Un mes llamado agosto

Abro los ojos. Los abro y casi a la vez maldigo la luz que penetra en ellos desde la ventana de esta habitación. Nunca me acuerdo de arreglar la rendija de esa vieja persiana de madera carcomida; tan solo cuando me despierta por las mañanas y entonces resulta ser ya demasiado tarde... o demasiado pronto, según se mire. Con el sudor en la frente, delator de mis pueriles pesadillas que todavía hoy me visitan, algo me advierte que te he echado de menos esta noche.
No hago más que imaginarte sobre tu cama, con la espalda encogida y mordiendo la suave almohada para sofocar la desesperación que se esconde en tu llanto. Odiando esta distancia que en unos días llenará las horas de soledad y angustia, me digo que "quién fuera sábana" para envolverte todas las madrugadas, para enredarse en tus piernas. Si es que hay algo en mi cuerpo (y en mi alma) que me recuerda que llega agosto. Y sé también que me levantaré llorando y sin aire en los pulmones contando los días y llenando de cruces rojas el calendario. Recordando cada agosto alentado con suspiros de resignación.
Aunque, sin embargo, prefiero imaginarte durmiendo, a la lejanía del mundo. Sin nada que te perturbe, nada que te moleste, nada que, al fin y al cabo, te despierte de este largo sueño.
Palabras que se llevará el viento

Hoy comprendí cómo debiera sentirse Sísifo después de que los dioses le condenaran al eterno castigo. Cuesta. A mí no me ha castigado ningún dios - sólo creo en los del Olimpo y ahora parece que esos ya no se llevan -. Ni tampoco ningún mortal. Yo soy mi propio dios y llevo en mí mi pequeño y particular castigo. Dicen que cada uno se labra el futuro que se merece. Tal vez sea así. No soy infeliz ni tengo motivos para serlo. De hecho, hace pocos minutos alguien acaba de añadir algunos puntos a mi amor propio, al cual no le quedaba mucho para igualarse al de Kafka. Pero eso sucede tan a menudo como tantas veces las estrellas fugaces hacen una visita a la Tierra. Si es que al final, por mucho que nos intentemos convencer, estamos solos en este pedazo de cosmos. No hay nadie. Tan solo el tímido reflejo de luces, sombras y vacío que, únicamente a veces, poblan nuestras soledades de anhelos y esperanzas.
Crónica de una noche que podría ser cualquiera

Desde que entramos. Desde que entramos en aquel restaurante y nos sentamos en la mesa iluminada por dos velas azules, que no dejó de mirarme. Ni un solo instante. Nos trajeron las cartas, elegimos, y seguía observándome. Hablaba con la mirada y yo no era capaz de aguantársela más que algunos pocos segundos. Bébía a pequeños sorbos de la segunda copa de vino blanco que el camarero le acababa de servir después de comprobar desde una esquina de la sala, que ya se había terminado la primera. Cortaba con suavidad cada trozo de carne y se lo introducía en la boca. Lo masticaba muy lentamente y bajaba los ojos cuando la comida descendía paulatinamente por su interior. ¿Cómo podía realizar un acto tan poco... ¿sublime? algo tan... primitivo como es el comer, de un modo tan elegante y delicado?
Se quitaba los zapatos y los balanceaba por debajo la mesa con un ritmo cronometrado que me desconcertaba más y más cada segundo que pasaba. Sus pies parecían moverse al son de la música. Me pareció oir, incluso, a lo lejos, la inconfundible melodía de un antiguo tango y la imaginé bailando bajo un foco de luz. Ella sola. Y me seguía mirando. De esa forma.
Me había estado seduciendo toda la noche. Desde que entramos en ese restaurante. Del mismo modo que lo había estado haciendo desde el primer día en qué vi sus ojos y me pregunté por qué no me habían enseñado en el colegio que la eternidad también es un color.
A veces sucede que...

A veces sucede que un día, sin ningún indicio que hiciera levantar sospecha alguna, una ve el mundo, su mundo, con otros ojos. No el Mundo de las guerras preventivas, el de la injustícia, el de la promesa incumplida del 0'7 o el de lo que llaman globalización. Ese Mundo que una no debería sentir ajeno pero que sin embargo no siente tan próximo como un alma mínimamente sensible debería sentir. No es ese, no. Se trata sencillamente del mundo que rodea a una, ese que le ve amanecer cada mañana y dormirse cada atardecer.
A veces sucede que una se preocupa ante el vértigo que siente ante los compromisos, el terror ante esas obligaciones que sin darse cuenta han ido "okupando" más y más celdas de su vida. Cada día la eterna pregunta del porqué del "quedar bien", del que todo funciona, de las convenciones que la innatural sociedad ha ido haciéndonos creer poco a poco, de la omnipresencia del verbo "deber" en el 90% de las frases que una pronuncia, del virus del pánico y de la creciente insatisfacción devoradora de almas.
Se está a salvo de lo primigenio, de los instintos más humanos. Nos han robado las ganas de meternos en el agua con zapatos y nos sentimos culpables cada vez que comemos un dulce antes o después de cenar. Ya no nos atrevemos a pensar por miedo a descubrir, a encontrar o a inventar nuevos horizontes. Tememos a la siempre anhelada felicidad: si no va a permanecer largo tiempo con nosotros, ¿por qué llamarle?
Nunca es fácil para un murciélago habitar en un mundo de luces.





