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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
Una vida nada bucólica
Ya lo he dicho. Mi padre trabajaba en el campo. Por eso mismo, para mí el campo nunca tuvo ese significado de vida tranquila que a veces se le da en la ciudad. Desde pequeño sabía que el campo eran madrugones, horarios de sol a sol, frío en invierno y un calor agobiante en verano, inseguridad (cualquier helada lo envía todo al garete)...

En mi casa siempre nos inculcaron la idea de que teníamos que estudiar para alejarnos del campo. Además, cuando mi hermano y yo nos peleábamos, uno de los castigos más habituales consistía en separarnos llevándose a uno de nosotros a que acompañara a mi padre. Normalmente, tengo que reconcerlo, el que salía perdiendo era mi hermano mayor. Cuando preguntaba por qué se lo llevaba a él, la respuesta era: "porque eres el mayor". Él se quejaba porque eso era algo de lo que él no tenía la culpa, siempre iba a ser el mayor.

Esos castigos no consistían en trabajar la tierra, sino en estar allí, sin nada en particular que hacer, mientras mi padre realizaba sus faenas. Al menos, cuando íbamos los dos, podíamos jugar, tirarnos piedras, correr, esas cosas.

Aunque también tengo que reconocer que me encantaba pasar un día en el campo cuando íbamos con la familia a comer allí. Pero eso era otra historia.

Mi hermano y yo, lejos del campo
 
La matanza
Hay un momento de la vida rural que a todo el mundo le suena: la matanza. La verdad es que yo no acudí a muchas. Tan sólo recuerdo dos, y puede que no viera muchas más.

Recuerdo con mayor nitidez una vez que fui a Setefilla, un poblado cercano a Lora del Río donde vivía parte de la familia de mi padre. Allí estaba el cerdo, vivito y coleando esperando que le llegara su hora.

El peor momento fue cuando clavaron el puñal, estilete, punzón o lo que fuera en el cuello del cerdo para que se desangrara. Los chillidos del animal me helaban la sangre. Pero uno olvida pronto. En cuanto el cerdo estuvo muerto, todo fue fiesta, alegría y una gran comilona.

La matanza es, ante todo, un trasiego de gente que hace cosas, de relaciones personales, de charlas más o menos íntimas con la excusa de poner más o menos pimentón al chorizo.

Me encantó comer aquella carne que hacía apenas unos minutos estaba viva. Y después, a llevar a casa los embutidos para que se curaran.

Hubo una pregunta que me hice: ¿cómo puede salir tanta cantidad de comida de un sólo animal?
 
El oro blanco
El Oro Blanco era (no sé si sigue siendo) el nombre de una tienda de ropa de Sevilla. Cuando era pequeño, toda la familia hacía al menos un par de viajes al año a la capital para comprar toda la ropa para la temporada siguiente, y El Oro Blanco, era una de las tiendas con parada obligada.

Creo que el dependiente era de Lora y por eso mi madre acudía allí, porque tenía confianza con él, y podía regatear sin ningún problema. Ya desde niño pasaba mucha vergüenza ante la costumbre irredimible de mi madre por regatear. Yo pensaba que si las cosas tenían un precio, pues uno lo estudiaba y compraba o no, pero para algo alguien había puesto esa cantidad.

Para mí, no eran viajes muy agradables. Tenía que probarme una y otra vez un pantalón, otro, una camisa, un abrigo, un chaquetón, lo que fuera. Y la gente te miraba, te tiraba de la ropa, te pedía que levantara los brazos, que te giraras. Era un precio que tenías que pagar para poder vestir ropa nueva.

Posiblemente no tuviera ningún parecido, pero aquel dependiente de confianza me recordaba mucho, muchísimo, al por aquel entonces famoso Luis Aguilé.

De manera que no puedo evitarlo, cada vez que oigo que "es una lata el trabajar", a mí me entran ganas de salir a comprar ropa.
 
Blanco amarillo blanco
Salir de la rutina te deja recuerdos de momentos que probablemente hubieran quedado en el olvido si se hubieran producido en el día a día habitual. Eso me ocurrió por el simple hecho de estar escayolado tras aquel accidente en la feria de mi pueblo.

Llevar una escayola te convertía en alguien especial. Los otros niños hacían dibujos, te firmaban, escribían frases... El baño y vestirse se convertían en retos. De no ser por el picor del brazo y por el calor que pasaba, no hubiera estado tan mal.

Pero una cosa era tener la escayola llena de garabatos, y otra diferente colorearla de amarillo. Ocurrió mientras comíamos un arroz en la cocina de mi casa. Mi hermano mayor y yo comenzamos a discutir, y en medio de una trifulca, mi plato de arroz salió volando y cayó sobre mi brazo escayolado, que quedó inmediatamente teñido de un tono paella nada higiénico.

Mi madre agarró un rollo de venda y cubrió toda la escayola para que volviera a mostrar un blanco inmaculado. Y así estuve varios días con un brazo envuelto en una gasa que ocultaba una escayola manchada que ocultaba un brazo que cada día me picaba más.

Y llegó el momento de quitarla. No hubo que ir al médico. Por lo visto, lo podíamos hacer en casa. Así que mi madre o mi padre (no recuerdo quién lo hizo) cogieron unas tijeras, fueron cortando y volvieron a sacar a la luz un brazo que había perdido un considerable volumen. Como no podía estirarlo tras tanto tiempo doblado, me tumbaron en la cama de matrimonio (el dormitorio de mis padres daba directamente al salón), dejaron la puerta abierta y torcieron la tele para que pudiera verla mientras yo estiraba el brazo poco a poco, poco a poco, poco a poco...

Parecerá una tontería, pero recuerdo aquel momento como algo muy agradable.
 
Y la vida sigue
Hay hechos que marcan un giro en la trayectoria vital, mojones que se asientan en el camino del recuerdo para marcar por dónde hemos pasado.

Eso me ocurre con la compra de la nueva casa. No es que la que teníamos fuera pequeña, pero sólo tenía dos habitaciones, éramos ya cuatro hermanos, había goteras en el dormitorio de mis padres, y el soberao necesitaba mucha obra si queríamos habilitarlo como vivienda. Metros cuadrados tenía muchos, pero mal aprovechados.

Así que mis padres se embarcaron en la aventura de buscar un nuevo hogar. Todo lo que he contado hasta el momento (quizá con una o dos excepciones como mucho) tiene el marco temporal de mis años en aquella casa en Las Morerías, la calle Tetuán de mi pueblo.

Me tocaba dar un paso hacia la adolescencia. El mismo año, no sólo nos cambiábamos de casa, sino que entraba en la segunda etapa de E.G.B, donde ya no tenías a un sólo profesor, que se había convertido casi en una segunda figura paterna, y donde compartías clase, por fin, con chicas.

Comenzaba la búsqueda de casa. Una aventura apasionante.
 
Vender y llorar
En aquella decisión de cambiar de casa entraba en juego un factor emocional que a mí apenas me afectó. Mis padres llevaban viviendo allí muchos años, creo que incluso había sido la casa de mis abuelos paternos. Muchas vivencias, muchos recuerdos.

Yo tenía entre diez y once años. A veces acompañaba a mis padres para ver las casas en venta. Me gustaba imaginar que mis comentarios podían inclinar la balanza en una u otra dirección. No sé si fue así, pero la verdad es que acabaron comprando la casa a la que le di mi bendición.

Ya estaba, era un hecho que nos íbamos a mudar. En ese momento fui consciente de que no me aferraba mucho a los objetos. Nunca lo he hecho. Si pierdo algo, si se me rompe algo, me molesta por el hecho de quedarme sin ese algo, pero no le añado ningún componente sentimental.

Mis hermanos pequeños eran aún muy pequeños, pero mi hermano mayor y mi madre lloraban a lágrima viva durante los largos días de adios a lo que había sido nuestro hogar. No vi llorar a mi padre, pero también parecía triste. Sin embargo, yo me sentía bien. Nos mudábamos a una casa mejor. ¿Qué había de triste en aquello?

Pero surgió un problema, nos compraron la casa antes de que pudiéramos ir a vivir a la nueva. ¿Qué íbamos a hacer?
 
La casa nueva
No fue exactamente que nos quedáramos en la calle, pero cuando mis padres vendieron la casa vieja, la nueva aún estaba inhabitable.
Era una casa que me gustó al verla porque aún siendo relativamente nueva tenía ya cierta historia, había vivido ya lo suficiente en sus paredes como para transmitir algo.

La casa había sido usada como colegio, como bar y como clínica dental (curioso, mi hermano mayor es profesor y el pequeño es dentista... falta el bar, aunque de eso ya nos encargamos los dos hermanos del medio).

El problema era que allí nunca había vivido nadie, todas las personas que la habían utilizado lo habían hecho para montar negocios, pero hacía falta algo imprescindible en una vivienda: una cocina y un cuarto de baño.

De manera que había que hacer obra. Así que volvemos a estar en las mismas: nos echaron de la otra casa y aún no podíamos ir a la nueva.

La solución no era muy difícil.
 
ANCÁ LA ABUELA
Cuando parecía que íbamos a tener que vivir debajo de un puente, la solución al problema fue muy sencilla: mudarnos temporalmente a la casa de mi abuela. Bueno, de mis abuelos, pero la vida en los pueblos andaluces es matriarcal en lo que a eso se refiere. Yo nunca dije "me voy ancá los abuelos", siempre era "me voy ancá la abuela".

Su casa era muy grande. Allí habían vivido ellos con sus siete hijos (seis hijas y un hijo), por lo que había espacio de sobra para acojernos.

Mientras los obreros ponían patas arriba la nueva vivienda, yo viví un paréntesis que convertía en mi cabeza en una especie de aventura.

Dormía en uno de esos colchones de lana en los que te hundes completamente cuando te acuestas, presidido por un cuadro del Ángel de la Guarda o Ángel Custodio (no sé si son el mismo) que éra un cuadro que debía estar en la mayoría de las casas de España de aquella época.

Aquello sí que era una comedia italiana: la abuela, el abuelo, los padres, los cuatro hermanos, y encima unos tíos míos con sus dos hijos (mi famosa prima de la que, la verdad, apenas he hablado) y un primo que muchos años después acabó compartiendo piso conmigo en Madrid.

Por mí, hubiera seguido viviendo allí mucho tiempo. Pero no podía ser.
 
Paréntesis sobre mi prima
Ya hablé de mi prima cuando conté el suceso de la pedrada, y no sé si en alguna otra ocasión. Pero ahora, al haber contado cómo hicimos una escala ancá mi abuela antes de la mudanza definitiva, me he dado cuenta que no ha aparecido todo lo que se merece. Porque yo pasaba mucho tiempo con mi prima.

Recuerdo que era el mejor público posible. Ella me ha recordado que yo subía a su casa y le contaba chistes, que ella reía con ganas, pero a cambio de ese espectáculo, ella tenía que comprar chucherías. Parece ser que de pequeño tenía una idea bastante mercantilista del espectáculo. Bueno, y de mayor.

Dicho queda.
 
El primer negocio
En mi antiguo barrio yo era uno de los más pequeños (en edad) de la calle. Sin embargo, en mi nueva casa casi todos mis vecinos eran niños de las edades de mis hermanos pequeños. Pero en contra de ver aquello como un obstáculo, yo lo aproveché para crear mi primer negocio (y el último hasta el momento).

Los sábados por la mañana era el día que escogían las amas de casa tradicionales para hacer limpieza en la casa. Nunca entendía por qué de entre toda la semana, tenían que escoger precisamente el día en que los niños no iban al colegio y podían molestar más, pero era un hecho sin vuelta de hoja.

Mi nueva casa tenía (y tiene) una cochera bastante grande. Aún no emitían La Bola de Cristal, así que yo tenía la mañana de los sábados libre. Me bastaron unas cuantas sillas, un par de cajas y poco más para convertirla en una improvisada guardería de sábado.

No hizo falta más publicidad que el boca a boca. Por el módico precio de cinco pesetas (un duro), yo entretenía a cada uno de mis vecinos durante toda la mañana. Incluso una vez uno de mis vecinos llegó sin el correspondiente duro (por supuesto, cobraba por adelantado) y lo envié de vuelta a casa. O pagaba o no entraba, ya me habían estafado lo suficiente.

No sé cuantos sábados duro aquello, pero no fueron muchos. El caso es que durante varias semanas encontré un público dispuesto a pagar por verme. ¿O eran unas madres dispuestas a pagar por unas horas de tranquilidad?

 
Aterrizaje en la Segunda Etapa
Ya lo he dicho. Con once años cambié de casa y de etapa escolar. De estar en una clase exclusivamente masculina, pasé a compartir aula con niños y niñas. Y de tener un único maestro al que veía casi como una segunda figura paterna, pasé a tener varios profesores (y creo recordar que profesora tan sólo la de inglés).

Pero no sólo eso, entre estos profesores nos tocó uno que tenía fama de hueso duro de roer, de tipo exigente al máximo. Muy pronto demostró esa fama.

Nos daba más de una asignatura, aunque la verdad es que no recuerdo cuales. Como es historiador, supongo que una de la que nos daría sería Ciencias Sociales (Historia, como tal, no recuerdo que existiera como asignatura en la E.G.B.).

El caso es que pasamos de un cierto relax en la primera etapa, a un nivel de exigencia desconocido para todos en la segunda, de la noche a la mañana. Había que hacer muchos deberes, había que estudiar mucho, había que hacer trabajos,...

Tenía sólo once años y ya me levantaba a las seis de la mañana para estudiar, o me quedaba hasta las tantas. Y como yo, la mayoría de mis compañeros de clase.

Aún recuerdo el día en que tuve que perderme Vacaciones en el mar por primera vez desde que lo emitían. Mientras yo estudiaba en la habitación de mis padres (en la que había una mesa), oía la sintonía llegar desde el salón. El esfuerzo que tuve que realizar para no levantarme, pasar de todo, e ir a ver la televisión, fue sobrehumano, mucho más de lo que cualquier niño de esa edad podía soportar.

La situación llegó a tal extremo, que los padres se reunieron y exigieron al profesor en cuestión que bajara el nivel. Todos sus hijos se estaban convirtiendo en pequeños zombies, en retoños sacados de una versión de El pueblo de los malditos en la que los niños no tuvieran maldad.

El profesor se dolió mucho (o se hizo el dolido) y bajó radicalmente el nivel. Tanto, que algunos alumnos de la clase (vale, yo estaba entre ellos) fueron a hablar con él a decirle que bueno, que estaba bien que bajara un poco, pero que tampoco hacía falta que tanto.

La cosa tuvo que acabar en tablas, porque no recuerdo mucho más.

Eso sí, pasé unos meses de mucho estrés, y eso que la palabra aún no existía.
 
Una pedalada más
Hay un hecho significativo en la vida de cualquier niño que me he saltado sin darme cuenta: el momento en que aprendes a montar en bicicleta.

Ya conté el miedo que pasaba a veces en el trasportín de la bici de mi hermano. Así que había que vencer ese miedo montando en la bicicleta por mis propios medios. Este suceso aconteció cuando aún vivía en la casa de Las Morerías. La calle tenía una buena pendiente, y ahí empecé a dar mis primeras pedaladas, con los patines puestos en las ruedas traseras.

Recuerdo con claridad el día en que por fin me monté en la bicicleta sin patines. Mi hermano agarraba la bici para que mantuviera el equilibrio, y en un momento dado, me soltó. Yo avancé, muy ufano de no caer al suelo a las primeras de cambio. Pero pronto perdí el control, me asusté y acabé frenando de una manera muy radical: chocando contra un coche aparcado en la calle.

Poco a poco aprendí a montar en bici, aunque siempre me daba miedo coger demasiada velocidad en las cuestas abajo. El freno (que consistía en poner el zapato bajo la horquilla de la rueda delantera) era el elemento de la bicicleta que más usaba. Cierto día, bajaba por un terraplén y frené con tanto ímpetu que acabé volando por los aires y cayendo entre tierra y arbustos.

Pero, ¿qué niño no se hace magulladuras cuando monta en bici?
 
Los pliegues de la memoria.
Es curioso cómo funciona la memoria. Tenía bastantes recuerdos de momentos concretos de mi vida hasta los once años, todos enmarcados en el entorno de la casa de la calle Tetuán. Sin embargo, tras la mudanza y el paso de una etapa escolar a la siguiente, los recuerdos se diluyen, se transforman en generalidades, pero no encuentro tantos momentos exactos agazapados en los pliegues de la memoria.

Pero bueno, aún así hay momentos históricos que ayudan a hacer un esfuerzo y ubicar mi vida en un hilo discursivo algo más claro. Por lo pronto, puedo recordar cómo viví algo de lo que se ha hablado mucho: el 23-F.
 
Qué película la de aquel año

Antes del Golpe de Estado, se estrenó una película que reivindicaba la figura de Franco con cierta nostalgia, Y al tercer año resucitó. Reconozco que a esa edad, para mí Franco no dejaba de haber sido un viejecito entrañable al que había visto en la tele cuando tenía cinco o seis años.

Vi la película en el cine de verano de mi pueblo. Ajeno a todo lo que suponía el mensaje reaccionario de aquella obra, me hizo gracia. Según recuerdo, todo el chiste del asunto se resumía en que los políticos democráticos se enteraban de que Franco había resucitado y empezaban a llenar sus maletas para huír del país.

Y en un país que hacía este tipo de cine, no es de extrañar que un tipo con bigote, mala leche y tricornio (¿sería bajito?) liara la que lió.
 
Se sienten, coño
Me faltaban aún más de tres meses para cumplir los doce años. Estaba en sexto de E.G.B. El día era 23 de Febrero de 1981.

No recuerdo exactamente cómo comenzó todo. Creo que estábamos en clase y uno de los profesores (precisamente el profesor duro del que hablé antes) llegó muy acelerado y nos dijo que no nos preocupáramos, que no iba a pasar nada, que todo se arreglaría. Nosotros, niños sin ninguna implicación política, no estábamos en absoluto preocupados. El caso es que, por si la cosa se complicaba, nos mandaron a casa.

Lora del Río está a unos 520 kilómetros de Madrid. Y eso, en 1981 era más distancia que ahora. Así que en mi casa no había ningún tipo de temor. La idea que flotaba era que lo que tuviera que pasar, pasaría.

En casa, conectamos la tele (no la radio) y allí estaba, en emisión ininterrumpida. Por aquel entonces sólo existían la primera y la segunda (o UHF), y la emisión se interrumpía a la hora de la comida y se volvía a reanudar por la tarde. Pero aquel día no, aquel día la tele estuvo veinticuatro horas emitiendo.

Así que para mí, el recuerdo del 23 F es el de unas minivacaciones en las que pude tragarme sin cesar películas, dibujos animados, más dibujos animados, más películas. Aquella noche me acosté tarde, muy tarde. De hecho, de vuelta al colegio, los niños no hablábamos del tipo con bigote, sino de lo divertida que había sido esa película de boxeo en la que un boxeador combatía al ritmo de música clásica. Y todos imitábamos la escena en cuestión (no estoy seguro, pero la película puede que fuera El asombro de Brooklyn, protagonizada por Danny Kaye).

Menos mal que el golpe no triunfó y ahora puedo contar aquello como una anécdota, pero lo que está claro es que cada uno vive la historia según le pilla.
 
El misterio de la mano blanca
El misterio de la mano blanca nunca se resolvió. La mano blanca era una presencia que hacía su aparición cada verano en el corral de la casa de Las Morerías.

En verdad la cosa era muy simple. Todos los veranos poníamos una piscina hinchable junto a la pared exterior de la cuadra. Allí pasábamos grandes ratos jugando y zambulléndonos en aquellos escasos metros cuadrados. Y entonces, cuando salpicábamos la pared encalada con el agua, ella aparecía, siempre: una mano blanca. La humedad oscurecía la cal, pero dejaba esa presencia con una extraordinaria claridad.

A nosotros nos gustaba mantener el misterio y de vez en cuando mojábamos la pared directamente con la manguera para ver la mano. Nunca preguntamos de dónde venía, nunca intentamos averiguar por qué aparecía, pero cada verano, la mano blanca vigilaba nuestros baños.
 
Terror nocturno
Como ya he contado, cuando llegaba el verano, llegaba mi primo. En la nueva casa se quedaba a dormir con nosotros. Mi habitación era enorme. En ella dormíamos mi hermano mayor y yo en dos camas, y en otra, colocada transversalmente, mi hermano, el tercero. El pequeño dormía en la habitación de mis padres.

Pero cuando venía mi primo, no había más camas, así que tirábamos un colchón al suelo, junto a la ventana, y allí dormíamos los dos, con medio cuerpo fuera para aprovechar el fresco del suelo, y medio cuerpo dentro del colchón de espuma.

Bueno, lo de dormir es mucho decir, porque nuestra afición favorita era contarnos películas. Podíamos tirarnos hasta las tantas de la noche contándonos las películas que habíamos visto desde la última vez. Y no hacíamos un resumen del argumento, sino que empezábamos por el principio e intentábamos ir contándola paso a paso, detalle a detalle. Si contábamos una de aventuras, poníamos emoción, si era comedia, humor, y si era miedo, intentábamos crear la atmósfera de terror.

Y en una de esa estábamos, contando una película de miedo (creo que yo le contaba Phantasma a él, pero puede que la memoria me falle), cuando en lo más terrorífico del relato, algo ocurrió.

En medio de la tensión creciente, una sombra apareció por el pasillo, tras la sombra, como en la escena más terrorífica de una película de serie B, una mujer en camisón movido por la brisa nocturna. Nuestro grito tuvo que oírse en kilómetros a la redonda. Toda la familia se despertó.

Pero, bueno, tampoco era para tanto. Al fin y al cabo, sólo se trataba de mi madre. Tener sed en mitad de la noche puede tener estas consecuencias...
 
El teatro, al fin
En la segunda etapa había un profesor que cada año montaba obras de teatro. A veces los Quintero, a veces Alfonso Paso, a veces obras infantiles, y casi todos los años, por Semana Santa, La Pasión.

Era él mismo quien elegía a los alumnos que iban a participar en las obras y quien repartía los papeles. Como era un niño bastante tímido, no me atrevía a manifestar las ganas que tenía de participar. Pero cuando empezó a montar La Pasión, necesitaba mucha gente, así que en cuanto pidió voluntarios, allí estaba mi brazo, levantado más alto que ninguno.

La obra era una versión del Jesucristo Superstar de Camilo Sesto y Paloma San Basilio. Las canciones eran en playback, pero había bastante partes dramatizadas. Yo ni fui Judas, ni Pilatos, ni por supuesto Jesucrito. Me tocó interpretar el papel de Apostol (no sé siquiera si tenía nombre). Lo único que hacía era caminar al lado de Cristo, agitar palmas cuando aparecía al ritmo de Hosanna y poco más.

Pero en la última cena llegó mi gran momento. Cuando Cristo confesaba que sabía que uno de nosotros iba a traicionarle, yo tenía que decir (después de que lo dijeran uno a uno todos los apóstoles menos Judas) "¿no seré yo, señor?".

En representación única, esas fueron mis primeras palabras sobre un escenario, y sentí una sensación especial al pronunciarlas. Además, Cristo sabía que yo no había sido.
 
La amenaza del Escarabajo Pelotero
Fue en séptimo de E.G.B., por lo tanto, yo tendría unos doce años. Un día llegamos a clase, y en el pupitre de mi compañero había un anónimo firmado por El Escarabajo Pelotero. Era una amenaza inocente, nada que preocupara. Al día siguiente, aparecieron dos anónimos, uno en el pupitre de mi compañero, y otro en el mío. No recuerdo la amenaza concreta, pero sí que estaba escrita con una caligrafía que intentaba ocultar la letra del autor, por lo que empezamos a sospechar que tenía que ser alguien de clase.

Durante varios días, seguimos recibiendo un anónimo diario. A veces sólo se lo ponían a mi compañero, a veces sólo a mí, a veces a los dos. Parecía que el autor sólo quería jugar con nosotros, porque nos daba pistas sobre su identidad. Pero no conseguíamos averiguar de quién se trataba.

Al cabo de una o dos semanas, llegó la pista definitiva. No recuerdo qué decía... y eso que la escribí yo.

Sí, el Escarabajo Pelotero era yo. Me pasé unos días muy divertidos viendo los razonamientos de mi compañero, sabiendo que todos estaban equivocados. Y, ¿cómo iba a sospechar de mí, si yo también recibía esos papelitos?

Fue solo una diversión en una época en la que leía muchas novelas de misterio. Creo que aquello del escarabajo se me ocurrió leyendo algo de Poe, probablemente El Escarabajo de Oro.