Realidades ficcionales

Ella es pequeña y tiene miedo. Hoy no quiere salir a la calle porque cuando lo hace imagina que todo el mundo le mira y en ese instante piensa cómo se vería ella con sus ojos. Con los de la gente y con los propios. Y eso le entristece. Tampoco le apetece verse con sus conocidos, quedar con sus amigos, e incluso con su amor. Tampoco se vería consigo misma, si eso fuera posible. Siente que cada día es más difícil de soportar con esa carga que lleva encima de los hombros un tanto caídos. Algo tremendamente curioso es que ella conoce el modo de terminar con lo que le angustia, sabe la fórmula. Pero sus instintos son más fuertes que ello, o almenos eso demuestra con sus actos. Ha escondido todos los espejos de su casa, las fotos, pues cada vez que cumplen su función, ella muere un poquito. Un aliento menos cada día.
Sabe que, aunque de modo drástico, talvez necesitaría huir del mundo, de la vida, para volver luego con más energía. Para volver cuando se haya instalado la calma. Nadie lo sabe, pues su miedo es tan grande, que paradojalmente se filtra por su risa, por sus nervios y por sus palabras, capaces todas ellas de transmitir aquello de lo que realmente carece.
Le da vergüenza su parte más material, hay veces que desearía volver atrás, al lugar donde sólo habitan las almas y poco más importa. Pero no está loca. Ni es una pedante con tendencias al misticismo. Tan solo un ser humano a quién las lágrimas se están retrasando en su visita.
... que dicen que es gratis! (I)

Quiero volver a ser niña. O semi niña. Y estar convencida de que todo lo que digo y pienso es cierto. También lo que siento, que nadie dijo que fuera poco. Atreverme a preguntar cualquier cosa esperando una respuesta que me mantenga calladita por un rato. Hasta que vuelva a pensar. No ser consciente del todo. De hecho, no ser consciente de nada. Que dejen de existir los grises: que todo se vuelva blanco o negro, con menos pliegues y giros psicodélicos. Me apetecería serlo para poder chillar-patalear-y-lloriquear tirada en el suelo para conseguir mi piruleta particular sin tener que recurrir a métodos más complejos. También para estar lanzándome de palillo mientras mi mente bucea contando los días que faltan para que llegue la Navidad. E ilusionarme con cada chocolatina del calendario de Adviento y tener la suficiente paciencia como para dejar que se me deshaga en la boca. Sin masticarla. Mirar hacia arriba y tirar de los pantalones de un adulto para decir que tengo sed, pis o todo a la vez. Y pensar en los padres como esos seres supremos que todo lo saben, que todo hacen bien, que están más cerca de Dios que de Adán y que raramente decepcionan. No volver jamás a engañar a la Verdad y hacerle una trabanqueta a la Mentira, aunque sólo sea por una vez. Desearía volver a medir menos de un metro para recordar cómo se veía todo desde ahí abajo, refrescar en mi memoria la perspectiva que se tenía del mundo a ras de suelo. Incluso volver a lo que odié - dicho ahora desde un prisma nostálgico - y verme en una pizarra escribiendo números diabólicos. Para restar ecuaciones y no sumar tantas velas, que resulta que en las tartas, cada vez aparece una más.
Disertaciones metafísicas de andar por casa

Nace cuando uno menos se lo espera y no ve la luz algunas de las veces que se anticipaba invitado. No siempre es fácil matarle, pues suele ser más poderoso que la imaginación misma. Alguien dijo un día que a las personas inteligentes jamás acude, pues es audaz y sabe que en ellas tiene el Averno asegurado. Aunque yo no acabo de estar segura de eso. Quién más, quién menos, todo el mundo ha sentido alguna vez esta sensación, no siempre negativa, pero mayoritariamente denigrante para el hombre si hace un uso abusivo de ella y en el que se ve sumido, de repente, en ese nihilismo del contemplar. De todas formas, hay para quien puede resultar satisfactoria, pues poseerla suele significar tener tiempo para ella, para regocijarse en sus redes. Al notar ese sentir, cree uno estar arrojando pequeñas partículas de su tiempo a la inmensidad del universo, del mismo modo suelen hacerse rebotar seguidamente piedras de la playa sobre el agua del mar. Pues por él se llega incluso a hacer cosas increíbles, cosas jamás pensadas; ya sea por su estupidez, por su inutilidad o por el escaso pragmatismo que se desprende de sus últimas consecuencias. Tenerlo es sinónimo de dejadez, de una extraña cadencia, hastío y pesadez. Mi curiosa manía de ponerle color a todo, me revela que si los sustantivos se pudieran teñir, este llevaría una capa de color beige grisáceo con unos toques finales en blanco marfil – para más INRI -.
Tal vez neciamente, se asimila al ser, al individuo como unicidad y lejos de una pluralidad, pero ¿cuándo no se ha visto flotar a nuestro anfitrión entre las palabras cansadas de una pareja gastada o entre una multitud insustancial y tal vez decadente? Lo más curioso es que éste es de naturaleza camaleónica, la cual le permite llevar un disfraz de conversación, de libro, de lugar o de cualquier otra cosa que se le antoje, pues es caprichoso como él solo. No obstante, algunos aseguran que su velo preferido suele ser el de la Nada, ese que llena de vacío el tan temido día a día, el horror vacui que tanto atemoriza a los hombres, y a quiénes produce un pavor desmesurado la ausencia de algo que, paradojalmente, les define y en algo que encuentran al reconocerse en los sonidos del mismo silencio. Y es que la verdad sea dicha, que el tedio no siempre es el mejor consejero para el que no desea observarse desde el otro lado del espejo.





