Blogs.ya.com Quitar publicidad
Navegando a la Deriva...
Y el barco de papel, aunque mojado, ponía todo su empeño en continuar flotando
Acerca de
Que el barco se hunde!!!!!!!!!!!!!!!!!! Noooo, que no se hunde, que esto sigue adelante, aunque sea dando tumbos. Y si se hunde... pues habrá que aprender a sobrevivir ahí abajo también ¿no?


Contador Gratis

paperblog@hotmail.com

Sindicación
 
Utopía
Dicen en la película que da título a este post que Utopía es todo aquello que no tiene un lugar, que no existe. Todos conocemos, más o menos el sentido de esta palabra a pesar de que un compañero mío del colegio se empeñara en definir la utopía como la carretera que une a dos ciudades y que tiene, al menos, dos carriles para cada sentido de la circulación (cuanto nivel había en mi cole, de verdad, con razón yo era el más listo de la clase... si es que no tenía mérito). Como iba diciendo, el protagonista se empeña en contarnos a los espectadores avispados y de sensaciones a flor de piel que el hecho de que algo no tenga un lugar en el momento en el que se piensa no significa necesariamente que no vaya a ocurrir. Lo que en principio resulta una utopía puede, finalmente, convertirse en algo real y tangible.

Esto, que suena tan tremendamente bonito e idealista, es uno de esos conceptos que resultan totalmente ciertos. Seguramente muchas de las cosas de las que disfrutamos en nuestra vida no existirían si antes no las hubiéramos pensado. Probablemente, cuando una persona decide dedicarse a una determinada profesión, tener un coche azul o conquistar a alguien que reúna una serie de características es porque lo ha imaginado antes, lo ha pensado. Todos forjamos nuestras propias ilusiones y formulamos nuestros deseos ante el genio de la lámpara esperando que algún día lleguen a trascender a la realidad.

Supongo (y tengo que creer que es así para no venirme abajo asumiendo que las personas están más muertas por dentro de lo que yo creo) que todos tenemos una idea sobre como debería ser nuestra vida o de cómo debería girar el mundo. Necesariamente, soñamos una estancia determinada, unos momentos y sensaciones concretas. Podemos en ciertos momentos concluir que terminar dedicándonos a lo que nos gusta puede ser una utopía. O encontrar a alguien que merezca la pena (¡presente!). O vivir siendo "libres" o, al menos, al mismo nivel que se les presupone a todas las personas, sin que se las mire por encima del hombro por cuestiones de identidad. De sobra es sabido que no resulta nada fácil conseguirlo, que por algo dijo Mafalda aquello de “La vida es linda. El problema es que algunos confunden linda con fácil”. (Qué niña más maja, de verdad, se me ponen hasta los pelos como escarpias al pensar que yo de pequeño fui más o menos igual de resabiado). Pero difícil no quiere decir imposible.

Los seres humanos tenemos una libertad de elección relativa. Evidentemente hay quienes no poseen esta libertad ni por asomo, pero es cierto que en la sociedad en la que vivimos existen dos claras vertientes, dos modos generalizados de entender el mundo y de actuar en consecuencia:

Por un lado, uno puede desear una vida fácil. Esto, también conocido como el síndrome “quiero tener una flor en el culo” no está nada mal. Conozco a personas que se conforman, no le piden peras al olmo, sencillamente se dejan llevar y si vislumbran algún tipo de injusticia o algo que no se acerque a sus ideales vuelven la cabeza hacia otro lado, como si no fuera con ellos. Entre otras cosas porque para ansiar una vida fácil y disfrutarla es preciso dejarse los ideales entremezclados con la primera papilla de Nutribén que nos dio nuestra santa madre. Tener este tipo de existencia no requiere de ningún esfuerzo y puede ser extremadamente placentera si algún día no abres los ojos para darte el topetazo con la dura realidad de que no eres lo que soñaste ser cuando aún tenías algo de esperanza.

Por otro lado se hallan las personas que desean una vida linda. Aquí englobaríamos a esos seres en continuo inconformismo, que no decaen ante las inclemencias del destino, que no se conforman con el vaso medio vacío. Los que quieren que la vida sea bonita no están dispuestos a dejarse avasallar, sufren cuando las cosas no son como deberían y gastan muchas energías en conseguirlo. Requiere de grandes dosis de esfuerzo y paciencia. Es altamente común que muchos de los pertenecientes a este grupo acaben desistiendo y deseando, sencillamente, una vida fácil.

¿Quiénes son más felices? Sería difícil de explicar. Imagino que los primeros son más o menos felices. El conformismo acaba proporcionando una falsa sensación de satisfacción, esa sonrisa vacua que se dibuja en la cara de muchas personas que conozco. Sin embargo, aunque los segundos pasen mucho más tiempo dándose cabezazos contra la pared y las piedras del camino yo creo que los minutos de felicidad que obtienen son mucho más placenteros, no están basados en la nada, sino en una lucha continua hacia un objetivo, el reflejo vivo de deseos pedidos a la luz de las velas.

Un objetivo y unos deseos que parecían irrealizables en un principio, por supuesto.

Las utopías pueden ser sueños de esos que se tienen con los ojos bien abiertos hechos realidad.

No pongamos límites a nuestra imaginación. No pongamos límites a nuestra capacidad de hacer posible lo imposible.

Si lo hacemos, si terminamos limitándonos tanto ¿qué nos queda?

Querer es poder. Creer es poder. Y si no, siempre merecerá la pena intentarlo. Luchar por conseguir que la vida sea linda.



Como dice ella (qué grande ella): No más vivir en la vergüenza, no voy a correr o esconderme. No más decir todas esas mentiras, ha sido demasiado tiempo. No más vivir en cadenas, no me importa una mierda lo que diga la gente. No hay forma de contener el deseo. Nos hemos quemado los dedos, ahora vamos a saltar a las llamas.

No importan las estrellas en el cielo. No importa el cuando o el por qué. Ten un sentimiento más que alto. Eso es lo auténtico. No importan las lluvias y las tormentas, nos mantendremos los unos a los otros abrigados. Tenemos algo más que fuerte. Eso es lo auténtico.

Vamos a andar cogidos de la mano. Deja que critiquen, no lo entienden. No tenemos nada que esconder: es sólo amor. Ya he tenido bastante vergüenza. Por eso, vamos a salir a enseñarles lo que llevamos dentro. No hay forma de contener el deseo. Nos hemos quemado los dedos, ahora vamos a saltar dentro del fuego.
 
Cerca y Lejos
Hola niños, soy Coco. Paper me ha dejado su blog a cambio de concertarle una cita con Epi y Blas (sí, sí, los dos juntos), de modo que ahora, en estos momentos, debe estar metido en la cama con los dos. No creáis que están manteniendo sexo, seguramente Paper se habrá emborrachado y estará discutiendo acerca de la necesidad del ser humano de tener pareja o alguna cosa parecida, ya sabemos como es: él siempre tan místico y trascendental, incluso cuando está ciego como una pelota.

En este post pienso hablaros sobre un par de conceptos fundamentales. Os voy a enseñar lo que significan cerca y lejos. Pongámonos manos a la obra que si no lo hacemos ya me sale un post coñazo de esos que se leen en diagonal de los que hace Paper. Antes de nada, hemos de tener muy en cuenta una palabra sumamente relevante para lo que nos ocupa: la distancia. Definiremos la distancia como el espacio físico o temporal que separa a dos o más personas, acontecimientos, acciones, objetos, casquetes, insultos, relaciones y cualquier cosa que podáis imaginar y que os venga bien para el caso.

Cerca: proximidad, inmediatez, en corta distancia, entorno, alrededor, junto a.

-En una discoteca, pub o bar un sábado por la noche a eso de las dos de la madrugada todo el mundo parece estar cerca de ti. Lo notas porque tienes que compartir un metro cuadrado con veinte personas que te están clavando el codo en el costado, restregando la melena perfumada en toda la cara y empujando tu churrascado cuerpo serrano sudoroso haciendo que tu cubata peligre en más de una ocasión por la amenaza de estrellarse contra el suelo.

-En una discoteca, pub o bar un sábado por la noche a eso de las cuatro de la madrugada todavía hay una posibilidad de que alguien esté más cerca de ti que el resto (sí, sí, aunque te resulte imposible de creer en esos momentos) y es que siempre puedes tener la suerte o la desgracia (según la percepción de cada uno) de que haya alguien que se crea con derecho a arrimarte la cebolleta de manera casual haciendo que tu cubata peligre en más de una ocasión por el imperativo mental de estrellárselo contra la cabeza.

-En el metro, autobús, tren, concierto, cola del súper o cualquier otro tipo de aglomeración de personas ocurre lo mismo que en los dos casos anteriores quitando la música, el cubata y ese aire sin importancia que confiere la nocturnidad (de noche todos somos más guays, más estupendos, más guapos, más geniales y tenemos más aguante que cuando nos dirigimos a trabajar a una temperatura ambiente de cuarenta grados). No hay cubata que estrellar, pero sí una rabia contenida que desemboca en un deseo irrefrenable de subirte al campanario del pueblo con la escopeta de cañones recortados.

-Independientemente de la distancia física, uno puede sentirse cerca de alguien. La distancia emocional entre personas es, en contadas ocasiones, extremadamente pequeña, de modo que la distancia física pierde, relativamente, importancia. Puedes sentir a alguien muy cerca de ti a pesar de que esa persona se encuentre a kilómetros de distancia en el tiempo o en el espacio. Sólo viaja quien regresa y se va quien yo olvido, que dice una canción.

-La proximidad, sea física o emocional puede llegar a asfixiar. Lo que algunos consideran abrazos de cariño otros pueden sentirlos como un ahogo intencionado, una coacción contra el espacio vital. En ocasiones, estar muy cerca no tiene por qué ser positivo (nenes, que no hay que pasarse, el efecto lapa es caca, malo). Acercarse no es invadir.

-La proximidad emocional produce un efecto instantáneo de miedo. Más que si estuvieras en el pasaje del terror. Por la poca costumbre y por la sensación de desnudez y vulnerabilidad ante terceros.

-Se pide a alguien que se acerque cuando se dicen frases como: ven p’acá que te voy a dar lo tuyo y lo de tu prima, siéntate a mi vera, quien fuera cabra pa comerte to lo verde, te haría un traje de saliva y de formas menos evidentes como una mirada de interés (que no de zorrilla compulsiva) o cogiendo de la mano (y he dicho de la mano, no seáis brutos) a esa persona en plan Isabel Gemio (acompaaaaañame... nanananaaaa).

Lejos: a gran distancia, remoto.

-Te alejas a grandes zancadas de tu lugar de trabajo los viernes cuando por fin te dan la condicional que durará un fin de semana más o menos o ese corto intervalo de tiempo popularmente conocido como vacaciones y que finaliza un domingo triste en el que contienes tus lágrimas al son de la banda sonora de la película de serie B de las cuatro de la tarde a la que te has enganchado.

-Te alejas llegando incluso a cambiar de acera (en sentido literal, no me seáis mal pensados, que ya sabéis que yo no creo en conversiones extrañas) cuando vislumbras que te vas a encontrar con alguien indeseable: un ex, un conocido de la facultad que te caía como el culo, dos testigos de Jehová biblia en mano, el charcutero de tu barrio que te mira de manera extraña, un rollete de esos que lo pierden todo a la luz del día o tu vecina que es del Foro de la Familia y que siempre que pasa junto a ti murmura aquello de “arderéis todos en el infierno, malditos invertidos” (qué simpática y buena mujer, la jodía).

-Independientemente de la distancia física uno puede sentirse muy lejos de una persona. Los que te rodean pueden hallarse a años luz de ti y tú de ellos y por más que les cojas la mano eso no cambiará porque se trata de lejanía emocional y no física. De igual modo hay recuerdos que permanecen tan frescos en tu memoria que incluso parece que los viviste ayer.

-La lejanía, sea física o emocional, puede llegar a ser frustrante. Cuando alguien no quiere inmiscuirse y acercarse a ti o cuando echas de menos la presencia de una persona a la que no puedes retener a tu lado se experimenta ese proceso de darse cabezazos contra la pared tratando de buscar la solución al Sudoku o sollozando más que si estuvieras viendo el final de Titanic por la pérdida de tu dignidad en el proceso para forzar el acercamiento.

-La lejanía puede ser deseada: “echate p’allá que estás muy p’acá”, “zape, leñe” o utilizando gestos como empujones, carreras hasta la otra punta del país, puntapiés y mentiras de la guisa de “ays, que me llaman mis amigos, me tengo que ir”, “uy, mira, un burro volando” (siempre pican) o de manera menos indirecta todavía “voy al baño. Cuando vuelva no quiero verte ni a ti a tus cosas” (aplicación utilizada por una conocida mía tras haberse tirado a un tío que todavía descansaba en su cama exhalando el gemido postcoital).

-Uno también puede alejarse de una persona voluntariamente a cualquier nivel, física o emocionalmente, porque crea que el sujeto le puede hacer daño (es decir, hay miedo) o porque pienses que vas a ser tú el que provoque el daño (o lo hayas provocado anteriormente y tengas miedo a que vuelva a ocurrir) asiéndote al consabido “una retirada a tiempo es una victoria”. Esto requiere grandes dosis de fuerza de voluntad, madurez y las páginas amarillas abiertas por la p (de psicólogos, se entiende). Y capacidad para soportar el dolor que te produce saberte subido en un barco que se aleja de la costa vislumbrando como ésta se hace pequeña, más y más y más pequeña en la distancia.

Que no en el corazón.



Y otro más de propina :)

 
Ética para Blogueros
Navegando a la Deriva por la blogosfera y tratando de visitar a mis favoritos (algo que no hago mucho últimamente, todo sea dicho y es por falta de tiempo más que nada) me he encontrado con que mi querida Arrierita tenía montada la marimorena en su blog. Se armó el Belén en la bollosfera porque la niña se ha limitado a explayarse contando las cuatro verdades del barquero, lo que todos los bloguers de pro sabemos y no nos atrevemos a decir en voz alta porque no está bonito.

Lejos de recalcar lo enamorado que me siento día tras día de Arrierita (todos conocéis nuestra relación frustrada debido a que ella es mujer y yo hombre y mientras yo pierdo aceite ella se inclina por las mujeres, o sea, que futuro bien poco tendríamos pero no por nada, sino porque en la cama nos dedicaríamos a jugar al cinquillo y a contarnos batallitas en plan abueletes, por lo demás nos iría genial y seríamos la bomba) me inclino más por hablar sobre uno de los temas que toca en su momento “abro la Caja de Pandora”, que no es otro que la pérdida de sentido de tener un blog. Y es que esto de la blogsfera da para un tratado sociológico, un estudio pormenorizado de este minimundo en peligro de expansión.

Cuando uno se abre un blog además del instante de enajenación mental que sufrimos, lo hacemos por varios motivos. El primero de ellos y que resulta evidente es que tenemos algo que contar, queremos expresar. Por algo son conocidos como diarios en la red y en ellos cada cual relata, en teoría, lo que le viene en gana. Esto, en un principio, me parece genial: uno quiere expresarse y lo hace. Pero un diario escrito es personal, íntimo e intransferible y en los blogs ocurre exactamente lo opuesto. De este modo nos abrimos un espacio esperando, y el que diga que no miente, que los demás nos lean. Se trata de una manera de exponernos, de proyectarnos y, con ello, tratar de recibir cierto reconocimiento social. Algunos dirán que lo abren para conocer gente y otros para encontrar su media naranja bloguera (y en ambos casos se sigue tratando de reconocimiento social, evidentemente, que es lo que obtenemos cuando hacemos amigos y entablamos relaciones).

Muchos de nosotros hemos conocido a una gran cantidad de gente a través de nuestro espacio. Nos leen, los leemos, nos comentamos, nos damos las direcciones de messenger, hablamos por teléfono, quedamos, algunos rebasan la frontera de la realidad virtual y se convierten en amigos, otros en pareja, etc. Un proceso que de sobra es conocido y que se puede seguir leyéndome a mí o a Pau, Quijote, Enis, Rubén Devaneos, Arrierita o Lallamada, por poner algunos ejemplos. Y aquí es donde la cosa ya empieza a complicarse.

El verdadero impulso que nos lleva a crear un blog es que, a pesar de ser leído, serán desconocidos los que lleven a cabo esta acción, con lo cual:

a. No podremos decir nada que siente mal a alguien, porque hablaremos de personas que, de hecho y como sucede en la mayor parte de las ocasiones, no nos leen. De todas formas, si alguien se ofende por un post, allá cada cual, nos la trae un poco al pairo. Esas personas pueden o no pueden estar de acuerdo con nuestra opinión, pero ahí se queda la cosa.
b. Podremos contar lo que nos apetezca con total libertad, a sabiendas de que si relato que el otro día me ligué a Petete, me da lo mismo porque Petete no lo va a leer (bastante tiene con su libro gordo) y si lo hace será por casualidad.
c. Existe libertad para ser nosotros mismos, decir lo que nos plazca, opinar y relatar lo que nos venga en gana y la decisión de hacerlo depende única y exclusivamente de nosotros, sin ningún tipo de condicionante externo.

Pero todo esto queda parcial o totalmente anulado desde el mismo instante en el que nos conocemos y empezamos a ser de verdad, es decir, incluimos en nuestra vida a esas personas que nos leen y nos han conocido a través de nuestra bitácora. Y ya no es lo mismo. Puedes apelar a la sinceridad, al ser uno mismo, a la autenticidad, a que te da igual... pero seguirá sin ser lo mismo.

El otro día alguien me dijo que no podía escribir sobre ciertas sentimientos en su blog porque su ex lo iba a leer. Mi respuesta fue: es tu blog, haz lo que quieras. Mientras no lo hagas con la intención de atacar o joder y sea sólo por expresar lo que llevas dentro... Son tus sentimientos ¿por qué narices no los vas a escribir en tu diario? Siempre y cuando no vaya recubierto de una intención, no veo el problema. Es muy sencillo aconsejarlo, pero sé de sobra que es complicado hablar sobre alguien cuando sabes que ese alguien lo va a leer y va a aprovechar la coyuntura para lanzarse a tu cuello.

Reconozco que a veces me he abstenido de colgar posts sobre sentimientos o circunstancias que he vivido que implicaban a otras personas que me leían, que eran conocidos por el resto y que podían haber sido malinterpretados. Me he guardado comentarios que algunos blogueros podrían interpretar como hirientes (yo, que si me muerdo la lengua me enveneno). He presenciado como algunos, directa o indirectamente, han lanzado sus pullas a través de sus blogs con la única intención de que se dieran por aludidos ciertos blogueros y comenzar una pequeña batalla dialéctica del tipo "es mi blog y digo lo que me da la gana” y “amos, no me fastidies, que este comentario lo has puesto por joder”. Nos coartamos la libertad con la que abrimos el blog, con la que conformamos este espacio. Está claro que se hacen amigos, se conoce gente formidable. Vale. Pero que nadie me niegue que a la hora de escribir y saber que se van a enterar de tus miserias personas con cara, cuerpo y voz reconocibles y que nos llamarán por teléfono media hora después de haber colgado el post no tiene una perspectiva diametralmente distinta ante la hoja en blanco. Es una realidad, hay que aceptarlo. Nos conocemos, nos leemos y ya no somos invisibles. Ya no estamos dotados de ese don de escribir un mensaje en la pared y abandonarlo allí para que otros lo lean. Ahora dejamos nombres y apellidos, una firma reconocible por muchos y, si me apuras, hasta un mapa que conduzca hasta nuestra casa.

En el fondo, todo esto me da pena. No sé. Cuando cualquiera me dice que no sería capaz de hacerse un blog, que no sabría qué contar, siempre le respondo que lo haga, que todo el mundo tiene algo que decir. Pero es cierto que no siempre te apetece decir cuando ya no estás en el pleno anonimato, cuando alguien puede responderte con una puya, juzgarte, criticarte, tomárselo a pecho o iniciar una batalla dialéctica que no tenías intención de empezar. Porque se nos olvida lo fundamental, la base, la esencia de esto: un blog es para expresarse, es un diario personal colgado en Internet. No es un instrumento para ligar, lucirse, quedar bien delante de los amigos, flirtear, llamar la atención de aquel que nos hizo daño en plan drama queen o hacer la pelota a quienes sabes que te la harán a ti. Lo que se dice, se dice y punto. Y si te abres una vena, hazlo, estás en tu derecho, pero no con la intención de que otra persona se ofenda o de hacerle daño. Y si lees el blog de alguien que escuece dentro de ti, hazlo, pero ya sabes a lo que te expones. Son sentimientos, es lo que esa persona opina de ti. No te hagas el sueco, que ya lo sabías de buena tinta y si no quieres leerlo, es tan sencillo como no entrar. Si eres curioso y lo haces ten en cuenta que, a veces, en muchas ocasiones, por desgracia o afortunadamente, la verdad duele. Yo mismo he leído sobre mí comentarios que no me han gustado ¿y qué? Son opiniones, son percepciones personales que, por otro lado, no se me han comunicado directamente por lo que tampoco las he respondido. No puedo ni quiero cambiar eso. Ni tampoco me lo voy a tomar como que se acaba el mundo. Mi conciencia está tranquila y no pretendo ser santo de devoción de todo cristo, bastante tengo con serlo de mí mismo.

No convirtamos esto de los blogs en el Diario de Patricia o en el Salsa Rosa, que bastante tenemos ya con encender la televisión a diario (aquellos que aún dispongan de la fuerza sobrehumana para hacerlo). Siguiendo aquel eslogan de tráfico, bloguea y deja bloguear. Y si alguien tiene algo que decir a nivel personal, sobre temas que únicamente conciernen a dos personas y que, de toda la vida, siempre se han hablado en privado (ergo, sin testigos que malmetan) que lo haga a través del mail, el teléfono o cara a cara que, afortunadamente, existen más vías de comunicación más sencillas y menos confusas, sin necesidad de que a uno se le quiten las ganas de escribir y que este mundillo, provisto de tantas y tantas posibilidades, pierda su encanto inicial, la verdadera esencia que nos empujó a ser blogueros, esa libertad para expresarnos, tan complicada de sentir en los tiempos que corren.
 
Susto a los Veinticinco
Tras las últimas terroríficas entregas tituladas “Aún, entoavía, a pesar de que hace la tira de tiempo, sé lo que hiciste el último verano” (Paper se enviaba notas a sí mismo para hacer su vida más interesante con un fatal e histérico desenlace: fue asesinado por su psicólogo a base de estrellarle miguitas de pan en la frente en un diván cualquiera), “Un San Valentín de Muerte” (Paper envió tarjetas a todos lo que le rechazaron en el pasado señalando sus defectos, provocándoles una crisis de autoestima y haciendo que éstos pasaran el resto de sus días dándose de cabezazos contra un poster de Tamara – tenía un alto contenido gore), “La Semilla del Marica” (Paper convertía en maricones a todos los heteros que quería, especialmente a aquellos bien parecidos –también era tonto el muchacho) o “Posesión Infernal” (Paper era poseído por el espíritu de Lorena Bobbit y daba buen uso a sus tijeras de podar jardines), nos llega “El Cumpleaños del Divo: Susto a los Veinticinco”.

Sábado, 9.12 minutos de la noche. Paper se encuentra en una plaza llena de abueletes tomando el fresco y de niños correteando (alegre cancioncilla infantil “uno, dos, el marica está aquí. Tres, cuatro, va a por ti...”). Por supuesto va ataviado la mar de mono (como en todas sus películas, por otro lado) y todo transcurre con normalidad hasta que hacen su aparición Mic, MariMic (la hermana rubísima de Mic), La Ropilota, La Jefa Ema y el Guiri. Éste último lleva una camisa casi idéntica a la suya (dios, qué fuerte, qué miedo, qué horror, ¿qué vamos a hacer ahora sino suicidarnos?*).

*También se acepta cambiarse de ropa o que te la traiga al pairo, pero es por dar emoción al asunto.

Se suponía que íbamos a celebrar mi cumpleaños, pero yo no tenía ni la más remota idea de lo que se proponían mis amigos. Andamos, yo conmocionado ante la incertidumbre y barajando la posibilidad de que ellos fueran psicópatas potenciales y pretendieran encerrarme y torturarme hasta matarme (Mic sobre todo. Era la candidata más firme, por su cara de colgada permanente) y ellos mirando las musarañas y disimulando.

Entonces entramos en... La Pizzería del Horror (léase con voz grave). Un comedor oscuro (para ver la carta había que usar la luz del móvil), decorado con esqueletos, ratas, arañas, huesos, cabezas extrañas, paredes de madera, una puerta de esas antiguas que dan tan mal rollo y que se cierran de un portazo seco y de música ambiental la banda sonora de Psicosis (neneeee, ¿no tiene el Caribe Misxxs o qué?). Estábamos tan tranquilos, los seis sentaditos como niños buenos y entonces... apareció un humo denso, niebla. Pero una niebla que olía un poco raro, para qué engañarnos.

-Joder, nenes, esto parece un concierto de Alaska, no me jodas. Y que no se permita fumar...

Yo como siempre, haciendo uso de mi valentía y humor para fingir que no estaba cagado de miedo (llegué a proponer al camarero que como bebida refrescante pusiera una infusión que estriñera). No sabía que lo peor estaba por venir. De entre la niebla apareció un colega de tres metros de alto, con el pelo blanco y una máscara. Entre sus manos asía un enorme hacha.

-La virgen ¿y a ese que le pasa?

El del hacha se vino flechado hacia nosotros y se puso a darle hachazos a la mesa sin romperla (magia de la gran pantalla) y percibiendo los gritos que producía entre mis amigas, comenzó a dar hachazos a la pared.

-¡¡¡¡Illooo, que te va a cargar el chiringuito!!!! (yo, en mi línea, rompiendo todo el encanto).

-Bueno, ya está ¿no? Que no puedo ni mirar la carta tranquila, coño (La Jefa Ema con su cara de borde, que no sé quien daba más miedo, el del hacha o ella).

-¡Cállate, perra! (el del hacha se estaba cabreando y yo cada vez me acurrucaba más contra el Guiri, sentado a mi lado. ¿Qué? Es hetero y es el novio de la Jefa Ema, pero uno tiene que aprovecharse de las circunstancias).

-¿Perra? Mira, pringao, eso no me lo dices tú a mí con las luces encendidas (la Jefa Ema poniéndose farruca).

Corrimos un estúpido velo, pedimos la comida y entonces, mientras el del hacha venía a hacernos su visita de cuando en cuando, apareció otro colgado de la nada. Uno con una túnica negra, el pelo tieso perdido (se ve que el Pantene Pro V no llega a los supermercados del pueblo de Ultratumba) y con una máscara a lo Annibal Lécter con hierrajos de por medio y demás. Por supuesto se vino a por mí gracias a mis queridos amigos que no dejaban de anunciar que era mi cumpleaños (ten amistades para esto). Se pegó a mi cara y yo, acojonado perdido, miraba para otro lado y repetía “venga, va, échate p’allá que me estás dando un mal rollito...”

-¡Cállate, perra!
¿Cómo? ¿Me ha llamado perra? Qué fuerte me parece, coño, ¿pues no parece que lo llevo escrito en la cara o algo? Que ya van cinco esta semana...

-¿Por qué tanta violencia? ¿Por qué tanto rencor? ¿Tan mal te ha tratado la vida, muchacho de bien? Hagamos el amor... (con voz de niña bien que pretende salvar el mundo y anima a sus amigos a que se cojan de la mano y formen el símbolo de la paz con sus cabezas).

El monstruo se aguantó la risa y me dejó en paz ante mi gran retahíla (uno no mata, pero desmoraliza un taco) mientras el del hacha se acercó.

MariMic: -Vete a por el del cumpleaños, hombre, a por él, métele caña.
Yo: -De eso nada, tú a por la rubia, que son las primeras que se mueren en las películas de miedo.

El del hacha, que estaba todo metido en su papel, tuvo que soltar su instrumento de tortura encima de la mesa y empezó a descojonarse de la risa ante mi comentario. Le jodí el papelón. Yo creo que no me vuelven a dejar entrar más allí porque tiro por tierra toda la parafernalia.

Mientras a duras penas engullía mis raviolis con salsa boloñesa que apenas veía en la penumbra (que sí, que estaban muy buenos, pero que no sabía uno a ciencia cierta lo que se estaba comiendo y se tenía que acoger a el dicho ese de “lo que no mata engorda”) se me acerca, otra vez, el Annibal Lécter y me dice al oído entre los hierrajos:

-¿Es tu cumpleaños? (voz grave y sobrenatural. Lo hacía bien el jodío).

Yo (mirando al frente, acojonado perdido, pidiendo por favor al cielo que me dejaran en paz):-Sss... sí.

-¿Cuántos cumples?

-Esto... ¿cuántos me echas?

-Yo te echaba lo menos un par de ellos esta noche.

-¿Ein? (Durante un momento el terror se modificó. En esos momentos lo único que temía era que me lamiera la oreja y nos lo tuviéramos que montar allí mismo o en cualquier rincón oscuro del comedor).

-Luego te pasas por mi camerino y celebramos tu cumpleaños... ya sabes. Te mato y eso. (Qué original, un monstruo que mata, uhhhhhh, pues ya ves tú, ya me podía haber dicho que íbamos a hacernos un bocadillo de alcaparras o algo si lo que quería era sorprenderme).

-Si me vas a matar no voy, leñe, que es mi cumpleaños.

-Si te portas bien no te mataré. ¿Cuántos cumples?

-Veinticinco.

-La edad propia.

Mente lenta de Paper: ¿Por qué ha dicho eso? Ah, claro, por aquello de por el culo... ¿será cabrón? Un momento, ¿pero esto no era una peli de miedo? ¿Por qué de repente me estoy imaginando subiéndole la túnica a ese monstruo y comprobando con mis propias manos que no todo está muerto en ese cuerpo? ¿Por qué me pasan a mí estas cosas? Sí, sí, porque estoy tremendo y todo eso (tjo, tjo, tjo, me ahogo en mi pozo de realidades distorsionadas), pero ¿por qué a mí?

Como regalo me apareció con un torso de goma sin piel, con las tripas fuera y los ojos saltones al que bautizamos como Paquito. Puso la cabeza del muñeco entre mis piernas y simuló que me estaba haciendo una mamada en medio del restaurante ante las risotadas de todos los comensales y del resto de las mesas, que ya estaban pendientes de nosotros (porque otra cosa no, pero dar la nota es lo nuestro, nos viene de serie). Yo, como no me puedo quedar callado, le dije algo así como “oye, mira, yo es que follar con cosas de goma como que no, todavía no he llegado a eso” y me quedé tan ancho.

Resultó que el Annibal era un amigo mariquita de Mic de toda la vida y resultó también que estaba muy interesado en mí.

MariMic: ¿Se puede ligar en un sitio más raro? Ay, Paper, cuando me contabas tus andanzas yo pensaba que exagerabas, pero ya veo que no.

La hermana de Mic tiene toda la razón. Sólo alguien como yo puede vivir una situación tan surrealista como acudir a celebrar su cumpleaños a una pizzería inserta en el pasaje del terror y ligar a saco con uno de los monstruos... ¿nos hemos vuelto locos ya?

La vida real sí que da miedo. Un miedo de narices. Pero, al menos, uno se ríe y eso es lo que cuenta ¿no?
 
Beneficios del Cambio Climático
Como a mí me han enseñado a encontrarle el lado bueno a todo, aquí estoy, escribiendo este post. Se supone que debemos estar concienzados de que en cualquier momento un sol abrasante acabará con todos los habitantes del planeta derritiéndonos cuales helados o que serán los casquetes (polares, se entiende) los que terminarán por derretirse ahogándonos en cantidades industriales de aguachirri contaminada, por poner un par de ejemplos. Mientras nos vemos en el infierno, busquémosle el lado positivo a la cosa.

Hay situaciones en el día a día de cualquiera que resultan, de base, incómodas. Se trata de esas estupendas ocasiones en las que maldices mentalmente al destino por haberte insertado en medio del berenjenal concreto y entonces sientes esas ganas incontenibles de escapar, de hacer lo posible por que la tierra se abra, te trague y no te escupa jamás. Cuando hablo de este momento, también conocido como “me he despertado en una película de Almodóvar” se me viene a la cabeza aquel estupendo episodio de Ally McBeal en el que nuestra querida abogada anoréxica se hacía pequeña y corría entre las patas de las sillas del bar a esconderse. Bien, pues ésta es más o menos la sensación que nos producen ciertas situaciones incómodas que se nos presentan.

Si la excusa de haberte dejado la plancha enchufada o el potaje de lentejas en la candela para escapar con lágrimas en los ojos no funciona o te deja con el culo al aire con demasiada facilidad (y esto es algo que no nos podemos permitir, evidentemente, nuestro trasero siempre a buen recaudo si queremos ser mariconas de provecho) existe un método infalible de lo más extendido: la meteorología.

La meteorología es la mar de socorrida. Siempre se puede hablar del tiempo, del sol que hace, del calor, del frío, de lo que llueve, de lo mucho que nieva en la Antártida o de la tormenta de granizo que te sorprendió una vez cuando tenías cinco años. Además se trata de un valor en alza por aquello de que el tiempo cada día está más loco (no sé si esto influirá en la salud mental de las personas pero me da a mí que sí) y nos mostramos la mar de concienciados con el fenómeno según la ocasión. Como muestra varios botones:

Situación 1: Una amiga de toda la vida que ya no te cae demasiado bien pero que conservas única y exclusivamente por inercia y porque de pequeños compartíais bocadillos de nocilla en el patio del colegio (ya se sabe que estas cosas unen mucho) y porque amabas en secreto al chico que le gustaba por aquellos entonces (aunque eso ella nunca lo sabrá) queda contigo una tarde de verano en la que los chorreones de sudor te caen por la cara (y no, no te dan ese aspecto de buenorro pseudodeportista a punto de abrir una lata de Aquarius sino de asqueroso sudoroso. Por eso piensas que hueles mal y no te palpas los abdominales mojados con esmero. Por eso y porque no tiene abdominales, vaya). La buena muchacha te da dos besos y expresa una alegría que no puedes entender (has quedado por puro compromiso, seamos sinceros) y te dice:

-Mira, Paper, este es mi novio: Feldespato Francisco. Feldesfrancis para los amigos, como tú (y al decir esto te mira directamente a los ojos haciéndote sentir culpable. No es que ella piense que sois la mar de amigos, es que lo recalca para que sufras un rato por todo lo que la has criticado interiormente y te digas eso de “jo, que mala persona soy”).

Le das la mano tratando de no reírte demasiado por el nombrecito de marras y en una media de diez minutos descubres que:

a. Tu amiga es cada día más insípida (razón por la cual se ha echado un novio así de insípido, por cierto).
b. El Feldesfrancis lo único que tiene de interesante es el nombre. No habla, no dice nada, no mira, no ve, no oye, no fuma, no bebe, no se mueve, no se asquea cuando le toses encima intencionadamente esperando alguna reacción, no se queja cuando le das una patada por debajo de la mesa adrede, no tiene sangre en las venas, ¿respira? (uy, espera, a ver... te mojas el dedo con saliva lo pones debajo de la nariz... tic tac, tic tac... segundos cruciales... no, no está muerto ni es un muñeco hinchable, aunque si lo fuera no te sorprendería), sí, respira a duras penas.

Mientras tu supuesta amiga te habla sobre lo genial que resulta su pelo ahora que se lo peina con la ralla al lado (y se lo ha teñido, que, por cierto, tiene unas raíces de tres dedos y no es que estés en plan criticón sino observador de la realidad como buen periodista que eres) tú barajas la posibilidad de que el mozo tenga un bulto enorme entre las piernas y sea eso lo que le ha impulsado a estar con él. Al tiempo que haces cábalas sobre el tamaño del miembro viril del insípido acompañante (no sin reprimir cierto escalofrío) ella anuncia que se va al servicio támpax en mano (la discreción nunca fue una de sus virtudes). Vale, el terror se abre camino: y ahora ¿qué? ¿Qué hago, qué digo, de qué hablo, por dios?

Dejas un silencio esperando e implorando con lágrimas en los ojos que el Felde haga algún tipo de declaración, pregunta, amenaza o declaración de amor (cualquier cosa vale para romper la tensión del momento) y cuando estás a punto de comerte los dedos de los pies (por hacer algo productivo con tu vida, vaya) entonces lo recuerdas. La luz se abre camino.

-Uy. Cuánta calor hace aquí ¿verdad? *
* Cuando digas esto no pongas cara de viciosa pervertida si no quieres que se produzca un malentendido insalvable para esa profunda relación que mantienes con tu amiga.

Lo más probable es que el Felde se enfrasque en un monólogo acerca de lo mucho que pega el sol ahora (ni comparación a cuando éramos chicos) y de que para salir a la calle es necesario usar factor 654 como mínimo si no quieres acabar churrascado. Para cuando tu amiga vuelva os hallará enfrascados en una conversación absurda acerca de la sensibilidad de la piel en los tiempos que corren.

Situación 2: ascensor. Vecino coñazo que te quiere contar la vida (esto de tener cara de ONG / psicólogo frustrado nunca ha podido ser bueno) y al que solamente respondes cortésmente porque su hijo está como un queso y puede que algún día seáis familia (hay que ir entablando buenas relaciones con el suegro potencial, aunque el hijo sea más hetero que un bar de carretera).

-Hay que ver el frío que ha hecho este año ¿eh?
-Sí, sí. Fíjate que yo el otro día me crucé con un pingüino que me preguntó la hora y me dijo con lágrimas en los ojos que era feliz porque por fin había encontrado su hábitat natural...

Entablas conversación (absurda o no, eso da igual), te haces el simpático, el vecino deja de contarte su vida y cuando llegas a tu destino barajas la posibilidad de convertirte en un científico e inventar la teletransportación.

Situación 3: una amiga, totalmente opuesta a la del caso uno, de esas que te conoce como si te hubiera parido y además se vanagloria de ello, te mira atentamente mientras le cuentas que el otro día te cruzaste con el barrendero de tu barrio y te pidió el número de teléfono con descaro asegurando que te quería follar hasta el amanecer (estas cosas que sólo nos pasan a los maricones, que ligamos en cualquier sitio con esa enorme facilidad que nos viene de serie. Los niños normales nacen con un pan bajo el brazo, nosotros con una agenda en la que apuntar los nombres y números de nuestros ligues. O eso es lo que se cree todo el mundo).

Tú (haciéndote el indignado y levantando el puño en el aire a diez centrímetos de tu cara) -Y el tío salido va y me dice que me quiere poner mirando pa Cuenca, que se me veía cara de necesitado y que le diera mi número para un día de estos quedar y dejarme satisfecho. Que iba a estar toda la noche ahí liado conmigo. ¿Tú te puedes creer? Si es que no hay derecho, tía, qué fuerte me parece, es superincreíble, ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Tu amiga (levantando la ceja a lo Carlos Sobera y estudiando fijamente tu expresión) –Y.. ¿le diste el número?

-¿Te has fijado en el día de playa tan estupendo que hace para estar en el mes de noviembre?

Y es que, muy en el fondo, tenemos que estar agradecidos de que no se haga ni puto caso de los ecologistas, de que el Protocolo de Kioto sea popularmente conocido como el Protocolo del Escroto, porque es por ahí por donde se lo pasan los políticos que gobiernan el mundo y de que haya tantísima contaminación industrial. Si no fuera por el cambio climático estas aseveraciones tan trascendentales y salvadoras no quedarían verosímiles para nada...

Ya se sabe, siempre lo que no se dice suele ser más importante que lo que se dice. Dicho lo cual, no me quiero quedar sin dar las gracias a todos los que me felicitaron el cumpleaños. Gracias, nenes y nenas.

Sonrisas mariquitas para todos :) (sí, soy capaz de terminar un post en el que se habla sobre algo tan importante como el cambio climático con una frase tan frívola, porque yo lo valgo).
 
El Cumpleaños de un Koi
Cuenta una leyenda de ojos rasgados que el Pez Koi nada en los ríos contracorriente todo el tiempo buscando una cascada. Cuando la encuentra se enfrenta a ella y si consigue llegar hasta arriba, hasta la parte más alta de la cascada, terminará convirtiéndose en un dragón. ¿Y todo esto a cuento de qué? ¿Paper se ha vuelto majara? Pues anda que no hace tiempo... ni que lo del pez fuera la primera excentricidad que suelto en el blog...

Hoy martes, exactamente a las once de la mañana, cumpliré veinticinco años. Un cuarto de siglo (quién lo iba a decir con lo joven que parezco ¿verdad? ¿Verdad? Me estoy empezando a poner agresivo así que será mejor que me deis la razón. Eso es, así, como a los locos. Muy bien). La cuestión es que, bueno, siendo totalmente sincero, creo que he llegado al punto de rebasar esos cumpleaños en los que me alegraba porque se acercaba una fiesta importante. Es como las Navidades o el Día de Reyes. A uno se le va eclipsando la ilusión y se le acaba entremezclando con cierta negatividad / nostalgia / talante reflexivo (o como narices queráis llamarlo) del que he hecho gala en los últimos días en mis posts y que Pau ya me ha reprochado en alguna que otra ocasión. Que haya tranquilidad en la blogsfera que cambiaré el tono de mis posts a su debido tiempo. Si algo tienen los estados de ánimo es que son la mar de efímeros.

Normalmente uno se detiene a pensar, a hacer un balance más o menos aproximado, una comparación entre los sueños y la realidad, esos dos mundos contrapuestos que hacen que nos debatamos entre la vida y la vida (la muerte ni la imaginamos, bastante tenemos con sobrevivir que, al fin y al cabo, como dicen en 20 Centímetros, no es vivir), un limbo extraño, dolorosamente placentero, que nos abraza.

Yo no me parezco a lo que había soñado para mí mismo, para qué engañarnos. Al menos no en lo que a efectos reales se refiere. No soy multimillonario (ni creo que vaya a serlo nunca, a decir verdad, aunque sí lo soy en sentimientos y eso me hace, al menos a mis ojos, más rico), no soy espectacular (todavía no aparto a la oleada de fans cuando bajo a comprar el pan), mi trabajo me gusta, no digo yo que no, pero no es lo que quiero hacer para siempre (y encima me quejo, con un canto en los dientes me tendría que dar por haber encontrado algo medianamente en condiciones), la vida no me parece bonita (bueno, sólo a ratos y sobre todo si llevo un par de cubatazos encima o, como sustitutivo del alcohol y que me resulta tan adictivo o más, cuando mantengo una conversación con alguien que verdaderamente merece la pena), mi blog se tiñe de tristeza (me encantó el comentario de Jo a mi anterior post en el que decía que iba siendo hora de escribir algo sobre la vida que viniera a expresar: “tío, a pesar de todo esto es la hostia”. Y no es que no lo crea, que lo creo, sino que algunas veces me cuesta expresarlo, como si tuviera miedo de que al decirlo se desvaneciera), cada día me cuesta más controlar mi incipiente sensibilidad desbordada (yo que creía que esto se curaba con el tiempo, que uno dejaba de tener los globos oculares húmedos por ver un anuncio de coca-cola adecuadamente elaborado para despertar nuestras emociones e incitarnos al consumo, dos en uno, pero se ve que no, ni a base de palos, oye) y lidiar con los problemas propios y ajenos se me hace infinitamente difícil (cómo ayudar a los demás a reconstruir sus mundos cuando el mío se desmorona una vez por semana debido a mi consabido ánimo pendular).

Veinticinco años, un Naranjito, como dice alguno puntualmente cuando quiere buscarme las cosquillas. Muchas cosas han cambiado. Soy más alto (aunque no mucho, la verdad, el estirón no fue demasiado generoso conmigo), más guapo (tampoco excesivamente, vamos, del montón. El momento Clearasil, espinillas fuera, se hizo notar al menos), más seguro de mí mismo (a todos los dioses de la mitología griega gracias) y menos idiota (aunque no lo parezca o me lo haga de cuando en cuando, que tampoco viene mal). Hay otras cosas que no cambian. Por suerte o por fortuna, sigo siendo yo, con mis tonterías, mis historias surrealistas, mi manera de vivir las cosas, mis brotes de histeria personal, mis delirios de soñador empedernido, mis accesos de cólera e indignación ante las injusticias del mundo que a algunos tanto gustan. Mi manía de ser un Pez Koi a toda costa, de nadar a contracorriente cascada arriba.

No obstante, reconozco que algunas veces me he dejado llevar por la corriente y he formado parte de ese mundo que tanto he criticado, contribuyendo a la indignación de otros habiéndome dejado llevar por una desidia normalizada, una tristeza inminente, una pérdida de esperanza de cambiar lo que no me gusta habiendo sido vencido una y otra vez en mis constantes e infructíferas batallas. Y no me ha servido para nada. Si nadar contracorriente es frustrante, dejarte llevar por ella es todavía peor.

En el fondo reconozco que me gusta este papel que me ha tocado de tener el mundo en contra mía, de no querer dejarme llevar por la corriente y continuar nadando cuesta arriba. Supongo que al final lo he aceptado. La leyenda cuenta que el pez Koi es capaz de nadar cascada arriba con gran esfuerzo y por eso es símbolo de la perseverancia, de la lucha sin fin, de la fuerza interior para superar los obstáculos y no perder el horizonte. Desgraciadamente, yo a veces lo pierdo y mientras me doy cuenta he sido arrastrado cascada abajo unos cuantos metros por lo menos. Nada que no se salve con un poco de esfuerzo.

Yo he adoptado mi papel de pez Koi durante veinticinco años. Cuando he dejado de serlo no ha sido más que un vano esfuerzo por deshacerme de mí mismo y ni siquiera sé por qué lo he intentado a sabiendas de que las personas no cambiamos tan profundamente ni por asomo. Bueno, sí sé por qué lo he intentado: al fin y al cabo todos nos cansamos de nosotros mismos en algún momento puntual, pensamos que nos equivocamos mirando hacia la dirección contraria y decidimos perdernos, aun con el peligro que supone.

Ser Pez Koi no es tan malo después de todo. Al menos existe algo por lo que luchar, algo en lo que creer. No se nada por nadar, no vale la pena, es mejor nadar para ir creciendo. Y el pez Koi crece y crece cuesta arriba, enfrentándose a todo tipo de obstáculos, a sabiendas de que puede morir por el camino. Pero eso da igual, porque existe un objetivo encima de la cascada, en lo más alto, allá arriba donde pocos llegan, bien porque no se sientan peces Koi y sean de otra especie con menos problemas, bien porque incluso siéndolo no lo crean, bien porque ni siquiera se lo planteen (qué afortunados los que ni siquiera se lo plantean).

A veces imagino que estoy a mitad de camino en la cascada, que aunque me he caído y he tropezado con remolinos agresivos no llevo mal ritmo. A veces pienso que llegaré arriba pronto. Otras me desanimo asumiendo que todo es un camelo, una leyenda, que cuando llegue arriba no habrá nada o, peor, habrá otra cascada el doble de larga. Pero otros peces Koi, tan enamorados como yo de las aguas, cristalinas unas veces turbulentas otras, me sonríen con caras mojadas y me recuerdan que no estoy solo (a todos ellos gracias por esas miradas de ánimos recíprocos).

Y sin embargo, sé que algún día llegaré y me transformaré en dragón. Es mi destino. ¿Por qué no?

Los barcos de papel, aunque mojados, también tenemos todo el derecho del mundo a soñar y a pedir grandes deseos al apagar las velas de la tarta.
 
Soulidified
En estos días inciertos en los que vivir es un arte (como cantaban los Celtas Cortos hace ya, cuando yo no era más que un amago de adolescente acneico y extremadamente feo, todo hay que decirlo, menos mal que el capullo se convirtió en mariposa) los seres humanos cada vez estamos más necesitados de muestras de cariño que nos hagan pensar que no todo el monte es mierda y que la vida puede ser placentera aunque sólo sea en momentos puntuales: un piropo, una mano que se posa en nuestro hombro, un abrazo, un besito moña (beso casto y puro de labios cerrados) o un besito de abuela (dícese de los tropecientos besos seguidos que le propinas a alguien en la mejilla al más puro estilo rústico), una palmada en la espalda o una mirada tierna. Todos necesitamos este tipo de gestos por parte de nuestros amigos, pareja, familiares, etcétera, porque somos seres humanos y, por definición, necesitamos dar y recibir afecto y si cualquiera de las dos anteriores formas verbales no se cumplen se deduce claramente que hay una disfunción o que algo no marcha todo lo bien que debiera.

Esta mañana me he enterado de que han inventado un robot que sabe expresar emociones. Hasta treinta y seis emociones dicen que la maquinita ofrece, de modo que si te sientes solo no tendrás más que adquirir uno de estos, sentarlo a tu lado en el cine, cogerle la mano metálica y que a oscuras te diga:

-Ca-ri-ño, te-qui-e-ro tal-y-co-mo e-res. Me-en-can-ta es-tar-con-ti-go (léase con voz nasal robotizada para dar más credibilidad al asunto). *

* El Paperblog advierte de que si te emocionas y decides bajar la mano hasta el paquete con lágrimas en los ojos y los pezones duros como piedras (señal clara de que estás cachondo como una perra en celo) te encontrarás con una superficie metálica que nada tiene que ver con lo que esperabas (y deseabas) y que se parece más al culo de una lata de atún que a un enorme falo (seamos realistas, todos esperamos que la tengan grande). En este caso se aconseja escribir a la fábrica para que en la próxima versión el robot venga con un completo kit de accesorios entre los que se incluya alguna hortaliza.

La cosa es que el tema me sorprende. ¿Para qué coño necesitamos inventar un robot que exprese emociones con la de humanos que mal habitamos el planeta? ¿No nos basta con acercarnos a cualquier ser querido y esperar que nos haga sentir bien expresando sus emociones hacia nosotros? Sería lo más normal ¿no? Sobre todo si esperas que la gente no te mire de manera extraña al verte en la cola del cine sujetando la mano de una versión actualizada de 3p2. Pero no. Y esto es fácil y sencillo de comprender: los seres humanos disminuimos nuestra capacidad para expresar emociones de manera vertiginosa.

El invento del robot de las emociones (que me pone los pelos de punta de tan sólo imaginarlo) o el éxito de la campaña aquella de dar abrazos gratis a completos desconocidos que van caminando por la calle no hace más que reflejar una necesidad que se incrementa. Porque del mismo modo que no somos capaces de expresar sentimientos, tampoco somos capaces de pedir gestos de cariño cuando los necesitamos. Los hay que son incapaces hasta de recibirlos cuando se les dan, que ya es decir.

Y es que cuando le decimos a alguien que le queremos, que estamos enamorados, que necesitamos un abrazo porque tenemos un día majadero o que se nos pone el vello de punta cuando nos mira de cierta forma estamos desnudándonos, nos hacemos vulnerables porque si antes hablar de sentimientos era cosa de mujeres y mariconas (¡presente!), ahora es cosa de nadie. Nadie quiere mostrarse vulnerable, todos tenemos que ser la mar de fuertes y divinos, estar por encima de todo y establecemos un genial mecanismo de defensa según el cual nos mostramos impasibles ante lo que nos rodea, lo cual incluye a las personas. Porque cuando te muestras vulnerable se cumple el axioma que tantas veces Puka ha defendido: sólo ante quien realmente te quiere bien puedes mostrar un atisbo de debilidad sin provocar una reacción de fuerza. Lo que, traducido al cristiano bloguero, quiere decir que cuando le confiesas a alguien lo que sientes, ese alguien acaba aprovechando esa información para pisotearte que es un gusto o para hacerte la vida imposible, jugar al chantaje emocional, manipularte y aprovecharse de ti (lo que viene a ser el consabido “me toman por el pito del sereno”). Y podréis decir aquí “es que hay que saber a quien darse”. Pero... seamos realistas, tal y como está el patio ¿cómo narices sabes quien te quiere bien? ¿Y para saberlo no tiene ese alguien que desnudarse del mismo modo y confesarte lo que siente e, incluso así, puede que sea mentira? (El resultado de una experiencia de estas características puede ser que dos personas estén dándose cabezazos en su casa tratando de dilucidar lo que siente la otra y esperando a que dé el primer paso y confiese un mero interés para embarcarse en la historia).

Esto, lo de que ambos implicados se desnuden metafóricamente hablando, que resulta tan complicado como que yo desfile en la Pasarela Cibeles algún día, es lo que debería ocurrir en nuestras relaciones. Y sin embargo, lo más normal es lo que describo a continuación. Damos. Y nos dan, nos dan por culo (y no en el sentido literal). La siguiente vez volvemos a dar, aunque esta vez un poquito menos porque todavía escuece lo que nos pasó la primera. Y nos siguen dando por culo. La tercera damos (ni la cuarta parte de lo que dimos la primera) y así sucesivamente hasta que llega un punto en el que las personas nos volvemos frías por naturaleza (no damos ni la hora. Ni los buenos días, vaya) para evitar a toda costa mostrar esa debilidad que se erige como la puerta abierta a que te vuelvan a hacer daño.

Y es que, ya lo dice Lucía Etxebarria en De Todo lo Visible y lo Invisible, que hay que ser muy fuerte para mostrarse vulnerable, para demostrar sentimientos así por las buenas, porque todo el mundo sabe que las personas somos retorcidas y malas y finalmente acabamos haciendo daño para evitar que nos hagan daño, porque estamos tan cagados y a la vez queremos aparentar tanta seguridad que nos resulta remota e impensable la posibilidad de poner las cartas sobre el tapete y dejar las cosas claras y, aun así, esperamos que el resto del mundo lo haga con nosotros, que nos quieran bien. Toda una paradoja de la que no se salva ni Dior y que se pasa por el forro aquello de haz con los demás lo que esperas que hagan contigo. Pero así somos, contradictorios, cobardes, insensibles y distantes porque eso consigue que nos creamos superiores y proyectemos esa impresión, al menos durante unas décimas de segundo.

Con lo ameno que sería el mundo si no nos empeñáramos en dar palos de ciego e inventar máquinas que hablen de nuestros sentimientos por nosotros... Con lo ameno que es el mundo cuando te entregas íntegramente a un abrazo de esos de verdad que lanzan al viento trillones de sentimientos imperceptibles para la vista, el oído, el olfato, el gusto o el tacto, pero no para el corazón... Con lo ameno que sería el mundo si dejáramos de acomodarnos en la incapacidad que nos viene servida en bandeja, si no nos doblegáramos a dejar de sentir y expresar únicamente porque es la pauta predominante...

Para eso sí que hace falta ser extremadamente fuerte. Y es grato descubrir que hay personas que lo son tanto como para no ceder a las desilusiones de la vida.
 
Elecciones en la Vida
Aun a riesgo de caer en típicos tópicos, en esta ocasión me dispongo a escribir sobre las elecciones en la vida, que no son pocas. No pretendo ser político (pues ni soy tan culto ni tan estudiado para entender a esos seres superinteligentes que nos gobiernan –por favor, no me digáis que son idiotas, que ya lo sé, pero necesito concienciarme de lo contrario, que si no se me viene el mundo encima), a pesar de que un fragmento del título pueda inducir a errores. Yo, como siempre, me quedo en la vida, que bastante interesante es ya de por sí (sobre todo si es la mía) como para desviarme hacia otros temas.

En la vida todo se compone de elecciones y es por este motivo por el que la indecisión es una característica intrínseca de nuestra sociedad. Resulta evidente que ante la gran cantidad de opciones que aparentemente se nos ofrecen en el presente debe existir un periodo de reflexión, un pensamiento continuado sobre si los pasos que estamos dando son los correctos y un vaticinio sobre el final de las opciones que vamos apuntalando cuando nuestro camino se bifurca en dos o más vías. Muchos defienden la sociedad tradicional por este motivo, porque no existía un abanico de elección tan grande y, por lo tanto, las personas se sentían menos desgraciadas con sus vidas al no haberlas consagrado a una elección puntual, un destino elegido bajo su única responsabilidad. Si las personas eran infelices con un trabajo que habían heredado de sus padres o en un matrimonio infructífero y concertado que se basaba más en las haciendas de los culebrones que en el amor, no se sentían tan desgraciados (o, por lo menos, eso es lo que nos quieren vender, algo que no me creo del todo porque el que lleva una vida desgraciada se siente desgraciado en cualquier momento de la historia). Pero sí es cierto que lo asumían como un destino insalvable que no dependía de ellos, sino de alguna divinidad intangible pero existente en los remansos de paz que produce la fe en una manos imaginarias que mueven a las personas cuales marionetas incapaces de regirse por sí mismas y de cultivar el curso de una vida (esto me ha quedado muy de cura y muy medieval, lo sé, los de Foro de la Familia están absorbiéndome el cerebro. Arriba Polonia. Queremos que Europa sea polaca YA).

Ahora tenemos más libertad (y así hay tanto maricón suelto) y esto se traduce en una conciencia plena sobre nosotros mismos (sobre lo maricones que somos). Por supuesto, esta capacidad de elección no es tan grande como se presupone pues en la circunstancia de la persona se hallan factores determinantes que influyen de forma directa en la conducta y en ese supuesto gran abanico de opciones. También hay circunstancias que no se eligen, como ser feo o guapo (menos mal que servidor está tremendo, tjo tjo tjo, que me ahogo), ser listo o idiota (aunque ejercitar las neuronas de cuando en cuando no le hace mal a nadie), haber nacido en una región determinada (unos centímetros más arriba o más abajo en el mapa pueden cambiar la vida de cualquiera) o, por ejemplo, enamorarse de alguien (así, por darle un toque romántico al post que yo sé que os gusta, nenes y nenas, aunque no lo digáis en voz alta para preservar esa fachada de malotes que os hace interesantes). De todas formas, el haber crecido ante la conciencia de que sólo nosotros somos responsables de nuestro destino, que lo que acabamos obteniendo tiene un por qué fundamentado en nuestras propias decisiones, hace que subyazca un clima de pánico absoluto ante la idea de la equivocación inminente que pueda desembocar en que nuestros sueños se quemen en una pira encendida por nosotros mismos en nuestra inconsciencia (vamos, que acabas quemándote tú solo sin comerlo ni beberlo, que manda huevos).

Porque, si os dais cuenta, la vida es una pregunta de tipo test en la que, al final, siempre se incluye la opción de “otros”, esa que no nos deja claro a qué se refiere pero que indica que no se está de acuerdo con las opciones anteriores. Esa opción es harto improbable de ser tachada porque siempre el sujeto tenderá a quedarse con cualquiera de las otras respuestas ante la incertidumbre que le produce la ambigüedad de la última respuesta. ¿Se desprenderá algo bueno de la opción “otros”? ¿Y si es malo? Será mejor quedarme con lo malo conocido que con lo que se presupone como algo bueno y no sabemos si lo será. Más vale pájaro en mano, que dicen (he dicho pájaro, no seáis malos, leñe, e imaginaros un gorrión como las personas normales hacen). Y, sin embargo, si marcamos cualquier respuesta anterior luego la vida nos coloca en la tesitura de recordar que, tal vez, si nos hubiéramos arriesgado a esa última ambigüedad todo podría haber sido distinto, diferente (a veces el pájaro en mano no es más que un cuervo dispuesto a sacarte los ojos a la mínima de cambios). Por favor, sé que lo del pájaro en la mano puede resultar extraño para mentes calenturientas, pero el de la fila doce que deje de tocarse, que le estoy viendo. Gracias...

La cuestión es que cualquier elección tiene consecuencias (muchas, además, por si no lo sabíais). Cuando tomamos un camino es difícil volver atrás como si no hubiera pasado nada, como si dispusiéramos de un sortilegio que nos colocara justo en el momento de la decisión como en esa peli, Lluvia en mis Zapatos, en la que el prota vuelve al momento justo en el que lo dejó con su novia porque a posteriori se da cuenta de que ha cometido un error. Hay que ser consecuentes con lo que se hace y hay que apechugar, aunque esto sea tan complicado como que pongan algo bueno en la tele o que Jesús Vázquez nos pida en matrimonio con un bollicao en la boca cantando el I Have Nothing de la Whitney Houston (lo de Jesús lo pongo en honor a Julio, que quede bien claro y es evidente que Jesús estaría ataviado como Whitney en El Guardaespaldas –gorrito de lentejuelas plateadas y maravilloso vestido cortado a la altura del paquete- y con la cara pintada de negro mientras tú pones ese rictus de interesante-follable del Kevin Coñe). Por eso hace falta un momento de indecisión, un punto clave en el que se cuestiona qué elegir, a qué ceñirse, sopesando lo que uno quiere y espera verdaderamente, las consecuencias, el posible futuro que se abre ante nuestras narices.

Hace más de dos años yo hice una elección condicionado por factores externos (o como se suele decir y que queda tan de CSI, no estaba en plenas facultades) y no fue adecuada. Me equivoqué y para colmo no me lo vi venir. Y esa equivocación me pesa sobre las espaldas desde entonces, razón por la cual ahora intento no equivocarme jamás, ser perfecto a toda costa y retorcido como el que más para conocer lo que puede pasar, interpretar las señales que existen, que no son casualidades. Desde entonces me exijo más a mí mismo, más que nunca. Debido a aquel error perdí algo tan valioso como puede ser una amistad e, incluso, si me apuráis a ser completamente sinceros y se supone que así debe ser puesto que es mi blog, una historia de amor. Y todavía hoy me toca pagar las consecuencias, esas en las que no pensé mientras actuaba, en el instante en el que me dejaba llevar y que son mi responsabilidad. Esas que duelen, que todavía escuecen, como las cicatrices con los cambios de tiempo, en el caso de que las heridas lleguen a cicatrizar alguna vez y no estén tapadas por una torpe tirita que se cae a ratos para dejar al descubierto el símbolo latente del error que cometimos.

El tiempo cambia, el verano se hace camino y las cicatrices se resienten hasta el punto de necesitar una cura de urgencia.