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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
¿Físico o artificial?
Estaba en octavo de E.G.B. El profesor daba su clase (de matemáticas, si mal no recuerdo) y todos prestábamos atención. De repente, en medio de ese silencio respetuoso, se escuchó un sonido muy reconocible, un sonido que casi siempre hace reír: un fuerte pedo.

Tras las risas y el murmullo, el profesor quiso saber quién había sido. Hubo un momento de tensión, pero cuando el profesor insistió poniendo su cara más seria, el culpable se puso en pie. Para justificarse extendió sus brazos, juntó sus manos, palma contra palma, dejando un hueco repleto de aire entre ambas palmas. Con mucha humildad dijo:

- Don Rafael, no ha sido físico, ha sido artificial.

Y apretando el aire atrapado en sus manos, lo dejó salir entre los dedos con gran maestría, repitiendo varias ventosidades "artificiales" que daban fe de lo que decía.

Tal vez si no hubiéramos comenzado a reírnos, el profesor no lo hubiera expulsado de clase.
 
Sin filtros
Creo que estaba en octavo de E.G.B. El profesor de lengua, un circunspecto salmantino, nos mandó escribir una redacción sobre no sé qué tema, o puede que mandara escribir un cuento. En cualquier caso, a mí me daba lo mismo, porque yo siempre escribía cuentos cuando mandaban redacciones.

En esta ocasión, teníamos que escribir algo y después leerlo en voz alta en clase.

No recuerdo el tema, pero recuerdo que escribí un cuento de realidad-terror en el que me puse de protagonista junto a un compañero de clase, usando nuestros nombres verdaderos. El argumento giraba en torno a dos amigos del colegio vendiendo papeletas de un sorteo para financiar el viaje de fin de curso. Los chavales iban llamando de casa en casa e intentando colar las papeletas a la gente del pueblo.

En una de las casas, les recibía una señora de muy buen ver, apenas vestida con un albornoz. Los chavales se emocionaban cuando las señora les hacía pasar. El cuento de repente se convertía en un relato pornográfico en el que la señora practicaba una felación a mi amigo, mientras yo miraba impaciente esperando mi turno. De repente, la señora me miraba con los ojos inyectados en sangre a la vez que le arrancaba el pene a mi amigo de un bocado. Ahí el cuento se convertía en un relato de terror en el que la señora (una especie de vampiresa) me perseguía por el pueblo, buscando saborear también de mi pene, en el sentido más estricto del término.

El caso es que terminé de leer el relato y levanté la vista. Mis compañeros de clase estaban encantados. El profesor me hizo algún comentario sobre alguna cuestión de estilo y poco más. En aquel momento no me di cuenta de la impresión que debió haber causado a aquel hombre que un chaval de trece años escribiera aquello con aquella crudeza.

A mí ni siquiera me parecía un buen relato, pero tenía ganas de provocar. Y una vez (hace no muchos años) me dijeron que no tengo filtros. Tal vez sea verdad.
 
Apuestas
Releyendo la vez en que me comí un trozo de carne cruda, he recordado un par de apuestas que hice con mi hermano mayor.

Una vez me dijo que no era capaz de comerme un huevo crudo. Yo le dije que sí y le reté a una apuesta. No recuerdo la cantidad de dinero (puede que veinte duros), pero era suficiente como para alentarme a aceptar. Así que ahí estaba yo, con un huevo en la mano rememorando esos momentos vistos en más de una película en que el duro hace un par de agujeros en el cascarón y se traga el interior. Primer agujero. Segundo agujero. Absorción y... todo para dentro. Aquello no me desagradó ni me dio asco, es más, me dejó un agradable sabor en la garganta. Y gané la apuesta.

Sin embargo, creo que perdí la siguiente. Esta vez se trataba de beber un vasito de vinagre sin hacer muecas. Me planté frente a un espejo, mi hermano junto a mí, y me tragué el vinagre. No recuerdo que ocurrió, y por eso mismo, supongo que perdí la apuesta.

Si hubiera ganado, no lo habría olvidado.
 
Más vale maña que fuerza
Las peleas entre hermanos son algo normal. Mis dos hermanos pequeños se peleaban con una virulencia extrema. No sé como no acabaron en el hospital más de una vez.

Mi hermano mayor y yo también nos peléabamos cuando éramos niños, pero creo que con mucha menos violencia. La mayoría de las veces era más un juego que una pelea real. De hecho, nuestro principal entretenimiento consistía en apresar al otro bajo el propio cuerpo y abofetearlo o inmovilizarlo hasta que dijera "Me rindo". Esa era la única regla de nuestro juego: el que dijera "me rindo" perdía. Mi hermano era mayor y casi siempre ganaba él.

Casi siempre.

Una vez me tenía totalmente inmovilizado, mi cuerpo en el suelo, él sentado sobre mí, mis dos brazos bajo sus piernas. No tenía escapatoria. Pero a mí se me ocurrió decir:

- Me rinduá, ¿cómo se dice en español?

A lo que él respondió:

- Me rindo.

Aprisionado y sin escapatoria, había ganado la batalla.
 
Nuevos sabores
Ya hablé en su día de la primera vez que probé el jamón. Eran otros tiempos y uno iba descubriendo ciertos sabores según se tenía acceso a ellos.

Ocurrió como con la hamburguesa. Hoy en día es un producto muy mayoritario, no hay niño que no haya entrado alguna vez en un McDonalds, Burguer, o la hamburguesería del pueblo. Pero en aquellos tiempos, la hamburguesa (como tal, con su pan con sésamo, su lechuga, su ketchup...) sólo era algo que veíamos en las películas americanas. Lo mas parecido que comíamos era el filete ruso (y bien rico que está).

Recuerdo que probé mi primera hamburguesa en la feria de mi pueblo (otra vez la feria, ya sabía yo que me iba a marcar mi nacimiento). En uno de esos puestos ambulantes, esa especie de camionetas con un lateral abierto, anunciaban este plato. No sé que edad tenía yo, pero supongo que unos once o doce años. Tampoco recuerdo con quién iba, creo que con mi hermano mayor y alguien más. El caso es que nos lanzamos y pedimos nuestras hamburguesas. A mí aquello me pareció rico, pero incomodísimo de comer. El ketchup chorreaba por los lados, el pan se deslizaba y dejaba al aire la lechuga, había que abrir demasiado la boca para morder aquello. Pensé que ese producto no iba a tener mucho futuro en nuestro país, que era sólo cosa de las películas.

Creo que me equivoqué.

 
Artes marciales
El cine. No puedo olvidar que durante toda mi vida me ha encantado el cine. Ya conté que los domingos iba a la sesión de tarde siempre, sin mirar siquiera la cartelera.

Uno de mis géneros favoritos en mi infancia eran las películas de kárate. Bruce Lee era un auténtico ídolo para mí y para la mayoría de los niños. Nos tragábamos sus películas con la boca abierta y una fascinación en la mirada que se traducía en patadas al aire, juegos de brazos y gritos en cuanto salíamos a la calle. Un amigo mío incluso se fabricó unos "luchacos" caseros con dos trozos de madera y una cadena.

Aún recuerdo un descubrimiento en este género: las películas de Jackie Chan, aunque aún no sabía que era Jackie Chan. Lo bueno de estas películas eran que mezclaban humor con la acción. Títulos míticos, que no quiero volver a ver para no defraudarme son El mono borracho en el ojo del tigre y La serpiente a la sombra del águila.

Mi hermano y yo tuvimos grandes peleas tras salir del cine de verlas. Qué tiempos aquellos.
 
Sensación de ridículo
En octavo de E.G.B se hacía el típico viaje de fin de curso. Para recaudar fondos no sólo recurrimos a la venta de papeletas o el pago de una cuota mensual, también organizamos una fiesta en una discoteca.

Yo tendría unos trece años y fue la primera vez que iba "a bailar". La fiesta se celebró en la discoteca "El Palacete". Al entrar, lo primero que llamó mi atención fue la bola de espejos en el techo. Me sentía como dentro de Fiebre del sábado noche, al fin y al cabo esa era mi principal referencia sobre el mundo discotequero.

No recuerdo si nos servían alcohol, aunque supongo que sí. Era el año ochenta y dos u ochenta y tres, y supongo que la venta de alcohol a menores aún no estaba mal vista del todo.

Al principio mantenía la típica pose del "machito de discoteca", o sea, apoyado en la barra, con una copa en la mano, charlando con los colegas y mirando a las chicas. Pero pronto alguna compañera de clase me agarró del brazo y tiró de mí hacia la pista. Me vi obligado a bailar.

Sinceramente, sentí mucha vergüenza, mucha. Me sentía muy ridículo moviendo torpemente el cuerpo al ritmo de aquella música, que además no me gustaba. Pero aguanté el tipo y bailé.

Recuerdo a mis amigos fumando, y a todos (yo incluido) con una copa en la mano. Teniamos trece años y queríamos imitar a los adultos. Al fin y al cabo, es lo que se sigue haciendo hoy en día.

Y así fue mi entrada al mundo de la noche.
 
De averías, campanadas y soluciones

No sé que Navidad fue aquella en que decidimos que ni íbamos a comer las uvas en casa ni en ninguna fiesta, sino que íbamos a hacer lo que hacía la gente de Madrid: acudiríamos a la Plaza del Ayuntamiento para comernos las doce uvas al compás del reloj de la torre.

No recuerdo si el reloj estaba ya averiado o si se averió aquella noche. Lo cierto es que cuando llegamos allí, las agujas marcaban una hora absurda, que nada tenía que ver con la proximidad del año nuevo. Ni corto ni perezoso, alguien se asomó al balcón de la casa situada a la derecha del Ayuntamiento, con una cacerola y un cazo en la mano. Mirando hacia el interior de su salón seguía atentamente la retransmisión por Televisión Española. Probablemente aún la veía en blanco y negro.

Cuando empezaron las campanadas, él fue repitiéndolas dando golpes del cazo contra la cacerola. Puede que las "campanadas" correpondieran con las de la Puerta del Sol o puede que no, pero nos comimos las doce uvas, nos besamos todos, y aún hoy mantengo aquel recuerdo.
 
Iniciación a la juventud
Mi intención era terminar estas memorias con el fin de mi infancia, y aunque tal vez se me haya colado algún suceso posterior, yo marcaría este momento con un hecho concreto: la entrada en el Instituto de Educación Secundaria.

A principios de los ochenta, en mi pueblo, lo normal era que el día que empezaban las clases en el instituto se hicieran multitud de novatadas a los que iniciaban ese año sus estudios. Era un día en que te podías asomar a la calle y ver corretear a los novatos perseguidos por los veteranos, intentando cogerlos con no se sabe qué pérfidos propósitos.

Y aquel año me tocaba a mí y averigué cuáles eran esos propósitos.

Yo acudí al instituto con más nervios que si fuera a una oposición. Mi hermano mayor ya estaba en segundo de B.U.P., con lo que muchos de sus amigos ya me conocían. Sabía que podía resultar una pieza apetecible.

Acudí al Instituto e intenté pasar desapercibido. De hecho, conseguí pasar el patio y llegar al primer pasillo sin ningún problema. Cuando creía que estaba a salvo alguien gritó: "¡¡El hermano de fulanito de tal!!" y una multitud de veteranos comenzó a perseguirme por el recinto.

No conseguí alcanzar la calle. Sobre mí empezaron a caer huevos que habían podrido inyectando vinagre y dejándolos macerar enterrados en macetas. Y no sólo eso caían todo tipo de mejunjes. Entre ellos, algo que me dejó un terrible olor en la pulsera metálica del reloj y nunca pude quitar: sudor de caballo. Tanto fue así que acabé tirando aquel reloj.

Para remate, abrieron la trampilla de una boca de agua y me metieron allí. No me mantuvieron más de dos o tres minutos encerrado, pero era un lugar extremadamente pequeño y húmedo.

No sé si aquello fueron novatadas o un ensañamiento. Tampoco me lo tomé demasiado mal, pero al año siguiente yo no quise participar en aquella tradición.
 
Punto y aparte
Hace tiempo que no escribo aquí. Con este comentario doy por cerrado el periodo de mi infancia, lo que no quiere decir que dé por cerradas mis memorias. Tal vez un día no demasiado lejano (o sí, quién sabe) vuelva por aquí para seguir con la siguiente etapa: la adolescencia.

Aún no me siento con la suficiente distancia como para relatar ciertas cosas, pero hay muchas otras que sí se pueden contar, no prometo nada, pero como dijo aquel, volveré, no es una promesa rota es ya, la historia de un compromiso (o algo así).