El pijama de franela
El primer recuerdo es un hospital. No, no es el día de mi nacimiento, pero tampoco mucho después. Tenía cuatro años.
Por lo visto yo era muy llorón, y eso me provocó una hernia. Aunque mi orgullo me hace pensar que no fue así. Yo tenía una hernia, y por eso lloraba. Bueno, lo de hernia es algo actual, en aquel entonces lo que me pasaba era que estaba "quebrao".
De esta primera operación nacieron mis primeras anécdotas. Recuerdo retazos de aquellos días en el hospital, pero con extraordinaria claridad.
Puedo contar lo del pijama. Mi madre me había comprado un pijama muy bonito para que fuera al hospital con mis mejores galas. Ya se sabe los consejos que se dan en los pueblos: hay que llevar calzoncillos siempre limpios por si estás a punto de morir y tienen que desnudarte en el hospital. Pues con el pijama parece que pasaba algo parecido. Creo recordar que era verde, de franela y lleno de pequeños círculos en el interior de cada cual había dibujado unos muñequitos practicando diversos deportes. Estaba orgullosísimo de mi pijama, tal vez mi primera conciencia de coquetería masculina.
Pero ¡¡horror!!, llegó la enfermera y me dijo que allí no podía estar así, tenía que ponerme uno de esos horribles pijamas de tergal del hospital. La hernia tuvo que dolerme mucho entonces, porque conseguí que me dejaran el pijama de los deportistas. ¡Una gran victoria!
Pero la cosa no acabó ahí. Recuerdo que estando ya en el quirófano, poco antes de recibir la anestesia, alguien que supuse el médico, pero que ahora creo que fue el anestesista me comentó "¡Qué pijama tan bonito!", una manera muy plácida de empezar a dormir.
Pero entre el momento de ponerme el pijama y el momento de operarme, pasaron algunas cosas más.
Por lo visto yo era muy llorón, y eso me provocó una hernia. Aunque mi orgullo me hace pensar que no fue así. Yo tenía una hernia, y por eso lloraba. Bueno, lo de hernia es algo actual, en aquel entonces lo que me pasaba era que estaba "quebrao".
De esta primera operación nacieron mis primeras anécdotas. Recuerdo retazos de aquellos días en el hospital, pero con extraordinaria claridad.
Puedo contar lo del pijama. Mi madre me había comprado un pijama muy bonito para que fuera al hospital con mis mejores galas. Ya se sabe los consejos que se dan en los pueblos: hay que llevar calzoncillos siempre limpios por si estás a punto de morir y tienen que desnudarte en el hospital. Pues con el pijama parece que pasaba algo parecido. Creo recordar que era verde, de franela y lleno de pequeños círculos en el interior de cada cual había dibujado unos muñequitos practicando diversos deportes. Estaba orgullosísimo de mi pijama, tal vez mi primera conciencia de coquetería masculina.
Pero ¡¡horror!!, llegó la enfermera y me dijo que allí no podía estar así, tenía que ponerme uno de esos horribles pijamas de tergal del hospital. La hernia tuvo que dolerme mucho entonces, porque conseguí que me dejaran el pijama de los deportistas. ¡Una gran victoria!
Pero la cosa no acabó ahí. Recuerdo que estando ya en el quirófano, poco antes de recibir la anestesia, alguien que supuse el médico, pero que ahora creo que fue el anestesista me comentó "¡Qué pijama tan bonito!", una manera muy plácida de empezar a dormir.
Pero entre el momento de ponerme el pijama y el momento de operarme, pasaron algunas cosas más.
La suite de lujo
Estar enfermo es divertido. Al menos, así me lo parecía.
Estar ingresado en el hospital te convierte en protagonista. Para mí era como alojarme en una suite de lujo.
Toda tu familia llega a verte y todos traen regalos. Aún recuerdo que devoraba los tebeos que me traían. No sabía leer, pero me divertían mucho los dibujos. Y en aquel hospital de Sevilla tuve el segundo regalo que menos me duró (el primero fue uno que rompí antes de que me lo regalaran, pero esa es otra historia que ya contaré). Alguien me trajo una moto de chapa, de esas que corren haciéndola rodar primero un poco hacia atrás. A mí se me ocurrió hacerla funcionar sobre mi cama: corrió hacia el borde, cayó al suelo y... plaf, nunca más funcionó.
Pero no todos eran buenos momentos. Había que orinar delante de una enfermera. ¡Por Dios, los niños también quieren intimidad!
Y aún tengo una imagen. Yo, de pie, sobre una mesa, y un médico mirándome y hablándome amablemente. ¡¡Me amenazó con cortarme la pilila!! Cuando vio mi pánico, me confesó que era una broma, que lo único que iba a hacer era ponerme una inyección. Seguramente es un buen método para que lo de la inyección me pareciera una tontería, pero seguramente también aún arrastro muchos traumas por aquel terror a perder la pilila.
Guardo también otras imágenes en mi retina de aquellos días, pero no puedo relacionarlas con ninguna historia. Son imágenes de mi compañero de habitación, de las cortinas, del recipiente donde tenía que orinar (que extrañamente recuerdo como un botellín de cerveza, quién sabe, tal y como está la sanidad, tal vez fuera eso de verdad)...
En fin, la operación salió bien. Desperté de la anestesia con más regalos a mi alrededor y ya está, aquella felicidad duró poco más.
En mi ingle quedó una cicatriz que mi madre enseñaba a propios y extraños con impudicia y que yo exhibía muy a mi pesar. Ahí aprendí que una de las funciones de todas las madres es avergonzar a sus hijos frente a todo el que se ponga por delante.
Estar ingresado en el hospital te convierte en protagonista. Para mí era como alojarme en una suite de lujo.
Toda tu familia llega a verte y todos traen regalos. Aún recuerdo que devoraba los tebeos que me traían. No sabía leer, pero me divertían mucho los dibujos. Y en aquel hospital de Sevilla tuve el segundo regalo que menos me duró (el primero fue uno que rompí antes de que me lo regalaran, pero esa es otra historia que ya contaré). Alguien me trajo una moto de chapa, de esas que corren haciéndola rodar primero un poco hacia atrás. A mí se me ocurrió hacerla funcionar sobre mi cama: corrió hacia el borde, cayó al suelo y... plaf, nunca más funcionó.
Pero no todos eran buenos momentos. Había que orinar delante de una enfermera. ¡Por Dios, los niños también quieren intimidad!
Y aún tengo una imagen. Yo, de pie, sobre una mesa, y un médico mirándome y hablándome amablemente. ¡¡Me amenazó con cortarme la pilila!! Cuando vio mi pánico, me confesó que era una broma, que lo único que iba a hacer era ponerme una inyección. Seguramente es un buen método para que lo de la inyección me pareciera una tontería, pero seguramente también aún arrastro muchos traumas por aquel terror a perder la pilila.
Guardo también otras imágenes en mi retina de aquellos días, pero no puedo relacionarlas con ninguna historia. Son imágenes de mi compañero de habitación, de las cortinas, del recipiente donde tenía que orinar (que extrañamente recuerdo como un botellín de cerveza, quién sabe, tal y como está la sanidad, tal vez fuera eso de verdad)...
En fin, la operación salió bien. Desperté de la anestesia con más regalos a mi alrededor y ya está, aquella felicidad duró poco más.
En mi ingle quedó una cicatriz que mi madre enseñaba a propios y extraños con impudicia y que yo exhibía muy a mi pesar. Ahí aprendí que una de las funciones de todas las madres es avergonzar a sus hijos frente a todo el que se ponga por delante.
Y llegó la tele...
Tras salir del hospital los recuerdos no están ya tan claros.
Yo vivía en un barrio humilde de mi pueblo: "la morería". Se hacía mucha vida en la calle. Los vecinos sacaban sus sillas a las puertas de las casas y se tiraban horas de tertulia. Los niños jugábamos por ahí sin mayor preocupación que volver a la hora de la comida.
Algo que sí recuerdo era la fascinación que me despertaba la televisión. En mi casa no teníamos aparato, pero había uno en casa de mi abuela. Cada vez que la visitaba (algo que hacía a menudo) me encantaba ver aquellas imágenes en blanco y negro. Pronto una de mis vecinas puso también un televisor en su casa. De vez en cuando acudía también allí a ver algo. Con la perspectiva de los años, no sé que me podía gustar tanto. Desde luego, no era la atracción de los colores, que aún no se podían ver, ni la programación infantil que no sé cuál era en el año 73 ó 74.
Y entonces, ocurrió. Yo volvía de algún sitio. Mi casa tenía un pasillo larguísimo. Entré, imagino que sudoroso y agitado tras estar jugando. Caminé por el pasillo y al pasar por el salón (sí, en mi casa no se entraba al salón, se pasaba por él) allí estaba ya, en el sitio que ocuparía hasta que nos mudáramos de casa. La tele.
Porque voy a confesar una cosa. Yo sí veo la tele.

Con mi hermano mayor. En la calle, claro.
Yo vivía en un barrio humilde de mi pueblo: "la morería". Se hacía mucha vida en la calle. Los vecinos sacaban sus sillas a las puertas de las casas y se tiraban horas de tertulia. Los niños jugábamos por ahí sin mayor preocupación que volver a la hora de la comida.
Algo que sí recuerdo era la fascinación que me despertaba la televisión. En mi casa no teníamos aparato, pero había uno en casa de mi abuela. Cada vez que la visitaba (algo que hacía a menudo) me encantaba ver aquellas imágenes en blanco y negro. Pronto una de mis vecinas puso también un televisor en su casa. De vez en cuando acudía también allí a ver algo. Con la perspectiva de los años, no sé que me podía gustar tanto. Desde luego, no era la atracción de los colores, que aún no se podían ver, ni la programación infantil que no sé cuál era en el año 73 ó 74.
Y entonces, ocurrió. Yo volvía de algún sitio. Mi casa tenía un pasillo larguísimo. Entré, imagino que sudoroso y agitado tras estar jugando. Caminé por el pasillo y al pasar por el salón (sí, en mi casa no se entraba al salón, se pasaba por él) allí estaba ya, en el sitio que ocuparía hasta que nos mudáramos de casa. La tele.
Porque voy a confesar una cosa. Yo sí veo la tele.

Con mi hermano mayor. En la calle, claro.
La tele y la muerte
Sí, la tele llegó a mi casa antes de la muerte de Franco. De aquel día recuerdo algunos momentos, algunos fogonazos de memoria, pero nada más. Para mí no era más que un señor anciano muerto, con cinco años desconocía las consecuencias políticas de aquel suceso.
Pero hay otro momento de mi más remota infancia con la tele y con un anciano muerto como protagonistas que sí recuerdo bastante bien.
No sé si se sigue haciendo hoy en día, pero en aquellos años, cuando alguien moría en el pueblo se organizaba un velatorio. Lo curioso era que hombres y mujeres velaban el cadáver por separado.
En mi calle murió un anciano (tal vez fuera una anciana, de eso no me acuerdo). En su propia casa velaban los hombres. Como mi casa, la casa de mis padres, era colindante, velaban las mujeres. De repente aparecieron como por arte de magia millones de sillas y millones de mujeres que ocuparon el largo pasillo de mi casa, la entrada, el salón, todo.
Yo no entendía muy bien a qué venía esta ocupación, pero sí sabía que quería ver la tele. Incluso creo recordar que quería ver un capítulo de "Furia", aquella serie del caballo con una mancha blanca en la testuz. MI madre me explicó por activa y por pasiva que era imposible. Había muerto una persona y no se podía poner la tele. Me pareció una injusticia que gente desconocida tuviera más poder en mi casa que yo mismo. Me enfadé y me enrabieté, pero no monté ningún numerito, simplemente puse una cara muy larga.
Entonces, paseando por el pasillo con esa cara triste y enrabietada oí a una de las señoras decir mientras me señalaba: "Mïralo qué triste está, pobrecito tenía que quererlo mucho".
Yo ni sabía quién se había muerto ni me importaba. A mí lo único que me entristecía era la ocupación de plañideras, pero ese comentario me hizo comprender algo aún siendo tan niño.
De pronto, por esa frase, descubrí el poder de las apariencias. Y lo que es peor, me hizo sentir bien. Había engañado a todas aquellas señoras. De una manera u otra, lo consideré una pequeña gran victoria.
Pero hay otro momento de mi más remota infancia con la tele y con un anciano muerto como protagonistas que sí recuerdo bastante bien.
No sé si se sigue haciendo hoy en día, pero en aquellos años, cuando alguien moría en el pueblo se organizaba un velatorio. Lo curioso era que hombres y mujeres velaban el cadáver por separado.
En mi calle murió un anciano (tal vez fuera una anciana, de eso no me acuerdo). En su propia casa velaban los hombres. Como mi casa, la casa de mis padres, era colindante, velaban las mujeres. De repente aparecieron como por arte de magia millones de sillas y millones de mujeres que ocuparon el largo pasillo de mi casa, la entrada, el salón, todo.
Yo no entendía muy bien a qué venía esta ocupación, pero sí sabía que quería ver la tele. Incluso creo recordar que quería ver un capítulo de "Furia", aquella serie del caballo con una mancha blanca en la testuz. MI madre me explicó por activa y por pasiva que era imposible. Había muerto una persona y no se podía poner la tele. Me pareció una injusticia que gente desconocida tuviera más poder en mi casa que yo mismo. Me enfadé y me enrabieté, pero no monté ningún numerito, simplemente puse una cara muy larga.
Entonces, paseando por el pasillo con esa cara triste y enrabietada oí a una de las señoras decir mientras me señalaba: "Mïralo qué triste está, pobrecito tenía que quererlo mucho".
Yo ni sabía quién se había muerto ni me importaba. A mí lo único que me entristecía era la ocupación de plañideras, pero ese comentario me hizo comprender algo aún siendo tan niño.
De pronto, por esa frase, descubrí el poder de las apariencias. Y lo que es peor, me hizo sentir bien. Había engañado a todas aquellas señoras. De una manera u otra, lo consideré una pequeña gran victoria.
Estampas costumbristas
De eso que se llama "la más tierna infancia" guardo también recuerdos que no van asociados a hechos concretos. Son imágenes de la vida diaria, estampas costumbristas.
En mi casa, por ejemplo, no había agua caliente. Para bañarnos, mi madre calentaba agua en el fuego y llenaba un barreño de hojalata que ponía en medio de la cocina. Allí nos bañábamos mi hermano y yo. Sin agua caliente, pero muy limpios.
Un adelanto considerable constituyó una especie de ducha que apareció un día por allí. Se trataba de un cubo de plástico con una apertura en la base a la que iba adjuntada una alcachofa de ducha que se abría girando hacia un lado y se cerraba girando hacia el contrario. Se calentaba el agua, se llenaba el cubo, se colgaba en un gancho sobre el desagüe de la ducha (no había ducha, pero sí plato de ducha, nunca me he preguntado por qué hasta hoy) y ya está, uno iba abriendo y cerrando la alcachofa según hiciera falta. La verdad es que actualmente no estaría mal utilizar algún artefacto así para ahorrar agua.
No hace tanto tiempo de esto, pero así eran las cosas y así las cuento... Además de no tener agua caliente, tampoco teníamos lavadora. Para lavar la ropa mi madre tenía en el corral un bidón de metal roto en el que introducía carbón o madera (no recuerdo) y prendía fuego. Sobre el fuego (o las brasas) ponía otro recipiente con agua. Cuando el agua estaba caliente, metía allí la ropa y el jabón, y allí lavaba. Ese bidón causó un incidente que contaré muy pronto.
Años más tarde, cuando yo ya tenía nueve o diez años, mis padres compraron una lavadora. Esa lavadora fue bautizada por mi madre como "la señorita", porque para ella era una asistente que le liberaba de mucho trabajo.
Y ya que he hablado del bidón, hablaré ahora del mulo de mi padre (con perdón).
En mi casa, por ejemplo, no había agua caliente. Para bañarnos, mi madre calentaba agua en el fuego y llenaba un barreño de hojalata que ponía en medio de la cocina. Allí nos bañábamos mi hermano y yo. Sin agua caliente, pero muy limpios.
Un adelanto considerable constituyó una especie de ducha que apareció un día por allí. Se trataba de un cubo de plástico con una apertura en la base a la que iba adjuntada una alcachofa de ducha que se abría girando hacia un lado y se cerraba girando hacia el contrario. Se calentaba el agua, se llenaba el cubo, se colgaba en un gancho sobre el desagüe de la ducha (no había ducha, pero sí plato de ducha, nunca me he preguntado por qué hasta hoy) y ya está, uno iba abriendo y cerrando la alcachofa según hiciera falta. La verdad es que actualmente no estaría mal utilizar algún artefacto así para ahorrar agua.
No hace tanto tiempo de esto, pero así eran las cosas y así las cuento... Además de no tener agua caliente, tampoco teníamos lavadora. Para lavar la ropa mi madre tenía en el corral un bidón de metal roto en el que introducía carbón o madera (no recuerdo) y prendía fuego. Sobre el fuego (o las brasas) ponía otro recipiente con agua. Cuando el agua estaba caliente, metía allí la ropa y el jabón, y allí lavaba. Ese bidón causó un incidente que contaré muy pronto.
Años más tarde, cuando yo ya tenía nueve o diez años, mis padres compraron una lavadora. Esa lavadora fue bautizada por mi madre como "la señorita", porque para ella era una asistente que le liberaba de mucho trabajo.
Y ya que he hablado del bidón, hablaré ahora del mulo de mi padre (con perdón).
El mulo de mi padre (con perdón)
La cosa es muy simple. Mi padre tenía un mulo para las faenas del campo.

Como ya he dicho mi casa tenía un pasillo enorme. Se entraba y no había puertas. Se pasaba por el pasillo dejando al lado una especie de hall, una despensa, la puerta que daba a las escaleras del soberao, el salón, y allí el pasillo se encontraba con la primera puerta, que daba a un patio alargado (tipo pasillo). El patio daba a la cocina y en la cocina había otra puerta que daba al corral (en el que estaba el bidón de lavar). Al final del corral, te encontrabas con la cuadra.
Pues bien, cada vez que mi padre volvía del campo con el mulo, tenía que pasar por toda la casa hasta llegar a la cuadra. No era raro que al mulo le diera por cagar por el camino.
Recuerdo que una vez me desperté en mi cuna (dormí en cuna hasta bastante mayor, por lo menos hasta los cinco años). Había tenido un sueño terible. El mulo se había soltado y corría encabritado por toda la casa. Me desperté angustiado, pensando que iba a entrar en cualquier momento al dormitorio, pero no ocurrió nada. Es curioso que ese sueño no se me haya olvidado nunca. Y más curioso es que un día, leyendo una novela de García Márquez (creo que El general en su laberinto) encontré un pasaje que relataba algo muy parecido.
En fin, ahora que he presentado al mulo de mi padre y al bidón donde lavaba mi madre, puedo contar cómo gracias a ellos probé por primera vez un manjar muy español.

Como ya he dicho mi casa tenía un pasillo enorme. Se entraba y no había puertas. Se pasaba por el pasillo dejando al lado una especie de hall, una despensa, la puerta que daba a las escaleras del soberao, el salón, y allí el pasillo se encontraba con la primera puerta, que daba a un patio alargado (tipo pasillo). El patio daba a la cocina y en la cocina había otra puerta que daba al corral (en el que estaba el bidón de lavar). Al final del corral, te encontrabas con la cuadra.
Pues bien, cada vez que mi padre volvía del campo con el mulo, tenía que pasar por toda la casa hasta llegar a la cuadra. No era raro que al mulo le diera por cagar por el camino.
Recuerdo que una vez me desperté en mi cuna (dormí en cuna hasta bastante mayor, por lo menos hasta los cinco años). Había tenido un sueño terible. El mulo se había soltado y corría encabritado por toda la casa. Me desperté angustiado, pensando que iba a entrar en cualquier momento al dormitorio, pero no ocurrió nada. Es curioso que ese sueño no se me haya olvidado nunca. Y más curioso es que un día, leyendo una novela de García Márquez (creo que El general en su laberinto) encontré un pasaje que relataba algo muy parecido.
En fin, ahora que he presentado al mulo de mi padre y al bidón donde lavaba mi madre, puedo contar cómo gracias a ellos probé por primera vez un manjar muy español.
No hay mal que por bien no venga
Gracias a que mi padre tenía un mulo, teníamos una cuadra en casa. Y gracias a la cuadra y al famoso bidón-lavadora, probé por primera vez el jamón.
Bueno, en verdad fue gracias a una desgracia.
Los días de lluvia, mi madre desplazaba el bidón al interior de la cuadra y allí calentaba el agua. Siempre se preocupaba de apagar muy bien las brasas, porque en la cuadra había paja. Pero un día, algún ascua debió quedar prendida y la cuadra salió ardiendo. Por suerte ese día mi padre había dejado al mulo en el campo.
No recuerdo absolutamente nada de ese incendio, que no afectó más que a la cuadra. Sólo recuerdo el paisaje posterior, paredes ennegrecidas, madera quemada, una cuadra inservible...
Y entonces llegaron los albañiles.
Supongo que aún era pequeño para ir al colegio, así que mi hermano mayor estaba en clase. Mi madre se fue a hacer la compra y le pidió a los albañiles que cuidaran de mí hasta que ella volviera. Yo me entretuve con el espectáculo favorito de los jubilados: ver albañiles trabajando. A todo esto, llegó la hora del bocadillo. Los albañiles se sentaron en el suelo y sacaron su comida. Yo seguía allí, hablando no sé de qué.
De pronto, uno de ellos me dio un trozo de su bocadillo. Lo probé y no podía creérmelo. ¡Aquello era lo más delicioso que había probado en mi vida! Quise saber inmediatamente qué era aquello que tanto me había gustado y el albañil me contestó riendo:
-Se llama "ja-món", dile a tu madre que te compre.
Y así fue como, gracias a una desgracia, el jamón entró en mi vida.
Bueno, en verdad fue gracias a una desgracia.
Los días de lluvia, mi madre desplazaba el bidón al interior de la cuadra y allí calentaba el agua. Siempre se preocupaba de apagar muy bien las brasas, porque en la cuadra había paja. Pero un día, algún ascua debió quedar prendida y la cuadra salió ardiendo. Por suerte ese día mi padre había dejado al mulo en el campo.
No recuerdo absolutamente nada de ese incendio, que no afectó más que a la cuadra. Sólo recuerdo el paisaje posterior, paredes ennegrecidas, madera quemada, una cuadra inservible...
Y entonces llegaron los albañiles.
Supongo que aún era pequeño para ir al colegio, así que mi hermano mayor estaba en clase. Mi madre se fue a hacer la compra y le pidió a los albañiles que cuidaran de mí hasta que ella volviera. Yo me entretuve con el espectáculo favorito de los jubilados: ver albañiles trabajando. A todo esto, llegó la hora del bocadillo. Los albañiles se sentaron en el suelo y sacaron su comida. Yo seguía allí, hablando no sé de qué.
De pronto, uno de ellos me dio un trozo de su bocadillo. Lo probé y no podía creérmelo. ¡Aquello era lo más delicioso que había probado en mi vida! Quise saber inmediatamente qué era aquello que tanto me había gustado y el albañil me contestó riendo:
-Se llama "ja-món", dile a tu madre que te compre.
Y así fue como, gracias a una desgracia, el jamón entró en mi vida.
Volar, volar
De pequeño, estaba absolutamente convencido de que podía volar. Estaba tan convencido de ello, que no me hacía falta comprobarlo, sabía que en cuanto quisiera, apretaría las piernas, me despegaría unos milímetros del suelo y me deslizaría como si fuera volando sobre unos patines invisibles.
¿Por qué estaba tan convencido? Probablemente porque era un sueño recurrente y aún no tenía edad para distinguir el sueño de la realidad.
Pero todo se fue al carajo un día por culpa de un vecino. Recuerdo que estaba en el corral de mi casa cuando le comenté muy convencido que podía volar. Él no se lo creía (no sé por qué) y me pidió que lo hiciera. Era la primera vez que iba a intentarlo estando despierto, pero yo creía que había volado ya cientos de veces. Apreté las piernas... apreté fuerte... y nada. No me desplacé ni un centímetro.
Desde aquel momento ya no puedo volar. No sé, tal vez dejar de volar sea una de las cosas que nos hacen alejarnos de la infancia.
¿Por qué estaba tan convencido? Probablemente porque era un sueño recurrente y aún no tenía edad para distinguir el sueño de la realidad.
Pero todo se fue al carajo un día por culpa de un vecino. Recuerdo que estaba en el corral de mi casa cuando le comenté muy convencido que podía volar. Él no se lo creía (no sé por qué) y me pidió que lo hiciera. Era la primera vez que iba a intentarlo estando despierto, pero yo creía que había volado ya cientos de veces. Apreté las piernas... apreté fuerte... y nada. No me desplacé ni un centímetro.
Desde aquel momento ya no puedo volar. No sé, tal vez dejar de volar sea una de las cosas que nos hacen alejarnos de la infancia.
Vecinos
En mi calle nos conocíamos todos. Frente a mi casa vivía una pareja de ancianitos entrañables que a veces eran como una especie de abuelos de reemplazo. Él se dedicaba a hacer sillas y sillones con tallos de adelfa.
Sobre su casa había también un soberao. Pero había una diferencia muy notable con respecto al de mi casa. En mi casa, arriba no había nada, sólo habitaciones vacías con algún mueble desvencijado en el que mi padre guardaba diversos aperos, y una habitación abuhardillada en la que se guardaba paja y en la que de vez en cuando se colaba algún gato a dormir.
Sin embargo, el soberao de mis vecinos era un auténtico desván. Para mí constituía un mundo misterioso. Me encantaba subir allí e imaginar que podía pasar cualquier cosa. De hecho, recuerdo que mis padres guardaban allí mi cama. Y recuerdo el día en que fueron a buscarla para que por fin pudiera abandonar la cuna. En mi pequeña cabecita fue todo un acontecimiento.
Por fin, en la habitación, junto a la de mi hermano, montaron mi propia cama. Pero mis vecinos sólo guardaban la estructura. Mientras llegaba el colchón, yo seguía durmiendo en la cuna, plantada en el interior de lo que sería mi cama "de adulto" sólo dos o tres días después.
En mi calle también había una anciana a la que no sé si mi familia o todos los vecinos llamábamos "La pestosa", por su clara reticencia a darse un baño. Cierto día la señora se me acercó para decirme no recuerdo qué y noté un perfume a colonia exagerado. Corrí a mi casa y les conté muy ufano a mis padres: "Ya no se llama "La pestosa", ahora se llama "La perfumá"". Mis padres recibieron la noticia con grandes risotadas.
En la casa inmediata a la mía no vivía nadie. La utilizaba un vecino como cuadra para guardar su burro, al que conocíamos sencillamente como el burro de Andrés.
También vivía en mi calle una familia de varias hermanas mayores que mi hermano y yo (no doy nombres porque los nombres son algo muy privado). Me gustaba acudir a su casa y recuerdo especialmente que sobre una cómoda tenían una especie de hormiga gigante fabricada con púas de madera o algo así. Era un objeto que me fascinaba. Muchos años después una de estas hermanas me contó que de pequeño yo iba a su casa y les leía los cuentos que escribía. No recuerdo esos momentos, pero no dudo de su veracidad. Parece que desde mi infancia me gustaba contar historias (para quien no me conozca, actualmente me gano la vida escribiendo).
Había también una señora, "La pelá", que vendía chucherías. Tengo una pequeña anéctoda respecto a esa señora y un botellín de coca-cola (nada sórdido, es algo muy inocente) que ya contaré.
Había también un chaval, de la edad de mi hermano más o menos, que nos prestaba tebeos de todas clases.
Y justo frente a mi casa, una familia numerosa con un enorme corral y creo que bastantes gatos. Uno de los hijos de esta familia, aunque algo mayor que yo, era uno de los vecinos con los que más tiempo pasaba. Y en el inevitable soberao de esta casa, conocí algo que nunca me abandonaría: el gusto por la música.

Sobre su casa había también un soberao. Pero había una diferencia muy notable con respecto al de mi casa. En mi casa, arriba no había nada, sólo habitaciones vacías con algún mueble desvencijado en el que mi padre guardaba diversos aperos, y una habitación abuhardillada en la que se guardaba paja y en la que de vez en cuando se colaba algún gato a dormir.
Sin embargo, el soberao de mis vecinos era un auténtico desván. Para mí constituía un mundo misterioso. Me encantaba subir allí e imaginar que podía pasar cualquier cosa. De hecho, recuerdo que mis padres guardaban allí mi cama. Y recuerdo el día en que fueron a buscarla para que por fin pudiera abandonar la cuna. En mi pequeña cabecita fue todo un acontecimiento.
Por fin, en la habitación, junto a la de mi hermano, montaron mi propia cama. Pero mis vecinos sólo guardaban la estructura. Mientras llegaba el colchón, yo seguía durmiendo en la cuna, plantada en el interior de lo que sería mi cama "de adulto" sólo dos o tres días después.
En mi calle también había una anciana a la que no sé si mi familia o todos los vecinos llamábamos "La pestosa", por su clara reticencia a darse un baño. Cierto día la señora se me acercó para decirme no recuerdo qué y noté un perfume a colonia exagerado. Corrí a mi casa y les conté muy ufano a mis padres: "Ya no se llama "La pestosa", ahora se llama "La perfumá"". Mis padres recibieron la noticia con grandes risotadas.
En la casa inmediata a la mía no vivía nadie. La utilizaba un vecino como cuadra para guardar su burro, al que conocíamos sencillamente como el burro de Andrés.
También vivía en mi calle una familia de varias hermanas mayores que mi hermano y yo (no doy nombres porque los nombres son algo muy privado). Me gustaba acudir a su casa y recuerdo especialmente que sobre una cómoda tenían una especie de hormiga gigante fabricada con púas de madera o algo así. Era un objeto que me fascinaba. Muchos años después una de estas hermanas me contó que de pequeño yo iba a su casa y les leía los cuentos que escribía. No recuerdo esos momentos, pero no dudo de su veracidad. Parece que desde mi infancia me gustaba contar historias (para quien no me conozca, actualmente me gano la vida escribiendo).
Había también una señora, "La pelá", que vendía chucherías. Tengo una pequeña anéctoda respecto a esa señora y un botellín de coca-cola (nada sórdido, es algo muy inocente) que ya contaré.
Había también un chaval, de la edad de mi hermano más o menos, que nos prestaba tebeos de todas clases.
Y justo frente a mi casa, una familia numerosa con un enorme corral y creo que bastantes gatos. Uno de los hijos de esta familia, aunque algo mayor que yo, era uno de los vecinos con los que más tiempo pasaba. Y en el inevitable soberao de esta casa, conocí algo que nunca me abandonaría: el gusto por la música.
Mammy Blue
No es que tuviera una revelación ni nada parecido, pero en la casa de aquel amigo escuché la primera canción que se me pegó.
Me acuerdo que el suelo del soberao de mi vecino estaba combado, como si en cualquier momento fuera a ceder o se fuera a abrir un enorme boquete. No creo que llegara a ocurrir nunca.
El caso es que subíamos allí a menudo. Él sacaba un pick-up, lo abría y ponía un disco. A mí aquel aparato me fascinaba. Pronto comenzaba a sonar la música. Y entonces oí aquella canción: "Oh, mammy, oh mammy, o mammy, mammy blue, oh mammy blue, ¡Oh, mammy, mammy!". Me encantó. No podía dejar de cantarla.
Cada vez que la cantaba movía la cabeza todo lo acompasadamente que sabía. Aquello le hacía mucha gracia a todo el mundo, porque recuerdo que a menudo me pedían que la cantara para ver ese movimiento de cabeza sin el cual yo era incapaz de cantar.
Pero a pesar de todo, no tuve ni un simple radiocassete hasta mucho después, hasta que no cumplí los catorce o quince años.
Me acuerdo que el suelo del soberao de mi vecino estaba combado, como si en cualquier momento fuera a ceder o se fuera a abrir un enorme boquete. No creo que llegara a ocurrir nunca.
El caso es que subíamos allí a menudo. Él sacaba un pick-up, lo abría y ponía un disco. A mí aquel aparato me fascinaba. Pronto comenzaba a sonar la música. Y entonces oí aquella canción: "Oh, mammy, oh mammy, o mammy, mammy blue, oh mammy blue, ¡Oh, mammy, mammy!". Me encantó. No podía dejar de cantarla.
Cada vez que la cantaba movía la cabeza todo lo acompasadamente que sabía. Aquello le hacía mucha gracia a todo el mundo, porque recuerdo que a menudo me pedían que la cantara para ver ese movimiento de cabeza sin el cual yo era incapaz de cantar.
Pero a pesar de todo, no tuve ni un simple radiocassete hasta mucho después, hasta que no cumplí los catorce o quince años.
La primera estafa

Pisé una escuela por primera vez a los cinco años. Hice parvulitos en un colegio de monjas, allí me sacaron la foto.
Era un niño no muy sociable, muy tímido para relacionarme con los demás. La verdad es que cuando llegaba la hora del recreo no solía jugar con los niños de mi clase, sino que buscaba a mi prima (una año menor que yo) y pasaba la media hora de descanso con ella.
Recuerdo que junto al colegio había una casa en la que vendían chucherías. Un día mi madre me dio dinero (creo que una peseta, no lo recuerdo bien) para que comprara chucherías a la hora del recreo. Yo estaba orgulloso con mi peseta, me sentía el niño más afortunado del mundo.
Las monjas deben tener un olfato especial para el dinero. Tantos años de pedigüeñas les ha desarrollado un sexto sentido que les avisa con un pilotito en sus bolsillos cuando hay un incauto cerca al que engañar. Y allí estaba yo con mi peseta y con sólo cinco años.
La monja se acercó a mi pupitre y me pidió que le enseñara lo que tenía en la mano. Yo mostré la moneda y ella, con una sonrisa que a mí me pareció una amenaza, me quitó la peseta y me puso una barra de plastilina a cambio. Si algo me enseñó aquello era que no tenía que confiar en nadie.
Para ella había sido una transacción comercial, para mí la primera vez que me estafaban en mi vida.
Si eso me hizo sentir mal, mucho peor fue lo que sucedió con la historia de la piedra anónima.
la historia de la piedra anónima
Tocó el timbre y todos los niños salimos al patio. Yo caminaba muy tranquilo hacia donde mi prima me esperaba. Iba solo.
De pronto, venida de Dios sabe dónde, una piedra apareció del cielo y me golpeó en la frente. Inmediatemente, comencé a sangrar. Me dolía y me asusté, así que con cinco años sólo podía hacer una cosa: llorar.
Cuando las monjas me vieron llorando y con sangre en la frente corrieron hacia donde yo estaba y me llevaron al interior, para curarme la herida con algodón y mercromina. Pero, y ahí está lo malo del asunto, no se limitaron a curarme, sino que les dio por juzgarme.
¿Que tienes sangre en la frente? Eso sólo puede indicar una cosa: estabas peleándote con tus compañeros. Me echaron una bronca tremenda. Yo les explicaba que no era sí, que yo iba solo y la piedra me dio, que no sabía quién me la había tirado. Pero ellas no me creían.
¿Sabéis la impotencia que sentía intentando explicar una y otra vez que mi teoría era la cierta y comprobando que no había manera de que me creyeran? No sólo me siguieron riñendo, sino que ante mi insistencia en decirles que se equivocaban, llegaron incluso a zarandearme para que me callara y... ¡me castigaron!
Aquella injusticia me indignó muchísimo. De hecho, durante mucho tiempo he sufrido bastante viendo películas del género "falso culpable" y creo que se debe a que todas me recuerdan a aquel momento en que las monjas me lo hicieron pasar tan mal.
De pronto, venida de Dios sabe dónde, una piedra apareció del cielo y me golpeó en la frente. Inmediatemente, comencé a sangrar. Me dolía y me asusté, así que con cinco años sólo podía hacer una cosa: llorar.
Cuando las monjas me vieron llorando y con sangre en la frente corrieron hacia donde yo estaba y me llevaron al interior, para curarme la herida con algodón y mercromina. Pero, y ahí está lo malo del asunto, no se limitaron a curarme, sino que les dio por juzgarme.
¿Que tienes sangre en la frente? Eso sólo puede indicar una cosa: estabas peleándote con tus compañeros. Me echaron una bronca tremenda. Yo les explicaba que no era sí, que yo iba solo y la piedra me dio, que no sabía quién me la había tirado. Pero ellas no me creían.
¿Sabéis la impotencia que sentía intentando explicar una y otra vez que mi teoría era la cierta y comprobando que no había manera de que me creyeran? No sólo me siguieron riñendo, sino que ante mi insistencia en decirles que se equivocaban, llegaron incluso a zarandearme para que me callara y... ¡me castigaron!
Aquella injusticia me indignó muchísimo. De hecho, durante mucho tiempo he sufrido bastante viendo películas del género "falso culpable" y creo que se debe a que todas me recuerdan a aquel momento en que las monjas me lo hicieron pasar tan mal.
Diecisiete pesetas
No estoy totalmente seguro de que fueran diecisiete pesetas, pero esa es la cantidad que se me viene a la cabeza cuando recuerdo aquello.
Por aquella época triunfaba en la tele la serie Pippi Calzaslargas, que a mí me tenía totalmente subyugado.

"La Pelá" vendía unos paquetes de pipas, en bolsa de plástico amarilla, en las que venían cromos de la serie. Como todo niño que se precie, yo hacía la colección.
Hasta ahí, todo correcto. Pero un día mi madre me mandó a comprar una botella de Coca-cola, o de Casera-cola o de la cola que se comprara en aquel entonces. Y me dio diecisiete pesetas.
Yo fui a la casa de "La Pelá", entré y le pedí el refresco, pero me dijo que se le habían acabado. Vi el cielo abierto. Tenía en mi poder diecisiete estupendas pesetas con las que poder hacer lo que me viniera en gana. Diecisiete pesetas a una peseta por bolsa de pipas eran diecisiete bolsas, lo que equivalía a ¡¡diecisiete nuevos cromos!!
Casi no me cabían en las manos. Llegué a mi casa contentísimo con mi cargamento de pipas, pero, al contrario de lo que esperaba, mi madre se enfadó muchísimo. ¿Qué había hecho con la Coca-cola?
-Es que no había.
Ese razonamiento no parecía valerle. A fuerza de suplicar, me dejó quedarme con dos o tres bolsas, pero tenía que ir a descambiar el resto.
Allí iba yo, otra vez calle abajo camino de la casa de "La Pelá" con mis catorce o quince paquetes de pipas. Cuando le dije que quería que me devolviera el dinero equivalente a aquellas bolsas, ella lo hizo, pero también se enfadó conmigo y también me cayó una tremenda bronca.
Creo que en ese momento deseé con todas mis fuerzas ser adulto, algo que seguí deseando siempre que me caía una bronca.
Por aquella época triunfaba en la tele la serie Pippi Calzaslargas, que a mí me tenía totalmente subyugado.

"La Pelá" vendía unos paquetes de pipas, en bolsa de plástico amarilla, en las que venían cromos de la serie. Como todo niño que se precie, yo hacía la colección.
Hasta ahí, todo correcto. Pero un día mi madre me mandó a comprar una botella de Coca-cola, o de Casera-cola o de la cola que se comprara en aquel entonces. Y me dio diecisiete pesetas.
Yo fui a la casa de "La Pelá", entré y le pedí el refresco, pero me dijo que se le habían acabado. Vi el cielo abierto. Tenía en mi poder diecisiete estupendas pesetas con las que poder hacer lo que me viniera en gana. Diecisiete pesetas a una peseta por bolsa de pipas eran diecisiete bolsas, lo que equivalía a ¡¡diecisiete nuevos cromos!!
Casi no me cabían en las manos. Llegué a mi casa contentísimo con mi cargamento de pipas, pero, al contrario de lo que esperaba, mi madre se enfadó muchísimo. ¿Qué había hecho con la Coca-cola?
-Es que no había.
Ese razonamiento no parecía valerle. A fuerza de suplicar, me dejó quedarme con dos o tres bolsas, pero tenía que ir a descambiar el resto.
Allí iba yo, otra vez calle abajo camino de la casa de "La Pelá" con mis catorce o quince paquetes de pipas. Cuando le dije que quería que me devolviera el dinero equivalente a aquellas bolsas, ella lo hizo, pero también se enfadó conmigo y también me cayó una tremenda bronca.
Creo que en ese momento deseé con todas mis fuerzas ser adulto, algo que seguí deseando siempre que me caía una bronca.
La segunda estafa
Puestos a contar los problemas que tuve en mi infancia con el dinero, no puedo dejar de relatar la manera en que perdí una peseta por arte de magia.
De nuevo me sentía muy contento con una peseta en mi poder. Iba camino de casa de mi abuela cuando me encontré con un conocido, otro niño algo mayor que yo.
Este niño me enseñó una pequeña caja de madera y me dijo que era mágica. Yo no tenía ningún motivo para dudar de ello. Me preguntó si tenía una peseta y yo, tan ingenuo como siempre, le mostré la mía. Nunca aprenderé.
Él abrió la caja y me dijo que metiera dentro la peseta. La metí. Él cerró la caja y volvió a abrirla inmediatamente. La peseta había desaparecido. Puso la caja bocabajo y de allí no caía nada. Seguí mi camino sorprendido por el número de magia, pero apesadumbrado por la terrible pérdida.
No recuerdo por qué azares del destino, la dichosa cajita mágica acabó en mi poder algún tiempo después. Sólo entonces comprendí que el supuesto poder del artefacto consistía simplemente en un doble fondo.
Aún hoy me pregunto cuánto tiempo estuvo riéndose aquel niño a mi costa.
De nuevo me sentía muy contento con una peseta en mi poder. Iba camino de casa de mi abuela cuando me encontré con un conocido, otro niño algo mayor que yo.
Este niño me enseñó una pequeña caja de madera y me dijo que era mágica. Yo no tenía ningún motivo para dudar de ello. Me preguntó si tenía una peseta y yo, tan ingenuo como siempre, le mostré la mía. Nunca aprenderé.
Él abrió la caja y me dijo que metiera dentro la peseta. La metí. Él cerró la caja y volvió a abrirla inmediatamente. La peseta había desaparecido. Puso la caja bocabajo y de allí no caía nada. Seguí mi camino sorprendido por el número de magia, pero apesadumbrado por la terrible pérdida.
No recuerdo por qué azares del destino, la dichosa cajita mágica acabó en mi poder algún tiempo después. Sólo entonces comprendí que el supuesto poder del artefacto consistía simplemente en un doble fondo.
Aún hoy me pregunto cuánto tiempo estuvo riéndose aquel niño a mi costa.
El cine
Desde muy pequeño me encantó ir el cine. Durante muchísimos años no falté ni un solo domingo a mi cita con la sesión infantil. Nunca miraba la cartelera. Yo iba pusieran lo que pusieran. Tanto es así que una vez me vi tres semanas seguidas la misma película de Tarzán.
Puedo asegurar sin temor a equivocarme que el cine fue una influencia muy positiva para mi buena alimentación. No me gustaba comer (creo que es algo común a muchos niños), pero los domingos apuraba todo lo que había en el plato bajo la amenaza de que si no lo hacía, no había cine.
Siempre iba acompañado, o con mi hermano, o con mi prima, o con vecinos... Pero recuerdo la emoción del primer día que fui al cine completamente solo. No sé qué edad tenía, pero no había nadie que quisiera ir al cine ese domingo y yo no podía faltar a mi cita. Mis padres consideraron que ya era lo suficientemente mayor para que no me pasara nada. Allí iba yo con mis quince pesetas y la sensación de que iba a hacer algo grande, de que iba a dar un paso muy importante en mi vida.
La película se llamaba Perdido en el desierto, y era la historia de un niño que iba en una avioneta con su padre y su perro atravesando el desierto. La avioneta tenía un accidente, el padre moría y él se quedaba solo con su perro en medio de aquel enorme desierto. Si la hubiera visto un mes antes o un mes después, probablemente la hubiera olvidado a los tres días, pero esa película tuvo aquel extraño privilegio en mi vida, así que me gustó, claro que me gustó.
Puedo asegurar sin temor a equivocarme que el cine fue una influencia muy positiva para mi buena alimentación. No me gustaba comer (creo que es algo común a muchos niños), pero los domingos apuraba todo lo que había en el plato bajo la amenaza de que si no lo hacía, no había cine.
Siempre iba acompañado, o con mi hermano, o con mi prima, o con vecinos... Pero recuerdo la emoción del primer día que fui al cine completamente solo. No sé qué edad tenía, pero no había nadie que quisiera ir al cine ese domingo y yo no podía faltar a mi cita. Mis padres consideraron que ya era lo suficientemente mayor para que no me pasara nada. Allí iba yo con mis quince pesetas y la sensación de que iba a hacer algo grande, de que iba a dar un paso muy importante en mi vida.
La película se llamaba Perdido en el desierto, y era la historia de un niño que iba en una avioneta con su padre y su perro atravesando el desierto. La avioneta tenía un accidente, el padre moría y él se quedaba solo con su perro en medio de aquel enorme desierto. Si la hubiera visto un mes antes o un mes después, probablemente la hubiera olvidado a los tres días, pero esa película tuvo aquel extraño privilegio en mi vida, así que me gustó, claro que me gustó.
La malvada bruja
El cine me gustaba tanto porque me creía todo lo que veía. Aunque más de una vez eso me provocó un enorme desasosiego.
La vez que peor lo pasé fue un día que fui a ver una película titulada La flauta mágica, pero que no debe tener nada que ver con la ópera del mismo título. Buceando en internet he creído adivinar que se trataba de una película americana que llevaba por título original Pufnstuf. Pero eso no importa para contar lo que me sucedió.
La película comienza con una bruja hablando a cámara. La bruja amenaza a todos los niños: si a alguno se le ocurre levantarse durante la proyección, ella misma lo convierte en rana.
Cuando oí aquello, no dudé ni un segundo de su veracidad. Por eso, cuando a mitad de la película un niño se levantó para ir al baño, yo empecé a preocuparme por él. ¿Qué hacía ese insensato? ¿No se daba cuenta de que iba a acabar convertido en rana? ¿Qué hacer?
Duranto un buen rato, no estuve pendiente de lo que ocurría en la pantalla, sólo me fijaba en la puerta por la que el niño había salido. Sabía que la próxima vez que se abriera, por allí entraría una rana. Estaba muy angustiado. Por suerte, el niño volvió no sobre ancas, sino sobre sus propias piernas. Respiré aliviado y seguí viendo la película.
Al fin y al cabo, tal vez la bruja no tenía tanto poder como ella creía.
La vez que peor lo pasé fue un día que fui a ver una película titulada La flauta mágica, pero que no debe tener nada que ver con la ópera del mismo título. Buceando en internet he creído adivinar que se trataba de una película americana que llevaba por título original Pufnstuf. Pero eso no importa para contar lo que me sucedió.
La película comienza con una bruja hablando a cámara. La bruja amenaza a todos los niños: si a alguno se le ocurre levantarse durante la proyección, ella misma lo convierte en rana.
Cuando oí aquello, no dudé ni un segundo de su veracidad. Por eso, cuando a mitad de la película un niño se levantó para ir al baño, yo empecé a preocuparme por él. ¿Qué hacía ese insensato? ¿No se daba cuenta de que iba a acabar convertido en rana? ¿Qué hacer?
Duranto un buen rato, no estuve pendiente de lo que ocurría en la pantalla, sólo me fijaba en la puerta por la que el niño había salido. Sabía que la próxima vez que se abriera, por allí entraría una rana. Estaba muy angustiado. Por suerte, el niño volvió no sobre ancas, sino sobre sus propias piernas. Respiré aliviado y seguí viendo la película.
Al fin y al cabo, tal vez la bruja no tenía tanto poder como ella creía.
Retazos
Hay momentos en que un pequeño detalle nos devuelve a la infancia por unas milésimas de segundo. Son sonidos, olores, imágenes ocultas en lo más oculto de nuestra memoria, que de pronto reaparecen en un primer plano.
De mis primeros años, aún recuerdo que me gustaba mucho el sonido de la suela dura de los zapatos de mi padre pisando la arena sobre el adoquín. O el sonido del tintineo de las llaves en us bolsillo. Y actualmente, cada vez que hay elecciones (que son las únicas veces que vuelvo a pisar un colegio de primaria), el olor de las aulas me traslada a aquellos años en el colegio.
También recuerdo que muy de madrugada, mientras mi padre desayunaba para ir a trabajar, yo oía el lejano sonido, proveniente de la cocina, de la cortinilla musical de la Cadena SER. Era un sonido con cierto poder protector. Ahí estaba mi padre.
Otro olor de la infancia es el olor a lejía de las manos de mi madre. Ella te peinaba, te ponía bien el cuello, y tú percibías ese olor como algo suyo.
Y ciertas imágenes olvidadas vuelven alguna vez a la retina del recuerdo: portadas de tebeos, anuncios, imágenes de películas, fotografías perdidas...
Sin embargo, lo más evocador suelen ser esos olores indefinidos que de repente nos trasladan a algún lugar del que salimos tan pronto como hemos llegado, dejando en nuestro espíritu cierto sabor melancólico que nos puede acompañar durante un buen rato. ¿Quién no ha sentido eso alguna vez?
De mis primeros años, aún recuerdo que me gustaba mucho el sonido de la suela dura de los zapatos de mi padre pisando la arena sobre el adoquín. O el sonido del tintineo de las llaves en us bolsillo. Y actualmente, cada vez que hay elecciones (que son las únicas veces que vuelvo a pisar un colegio de primaria), el olor de las aulas me traslada a aquellos años en el colegio.
También recuerdo que muy de madrugada, mientras mi padre desayunaba para ir a trabajar, yo oía el lejano sonido, proveniente de la cocina, de la cortinilla musical de la Cadena SER. Era un sonido con cierto poder protector. Ahí estaba mi padre.
Otro olor de la infancia es el olor a lejía de las manos de mi madre. Ella te peinaba, te ponía bien el cuello, y tú percibías ese olor como algo suyo.
Y ciertas imágenes olvidadas vuelven alguna vez a la retina del recuerdo: portadas de tebeos, anuncios, imágenes de películas, fotografías perdidas...
Sin embargo, lo más evocador suelen ser esos olores indefinidos que de repente nos trasladan a algún lugar del que salimos tan pronto como hemos llegado, dejando en nuestro espíritu cierto sabor melancólico que nos puede acompañar durante un buen rato. ¿Quién no ha sentido eso alguna vez?
Donde la memoria no llega
Hasta ahora, todo lo que he contado lo he sacado de mis propios recuerdos, pero desde que conté lo del mulo de mi padre, me quedaron dos dudas: ¿cómo se llamaba? y ¿qué pasó con él?
Como la memoria no llegaba ahí, he recurrido al servicio de documentación, vamos, que he llamado a mis padres. Y ya tengo esa información.
El mulo se llamaba Morito. Al parecer, cierto día mi padre lo dejó en el campo, literalmente entre algodones, y cuando volvió, se lo habían robado. Nunca más supo de él. Por suerte, lo tenía asegurado. La compañía de seguro pagó a mi padre doce mil pesetas (que para los que ya no saben manejar esa moneda equivalen a los actuales setenta y dos euros).
Pero ya nunca más hubo ningún mulo en mi casa.
Como la memoria no llegaba ahí, he recurrido al servicio de documentación, vamos, que he llamado a mis padres. Y ya tengo esa información.
El mulo se llamaba Morito. Al parecer, cierto día mi padre lo dejó en el campo, literalmente entre algodones, y cuando volvió, se lo habían robado. Nunca más supo de él. Por suerte, lo tenía asegurado. La compañía de seguro pagó a mi padre doce mil pesetas (que para los que ya no saben manejar esa moneda equivalen a los actuales setenta y dos euros).
Pero ya nunca más hubo ningún mulo en mi casa.
Juegos I
Ya he dicho que donde vivía se hacía mucha vida en la calle. No importaba que en verano hiciera cuarenta y tantos grados a la sombra, lo que uno quería era estar fuera de casa.
Perteneciendo a la generación del Baby boom, no tenía muchos problemas para conseguir compañeros de juego. Sé que antes conté que era un chico poco sociable, pero ahora que lo pienso, eso no es verdad. Era un niño tímido, eso sí, pero sociable. Sólo necesitaba romper la desconfianza inicial para poder expresarme a mis anchas. Y con mis vecinos esa barrera estaba rota, puesto que los conocía desde mi nacimiento.
Tenía (tengo), un primo de mi edad (gran seguidor de estas memorias) que vivía fuera del pueblo, pero que no faltaba a su cita con todas y cada una de las vacaciones. Cada verano, navidad y semana santa yo esperaba ansioso su llegada, pues se convertía en un gran compañero de juegos.
Recuerdo que en la parte trasera de la casa de mi abuela había una carpintería-serrería y un descampado lleno de matorrales que rodeaban nada más y nada menos que tres hermosas palmeras. ¿Qué más necesita un niño? Aquellas tres palmeras se convirtieron más de una vez en destino de nuestras expediciones. Atravesando los matorrales creíamos atravesar un océano en busca de la isla del tesoro. Y si encima habían caído los dátiles maduros, mejor que mejor.
Los troncos de la serrería también constituían un buen lugar de aventuras.
Pero hay otros juegos, asociados a juguetes de la época, que también recuerdo con cierta nostalgia.

Mi primo y yo muy arregladitos
Perteneciendo a la generación del Baby boom, no tenía muchos problemas para conseguir compañeros de juego. Sé que antes conté que era un chico poco sociable, pero ahora que lo pienso, eso no es verdad. Era un niño tímido, eso sí, pero sociable. Sólo necesitaba romper la desconfianza inicial para poder expresarme a mis anchas. Y con mis vecinos esa barrera estaba rota, puesto que los conocía desde mi nacimiento.
Tenía (tengo), un primo de mi edad (gran seguidor de estas memorias) que vivía fuera del pueblo, pero que no faltaba a su cita con todas y cada una de las vacaciones. Cada verano, navidad y semana santa yo esperaba ansioso su llegada, pues se convertía en un gran compañero de juegos.
Recuerdo que en la parte trasera de la casa de mi abuela había una carpintería-serrería y un descampado lleno de matorrales que rodeaban nada más y nada menos que tres hermosas palmeras. ¿Qué más necesita un niño? Aquellas tres palmeras se convirtieron más de una vez en destino de nuestras expediciones. Atravesando los matorrales creíamos atravesar un océano en busca de la isla del tesoro. Y si encima habían caído los dátiles maduros, mejor que mejor.
Los troncos de la serrería también constituían un buen lugar de aventuras.
Pero hay otros juegos, asociados a juguetes de la época, que también recuerdo con cierta nostalgia.

Mi primo y yo muy arregladitos
El corral y las avispas.

El tractor de juguete era de mi hermano, pero el que está subido soy yo. Mi hermano es el otro niño. La niña de la cabeza cortada creo que era una de aquellas niñas a cuya madre yo leía mis cuentos. Estamos en la playa.
Bueno, no. No pisé una playa de verdad hasta por lo menos los trece años, en el viaje de fin de curso de octavo de E.G.B. Esta playa era una playa artificial que nos montábamos en el corral cubriendo el áspero suelo con bastante agua.
Aquel corral era un lugar muy apreciado para el ocio cuando llegaba el buen tiempo. En él pusimos la piscina de plástico, en él montábamos esta playa, en él jugábamos a la pelota. Y por jugar a la pelota ocurrió lo de las avispas.
Mi casa daba por la parte trasera a una fábrica de losetas. Como dije, en el corral estaba la cuadra. Así que sobre ella había un tejado (no recuerdo si de aurelita o de qué material), y tras el tejado una enorme tapia que ocultaba la fábrica.
Era verano. Mi hermano y yo y no recuerdo si alguien más jugábamos con una pelota pequeña. En un golpe demasiado fuerte, la pelota subió, subió, subió... y se embarcó en el tejado. Alguien tenía que subir a rescatarla.
No recuerdo cómo llegamos a la conclusión de que tenía que ser yo. Estaba en pantalones cortos y mi hermano empezó a prepararme todo tipo de pseudo-armaduras para defenderme de las avispas que habría en el tejado e incluso creo recordar que un spray con agua. Pero yo, muy valiente, no quería ponerme nada. Subiría, cogería la pelota con cuidado y bajaría tan tranquilamente, ¿por qué tenían las avispas que hacerme nada?
Así que apoyamos la escalera y subí con toda tranquilidad. Era un tejado bastante alto. Caminé con mucho cuidado de no pisar ningún nido de avispas. Anduve despacio por el tejado, mirando con cautela dónde ponía cada pie en cada momento. Hasta que cogí la pelota y la tiré de nuevo al corral, entonces me olvidé de toda precaución y volví hacia la escalera rápidamente. Incauto.
Pisé un nido y pronto un enjambre de avispas furiosas me rodeó. Cómo picaban las muy... Yo daba saltos de dolor, sin saber qué hacer. En milésimas de segundo, salida como de la nada, mi madre apareció al final de la escalera con un trapo en la mano. Ningún arma de destrucción masiva puede compararse con un trapo en manos de una madre asustada. Mientras daba trapazos a diestro y siniestro, me agarró y me bajó por la escalera de mano.
No sé la cantidad de picaduras que tenía, pero fueron muchas. Por suerte ninguna en la cara ni ninguna zona comprometida. No recuerdo la visita al médico ni la medicación que tuve que tomar, pero recuerdo que estuve un tiempo sintiendo dolor con cada movimiento. Las agujetas por correr un maratón no se pueden comparar con aquello. Os lo aseguro.
Juegos II
En un sitio con tan buen clima como mi pueblo, era inevitable que el lugar de juegos fuera también la calle.
Si hago una lista de a qué jugábamos, probablemente ganaran juegos como el piola, el bote-bote, la contra, carne (pronunciado canne), cadena, y algo después, el beso-verdad-o-atrevimiento.
No creo que haya pasado tanto tiempo como para no saber de qué estoy hablando, pero los nombres varían mucho de un sitio a otro, así que tal vez no estaría mal un pequeño resumen de cada uno.
El piola es el clásico juego de uno agachado y otro saltando por encima, a estilo potro. A cada salto había que hacer algo distinto (dar con el pie en el culo a la vez que se salta y cosas así). No recuerdo si había ganadores en este juego.
El bote-bote es una variante del escondite en que se pone una botella de plástico en el punto de referencia y gana el que consigue llegar a ese punto sin ser visto por el que "la está quedando". Al llegar allí, hay que agarrar la botella, dar varios golpes (a veces una patada) y gritar : "¡¡Bote-bote por mí y por mis compañeros, y por mí primero!!".
La contra, o el pillá, o el tú-la-llevas eran simplemente juegos de correr y alcanzar a los demás.
Carne (pronunciado canne), era un juego de resistencia. El grupo que perdía se inclinaba, ofreciendo el lomo al grupo que iba ganando. Uno a uno, los del grupo ganador iban saltando encima del grupo "sufridor". El peso iba aumentando poco a poco. Si alguno de los de debajo no podía más gritaba ¡Canne!, y se deshacía el juego, habiendo ganado los que estaban arriba y volviendo a jugar ellos en esa posición. Si se resistía, no sé cuánto tiempo, estoicamente ganaba el grupo de debajo y se cambiaba de posición. El juego podía entrañar ciertos peligros, o al menos así lo percibía yo desde el día en que mi hermano mayor se desmayó en el colegio jugando a esto.
Cadena era un juego de guerra-estrategia. El que "la llevaba" salía de una zona de seguridad marcada con tiza en el suelo. Corría tras los demás hasta tocar a alguien, desde ese momento, ese alguien la llevaba conjuntamente con él. Los dos tenían que volver corriendo hacia la zona de seguridad huyendo de las patadas y golpes de los demás. El juego se reanudaba, pero ahora salían los dos que "la llevaban" agarrados de la mano persiguiendo a los demás. Mientras fueran agarrados, eran intocables. Pero en el momento en que alguno de los miembros de la cadena tocaba a un nuevo incauto, éste pasaba a convertirse en eslabón. De nuevo, los tres tenían que seguir corriendo hacia la zona de seguridad huyendo de los golpes, y de nuevo en esa zona se rehacía la cadena y salía a buscar un nuevo eslabón. Lo que no consigo recordar es cómo terminaba el juego.
Y bueno, el beso-verdad-o-atrevimiento no hace falta que recuerde cómo era, su definición va en su propio nombre. Yo era de los más pequeños de la calle, pero eso no evitaba que también jugara con los mayores y que incluso en alguna ocasión llegara a pedir "beso".
Había más juegos (el látigo, las prendas,...), pero entre una cosa y otra, todavía no he hablado de los juguetes.
Si hago una lista de a qué jugábamos, probablemente ganaran juegos como el piola, el bote-bote, la contra, carne (pronunciado canne), cadena, y algo después, el beso-verdad-o-atrevimiento.
No creo que haya pasado tanto tiempo como para no saber de qué estoy hablando, pero los nombres varían mucho de un sitio a otro, así que tal vez no estaría mal un pequeño resumen de cada uno.
El piola es el clásico juego de uno agachado y otro saltando por encima, a estilo potro. A cada salto había que hacer algo distinto (dar con el pie en el culo a la vez que se salta y cosas así). No recuerdo si había ganadores en este juego.
El bote-bote es una variante del escondite en que se pone una botella de plástico en el punto de referencia y gana el que consigue llegar a ese punto sin ser visto por el que "la está quedando". Al llegar allí, hay que agarrar la botella, dar varios golpes (a veces una patada) y gritar : "¡¡Bote-bote por mí y por mis compañeros, y por mí primero!!".
La contra, o el pillá, o el tú-la-llevas eran simplemente juegos de correr y alcanzar a los demás.
Carne (pronunciado canne), era un juego de resistencia. El grupo que perdía se inclinaba, ofreciendo el lomo al grupo que iba ganando. Uno a uno, los del grupo ganador iban saltando encima del grupo "sufridor". El peso iba aumentando poco a poco. Si alguno de los de debajo no podía más gritaba ¡Canne!, y se deshacía el juego, habiendo ganado los que estaban arriba y volviendo a jugar ellos en esa posición. Si se resistía, no sé cuánto tiempo, estoicamente ganaba el grupo de debajo y se cambiaba de posición. El juego podía entrañar ciertos peligros, o al menos así lo percibía yo desde el día en que mi hermano mayor se desmayó en el colegio jugando a esto.
Cadena era un juego de guerra-estrategia. El que "la llevaba" salía de una zona de seguridad marcada con tiza en el suelo. Corría tras los demás hasta tocar a alguien, desde ese momento, ese alguien la llevaba conjuntamente con él. Los dos tenían que volver corriendo hacia la zona de seguridad huyendo de las patadas y golpes de los demás. El juego se reanudaba, pero ahora salían los dos que "la llevaban" agarrados de la mano persiguiendo a los demás. Mientras fueran agarrados, eran intocables. Pero en el momento en que alguno de los miembros de la cadena tocaba a un nuevo incauto, éste pasaba a convertirse en eslabón. De nuevo, los tres tenían que seguir corriendo hacia la zona de seguridad huyendo de los golpes, y de nuevo en esa zona se rehacía la cadena y salía a buscar un nuevo eslabón. Lo que no consigo recordar es cómo terminaba el juego.
Y bueno, el beso-verdad-o-atrevimiento no hace falta que recuerde cómo era, su definición va en su propio nombre. Yo era de los más pequeños de la calle, pero eso no evitaba que también jugara con los mayores y que incluso en alguna ocasión llegara a pedir "beso".
Había más juegos (el látigo, las prendas,...), pero entre una cosa y otra, todavía no he hablado de los juguetes.
La cizaña
Me encantaban los tebeos. Y a mi hermano también. De muy pequeño, ya quedé atrapado por Mortadelo y Filemón, las hermanas Gilda, Rompetechos, la familia Trapisonda, Gú-gú, todos y cada uno de los personajes del T.B.O...
Aún tengo en la memoria la imagen de mi hermano mayor muriéndose de risa leyendo un tebeo de Rompetechos, porque alguien lo llamaba "Enano cabezón". Hoy día esto no sería posible, porque es políticamente incorrecto, pero no creo que leer aquellas cosas nos hiciera peores.

También me sentí atrapado incondicionalmente en cuanto descubrí los superhéroes. Spiderman era mi favorito, pero devoraba todo lo que llegaba a mis manos. Desde el mago Mandrake hasta el Hombre Araña, que no era Spiderman, sino un tipo con un traje negro y una bombona llena de telas de araña a la espalda.
Pero en mi casa apenas comprábamos un solo tebeo. Existía en esa época la costumbre de cambiar. Si uno tenía un tebeo, iba al quiosco y por una cantidad mínima (una peseta, creo), te lo cambiaban por otro, también usado. Así podías leer muchos sin apenas gastarte un duro.
Y además, tenía amigos que nos prestaban tebeos. Bueno, aunque no siempre las intenciones eran buenas.
Cuando más tarde leí "La Cizaña" de Asterix y Obelix, rápidamente relacioné esa actitud cizañera con lo que una vez hizo uno de estos amigos prestamistas.
Yo estaba en su casa y me dijo: "He dejado un tebeo en tu casa, léelo tú, pero no se lo dejes a tu hermano, o no te dejaré más".
Cuando llegué a mi casa, encontré el tebeo, pero allí estaba mi hermano, leyéndolo. Rápidamente, iniciamos una pelea, porque ninguno se lo quería dejar al otro. Yo entonces salté y le dije lo que me había dicho el dueño del tebeo. Pero para nuestra sorpresa, mi hermano me confesó que a él le había dicho exactamente lo mismo.
Dejamos de pelearnos y los dos leímos el tebeo, pero yo me enfadé mucho con mi amigo. Creo que fue la primera vez que le retiré la palabra a alguien, aunque el enfado no me duró más de dos días.
Aún tengo en la memoria la imagen de mi hermano mayor muriéndose de risa leyendo un tebeo de Rompetechos, porque alguien lo llamaba "Enano cabezón". Hoy día esto no sería posible, porque es políticamente incorrecto, pero no creo que leer aquellas cosas nos hiciera peores.

También me sentí atrapado incondicionalmente en cuanto descubrí los superhéroes. Spiderman era mi favorito, pero devoraba todo lo que llegaba a mis manos. Desde el mago Mandrake hasta el Hombre Araña, que no era Spiderman, sino un tipo con un traje negro y una bombona llena de telas de araña a la espalda.
Pero en mi casa apenas comprábamos un solo tebeo. Existía en esa época la costumbre de cambiar. Si uno tenía un tebeo, iba al quiosco y por una cantidad mínima (una peseta, creo), te lo cambiaban por otro, también usado. Así podías leer muchos sin apenas gastarte un duro.
Y además, tenía amigos que nos prestaban tebeos. Bueno, aunque no siempre las intenciones eran buenas.
Cuando más tarde leí "La Cizaña" de Asterix y Obelix, rápidamente relacioné esa actitud cizañera con lo que una vez hizo uno de estos amigos prestamistas.
Yo estaba en su casa y me dijo: "He dejado un tebeo en tu casa, léelo tú, pero no se lo dejes a tu hermano, o no te dejaré más".
Cuando llegué a mi casa, encontré el tebeo, pero allí estaba mi hermano, leyéndolo. Rápidamente, iniciamos una pelea, porque ninguno se lo quería dejar al otro. Yo entonces salté y le dije lo que me había dicho el dueño del tebeo. Pero para nuestra sorpresa, mi hermano me confesó que a él le había dicho exactamente lo mismo.
Dejamos de pelearnos y los dos leímos el tebeo, pero yo me enfadé mucho con mi amigo. Creo que fue la primera vez que le retiré la palabra a alguien, aunque el enfado no me duró más de dos días.
JUEGOS III
Llegó el momento de hablar de los juguetes de mi infancia. No tuve muchos, la verdad, pero cada uno lo disfrutaba al máximo.
Desde el incidente con la caja mágica y la peseta, quedé atrapado por el mundo de la magia, así que el Magia Borrás era uno de los regalos que siempre pedía a los Reyes Magos. Un día, llegó a mi poder. Creo recordar que no fue un regalo, sino un trueque con alguien que lo había tenido y a quien no le había gustado, pero eso da igual.
El caso es que cuando lo tuve en mis manos, la impaciencia me venció y salí a la calle a hacer trucos a mis amigos. Pero si algo tiene que tener claro un mago es que hay que ensayar mucho antes de actuar en público. Yo no lo hice. Tanto es así, que iba leyendo el librito de las instrucciones a la vez que realizaba los trucos. Obviamente, me pillaron todos. Y aquella caja perdió su interés. Estoy pensando que tal vez no obtuve el Magia Borrás por trueque, sino que al dejar de tener utilidad, lo cambié por algo. Tal vez unos Juegos Reunidos Geyper.
Mi vecino de enfrente (el de Mammy Blue) tenía un Exin Castillos. Me encantaba. A veces llegaba con su caja llena de piezas a mi casa a la hora de la siesta. Volcábamos todo en la entrada con un estruendo que más de una vez despertó a mi padre. Después construiamos el castillo y poníamos el fantasma en la zona de arriba. Allí me inventaba historietas, era la parte más divertida, más que construirlo.

Los pistoleros e indios de plástico también me divertían mucho, sobre todo cuando me regalaron un fuerte. Ahí montaba auténticas películas de vaqueros.
Pero si hay algo que recuerdo con nostalgia son algunas tardes de verano en la mesa de la cocina. Cuando todos dormían, yo ponía sobre la mesa de la cocina un montón de objetos: reglas, latas, tijeras, etc, simulando un panel de mandos de un barco. Yo me sentaba frente a todo ello, y allí estaba yo, como capitán de un barco en una tormenta. Y eso que todavía no había visto el mar.
Ah, y todavía no he hablado del juguete que rompí antes de que me lo regalaran.
Desde el incidente con la caja mágica y la peseta, quedé atrapado por el mundo de la magia, así que el Magia Borrás era uno de los regalos que siempre pedía a los Reyes Magos. Un día, llegó a mi poder. Creo recordar que no fue un regalo, sino un trueque con alguien que lo había tenido y a quien no le había gustado, pero eso da igual.
El caso es que cuando lo tuve en mis manos, la impaciencia me venció y salí a la calle a hacer trucos a mis amigos. Pero si algo tiene que tener claro un mago es que hay que ensayar mucho antes de actuar en público. Yo no lo hice. Tanto es así, que iba leyendo el librito de las instrucciones a la vez que realizaba los trucos. Obviamente, me pillaron todos. Y aquella caja perdió su interés. Estoy pensando que tal vez no obtuve el Magia Borrás por trueque, sino que al dejar de tener utilidad, lo cambié por algo. Tal vez unos Juegos Reunidos Geyper.
Mi vecino de enfrente (el de Mammy Blue) tenía un Exin Castillos. Me encantaba. A veces llegaba con su caja llena de piezas a mi casa a la hora de la siesta. Volcábamos todo en la entrada con un estruendo que más de una vez despertó a mi padre. Después construiamos el castillo y poníamos el fantasma en la zona de arriba. Allí me inventaba historietas, era la parte más divertida, más que construirlo.

Los pistoleros e indios de plástico también me divertían mucho, sobre todo cuando me regalaron un fuerte. Ahí montaba auténticas películas de vaqueros.
Pero si hay algo que recuerdo con nostalgia son algunas tardes de verano en la mesa de la cocina. Cuando todos dormían, yo ponía sobre la mesa de la cocina un montón de objetos: reglas, latas, tijeras, etc, simulando un panel de mandos de un barco. Yo me sentaba frente a todo ello, y allí estaba yo, como capitán de un barco en una tormenta. Y eso que todavía no había visto el mar.
Ah, y todavía no he hablado del juguete que rompí antes de que me lo regalaran.
El "maestroscuela"
Con seis años entré en un colegio público a hacer la E.G.B. No sé cómo funciona el sistema educativo en la actualidad, pero en aquel entonces (hablo del año 75 en adelante), teníamos el mismo maestro desde 1º hasta 5º de E.G.B y después, entre 6º y 8º, ya tenías varios, divididos por asignaturas.
El colegio era mixto, pero, no sé por qué, mi clase no. Todos éramos niños. En mi pueblo había bastantes niños que tenían que ayudar a sus familias en las tareas del campo, así que faltaban a clase en la época de la aceituna, en la época del algodón, en la época de la naranja...
No sé cómo sería tomado aquel sistema ahora, pero entonces, nuestro maestro dividía la clase. Había dos filas a la que daba el programa que tuviera previsto, y una tercera con una pizarra independiente para esos chavales temporeros, era la que llamábamos (con permiso) "la fila de los tontos".
Nuestro maestro tenía alma de showman, así que no era raro que un día apareciera con una nariz de payaso, o cogiera un tambor de hojalata y se fuera por todo el colegio tocándolo,... Y además, le encantaba tomarnos el pelo.
Recuerdo que una vez que hice muy bien los deberes o respondí muy bien a sus preguntas, me felicitó, se acercó a mí, me pintó la punta de la nariz con un rotulador y me dijo:
- Esto es para que tus padres sepan que lo has hecho muy bien.
Así que allí iba yo, tan contento por la calle on mi nariz pintada, pensando que era un premio y sin que se me pasara ni por un segundo por la cabeza la idea de que sólo era una broma. Bendita ingenuidad.
El colegio era mixto, pero, no sé por qué, mi clase no. Todos éramos niños. En mi pueblo había bastantes niños que tenían que ayudar a sus familias en las tareas del campo, así que faltaban a clase en la época de la aceituna, en la época del algodón, en la época de la naranja...
No sé cómo sería tomado aquel sistema ahora, pero entonces, nuestro maestro dividía la clase. Había dos filas a la que daba el programa que tuviera previsto, y una tercera con una pizarra independiente para esos chavales temporeros, era la que llamábamos (con permiso) "la fila de los tontos".
Nuestro maestro tenía alma de showman, así que no era raro que un día apareciera con una nariz de payaso, o cogiera un tambor de hojalata y se fuera por todo el colegio tocándolo,... Y además, le encantaba tomarnos el pelo.
Recuerdo que una vez que hice muy bien los deberes o respondí muy bien a sus preguntas, me felicitó, se acercó a mí, me pintó la punta de la nariz con un rotulador y me dijo:
- Esto es para que tus padres sepan que lo has hecho muy bien.
Así que allí iba yo, tan contento por la calle on mi nariz pintada, pensando que era un premio y sin que se me pasara ni por un segundo por la cabeza la idea de que sólo era una broma. Bendita ingenuidad.
La palmeta
En aquellos años aún se usaba la palmeta, esa especie de regla de madera que usaban los maestros para golpear a los niños en la mano, como castigo.
Yo era bastante modosito y sólo probé su picadura en dos o tres ocasiones, pero en mi clase había auténticos reincidentes. Y, cómo no, la palmeta también creaba mitos. En nuestra clase todos admirábamos a un compañero (sigo sin dar nombres) que aguantaba estoicamente cada palmetazo y no se quejaba lo más mínimo. Siempre creímos que no le dolía. Él nos explicaba su secreto. Cada mañana, antes de ir a clase, se untaba ajo en la palma de la mano, con eso te hacías insensible al dolor. Todos esperábamos el momento en que aquel compañero de clase fuera castigado para ver cómo resistía. Esos momentos se convertían en una especie de desafío a la autoridad, y aunque el que golpeaba era el maestro, el que ganaba nuestra admiración era siempre el alumno.
Como dije, mi maestro, tenia cierta tendencia al exhibicionismo y la exageración, algo que aplicaba hasta en los momentos de dar el palmetazo. Una vez hizo extender la mano a otro compañero (que años más tarde, en la universidad, sería compañero mío de piso) y él se subió a una mesa. Dio un salto tipo Bruce Lee y golpeó con la palmeta. Por suerte, nuestro compañero apartó la mano y la palmeta silbó en el aire. No quiero ni pensar el dolor que hubiera sentido de no apartarla. El mismo profesor debió de darse cuenta de su exceso, puesto que no intentó darle de nuevo.
Además, la palmeta permitía una modalidad más dolorosa que practicaban otros maestros. Consistía en exigir al alumno que ahuecara la mano y golpear en la punta de los cinco dedos. Uff, qué dolor.
Además, en el colegio había otro profesor famoso por sus capones, que te dejaban picando la cabeza durante horas. Curioso record.
Qué tiempos, menos mal que hemos progresado...
Yo era bastante modosito y sólo probé su picadura en dos o tres ocasiones, pero en mi clase había auténticos reincidentes. Y, cómo no, la palmeta también creaba mitos. En nuestra clase todos admirábamos a un compañero (sigo sin dar nombres) que aguantaba estoicamente cada palmetazo y no se quejaba lo más mínimo. Siempre creímos que no le dolía. Él nos explicaba su secreto. Cada mañana, antes de ir a clase, se untaba ajo en la palma de la mano, con eso te hacías insensible al dolor. Todos esperábamos el momento en que aquel compañero de clase fuera castigado para ver cómo resistía. Esos momentos se convertían en una especie de desafío a la autoridad, y aunque el que golpeaba era el maestro, el que ganaba nuestra admiración era siempre el alumno.
Como dije, mi maestro, tenia cierta tendencia al exhibicionismo y la exageración, algo que aplicaba hasta en los momentos de dar el palmetazo. Una vez hizo extender la mano a otro compañero (que años más tarde, en la universidad, sería compañero mío de piso) y él se subió a una mesa. Dio un salto tipo Bruce Lee y golpeó con la palmeta. Por suerte, nuestro compañero apartó la mano y la palmeta silbó en el aire. No quiero ni pensar el dolor que hubiera sentido de no apartarla. El mismo profesor debió de darse cuenta de su exceso, puesto que no intentó darle de nuevo.
Además, la palmeta permitía una modalidad más dolorosa que practicaban otros maestros. Consistía en exigir al alumno que ahuecara la mano y golpear en la punta de los cinco dedos. Uff, qué dolor.
Además, en el colegio había otro profesor famoso por sus capones, que te dejaban picando la cabeza durante horas. Curioso record.
Qué tiempos, menos mal que hemos progresado...
Miedo a las alturas
Un año, los Reyes Magos llevaron a mi hermano una bicicleta (¿roja?), marca Abelux. Él aprendió a conducir en ella pronto, yo tardé algo más.
Era una de esas bicicletas de paseo con "maletero". Por supuesto, en esos años no existían las Mountain-bike, sobre todo porque todavía no había llegado la moda de llamar a todo con nombres ingleses.
Yo solía sentarme en el maletero e ir como pasajero en los viajes que mi hermano hacía con su bicicleta. Un día, comenzó a acelerar y a acercarse a un terraplén, que a mí me parecía el más profundo de los barrancos, un abismo infernal. Mientras se acercaba allí, mi hermano me lanzaba una amenaza terrible:
- Me voy a tirar por el barranco, me voy a tirar por el barranco.
Yo gritaba una y otra vez que no lo hiciera. Pero mientras más se lo pedía, más insistía él en que se iba a tirar. Conforme se iba acercando, el pánico iba creciendo en mí. Estaba claro que no me quedaba otro remedio, si él estaba dispuesto a desplomarse por aquel precipicio, yo no tenía por qué seguirlo, así que hice lo único que podía hacer: salté de la bicicleta.
A esa velocidad, el golpe fue bastante fuerte. Me hice sangre en las rodillas y contusiones por varios sitios, pero lo tuve que hacer, me salvé de una caída más profunda. ¿O no? Inmediatemente mi hermano frenó y se acercó a mí.
-¿Estás tonto? ¿Te creías que me iba a tirar de verdad?
Sí, estaba tonto. Le había creído. Pero, ¿y si llega a tirarse?
Era una de esas bicicletas de paseo con "maletero". Por supuesto, en esos años no existían las Mountain-bike, sobre todo porque todavía no había llegado la moda de llamar a todo con nombres ingleses.
Yo solía sentarme en el maletero e ir como pasajero en los viajes que mi hermano hacía con su bicicleta. Un día, comenzó a acelerar y a acercarse a un terraplén, que a mí me parecía el más profundo de los barrancos, un abismo infernal. Mientras se acercaba allí, mi hermano me lanzaba una amenaza terrible:
- Me voy a tirar por el barranco, me voy a tirar por el barranco.
Yo gritaba una y otra vez que no lo hiciera. Pero mientras más se lo pedía, más insistía él en que se iba a tirar. Conforme se iba acercando, el pánico iba creciendo en mí. Estaba claro que no me quedaba otro remedio, si él estaba dispuesto a desplomarse por aquel precipicio, yo no tenía por qué seguirlo, así que hice lo único que podía hacer: salté de la bicicleta.
A esa velocidad, el golpe fue bastante fuerte. Me hice sangre en las rodillas y contusiones por varios sitios, pero lo tuve que hacer, me salvé de una caída más profunda. ¿O no? Inmediatemente mi hermano frenó y se acercó a mí.
-¿Estás tonto? ¿Te creías que me iba a tirar de verdad?
Sí, estaba tonto. Le había creído. Pero, ¿y si llega a tirarse?
Candela, candela
El fuego tiene gran presencia en mi infancia como elemento familiar. En los días despejados de invierno, mi familia materna solía reunirse tras la casa de mis abuelos, y con maderas, papeles y demás prendían una candela alrededor de la que mis tías se sentaban a cotillear. En los ratos que los niños no estábamos correteando por ahí, nos entreteníamos echando cosas al fuego. No es que recuerde ninguna anécdota en concreto con esas candelas, pero sí recuerdo que era una situación muy placentera. Y no soy pirómano.
Uno contra todos
En el colegio aprendí que hay veces que hay que tener confianza en uno mismo.
Un día, mi maestro explicaba matemáticas e hizo una pregunta. Creo que era algo del tipo "¿cuántos números van del cero al cien?", o algo parecido. Le hizo a alguien esa pregunta y respondió. Si realmente esa era la pregunta, la respuesta tuvo que ser "cien". Y el profesor la dio por válida.
Yo vi claro que aquella respuesta estaba mal. Si sigo con el ejemplo de la pregunta anterior, la respuesta era "ciento uno", puesto que el cero también se contaba. Yo levanté el brazo y comenté mi desacuerdo. El maestro me dijo que estaba equivocado. No sólo él, todo el mundo pensaba que yo estaba equivocado. Pero, lejos de callarme, insistí. Me sentía muy mal dejando pasar aquello. Si yo lo veía tan claro, ¿por qué los demás no?
Tras un rato de discusión (lo que pudiera discutir un niño de segundo o tercero de E.G.B.), el maestro cayó en la cuenta de su error. Me pidió perdón y dijo delante de todos que él era el errado y yo el que había dado la respuesta correcta.
Ahora que lo pienso, ¿pudo ser esa la vez que me pintó la nariz con un rotulador?
Un día, mi maestro explicaba matemáticas e hizo una pregunta. Creo que era algo del tipo "¿cuántos números van del cero al cien?", o algo parecido. Le hizo a alguien esa pregunta y respondió. Si realmente esa era la pregunta, la respuesta tuvo que ser "cien". Y el profesor la dio por válida.
Yo vi claro que aquella respuesta estaba mal. Si sigo con el ejemplo de la pregunta anterior, la respuesta era "ciento uno", puesto que el cero también se contaba. Yo levanté el brazo y comenté mi desacuerdo. El maestro me dijo que estaba equivocado. No sólo él, todo el mundo pensaba que yo estaba equivocado. Pero, lejos de callarme, insistí. Me sentía muy mal dejando pasar aquello. Si yo lo veía tan claro, ¿por qué los demás no?
Tras un rato de discusión (lo que pudiera discutir un niño de segundo o tercero de E.G.B.), el maestro cayó en la cuenta de su error. Me pidió perdón y dijo delante de todos que él era el errado y yo el que había dado la respuesta correcta.
Ahora que lo pienso, ¿pudo ser esa la vez que me pintó la nariz con un rotulador?
Sensatez infantil
El cine de nuevo.
Mi hermano y yo fuimos a ver Tiburón al cine de mi pueblo. Yo debía tener unos siete u ocho años, mi hermano, unos nueve o diez. La película nos impactó y pasamos mucho miedo.
Esa noche, cuando apagamos la luz y la oscuridad se hizo en nuestra habitación, mi hermano no podía conciliar el sueño. Tenía miedo, le venían a la cabeza imágenes de aquellas terribles mandíbulas. No quería que ningún tiburón se lo comiera mientras dormía.
Pero yo, haciendo gala de una increible sensatez infantil, no entendía cómo mi hermano podía tener miedo. El tiburón vivía en medio del océano, y allí, en la habitación, lo más parecido al mar que había era un orinal de plástico. En aquel momento, aún a tan corta edad, no comprendía que el miedo puede ser algo totalmente irracional.
Mi hermano y yo fuimos a ver Tiburón al cine de mi pueblo. Yo debía tener unos siete u ocho años, mi hermano, unos nueve o diez. La película nos impactó y pasamos mucho miedo.
Esa noche, cuando apagamos la luz y la oscuridad se hizo en nuestra habitación, mi hermano no podía conciliar el sueño. Tenía miedo, le venían a la cabeza imágenes de aquellas terribles mandíbulas. No quería que ningún tiburón se lo comiera mientras dormía.
Pero yo, haciendo gala de una increible sensatez infantil, no entendía cómo mi hermano podía tener miedo. El tiburón vivía en medio del océano, y allí, en la habitación, lo más parecido al mar que había era un orinal de plástico. En aquel momento, aún a tan corta edad, no comprendía que el miedo puede ser algo totalmente irracional.
Y Marta sin venir.
Cuando tenía siete años, nació otro hermano mío. En aquella época, al menos en los pueblos, no se sabía el sexo del feto hasta que nacía. Para intentar averiguarlo se aplicaban métodos "mágicos", como mover un péndulo sobre la tripa o dar vueltas a unas tijeras, si se quedaban cerradas sería niño, y si se abrían sería niña (o al revés).
Mi madre deseaba una niña, que se iba a llamar Marta. De hecho, yo también me iba a llamar Marta.
Tanto mi hermano mayor como yo habíamos nacido en el pueblo, pero para este parto, mis padres fueron a Sevilla. Cuando volvieron, mi madre venía hecha un mar de lágrimas. Yo no sabía nada de depresiones post-parto, pero comprendí la decepción de mi madre al tener otro hijo varón. Me puse muy triste al verla llorar así.
Dos años después, volvimos a tener un hermanito, sí, "hermanito", con "o". Recuerdo que cuando mi madre se fue a Sevilla yo me puse a rezar para que fuera una niña. En aquella época acababa de hacer la comunión hacía un año y era muy religioso, cosas de niños.
Pero nada, mis rezos llegaron demasiado tarde. A esas alturas ya nada se podía hacer, así que Marta tampoco vino esta vez, ni nunca más, porque mis padres pararon ahí la fábrica, con cuatro hijos varones.
Mi madre deseaba una niña, que se iba a llamar Marta. De hecho, yo también me iba a llamar Marta.
Tanto mi hermano mayor como yo habíamos nacido en el pueblo, pero para este parto, mis padres fueron a Sevilla. Cuando volvieron, mi madre venía hecha un mar de lágrimas. Yo no sabía nada de depresiones post-parto, pero comprendí la decepción de mi madre al tener otro hijo varón. Me puse muy triste al verla llorar así.
Dos años después, volvimos a tener un hermanito, sí, "hermanito", con "o". Recuerdo que cuando mi madre se fue a Sevilla yo me puse a rezar para que fuera una niña. En aquella época acababa de hacer la comunión hacía un año y era muy religioso, cosas de niños.
Pero nada, mis rezos llegaron demasiado tarde. A esas alturas ya nada se podía hacer, así que Marta tampoco vino esta vez, ni nunca más, porque mis padres pararon ahí la fábrica, con cuatro hijos varones.
La Reina y yo
Correría el año 77. Mi hermano tendría un año y mi otro hermano aún no había nacido. Y ese año, los Reyes de España hicieron una gira por los pueblos de su país.
Mi madre tenía que quedarse a cuidar del pequeño, de manera que ahí íbamos los tres hombres - mi padre, mi hermano y yo - con nuestras mejores ropas camino de la Plaza del Ayuntamiento. La plaza estaba repleta de gente. Los balcones del ayuntamiento habían colgado sus mejores estandartes. Y algo que me llamó mucho la atención fue que habían pintando los troncos de los naranjos con cal o algún tipo de pintura blanca.
Mi padre nos metió en medio del bullicio, y al momento, allí estaban: los Reyes de España. Como éramos muy pequeños, mi padre nos iba turnando sobre sus hombros a mi hermano y a mí para que viéramos bien.
Era muy niño, pero aquello me encantó. Sentí que mi pueblo era importante porque alguien que salía en la tele había venido y nos había saludado a todos. Por primera vez experimenté la sensación de pertenecer a una masa.
Eso sí, lo único que recuerdo del discurso es que el Rey dijo en más de una ocasión su famosa coletilla: "La Reina y yo..."

La Plaza del Ayuntamiento
Mi madre tenía que quedarse a cuidar del pequeño, de manera que ahí íbamos los tres hombres - mi padre, mi hermano y yo - con nuestras mejores ropas camino de la Plaza del Ayuntamiento. La plaza estaba repleta de gente. Los balcones del ayuntamiento habían colgado sus mejores estandartes. Y algo que me llamó mucho la atención fue que habían pintando los troncos de los naranjos con cal o algún tipo de pintura blanca.
Mi padre nos metió en medio del bullicio, y al momento, allí estaban: los Reyes de España. Como éramos muy pequeños, mi padre nos iba turnando sobre sus hombros a mi hermano y a mí para que viéramos bien.
Era muy niño, pero aquello me encantó. Sentí que mi pueblo era importante porque alguien que salía en la tele había venido y nos había saludado a todos. Por primera vez experimenté la sensación de pertenecer a una masa.
Eso sí, lo único que recuerdo del discurso es que el Rey dijo en más de una ocasión su famosa coletilla: "La Reina y yo..."

La Plaza del Ayuntamiento
Los otros Reyes
No sé a qué edad dejé de creer en los Reyes Magos.
Al principio, cuando creía, dejaba en el balconcito del soberao un par de zapatos con paja y una copita de aguardiente. Por la mañana, no había paja, que se habían comido los camellos, ni copita, que se había bebido alguno de los Reyes Magos. En su lugar, me encontraba con un juguete.
Pero hubo un año en que yo ya no creía pero mis padres creían que yo creía.
Esas navidades, mi primo y yo (aunque tal vez no fuera mi primo y fuera mi hermano, no recuerdo bien) empezamos a buscar mi regalo. Sabíamos que tenía que estar escondido en algún sitio, puesto que no iba a traerlo nadie en ningún camello.
Tras una concienzuda búsqueda, lo encontramos escondido en uno de los desvencijados muebles del soberao (en verdad se llama sobrado, pero ya se sabe, la pronunciación de los pueblos...). Era un tren eléctrico. Rápidamente abrimos la caja y montamos las vías, que no eran más que un circuito circular. Encajamos el tren a pilas sobre las vías y lo pusimos en marcha. Tras un rato jugando, fui a coger uno de los vagones y, ¡oh, maldición!, rompí el enganche que lo sujetaba a la locomotora.
¿Qué hacer? No podíamos contar nada, puesto que se suponía que todavía creíamos en los Reyes Magos. Y como tampoco sabíamos arreglarlo, optamos por volverlo a guardar en su caja y meterlo en el lugar donde estaba escondido.
Así llegó el día de los Reyes Magos. Me levanté, fui a buscar mi regalo y fingí sorpresa ante aquel tren eléctrico. Lo abrí e intenté montarlo.
- Papá, está roto.
Ningún problema. En aquellos tiempos las cosas no se descambiaban a las primeras de cambio. Mi padre cogió un alambre e hizo un nuevo enganche, y el tren volvió a funcionar.
Y esa era la historia del juguete roto antes de que me lo regalaran.
Al principio, cuando creía, dejaba en el balconcito del soberao un par de zapatos con paja y una copita de aguardiente. Por la mañana, no había paja, que se habían comido los camellos, ni copita, que se había bebido alguno de los Reyes Magos. En su lugar, me encontraba con un juguete.
Pero hubo un año en que yo ya no creía pero mis padres creían que yo creía.
Esas navidades, mi primo y yo (aunque tal vez no fuera mi primo y fuera mi hermano, no recuerdo bien) empezamos a buscar mi regalo. Sabíamos que tenía que estar escondido en algún sitio, puesto que no iba a traerlo nadie en ningún camello.
Tras una concienzuda búsqueda, lo encontramos escondido en uno de los desvencijados muebles del soberao (en verdad se llama sobrado, pero ya se sabe, la pronunciación de los pueblos...). Era un tren eléctrico. Rápidamente abrimos la caja y montamos las vías, que no eran más que un circuito circular. Encajamos el tren a pilas sobre las vías y lo pusimos en marcha. Tras un rato jugando, fui a coger uno de los vagones y, ¡oh, maldición!, rompí el enganche que lo sujetaba a la locomotora.
¿Qué hacer? No podíamos contar nada, puesto que se suponía que todavía creíamos en los Reyes Magos. Y como tampoco sabíamos arreglarlo, optamos por volverlo a guardar en su caja y meterlo en el lugar donde estaba escondido.
Así llegó el día de los Reyes Magos. Me levanté, fui a buscar mi regalo y fingí sorpresa ante aquel tren eléctrico. Lo abrí e intenté montarlo.
- Papá, está roto.
Ningún problema. En aquellos tiempos las cosas no se descambiaban a las primeras de cambio. Mi padre cogió un alambre e hizo un nuevo enganche, y el tren volvió a funcionar.
Y esa era la historia del juguete roto antes de que me lo regalaran.
Juegos de guerra
En mi calle ya existía el territorialismo. Los niños de una parte de la calle solíamos enfrentarnos en nuestros juegos a los de la otra parte. Se cumplía la vieja costumbre de vecinos enfrentados.
Un día nos enfrascamos en una especie de juego de guerra, con escaramuzas, conquistas, peleas...
Yo era de los más pequeños de la calle, así que me convertí en presa fácil para nuestros enemigos. No sé cómo, varios de ellos me apresaron, me metieron en un zaguán y cerraron con llave por fuera. Me quedé encerrado en un espacio de poco más de un par de metros cuadrados, sin poder entrar a la casa ni salir a la calle. Era el rehén de las fuerzas invasoras.
Lo terrible de aquello fue que yo no lo viví como un juego, sino que realmente me sentí secuestrado. Quería salir, aporreaba la puerta, pero nadie me abría. Desde dentro, oía cómo luchaban para conseguir mi liberación, pero la cosa no era sencilla.
Pasé mucha angustia. No sabía cuál iba a ser mi destino. Empecé a agobiarme y me dio un ataque de claustrofobia, pero nadie me hacía caso. Tanto me agobié que comencé a llorar.
Finalmente, la puerta se abrió y mi hermano mayor entró a rescatarme. Yo me iba secando las lágrimas mientras él me acompañaba a casa.
La guerra había terminado con mi liberación, y yo me sentía orgulloso de mi hermano, que había acudido a salvarme de aquellos salvajes poniendo en riesgo su propia vida.
Un día nos enfrascamos en una especie de juego de guerra, con escaramuzas, conquistas, peleas...
Yo era de los más pequeños de la calle, así que me convertí en presa fácil para nuestros enemigos. No sé cómo, varios de ellos me apresaron, me metieron en un zaguán y cerraron con llave por fuera. Me quedé encerrado en un espacio de poco más de un par de metros cuadrados, sin poder entrar a la casa ni salir a la calle. Era el rehén de las fuerzas invasoras.
Lo terrible de aquello fue que yo no lo viví como un juego, sino que realmente me sentí secuestrado. Quería salir, aporreaba la puerta, pero nadie me abría. Desde dentro, oía cómo luchaban para conseguir mi liberación, pero la cosa no era sencilla.
Pasé mucha angustia. No sabía cuál iba a ser mi destino. Empecé a agobiarme y me dio un ataque de claustrofobia, pero nadie me hacía caso. Tanto me agobié que comencé a llorar.
Finalmente, la puerta se abrió y mi hermano mayor entró a rescatarme. Yo me iba secando las lágrimas mientras él me acompañaba a casa.
La guerra había terminado con mi liberación, y yo me sentía orgulloso de mi hermano, que había acudido a salvarme de aquellos salvajes poniendo en riesgo su propia vida.
Operación Triunfo
Ya he contado que quedé fascinado por el cine y la televisión desde muy pequeñito. No había serie que no viera ni película de la sesión de tarde a la que no fuera.
Pues bien, como siempre hay gente a la que le gusta jugar con las ilusiones de otra gente, un vecino mío, bastante mayor que yo, me jugó una mala pasada que para él seguramente no pasó de ser una broma sin importancia pero que a mí me afectó bastante.
Ahora que lo pienso este vecino era de la parte alta de la calle, claro, un enemigo... En fin.
Al grano. Como era de todos sabida mi afición a la tele en general y a las series en particular, este enemigo de la parte alta me dijo un día que sabía que iban a hacer una serie nueva, que buscaban a un niño de más o menos mi edad para uno de los protagonistas y que él conocía a alguien que trabajaba en esa serie. Ah, y que había dado mi nombre y me iban a avisar para una prueba.
No sé cuánto tiempo estuve esperando ese aviso. No teníamos teléfono, pero esperaba al cartero ansioso todos los días, cada vez que veía a mi vecino le preguntaba si sabía algo, por las noches mi último pensamiento era para esa serie, por las mañanas mi primer pensamiento era para esa prueba...
Pero nada ocurrió.
Al final, descubrí que todo se había tratado de una broma. Una broma sin importancia para él, una broma que provocó una tremenda desilusión, para mí.
Pues bien, como siempre hay gente a la que le gusta jugar con las ilusiones de otra gente, un vecino mío, bastante mayor que yo, me jugó una mala pasada que para él seguramente no pasó de ser una broma sin importancia pero que a mí me afectó bastante.
Ahora que lo pienso este vecino era de la parte alta de la calle, claro, un enemigo... En fin.
Al grano. Como era de todos sabida mi afición a la tele en general y a las series en particular, este enemigo de la parte alta me dijo un día que sabía que iban a hacer una serie nueva, que buscaban a un niño de más o menos mi edad para uno de los protagonistas y que él conocía a alguien que trabajaba en esa serie. Ah, y que había dado mi nombre y me iban a avisar para una prueba.
No sé cuánto tiempo estuve esperando ese aviso. No teníamos teléfono, pero esperaba al cartero ansioso todos los días, cada vez que veía a mi vecino le preguntaba si sabía algo, por las noches mi último pensamiento era para esa serie, por las mañanas mi primer pensamiento era para esa prueba...
Pero nada ocurrió.
Al final, descubrí que todo se había tratado de una broma. Una broma sin importancia para él, una broma que provocó una tremenda desilusión, para mí.
El héroe de la acequia
No recuerdo a qué edad ocurrió, pero imagino que yo tendría unos cinco o seis años y mi hermano unos siete u ocho.
Un día, mi padre, mi madre y nosotros dos fuimos a un campo que estaba muy cerca del pueblo a pasar un rato mientras mi padre hacía algo de su trabajo, vigilar las gomas de regar o algo así.
En un momento de despiste, mi hermano mayor desapareció. Al principio pensamos que estaría jugando por ahí, pero empezamos a llamarlo y no aparecía. Lo llamábamos y lo llamábamos y nada. Mi padre, entonces, comenzó a pensar en lo peor. Era época de riego y las acequias iban repletas de agua. A cada tramo de canal, había una especie de remanso, de pequeño pozo en el que el agua se embalsaba. ¿Qué era lo peor? Que se hubiera puesto a jugar en el agua y se hubiera caído a uno de esos pozos.
Ni corto ni perezoso, mi padre comenzó a meterse en cada uno de esos pozos a buscar a mi hermano. Yo miraba todo sin hacer nada, pero muy asustado.
Como en una comedia (ya se sabe, las comedias hacen humor de los momentos más trágicos), mi hermano apareció por detrás y se puso a mirar cómo mi padre lo buscaba a él.
Ahora no recuerdo si tras la inmensa alegría de que hubiera aparecido hubo bronca o no, pero todo quedó en un susto sin importancia.
Eso sí, mi padre no había sacado la cartera ni se había quitado el reloj. Lo tenía todo empapado. Y cuando yo veía sobre la mesita de noche el reloj anegado de agua de mi padre, pensaba que aquel era el reloj de un héroe.

Mi hermano, mis padres y yo en el campo, otro día cualquiera.
Un día, mi padre, mi madre y nosotros dos fuimos a un campo que estaba muy cerca del pueblo a pasar un rato mientras mi padre hacía algo de su trabajo, vigilar las gomas de regar o algo así.
En un momento de despiste, mi hermano mayor desapareció. Al principio pensamos que estaría jugando por ahí, pero empezamos a llamarlo y no aparecía. Lo llamábamos y lo llamábamos y nada. Mi padre, entonces, comenzó a pensar en lo peor. Era época de riego y las acequias iban repletas de agua. A cada tramo de canal, había una especie de remanso, de pequeño pozo en el que el agua se embalsaba. ¿Qué era lo peor? Que se hubiera puesto a jugar en el agua y se hubiera caído a uno de esos pozos.
Ni corto ni perezoso, mi padre comenzó a meterse en cada uno de esos pozos a buscar a mi hermano. Yo miraba todo sin hacer nada, pero muy asustado.
Como en una comedia (ya se sabe, las comedias hacen humor de los momentos más trágicos), mi hermano apareció por detrás y se puso a mirar cómo mi padre lo buscaba a él.
Ahora no recuerdo si tras la inmensa alegría de que hubiera aparecido hubo bronca o no, pero todo quedó en un susto sin importancia.
Eso sí, mi padre no había sacado la cartera ni se había quitado el reloj. Lo tenía todo empapado. Y cuando yo veía sobre la mesita de noche el reloj anegado de agua de mi padre, pensaba que aquel era el reloj de un héroe.

Mi hermano, mis padres y yo en el campo, otro día cualquiera.





