Parábola del Juego Imposible
Hubo una vez una niña que tenía una preciosa vara de oro…un liviano listón que todos admiraban y querían tocar. La niña ideó un juego , ante el interés que todos demostraban por aquella vara. “Quien alcance a tocarla - les dijo - tendrá todo cuanto poseo y acariciará el cielo a mi lado”. Puso entonces la vara en el suelo y dejó que se acercara el primero; cuando éste casi alcanzó el metal la niña pensó que dicho juego era demasiado sencillo, y que todas las maravillas que ofrecía valían mucho más. Inmediatamente alzó la vara de forma que aquel muchacho no llegó a tocarla. El joven enojado retiró su mano y clamó que no era justo…que él había casi llegado a tocar aquel listón; la niña le dijo que no era cierto…que sus ojos le habían engañado porque la posición de la vara era mas alta.
Sin posibilidad de hacer otra cosa, y con el deseo de conseguir las ofrendas de la preciosa niña, el muchacho accedió a probar de nuevo pero, como ya ocurriera antes, la niña volvió a subir la vara justo cuando casi la rozaron los dedos del esperanzado pretendiente. – “Lo has vuelto a hacer – gritó el joven desesperado. – Has vuelto a subir la vara”. “No”- dijo ella de nuevo – tus sentidos te vuelven a engañar y alcanzar todo lo que ofrezco no es tan fácil como a simple vista te parece”.
El juego siguió repitiéndose una y otra vez, y cada vez la vara aparecía mas alta e inalcanzable. En un último esfuerzo desesperado, aquél joven consiguió casi rozar su preciosa forma dorada estirando sus músculos hasta casi romperlos. La niña de nuevo. En lo que parecía casi imposible, logró levantar un poco más aquel listón y romper de esa manera las esperanzas del muchacho que cayó exhausto y derrotado al suelo.
Irremediablemente, la vara estaba a tal altura que no encontró apoyo alguno y desde ella cayó sobre la niña con tal fuerza y velocidad, que rompió sus brazos sin remedio. Intentó en vano volverla a coger, pero sus manos no respondían ya y el dolor le impidió repetir aquel juego nunca más.
Sin posibilidad de hacer otra cosa, y con el deseo de conseguir las ofrendas de la preciosa niña, el muchacho accedió a probar de nuevo pero, como ya ocurriera antes, la niña volvió a subir la vara justo cuando casi la rozaron los dedos del esperanzado pretendiente. – “Lo has vuelto a hacer – gritó el joven desesperado. – Has vuelto a subir la vara”. “No”- dijo ella de nuevo – tus sentidos te vuelven a engañar y alcanzar todo lo que ofrezco no es tan fácil como a simple vista te parece”.
El juego siguió repitiéndose una y otra vez, y cada vez la vara aparecía mas alta e inalcanzable. En un último esfuerzo desesperado, aquél joven consiguió casi rozar su preciosa forma dorada estirando sus músculos hasta casi romperlos. La niña de nuevo. En lo que parecía casi imposible, logró levantar un poco más aquel listón y romper de esa manera las esperanzas del muchacho que cayó exhausto y derrotado al suelo.
Irremediablemente, la vara estaba a tal altura que no encontró apoyo alguno y desde ella cayó sobre la niña con tal fuerza y velocidad, que rompió sus brazos sin remedio. Intentó en vano volverla a coger, pero sus manos no respondían ya y el dolor le impidió repetir aquel juego nunca más.