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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
Como la seda
Nunca tuve mascotas. Bueno, sí, pero bastante efímeras. Como muchos niños en aquella época, criaba gusanos de seda.

No sé cómo llegaban a mi poder las crías de gusano, pero durante varios años guardé esos gusanos pequeñitos en una caja de zapatos.Para cuidarlos, iba a diario a buscar hojas de morera y las echaba a la caja. Era muy relajante quedarse mirando cómo los gusanos iban comiéndose las hojas poco a poco, dejando los nervios a un lado. Los gusanos iban creciendo, haciéndose cada vez más gordos. Y mientras más crecían, más rápidamente devoraban las hojas de morera.

A la calle salíamos los niños, cada uno con su caja de gusanos, a ver quién los tenía más gordos. Parece que en eso el tamaño también importaba.

Y de pronto, un día, el gusano empezaba a fabricar su capullo. Aquel momento era mágico. En poco tiempo quedaba encerrado en esa caja de seda, y cada día abría la caja esperando que el gusano ya se hubiese convertido en mariposa. Eso sucedía el día menos pensado. Según recuerdo, nunca llegué a ver la mariposa volando, porque su vida era bastante efímera, lo suficiente para llenar la caja de huevos y morir. En fin, tal vez de aquellos huevos nacieran los gusanos para la temporada siguiente.
 
Tiro al blanco
Mi abuelo era cazador. No un cazador empedernido, pero tenía una escopeta de perdigones. Por si alguien no lo sabe, esta escopeta se carga con cartuchos de perdigones, que disparan un motón de bolitas de plomo (o algo así), con lo que el tiro se expande y el alcance no es puntual, sino que abarca una amplia zona. Yo no soy cazador, pero creo que la usaba para cazar perdices (y si no es así, que alguien me lo haga saber).

El caso es que un día estábamos mi hermano y yo en el patio de casa de mis abuelos, y mi abuelo, con esa intención de todas las personas mayores de inculcar sus gustos en sus descendientes, nos ofreció a mi hermano y a mí la posibilidad de dar unos disparos. Vamos, como en la América profunda.

Nos fuimos al corral y nos puso a una distancia prudencial de un cazo viejo de hojalata. Allí que me planté, al más puro estilo John Wayne, y apunté como mejor sabía. A pocos metros a la izquierda del cazo, mi abuela había tendido la colada. Todas sus enormes bragas blancas estaban allí, secándose al sol. ¿Qué pudo ocurrir? Obviamente, ningún perdigón dio en el cazo. En su lugar, transformé varias de las bragas en bragas "de agujeritos". Mi abuela se enfadó mucho con mi abuelo, pero mientras más le reñía ella, más me reía yo. Aquello me hizo mucha gracia.



 
Poder absoluto
Era verano, aún recuerdo el calor, pero yo no tenía ganas de dormir la siesta. Cogí mi pelota, amarilla, con hectágonos negros, y salí a la calle. No había ni un alma. Claro, a la hora de la siesta y con mil grados a la sombra, ¿quién iba a haber?

Como no encontré compañeros de juego me puse a jugar solo. Tiraba la pelota contra la pared de mi casa (insisto de MI casa) y la volvía a recoger, chutaba contra la pared, la tiraba con las manos...

Cuando llevaba así unos minutos, apareció por la calle la vecina de enfrente (la madre del que me ponía Mammy Blue). Cuando me vio jugando empezó a reñirme. Me echaba la bronca porque estaba dando balonazos contra MI casa. Aquello me indignó muchísimo, me parecía una total injusticia, y ya se sabe lo que me pasaba a mí con las injusticias (sobre todo las que sufría en mi propia piel). No quería hacerle caso, pero la mujer reñía y reñía, amenazaba con llamar a mi madre. Yo no entendía nada, ¿llamar a mi madre? ¿Para qué? Mi madre sabía que yo estaba en la calle.

En fin, que acabé entrando en casa muy enfadado porque mi vecina me había impedido jugar en mi propio terreno. Sentí en mis carnes el poder absoluto que los adultos tenían sobre los niños. Fue otra de las ocasiones en que quise crecer rápidamente.
 
En defensa propia
Me ocurrió otra cosa con otra vecina, pero esta vez fue ella la que salió perdiendo.

La madre de un amigo del colegio, que vivía muy cerca, ponía inyecciones. No sé si tenía titulación, pero lo dudo. Lo importante es que yo, como casi todos los niños, odiaba que me pincharan.

Mi madre me llevó a su casa, pero yo no sabía a lo que iba. Cuando llego, me encuentro con la vecina sacando una enorme jeringuilla y preparándola en esa especie de lata de sardinas en que se ponía a hervir. Era pequeño, pero no tonto, así que ví la que se avecinaba.

Empecé a gritar que no quería que me pincharan. Mi madre me cogió y me puso en sus rodillas con el culo en pompa. La vecina se acercaba amenazante con la jeringuilla en la mano.

Antes de que mi madre pudiera bajarme el pantalón, yo me zafé, le di una tremenda patada en la espinilla a la vecina y huí corriendo del lugar del crimen.

Hasta ahí recuerdo. No sé si me castigaron, si la vecina tuvo problemas en su pierna a consecuencia de mi patada, si llegaron a ponerme esa inyección más tarde... Pero si no lo recuerdo tal vez sea porque he querido olvidarlo, así que mejor no pregunto.
 
La primera musa
No sé si yo estaba en Tercero de E.G.B. y ella en Primero, o si yo estaba en Quinto y ella en Tercero. Lo cierto es que uno de los dos estaba en Tercero.

En el colegio, empecé a fijarme en una niña a la que sólo conocía de verla por allí. Aunque, claro, en un pueblo, también sabía dónde vivía. Me parecía guapísima y buscaba siempre el momento de pasar cerca de ella para mirarla. Incluso cuando no estaba en el colegio, pensaba en ella. Es una sensación fácilmente reconocible, ¿no?

A mí me gustaba escribir desde que aprendí a hacerlo, así que expresé aquello que sentía con una serie de frases. Yo no había leído poesía y escribí todo de corrido, sin hacer versos. Pero era un poema. Sólo recuerdo que recurría a los tópicos de "flor de jardín" y cosas por el estilo, y que decía algo sobre "cada vez que paso por tu casa". Seguro que como poema era un desastre, pero me encantaría haberlo conservado.

Al principio no le dije nada a nadie (ya se sabe, la timidez), pero pronto se lo comenté a mi amigo, a ese amigo del colegio que siempre va con nosotros a todas partes. No sé si fue un error o un acierto, pero cuando este amigo leyó lo que yo había escrito, no tuvo mejor idea que dársela al maestro. Sí, a ese maestro que se ponía nariz de payaso y que tocaba el tambor.

El maestro leyó el "poema" delante de todos. Dios, qué vergüenza pasé. Después de leerlo, me llamó aparte. Cogió el poema y puso barras en el lugar donde debería terminar cada verso. Me explicó que tenía que escribir cada una de esas frases en una nueva línea. Esa fue mi primera experiencia con la poesía, no leyéndola, sino escribiéndola.

Después, mi amigo organizó una especie de "programa de espionaje". Cada tarde, al salir del colegio, seguíamos a la niña a una distancia prudencial. Cuando ella entraba en su casa, nosotros nos despedíamos y nos íbamos cada uno a la nuestra. No me gustaba hacer aquello, pero como mi amigo me había ofrecido ese "plan" y se ofrecía a acompañarme para hacerme un favor, no sabía decir que no.

Creo que fue precisamente la incomodidad que me provocaba el programa de espionaje lo que me hizo ir perdiendo el interés en la niña poco a poco.

Aquella fue mi primera musa.
 
Homicidio por imprudencia
Un día cayó en el patio de mi casa un gorrión herido. De alguna manera se había hecho daño en una de sus alas y había acabado allí, en mi casa. Me propuse cuidarlo.

Mi primer racionamiento fue: si es un pájaro, tiene que estar en una jaula, así que pedí una a un vecino y metí allí al gorrión.

Lo preparé todo para que pasara ahí su convalecencia de la mejor manera posible: un poco de agua, un poco de trigo (¿comen trigo los gorriones?), y aire libre. Colgué la jaula en el mismo patio.

Esa noche me acosté con la conciencia de haber hecho una buena acción. Pero había algo con lo que no contaba: la lluvia. Mientras dormía, comenzó a llover a raudales.

Por la mañana, aún seguía cayendo una ligera llovizna, así que me levanté y fui corriendo a quitar la jaula del patio y guardarla bajo cubierto. Demasiado tarde. El pobre gorrión estaba muerto en el suelo de su última casa.

No hubo ningún tribunal que me juzgara por aquello, pero yo me sentí totalmente culpable.


 
Cine de verano
No podía dejar de hablar del cine de verano de mi pueblo.

En verdad, en Lora había dos cines de verano, el llamado así sin más "Cine de verano", que pertenecía al Cine Goya, y el Cine Santana. La costumbre era que una película se ponía un día en el Goya y al día siguiente en el Santana. El Santana me pillaba más lejos, por lo que era raro que yo fuera allí, además, tenía un sólo proyector (o eso se decía) y a mitad de la película siempre hacían un descanso de quince minutos. Por eso me gustaba más el otro.

Aunque obviamente era una sala al aire libre, estaba dividida en dos alturas. La parte de delante, más baja y más cerca de la pantalla, era el gallinero. Allí no había sillas, sino bancos corridos sin respaldo. Claro, era más barato.

En la parte alta sí había sillas, pero unas sillas metálicas muy incómodas. Según se entraba, a la derecha, había una especie de bar-tienda, en la que podías comprar chucherías. En la barra de ese bar había un búcaro. Si tenías sed, dabas una peseta y bebías toda el agua que quisieras.

No sé cuantos paquetes de pipas y cuántas películas no necesariamente de estreno me he tragado al fresco en aquel cine, pero es un recuerdo que necesariamente va unido a mi infancia (e incluso a mi adolescencia).

Aún me acuerdo del día en que se estrenó Superman en aquel cine. La cola daba la vuelta a la calle. Hubo que esperar mucho, pero la espera mereció la pena.
 
Matasellos a ningún lugar
Ni futbolista, ni bombero. De mayor, yo quería ser cartero. Sí, como suena.

Me explico. Me apasionaba el cine y la televisión y una de las cosas que quería ser era actor, también me gustaba escribir, con lo que soñaba con ganar algún famoso premio literario y dedicarme a publicar novela tras novela. Pero esos eran sueños que incluso en mi mente de niño aparecían como metas bastante inalcanzables.

Sin embargo, había un trabajo mucho más cercano, mucho más real, que me parecía uno de los grandes chollos de la humanidad: cartero.

Según mi idea, un cartero era una persona que abría el buzón, cogía las cartas y tenía que ir repartiéndolas una a una a su destino. Que la carta estaba dirigida al mismo pueblo, la llevaba al instante; que estaba destinada a Nueva York, allá que iba el cartero en un avión para entregarla en mano; que su destinatario era el rey de una pequeña tribu centroafricana, ropa cómoda y a la selva. Buen trabajo, ¿no?

Tanto me apetecía ese trabajo que llegué a componer una canción (si a eso se podía llamar componer) que decía algo así como "Yo quiero ser cartero para viajar..." y no recuerdo más.

Canté esa canción delante de no recuerdo quién, y esa persona me sacó de mi error. El cartero no salía del pueblo, bueno, como mucho a Matalascañas en verano, con su mujer, sus churumbeles y pagándolo de su bolsillo. ¡Vaya chasco!

Ahí acabó mi carrera de cartero,... y de músico.
 
Para mayores con reparos
Pronto las sesiones de las cuatro de la tarde se me quedaron pequeñas y quería ir al cine más a menudo, así que salté también a la sesión de ocho y media.

El problema era que no todas las películas tenían la clasificación "para todos los públicos". Así que según estuviera de humor el portero, te dejaba pasar o no.

Cuando estrenaron en mi pueblo Fiebre del sábado noche (yo tendría unos nueve o diez años), fui al cine muy decidido, pero no me dejaron pasar. Fue otra de esas veces que quise cumplir los dieciocho cuanto antes.

Pero un portero de cine no era suficiente obstáculo para mí.

Se lo comenté a mis vecinas (las que tenían la hormiga de madera en casa). La primera de las hermanas ya era mayor de edad y me acompañó. Al parecer, si un niño va acompañado, la película ya no hace la misma mella, curioso.

Pues allí me planté yo, en el cine, disfrutando de aquella historia. Creo que me sentía bien no por la película en sí, sino porque sentía que estaba haciendo algo nuevo, que estaba entrando en el terreno de los adultos.

Años después volví a ver la película por la tele, en la sesión de las cuatro de la tarde... Cómo cambian los tiempos.
 
Desayunos con magia
Ya comenté que el sonido de la Cadena Ser me acompañaba desde la infancia. Las cortinillas del "Matinal Ser", las de continuidad... Pero había algo que no me perdía ni una sola mañana: La saga de los Porretas.

No podía irme al colegio sin conocer cómo avanzaba la historia de Segismundo Porreta y compañía. La verdad es que ya no recuerdo ni a qué se dedicaban, ni qué cosas les ocurrían, pero sé que cada mañana esa familia entraba en mi casa y se sentaba a desayunar con nosotros.

Eso era magia.
 
Diplomacia magisterial
Ya lo dije. Nací el mismo día que comenzaba la feria de mi pueblo, "Feria Lora". Cada año, iba allí con mis padres, mi hermano, mis tíos o los amigos de mis padres... Me divertía mucho en "los cacharritos", y me gustaba beber refrescos (las añoradas "Mirindas"), y comer jamón y gambas hasta hartarme. Pero llegaba a cansarme de estar allí tanto tiempo.

Cuando ya cumplí cierta edad podía ir sólo con los amigos a montarme en los cacharritos.

Estaba en Quinto de E.G.B, con lo que tendría unos diez años. Me subí con alguien en una atracción que consistía en unos cubículos apoyados en una sola rueda que iban sobre un raíl y de vez en cuando pasaban un bache, con lo que el cubículo daba un tremendo salto. El raíl estaba inclinado, con lo que había una parte cercana al suelo y una parte bastante alta. Entre el cubículo y la plataforma desde donde se accedían a ellos había un hueco no muy grande, pero suficiente como para que cupiera una persona.

Mientras yo estaba subido allí, vi a mi hermano subido en una atracción cercana, algo que iba volando sobre nuestras cabezas. Él me hizo un gesto como de volar o algo así, y yo le hice un gesto como indicando que me iba a tirar de aquella atracción en marcha.

No lo hice.

Pero cuando paró, nuestro cubículo había quedado en la parte alta del raíl. Al salir, en un tremendo despiste, no me di cuenta del hueco y no puse el pie en la plataforma, sino en ese hueco. Caí con todo mi peso al vacío. Por suerte me agarré con un brazo a la plataforma. Desde abajo, un enorme pastor alemán comenzó a ladrarme. ¡Qué miedo!

Mis amigos me ayudaron a subir de nuevo. Mi hermano llegó corriendo.

-Decías que te ibas a tirar, y te has tirado.

A mí me dolía el brazo, pero no quería parecer débil, así que disimulé. Después me subí a alguna atracción más con mi hermano y amigos, pero me sentía mal. Empecé a marearme y me tuve que ir a casa. Era muy tarde, yo disimulaba porque no quería darle importancia al suceso, así que mis padres tampoco se la dieron.

Al día siguiente, amanecí con el brazo hinchado. Me llevaron corriendo al hospital. Allí me diagnosticaron un brazo "lastimado", que no roto, y me lo escayolaron. El médico les echó una bronca a mis padres por haber esperado tanto para llevarme.

Pero lo peor fue la incorporación al colegio el martes siguiente (el lunes era día "de resaca"). Cuando mi maestro (el de la nariz de payaso) me vio escayolado, me preguntó qué me había pasado. Cuando se lo conté, sus únicas palabras de consuelo fueron:

- A todos los tontos les pasa algo.
 
No llegué a los Andes
La Primera Comunión se hacía en Tercero de E.G.B, es decir, con ocho años. En mi época había que estar un año entero yendo a catequesis todos los sábados por la tarde.

¡¡Sábados por la tarde!! El día de Sesión de tarde, de los dibujos animados, de Marco, de los Apeninos a los Andes, ¿es que Dios no veía la tele?

Yo había seguido toda la serie de Marco. Me preocupaba mucho lo que le pasara a aquel niño en su viaje y estaba deseando que por fin encontrara a su madre. Y entonces, empezó la catequesis. Al principio el horario me permitía ver los dibujos y salir pitando para llegar a tiempo de empezar las clases en las que me enseñaban que Dios es uno y Trino y esas cosas. Me perdía la película de Sesión de Tarde, pero me acostumbré y pude soportarlo.

Pero de pronto ocurrió la hecatombe: cambiaron el horario. ¿Cuando? Justo el día del último capítulo. Una parte de mí se negaba a asistir aquel sábado a cataquesis, pero otra parte de mí sentía un temor reverencial hacia Dios, que podía castigarme terriblemente si no iba. Así que venció el miedo, fui, y me perdí el último capítulo de una serie que había seguido en reclinatorio. Nunca olvidaré lo mal que me sentí.

Para que después digan que la Iglesia está al tanto de sus feligreses. ¡Ja!
 
Un importante y borroso día

No recuerdo grandes cosas del día de mi Primera Comunión. Desfilé con todos los demás, leí un papelito, comulgué y poco más.

La celebración fue en mi casa. Una mesa para los adultos y otra para los niños. La gente me regalaba dinero que recogía mi madre. Yo iba viendo cómo se acumulaban los billetes y ya empezaba a gastarlo en juguetes en mi cabeza.

Pero cuando todo acabó, mi madre guardó el dinero y me dijo que era para comprar ropa y, si no recuerdo mal, un secador o algo así. Mi gozo en un pozo.

Tal vez por eso no recuerde mucho más de aquel día.
 
Las primeras fuentes
Ya he dicho alguna vez que no me conformaba con leer. Me encantaba crear mis propias historias. Es una pena no haber conservado nada de lo que escribí en aquellos años de infancia.

Mis lecturas favoritas eran los tebeos, no sólo los españoles (Mortadelo, Rompetechos, La Familia Trapisonda, Capitán Trueno, etc), sino también todo el universo Marvel. Creo que Spiderman era mi superhéroe favorito, pero devoraba todo lo que llegaba a mis manos: Los Cuatro Fantásticos, Capitán Marvel, Capitán América, La Masa...

Estas lecturas influían en lo que escribía, pero no sólo las lecturas, también el cine. Cuando salía de ver una película, siempre quería escribir algo que se pareciera a aquello.

Era ya algo mayor, unos doce años, cuando vi Un hombre lobo americano en Londres. Esa película me impresionó mucho, muchísimo. Tanto, que en cuanto llegué a mi casa cogí una libreta nueva y empecé a escribir mi primera novela, La mujer rata. El argumento era muy similar, pero cambiaba el género del protagonista. Una mujer era mordida por una rata radioactiva (lo siento, el universo Marvel) y por las noches se convertía en una enorme rata que vagaba por las alcantarillas y aparecía en cualquier calle para asesinar y alimentarse de humanos. Supongo que al final moría redimiéndose de sus fechorías y que en su muerte salvaba a la persona a la que amaba, pero eso son sólo suposiciones, perdí la novela.

No fue una gran pérdida para la literatura, pero me hubiera gustado conservarla.
 
Qué bello es vivir
Las Navidades de mi infancia fueron muy felices, ¿para qué negarlo? Cuando nos daban las vacaciones, llegaba mi famoso primo y podíamos ponernos al día de lo que habíamos hecho desde el verano.

En esas fechas nos reuníamos toda la familia materna en casa de mis abuelos y allí nos pasábamos horas y horas. Recuerdo que en el patio había un limonero. Junto al limonero había un poste metálico que aguantaba una estructura en la que se ponía una vela (un toldo). Uno de nuestros juegos favoritos consistía en trepar por ese poste, cual piñata, para llegar a lo más alto. Y si se terciaba, coger un limón.

No sé cuánta gente podía llegar a juntarse para la cena de Nochebuena o para las uvas de Año Nuevo, pero más de veinte con seguridad. Mi primo y yo compartíamos travesura y nos encantaba comprar esos artículos de broma que tan nuevos eran para nosotros pero que probablemente tan vistos estaban ya para los demás: la mierda de plástico, la flor que echa agua, y, sobre todo, las bombas fétidas.

Recuerdo cómo creábamos suspense en nuestras propias travesuras. Una vez pusimos una bomba fétida bajo el pie de la hamaca de mi abuelo. Tan sólo había que esperar que se meciera con la fuerza suficiente para que se rompiera la ampolla y el líquido empezara a expandir aquel terrible olor. Allí estábamos nosotros, viendo cómo mi abuelo se sentaba pero no se mecía. Pasaban los minutos y nada. Hasta que por fin lo hizo y el olor llenó el salón. ¡Qué alegría para nosotros y qué gran bronca nos llevamos! Pero daba igual, estábamos en Navidad.

Tampoco era raro que preparáramos una actuación semi-improvisada y la representáramos delante de toda nuestra familia.

Lo pasábamos bien haciendo el payaso.
 
Tráfico de influencias


Nunca he sabido decir que no.

Yo tenía un tío que trabajaba en una farmacia (bueno, aún lo tengo). Para ciertas cosas, eso podía ser un privilegio. Un día me regaló una cajita de Pastillas Juanola, esos rombos de regaliz tan refrescantes. Como no me había costado ni una peseta, yo presumía en el colegio de las pastillas, de la farmacia y de mi tío.

Según mis palabras, parecía que todo cuanto quisiera de esa farmacia podía ser mío con sólo pedirlo. Aquel amigo inseparable, el que me "animó" a seguir a la chica de mis sueños, me dijo que si era así, que fuéramos a por más.

Y claro, no sólo es que no supiera decir que no, es que decir que no a aquello era reconocer que había exagerado, era quedar mal. Así que allá que iba yo con mi amigo por la calle pensando que tenía que ocurrir algo antes de llegar que me salvara en el último momento.

Pero me iba acercando y nada ocurría. Entramos en la farmacia y nada ocurría. O sí. Mi tío no estaba atendiendo. Pregunté por él y, horror, estaba en la rebotica. Salío.

- ¿Qué quieres, sobrino?
- Una caja de pastillas Juanola.

Mi tío cogió la caja y la puso en el mostrador. Tras lo cual, como era su obligación, me pidió el importe. Yo, seguramente más rojo que una amapola, balbuceé que no tenía dinero que iba a que me la regalara. Mi tío puso cara de circunstancias y también balbuceó algo que yo no pude oír porque estaba muerto de vergüenza. Pero acabó regalándome la cajita.

Salimos de la farmacia. Mi amigo iba contento reconociendo que yo tenía razón, pero yo sabía que había hecho algo mal.

De manera que cuando llegué a casa y me cayó una terrible bronca por haber tenido la cara tan dura, callé y asentí, porque sentía que me merecía esa bronca con todas las de la ley.
 
Una broma de dudoso gusto
Ahora que lo pienso, en mi calle había muchos niños y muy pocas niñas. O, al menos, en los juegos rara vez participaban ellas.

Entre los chavales de la calle pronto apareció una broma que tuvo mucho éxito hasta que fuimos cayendo uno a uno. El efecto era el siguiente:

Tus amigos te pedían que confiaras en ellos para demostrar que de verdad eras su amigo. Te tenías que sentar en el suelo y cerrar los ojos. Para que no tuvieras la tentación de abrirlos, alguien te los tapaba con la mano. Entonces, desde esa posición, tenías que sacar la lengua. Al momento, notabas algo suave pasar por ella. Tu reacción inmediata era meter la lengua en la boca. Entonces, el chaval de detrás te quitaba las manos de los ojos y tú los abrías. ¿Qué te encontrabas justo frente a ti? A otro de tus supuestos amigos abrochándose precipitadamente la cremallera del pantalón. Obviamente, pensabas que te había pasado la punta del capullo por la lengua y empezabas a escupir mientras los demás reían a lágrima viva.

Pero entonces llegaba el turno de hacerle la broma a un nuevo incauto y tú podías ver el mecanismo.

Cuando sacabas la lengua, el chaval que estaba frente a ti, lo que pasaba por tu lengua, apenas rozándola, era el codo (a esas edades aún está suave, a no ser que te hayas caído de la bici). Pero claro, al abrir los ojos, lo menos en lo que podías pensar era en codos, lo que se te venía a la mente era la familia completa del que tenías frente a tí, muertos incluidos.
 
El cine sin fin
Aún no he hablado de uno de mis juguetes favoritos en la infancia. En cuanto vi los anuncios, en cuanto lo vi en un escaparate, supe que tenía que ser mío: el Cinexin.

Como ya no eran los Reyes Magos quienes me traían los regalos, fui con mi madre a apartar el Cinexin a la tienda. No sé si hoy se sigue haciendo esto, pero antes los juguetes se "apartaban". Vamos, que tú dabas una señal y te lo guardaban hasta que lo compraras.

Y llegó el día de Reyes, y llegó el Cinexin a casa. En la caja venían dos películas que no durarían más de dos o tres minutos cada una. La primera era una película de vaqueros, la segunda, de dibujos animados (no recuerdo de qué personaje, ¿la Pantera Rosa? ¿Mickey? No sé).

Me encantaba coger la película, desenrollarla e ir pasándola por todos los engranajes de aquel mini-proyector. Me sentía un auténtico profesional haciendo aquello. Después cerraba la tapa, apagaba las luces, daba al interructor, ajustaba el objetivo, y... a darle a la manivela.

Vi aquellos dos cortos cientos de veces. Cuando un indio le daba a uno de los vaqueros a caballo y éste caía al río, a mí me gustaba resucitarlo dándole a la manivela al revés, con lo que el vaquero volvía al caballo, pero después volvía a matarlo.

Uno de los sitios favoritos de proyección era mi dormitorio. Cerraba las puertas, dejaba todo a oscuras y allí sobre la cama, estábamos mi hermano, mi primo, tal vez mi prima, yo... Disfrutando del espectáculo. Cuando estaba a solas, me gustaba acercar mucho el proyector a la pared y ver la película en pequeñito.

Tanto puse las películas que una acabó rompiéndose. Pero entonces la llevé a mi tío de la farmacia (el de las pastillas Juanola), que siempre ha sido muy manitas, y él me la arregló usando acetona.

Mi Cinexin tuvo un trágico final, pero eso es otra historia que ya contaré.
 
El Conseguidor
No sé si fue a raíz de aquella broma en la que me hicieron creer que iba a participar en una serie, o a raíz de proyectar las películas en el Cinexin. Lo cierto es que pronto pensé que sería genial no sólo ver películas, sino hacerlas yo mismo.

En aquellos años, José María Iñigo tenía un programa en la tele en el que aparecía un personaje llamado El Conseguidor. La gente podía escribirle cartas contándole sus sueños y él haría todo lo posible para hacerlos realidad. Pero tenían que ser sueños no materiales, sino del tipo: conocer a Fitipaldi, bailar en un tablao en Madrid o cantar a dúo con Massiel.

Sin embargo, yo tenía un sueño no material que necesitaba de mucho apoyo material. Yo quería hacer una película. Las cámaras de vídeo caseras aún no existían, así que yo, ni corto ni perezoso, le escribí una carta al Conseguidor contándole mil y una batallas, justificando mi petición, y rogando que me enviara (o ir a recoger al programa) un tomavistas y muchos rollos de película.

Obviamente, aún sigo esperándolos.
 
Mágica gastronomía
Como en una buena comedia italiana, la vida de mi familia transcurría mucho tiempo en la cocina. En el centro había una gran mesa alrededor de la que giraban muchos momentos del día. Incluso los baños en el barreño de hojalata tenían lugar en aquel recinto.

Comer yogur en aquella época no era algo normal. Es más, recuerdo que en mi casa se compraba yogur de limón como algo excepcional cuando alguien estaba enfermo del estómago. Sí, ante una enfermedad estomacal, había tres remedios infalibles: yogur de limón, tónica y jamón serrano (el delicioso jamón serrano). Por eso no era raro que empezar a tener un dolor de tripa no fuera algo tan nefasto.

Un día, mi madre decidió fabricar yogur ella misma. Compró un yogur de fresa. Llenó varios vasos de leche a los que añadió un poco de yogur en cada uno. Puso al fuego una enorme olla llena de agua, y cuando el agua hirvió, la retiró del fuego y la puso en el centro de la mesa. Era de noche.

Entonces, rodeó la olla con los vasos de leche y yogur, pegándolos a ella. Cogió una manta, la dobló y lo cubrió todo con ella: olla y vasos. Y así lo dejó toda la noche.

A la mañana siguiente, los vasos de leche se habían transformado en yogur.

A mí me daba igual lo que dijeran. Aquello había sido magia.
 
Cromos
Al hablar de los yogures, he recordado las colecciones de cromos que acompañaban a los Danone. Unos cromos delgados, parafinados y a todo color, de las series de dibujos del momento. Recuerdo haber hecho al menos la colección de La abeja Maya y la de Don Quijote de la Mancha.

Daba igual lo fino que fueran los cromos, porque ni se nos pasaba por la cabeza pegarlos en el álbum con pegamento. En su lugar, utilizábamos un engrudo de harina y agua, que hacía que cuando ya tenías la colección completa, el álbum ofreciera un aspecto voluminoso y apergaminado que le daba cierto toque de prestigio.

Pero no sólo de Danone se surtían los cromos del momento. Un clásico eran las colecciones de cada liga, con ese "Último fichaje" que nunca salía en los sobres y que se cambiaba por diez o veinte de los normales.

Y también recuerdo con especial añoranza la colección de Superstars, en la que cabía de todo: estrellas de la televisión, mitos del cine, exitosos cantantes pop... Haber conservado aquel álbum sería como tener una visión general de la sociedad de aquel momento.

Seguro que había más cromos que ahora no recuerdo. Lo que sí sé es que a veces aparecía en el colegio un personaje que nos daba un regalo a los niños. Ese regalo era un álbum de cromos... vacío. Obviamente su negocio estaba en que nosotros corriéramos a los quioscos a comprar los sobrecitos que nos mantendrían ocupados toda la temporada.

 
El fin del cine sin fin
Mi hermano y yo, como es normal entre hermanos, nos peleábamos mucho. En nuestras luchas vencía el que conseguía que el otro dijera "me rindo". Pero a veces también nos enfadábamos de verdad.

Cuando esos enfados surgían, la venganza no consistía en una pelea, que al fin y al cabo es una manera rápida de solucionar problemas, sino en algo más frío, más meditado.

Una venganza recurrente era arrancar y destrozar un cromo del álbum. Aunque, sinceramente, ahora no recuerdo si ese castigo me lo hacía mi hermano a mí o yo a mi hermano. El caso es que el álbum de Don Quijote fue poco a poco perdiendo sus cromos hasta quedar inservible.

Es igual, el caso era que cuando las batallas se iban sucediendo, la guerra cobraba crudeza y la venganza podía ser mucho más cruenta.

Y así llegamos al momento que nos ocupa. En un enfado, un gran enfado, mi hermano agarró el objetivo del Cinexin (que era de plástico) y lo arrojó al brasero. Intenté rescatarlo, pero fue demasiado tarde. El objetivo quedó totalmente inservible.

A partir de entonces, sólo podía ver las películas acercando el Cinexin a escasos milímetros de la pared y viendo la proyección casi al mismo tamaño que los fotogramas.

Cosas de niños.