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Paraísos desiertos
Una pequeña aproximación a mi microcosmos
Sindicación
 
Pequeños contratiempos cotidianos
Ten cuidado no nos vean entrar. Me da igual que lo tengas todo controlado, pero desde aquí talvez nos puede oir alguien. Y vigila al abrir, que la cerradura no va fina y la llave cuesta de meter. Por fin! menuda odisea tenemos que pasar siempre que queremos un poco de intimidad! Ya sé que almenos este fin de semana la casa está vacía, pero mi paciencia también tiene un límite ¿sabes? Me estoy hartando ya de sentirme como una delincuente cada vez que necesito hacer el amor contigo...Casi que mejor cierres dos vueltas con llave,¿no? que nunca se sabe si... Oye, fíjate bien cómo estaban colocados los cojines y la manta,¿eh? que luego, con las prisas y el miedo se nos acaba olvidando. No hombre no, tampoco hace falta que le saques una foto con el móvil...
Anda, acércate tontito, que estás muy lejos...y haz el favor de apagar ese teléfono que luego ya sabes lo que pasa...
 
Descripción y otros instantes



Tranquilidad, sosiego, ataraxia y equilibrio, primero. Profundidad, misterio, inteligencia y la corroboración de lo primero, después. Del mismo modo que hay quién con el movimiento de sus manos o la celeridad de sus gestos revela su temperamento, a ella son sus ojos y su voz quiénes delatan y desvisten soñolientamente las paredes de su alma. Sólo las paredes; su interior es mucho más complejo de intuir e, intacto y casi hermético, permanece cerrado, lejos de querer ser mostrado y expuesto al mundo y al cinismo de sus desengaños.

No es necesario fijarse ni prestar especial atención para percatarse de la extravagancia de esos ojos. De un azul más sereno que el del cielo y un verde menos esmeralda que el de algunas aguas, dependiendo de la intensidad de la luz que los alimenten, un tono ámbar se entremezcla formando minúsculos, casi imperceptibles, destellos dorados.

Ella, que no ignora en absoluto ese poder indefinible de su mirada, en ocasiones intenta eludir con sutil elegancia los a veces pesados alardeos lanzados por algunos desconocidos en un bar o las miradas incautas y descaradas de hombres (incluso también de mujeres) a quiénes no importaría pasar una noche a su lado. Entonces, de forma espontánea, en la comisura de sus labios – ni demasiado finos ni demasiado gruesos – puede leérsele media sonrisa, resultado de un pequeño aumento de autoestima que nunca está de más – y que siempre se agradece – en los tiempos que hoy en día corren.

Y de esos labios es desde dónde nace su voz. Lo cierto es que si se compara con sus ojos no tiene nada de extraordinario, pero la justa lentitud de las palabras y la extrema calidez de su entonación revisten de sensualidad ese rostro angelical que seduce irremisiblemente a todo aquel que osa observar – y más adelante, talvez conocer – a la mujer de los ojos color eternidad. Únicamente puede equipararse al canto de esas Sirenas al que Ulises tan cerca estuvo de sucumbir, pues una vez se oye a media voz el sonido de sus palabras, es difícil no desear volver a escucharlas, como el niño pequeño que jamás se cansa de ver una película una vez tras otra aun y sabiendo cómo acaba y manteniendo siempre la esperanza de que quizá la próxima vez el filme no encuentre final.
 
En busca de los Paraísos Desiertos

Un viejo y estrecho autobús rojo, uno de los últimos reductos de lo que un día fue el régimen soviético. Una pareja joven, de pie, ocupando la parte central, cerca de la ventanilla medio abierta por la que salía el hedor del perro que acompañaba al hombre de la camiseta del Che. Una anciana con un pañuelo gris que dejaba intuir algunas canas, producto de tantos años de represión y miseria. Y yo y mis nueve años.

Tres niños de mi edad se subieron al vehículo en la siguiente parada. Uno de ellos, castaño de ojos azules, llevaba unas enormes gafas en relación a la proporción de sus facciones y sus vaqueros parecían haber visto ya crecer a más de una generación. Volví mi mirada hacia sus gafas. Recuerdo que estaba contenta porqué para el viaje, mis padres me habían regalado unas de colores, ya se sabe, para salir más mona en esas fotos que cuando "seamos mayores" nos va a hacer tanta ilusión poder ver.

El chaval llevaba los cristales sujetos con cinta adhesiva a la montura, para ver si le duraban una temporada (o dos) más antes de hacer el sobrehumano esfuerzo de poderle comprar otras. Miré de reojo a mis padres, me sonrojé, bajé los ojos al insalubre suelo del pequeño autobús y, mientras observaba el reloj que me habían regalado por mi último cumpleaños, un nudo se había instalado en lo más hondo de mi garganta. Ese día Tallinn (*) vio hacerme un poquito más mayor.

(*) Tallinn: capital de Estonia, antigua república soviética de la URSS.