno terrible en el año 76) había aparecido un monstruo entre los escombros. Nosotros teníamos suerte porque alguien había conseguido atraparlo y estaba allí, dentro de aquella barraca. Luces parpadeantes llamaban la atención para que no pasaras de largo por la puerta. Y la voz del charlatán repetía una y otra vez: "El monstruo de Guatemala, el monstruo de Guatemala..."
A mí me daba mucho miedo entrar. ¿Qué podía encontrarme allí dentro? ¿Rompería su jaula y nos atacaría? Pero me armé de valor, pagué la entrada y me decidí a arriesgar mi vida.
La escenografía estaba muy bien dispuesta. Pasabas por un pasillo estrecho, apartabas una cortina, y accedías a una especie de estrado desde el que ver un pequeño escenario a oscuras. Cuando todo el mundo había entrado. Se encendían unas luces y allí estaba: el mismísimo monstruo mirándote cara a cara. El monstruo no estaba en ninguna jaula, sino que estaba de pie, abierto en aspa y con las extremidades atadas a unos postes laterales. Ante el brillo de las luces, rugía e intentaba desatarse.
Yo era pequeño (tendría siete u ocho años), pero incluso así me di cuenta del engaño. El monstruo no era otra cosa que un enano (encima era un monstruo pequeño) absurdamente disfrazado (creo que con una careta de cuero tipo Anibal Lecter) y poco más.
Aún así, sabiendo que todo era un engaño, la imagen de aquella barraca me impactó. Tal vez por lo sórdido del asunto.
El niño invisible
En esta máquina del tiempo que están siendo mis memorias, regreso a los cinco años. Por algún evento familiar, estábamos visitando a unos tíos míos (por parte de padre) que vivían en un poblado cercano a Lora. Mi hermano, mi prima (por parte de madre), no sé quién más y yo, estábamos en el salón de la casa viendo Los Picapiedra mientras los mayores estaban a lo suyo.
A alguien se le tuvo que ocurrir la maravillosa idea de aprovechar el momento para sacarnos una foto fuera, todos juntos. Alguien agarró su cámara y nos llamaron para que posáramos. Yo no quería ir, no quería perderme los dibujos animados. Mi hermano tampoco. Él ya tenía siete años y consiguió imponer su voluntad y no salir, sin embargo, a mí nada me valieron pataletas y súplicas.
Como yo estaba muy enfadado, mi madre me tranquilizó contándome un truco para tomarme mi pequeña venganza. Me aseguró que si me tapaba los ojos, no saldría en la foto. Si yo no miraba a la cámara, la cámara no podía verme a mí. ¿Por qué no iba a creerlo? Me lo decía mi madre.
Así que allí estaba yo, posando en el retrato familiar con mis manos tapando mis ojos. Un, dos, tres,... ¡¡patata!! Lo había conseguido, no iba a aparecer en la fotografía, había conseguido hacerme invisible.
Sin embargo, cuando revelaron el carrete y nos dieron la copia no podía creerlo, allí estaba yo, de cuerpo presente y con mis manos tapando mis ojos. No imaginé que había fallado la magia, sino que supe que aquello sólo había sido una manera de convencerme. Al menos, quedó patente mi enfado para la posteridad.

Ahí estoy, intentando la invisibilidad. Al lado, una prima mía tras la que se oculta mi otra prima.
A alguien se le tuvo que ocurrir la maravillosa idea de aprovechar el momento para sacarnos una foto fuera, todos juntos. Alguien agarró su cámara y nos llamaron para que posáramos. Yo no quería ir, no quería perderme los dibujos animados. Mi hermano tampoco. Él ya tenía siete años y consiguió imponer su voluntad y no salir, sin embargo, a mí nada me valieron pataletas y súplicas.
Como yo estaba muy enfadado, mi madre me tranquilizó contándome un truco para tomarme mi pequeña venganza. Me aseguró que si me tapaba los ojos, no saldría en la foto. Si yo no miraba a la cámara, la cámara no podía verme a mí. ¿Por qué no iba a creerlo? Me lo decía mi madre.
Así que allí estaba yo, posando en el retrato familiar con mis manos tapando mis ojos. Un, dos, tres,... ¡¡patata!! Lo había conseguido, no iba a aparecer en la fotografía, había conseguido hacerme invisible.
Sin embargo, cuando revelaron el carrete y nos dieron la copia no podía creerlo, allí estaba yo, de cuerpo presente y con mis manos tapando mis ojos. No imaginé que había fallado la magia, sino que supe que aquello sólo había sido una manera de convencerme. Al menos, quedó patente mi enfado para la posteridad.

Ahí estoy, intentando la invisibilidad. Al lado, una prima mía tras la que se oculta mi otra prima.
Lora también existe
Lo que no sale en la tele, no existe.
Cuando era niño en mi pueblo había una empresa enorme, José Norte, que fabricaba varios productos, aunque destacaban dos: el pimentón (Tres Rosas creo que se llamaba) y los polos Flasgolossina. Sí, aquellos polos metidos en una bolsita de plástico alargada se fabricaban en Lora del Río. Los originales.
Y entonces, en la tele apareció un anuncio de dibujos animados en los que unos niños cantaban la cancioncilla de "Flasgolossina, la golosina helada, bla, bla, bla". Y al final, salía el logotipo de la marca (un globo terráqueo aplastado con sus paralelos y meridianos) y bajo él, en letra pequeñita: "José Norte. Lora del Río".
Ahí lo supe: Lora también existía.
Cuando era niño en mi pueblo había una empresa enorme, José Norte, que fabricaba varios productos, aunque destacaban dos: el pimentón (Tres Rosas creo que se llamaba) y los polos Flasgolossina. Sí, aquellos polos metidos en una bolsita de plástico alargada se fabricaban en Lora del Río. Los originales.
Y entonces, en la tele apareció un anuncio de dibujos animados en los que unos niños cantaban la cancioncilla de "Flasgolossina, la golosina helada, bla, bla, bla". Y al final, salía el logotipo de la marca (un globo terráqueo aplastado con sus paralelos y meridianos) y bajo él, en letra pequeñita: "José Norte. Lora del Río".
Ahí lo supe: Lora también existía.
Navidades del 83
En mi pueblo, los jóvenes celebraban y celebran las fiestas navideñas acondicionando algún local, garaje o casa en la que no vive el familiar de turno para montar una fiesta que dura los quince días de vacaciones escolares. Entre todos se compran bebidas, se monta una barra, se ponen unas luces, se alquila un buen equipo de música, y a disfrutar.
Y en este contexto, a mis catorce años de edad, sufrí mi primera borrachera auténtica, no un simple mareo como el de la feria del año anterior.
Teníamos montada una gran fiesta en un enorme local que nos había dejado el padre de un compañero. No faltaba bebida ni alguna que otra cosilla de comer. Era el día de Nochevieja y estábamos celebrándolo desde últimas horas de la tarde. Cuando se fue acercando la hora de las campanadas, unos se fueron a tomar las uvas a casa, otros a la Plaza del Ayuntamiento, y dos o tres nos quedamos en el local a escucharlo por la radio. Ese fue el error.
Tras las uvas, seguimos la tradición que habíamos visto en nuestras casas: descorchamos una botella de Freixenet. Yo empecé a beber, y aquel cosquilleo me agradó mucho. Tanto, que rellené mi vaso de plástico una vez, y otra, y otra... hazta que terminé, yo solo, con una botella.
La alegría inicial se fue transformando en una sensación de irrealidad, y el calor inicial en un escalofrío constante corriendo por mi columna vertebral.
Pocos minutos después de las campanadas, comenzaron a llegar los demás compañeros de la fiesta. Yo besaba a las chicas y felicitaba a los chicos como si fuera otro el que lo hacía. El frío empezó a apoderarse de mí y acabé tumbado en un banquito, en una esquina del local, durmiendo la mona mientras alguien me tapó con no sé qué.
Cuando pasaron varias horas y me despertaron, llegué a casa, con la borrachera ya bastante pasada, pero un estado lamentable. Me acosté sin más, pero por la mañana me levanté con el peor dolor de cabeza de mi vida y sintiendo que los escalofríos no me habían abandonado. Me senté a comer (un caldito y poco más) y a ver los saltos de esquí mientras rogaba que nadie intentara mantener una conversación conmigo. Juré que no iba a volver a beber en toda mi vida.
Desde entonces, no soy capaz de probar el cava, aunque, eso sí, esas mismas navidades falté a mi promesa de no beber nunca más.
Y en este contexto, a mis catorce años de edad, sufrí mi primera borrachera auténtica, no un simple mareo como el de la feria del año anterior.
Teníamos montada una gran fiesta en un enorme local que nos había dejado el padre de un compañero. No faltaba bebida ni alguna que otra cosilla de comer. Era el día de Nochevieja y estábamos celebrándolo desde últimas horas de la tarde. Cuando se fue acercando la hora de las campanadas, unos se fueron a tomar las uvas a casa, otros a la Plaza del Ayuntamiento, y dos o tres nos quedamos en el local a escucharlo por la radio. Ese fue el error.
Tras las uvas, seguimos la tradición que habíamos visto en nuestras casas: descorchamos una botella de Freixenet. Yo empecé a beber, y aquel cosquilleo me agradó mucho. Tanto, que rellené mi vaso de plástico una vez, y otra, y otra... hazta que terminé, yo solo, con una botella.
La alegría inicial se fue transformando en una sensación de irrealidad, y el calor inicial en un escalofrío constante corriendo por mi columna vertebral.
Pocos minutos después de las campanadas, comenzaron a llegar los demás compañeros de la fiesta. Yo besaba a las chicas y felicitaba a los chicos como si fuera otro el que lo hacía. El frío empezó a apoderarse de mí y acabé tumbado en un banquito, en una esquina del local, durmiendo la mona mientras alguien me tapó con no sé qué.
Cuando pasaron varias horas y me despertaron, llegué a casa, con la borrachera ya bastante pasada, pero un estado lamentable. Me acosté sin más, pero por la mañana me levanté con el peor dolor de cabeza de mi vida y sintiendo que los escalofríos no me habían abandonado. Me senté a comer (un caldito y poco más) y a ver los saltos de esquí mientras rogaba que nadie intentara mantener una conversación conmigo. Juré que no iba a volver a beber en toda mi vida.
Desde entonces, no soy capaz de probar el cava, aunque, eso sí, esas mismas navidades falté a mi promesa de no beber nunca más.
La isla de los tesoros
Mi vida hubiera sido muy distinta sin la existencia de la biblioteca pública de mi pueblo. Desde pequeño me encantaba leer, primero todo tipo de tebeos, y pronto todo tipo de novelas. Terminar una novela e ir a descambiarla por otra a la biblioteca pública era para mí uno de los mejores momentos de la semana (o del mes, depende de la novela). Eso de buscar en las estanterías, sacar un volumen, mirarlo, volver a ponerlo, sacar otro libro, no era un mero acto de elección, era toda una liturgia.
Aún puedo recordar el típico olor mezcla de papel antiguo y nuevo. De tantas visitas, ya tenía localizadas las mejores obras para ir sacándolas poco a poco. Además, en la biblioteca no hacía calor en verano ni frío en invierno.
Gracias a la bibiblioteca leí toda la colección de Asterix, toda la de Tintín, novelas de Julio Verne, de Emilio Salgari, de Los cinco, incluso de Camilo J. Cela.
Pero había dos colecciones que me atraparon desde la primera lectura. Una fue la obra de William Irish, autor de novelas y cuentos de misterio que sabía cómo despertar mi interés y mantenerme atado a las páginas desde el principio hasta el final. Poco a poco cayeron en mis manos todos los volúmenes de sus obras completas.
Aunque creo que los libros que más disfruté, los que más ansiaba la llegada de uno nuevo, era la colección presentada por Alfred Hitchcock: Los tres investigadores. Con las novelas de aquellos tres jóvenes metidos a detectives tenía un entretenimiento sin pretensiones que nunca me defraudaba.
Parafraseando esa gran película que es Cuenta conmigo, puede ser que nunca haya lecturas como las de la infancia.
Aún puedo recordar el típico olor mezcla de papel antiguo y nuevo. De tantas visitas, ya tenía localizadas las mejores obras para ir sacándolas poco a poco. Además, en la biblioteca no hacía calor en verano ni frío en invierno.
Gracias a la bibiblioteca leí toda la colección de Asterix, toda la de Tintín, novelas de Julio Verne, de Emilio Salgari, de Los cinco, incluso de Camilo J. Cela.
Pero había dos colecciones que me atraparon desde la primera lectura. Una fue la obra de William Irish, autor de novelas y cuentos de misterio que sabía cómo despertar mi interés y mantenerme atado a las páginas desde el principio hasta el final. Poco a poco cayeron en mis manos todos los volúmenes de sus obras completas.
Aunque creo que los libros que más disfruté, los que más ansiaba la llegada de uno nuevo, era la colección presentada por Alfred Hitchcock: Los tres investigadores. Con las novelas de aquellos tres jóvenes metidos a detectives tenía un entretenimiento sin pretensiones que nunca me defraudaba.
Parafraseando esa gran película que es Cuenta conmigo, puede ser que nunca haya lecturas como las de la infancia.
El arte de copiar
Siempre se me dieron bien los estudios, ¿qué voy a hacerle? Aprobaba todos los exámenes e incluso a veces me gustaba hacer los deberes, pero no me recuerdo como un niño repelente. Aunque tuviera dos pies izquierdos para el fútbol, me defendía en el baloncesto, me gustaba estar en la calle y tenía bastantes amiguetes.
Pero nunca había usado una chuleta, nunca había copiado, y sentía que eso era algo que había que hacer para ser un niño "normal". Por eso, en séptimo u octavo (no importa) decidí que había llegado el momento de dar ese paso. Aún así, estudié para el examen de Historia o Ciencias Sociales (no importa).
Llegado el momento de la prueba, leí las preguntas. Más o menos sabía qué tenía que responder, pero había una fecha que no tenía muy clara. Ahí estaba mi oportunidad, por fin un motivo real para copiar. Tenía el libro tirado a un lado del pupitre, con disimulo (ja) lo abrí, buscando la página de la lección pertinente. No pude llegar. Al momento apareció el profesor, me cerró el libro y sólo me dijo: "Cuevas, no te hace falta".
Ni me echó de clase, ni me quitó el examen, ni nada. Sentí una mezcla de alivio y decepción.
Eso sí, aprobé.
Pero nunca había usado una chuleta, nunca había copiado, y sentía que eso era algo que había que hacer para ser un niño "normal". Por eso, en séptimo u octavo (no importa) decidí que había llegado el momento de dar ese paso. Aún así, estudié para el examen de Historia o Ciencias Sociales (no importa).
Llegado el momento de la prueba, leí las preguntas. Más o menos sabía qué tenía que responder, pero había una fecha que no tenía muy clara. Ahí estaba mi oportunidad, por fin un motivo real para copiar. Tenía el libro tirado a un lado del pupitre, con disimulo (ja) lo abrí, buscando la página de la lección pertinente. No pude llegar. Al momento apareció el profesor, me cerró el libro y sólo me dijo: "Cuevas, no te hace falta".
Ni me echó de clase, ni me quitó el examen, ni nada. Sentí una mezcla de alivio y decepción.
Eso sí, aprobé.
Mal de muchos...
Siguiendo con los estudios, también en esto, como en todo, hubo una primera vez. Me refiero a un suspenso.
Alguien descubrió que la profesora de Inglés guardaba los exámenes en un cajón de un aula colindante a la nuestra. El cajón estaba bajo llave, pero no sé quién ni cómo, consiguió sacar un examen, lo fotocopió y acabó distribuido entre todos y cada uno de nosotros. No había ni un sólo alumno que no tuviera todas las preguntas al menos una semana antes del examen. A esa edad (recuerdo que hablo de los trece o catorce años más o menos), no teníamos las luces para imaginar que una elevación tan repentina del nivel hubiera levantado las sospechas inmediatamente.
Pero no hizo falta llegar hasta eso. El gran fiasco llegó durante el propio examen. A uno de los estudiantes con menos luces se le ocurrió la feliz idea de llevar las respuestas copiadas en una enorme chuleta. Todas.
El problema no fue que las llevara, sino que la profesora lo pilló. Al ver ahí plasmadas las respuestas a las preguntas que tan celosamente había guardado bajo llave, su mundo de seguridad se vino abajo y montó una especie de consejo de guerra. No recuerdo si linchamos a aquel alumno, ni si alguien confesó (aunque creo que el "chivato" acabó siendo el Americano). El caso es que la profesora nos premió con un suspenso general.
Al menos me quedó el consuelo de que mi primer suspenso lo compartía con toda la clase. Ya se sabe, mal de muchos...
Alguien descubrió que la profesora de Inglés guardaba los exámenes en un cajón de un aula colindante a la nuestra. El cajón estaba bajo llave, pero no sé quién ni cómo, consiguió sacar un examen, lo fotocopió y acabó distribuido entre todos y cada uno de nosotros. No había ni un sólo alumno que no tuviera todas las preguntas al menos una semana antes del examen. A esa edad (recuerdo que hablo de los trece o catorce años más o menos), no teníamos las luces para imaginar que una elevación tan repentina del nivel hubiera levantado las sospechas inmediatamente.
Pero no hizo falta llegar hasta eso. El gran fiasco llegó durante el propio examen. A uno de los estudiantes con menos luces se le ocurrió la feliz idea de llevar las respuestas copiadas en una enorme chuleta. Todas.
El problema no fue que las llevara, sino que la profesora lo pilló. Al ver ahí plasmadas las respuestas a las preguntas que tan celosamente había guardado bajo llave, su mundo de seguridad se vino abajo y montó una especie de consejo de guerra. No recuerdo si linchamos a aquel alumno, ni si alguien confesó (aunque creo que el "chivato" acabó siendo el Americano). El caso es que la profesora nos premió con un suspenso general.
Al menos me quedó el consuelo de que mi primer suspenso lo compartía con toda la clase. Ya se sabe, mal de muchos...
Escritura rápida
Un organismo oficial con el patrocinio de una entidad bancaria organizó un concurso de redacción que partía de niveles locales para ir pasando a provinciales y no sé si más allá de autonómicos.
Como siempre me gustó escribir, yo fui uno de los tres alumnos que mi colegio envió a ese concurso.
La mecánica era sencilla: te sentabas en un aula, separado de tus compaleros como para un examen, llegaba un profesor con un sobre, lo abría y nos proponía el tema. Después nos daba un tiempo para escribir sobre ese tema. Y ya está. A esperar la decisión del jurado.
Allí estaba yo, impaciente por saber sobre qué utilizar mi retorcida retórica cuando llegó el profesor, abrió el sobre... y mi mundo se derrumbó. El tema era algo tan absurdo como "El Rey de España".
No es que tuviera unas ideas políticas muy claras, pero aquello me pareció tan aburrido que me hice republicano al instante. Recuerdo que comencé mi redacción con algo así como "¿Para qué sirve un rey? Veo carteles, fotos, anuncios, mas no hallo respuesta clara a mi pregunta". Y de ahí en adelante, todo era una crítica a una institución a la que no veía mucho sentido.
Con el 23F aún reciente y la democracia dando sus primeros pasos, aquello no fue una estrategia muy buena si lo que pretendía era ganar el concurso. Obviamente, me dieron el premio de consolación y nada más (este premio, por cierto, era una novela de José María Gironella). Yo sabía que el jurado había mirado más el contenido que la redacción, y aprendí que para ganar tendría que haber escrito lo que ellos querían leer.
Pero me quedé muy a gustito.

Como siempre me gustó escribir, yo fui uno de los tres alumnos que mi colegio envió a ese concurso.
La mecánica era sencilla: te sentabas en un aula, separado de tus compaleros como para un examen, llegaba un profesor con un sobre, lo abría y nos proponía el tema. Después nos daba un tiempo para escribir sobre ese tema. Y ya está. A esperar la decisión del jurado.
Allí estaba yo, impaciente por saber sobre qué utilizar mi retorcida retórica cuando llegó el profesor, abrió el sobre... y mi mundo se derrumbó. El tema era algo tan absurdo como "El Rey de España".
No es que tuviera unas ideas políticas muy claras, pero aquello me pareció tan aburrido que me hice republicano al instante. Recuerdo que comencé mi redacción con algo así como "¿Para qué sirve un rey? Veo carteles, fotos, anuncios, mas no hallo respuesta clara a mi pregunta". Y de ahí en adelante, todo era una crítica a una institución a la que no veía mucho sentido.
Con el 23F aún reciente y la democracia dando sus primeros pasos, aquello no fue una estrategia muy buena si lo que pretendía era ganar el concurso. Obviamente, me dieron el premio de consolación y nada más (este premio, por cierto, era una novela de José María Gironella). Yo sabía que el jurado había mirado más el contenido que la redacción, y aprendí que para ganar tendría que haber escrito lo que ellos querían leer.
Pero me quedé muy a gustito.






