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Cine comercial y violencia: La crítica y David Fincher
Podemos leer a Poe o a Agatha Christie sin volvernos maniáticos. Incluso a Nietzsche, sin que en nuestras mentes se dirigan irremediablemente hacia el fascismo. La lectura es buena. Toda lectura, incluso Steven King, es mejor que permanecer iletrado frente al televisor o la pantalla del PC de casa.

Se da por hecho que no va a convertirnos en psicópatas, sino que, incluso aunque en ella exista un principio apologeta, justificador o plástico de la violencia y el crimen, lo que va a hacer es formarnos al respecto, no direccionarnos inexorablemente hacia la hecatombe social. Podemos leer la belleza de la prosa de Víctor Hugo o Dostoievski o entretenernos con King o Christie, pero debemos estar precavidos frente a la amenaza de violencia ritual e hiperreal de los textos fílmicos.



En este marco de filmes peligrosos enmarcamos a David Fincher, cuya obra ha sido objeto de interpretaciones que la convierten en apologeta de la violencia y de la mutilación de la existencia de estratificación social, de transmisora de valores sexistas y, por si esto fuese poco, de justificadora de la violencia contra las mujeres.

David Fincher y, en particular, El Club de la lucha, han sido repetidamente interpretados más allá de su sentido explícito. Interpretaciones después empleadas para argumentar que este film legitima la violencia de la masculinidad blanca y los sistemas protofascistas e induce a la violencia contra las mujeres y todo lo femenino. Giroux llega a firmar que El club de la lucha es síntoma de “una cultura simbólica e institucional más amplia del cinismo y de la violencia sin sentido, que ejerce una poderosa influencia pedagógica en la configuración del imaginario público”

Giroux parte de que los hombres de El Club de la lucha se revelan contra la “femenización” de la sociedad y que ellos mismos han sufrido. Habla de hombres que han de “resistirse a su comprometer masculinidad por un sofá de diseño”. Giroux asocia el consumismo y la subyugación bajo la dinámica de la sociedad de consumo a lo femenino. Haba de hombres que han perdido su masculinidad en parte porque >“su cuerpo se ha transformado de un agente de producción en un receptáculo de consumo”. Habla del consumismo como una “fuerza ideológica y experiencia existencial que debilita y domestica al hombre” y en diversas ocasiones identifica esta domesticación con la feminización de la sociedad. Asocia la feminidad y el consumo como opuestos a todo lo masculino y de ahí su discurso desembocará en que el film justifica una respuesta violenta frente a todo lo femenino, “violencia que proporciona la base que permite maltratar y pegar a un número creciente de mujeres”

Esta identificación del consumo con lo femenino en Giroux es, cuanto menos, alarmante. Destruye los mismos valores que parece defender en su supuesta postura contra la violencia de género. Es Giroux quien asocia lo femenino con el consumo, no Fincher. La representación de las mujeres en El Club de la Lucha no tiene que ver en absoluto con el consumo: tiene que ver con la dependencia y la soledad. Las únicas intervenciones de mujeres dignas de mención en la película son las de Marla y Clohe.


Clohe es una mujer que, en los últimos momentos de su vida, tiene ganas de echar un polvo. No le es suficiente la abstención o la masturbación, y se declara disponible para que un hombre –cualquier hombre, un hombre en abstracto- tenga relaciones sexuales con ella. Su actitud habla de dependencia del varón, esto sí, pero en ningún caso habla del consumo.

Marla es más compleja. Su personaje habla más de la soledad y el instinto de protección y curación femeninos. Habla de la soledad, en el sentido de que es un personaje presentado con cierto patetismo: siempre de negro en un apartamento desordenado y pequeño, con un consolador sobre un mueble y con tendencia a la autodestrucción. En la escena del suicidio llama a un hombre, también a un hombre cualquiera porque acude a Jack, al que a penas conoce, para que la salve. Sí se puede hablar de una representación de la mujer como algo débil, dependiente y bastante confuso, pero no con el consumo. No en el sentido en que Giroux lo hace.

El cine de Fincher no se basa en ninguna teoría de la conspiración, parte de que el espectador es activo, es puramente visual: le gusta crear imágenes llamativas, “movimientos de cámara y efectos visuales insólitos, y mezclarlos con una vibrante música electrónica y una ambientación en lugares sórdidos y oscuros” No tratemos de exprimir más contenido del que existe en el film mediante asociaciones a penas unidas por hilvanes. El Club de la lucha no identifica a la mujer con el consumo, sino con la dependencia. No la muestra como objeto justificado de las manifestaciones violentas de los hombres. Las ve vulnerables, dependientes y, en todo caso, con cierto nurse instinct, como curanderas o madres educadoras.

El objetivo del Club no es ejercer violencia, sino recibirla. No habla de un puñado de hombres heterosexuales blancos que se reúnen para demostrarse los unos a los otros lo machos que con dándose puñetazos en la cara. Son una serie de trabajadores, alienados, que se reúnen para recibir daños. Giroux ignora prácticamente el hecho de que en realidad se trata de un solo personaje y no de dos, ignora que en todo momento es una lucha de Jack consigo mismo. Ignora que en el momento en que se acercan los primeros hombres que formarán el Club de la lucha, de noche, en la calle; lo que están viendo es a Jack pegarse a sí mismo. Y es a eso a lo que se apuntan. A la autodestrucción.

Respecto a la idea de protofascismo, es cierto que la organización del proyecto Meihen responde a cierta organización neonazi. Sin embargo es francamente cuestionable que haga apología de ello. En la escena en la que Jack ve el cuerpo sin vida de Bob, todos los integrantes del Proyecto le siguen como a Tyler. Repiten lo que él dice. Son mentes planas que no responden sino al carisma de su líder. Son ellos los que son representados, por medio de la puesta en escena, como idiotas que verdaderamente creen en esos métodos violentos sólo por el carisma de Tyler.



Son mostrados como idiotas por medio de la puesta en escena: todos con el mismo uniforme y la cabeza rapada. Por medio de cierta sobreactuación de los personajes se logra que no parezcan conscientes de lo que hacen sino un redil de ovejas, lo que no parece muy halagador hacia este tipo de organizaciones. Actúan cuando alguien se lo dice; por ejemplo cuando el rubio de la cara desfigurada les dice que entierren a Bob, y dejan de actuar cuando Jack les detiene. No comprenden la gravedad de la muerte de Bob. Creen entender a qué se refiere Jack, y por medio de la interpretación de los actores Fincher muestra que simplemente repiten lo que se les diga, como si se tratase de una lección de la escuela. No comprenden, son militantes acríticos que repiten hasta la saciedad la lección como una tabla de multiplicar: “su nombre es Robert Paulson”

Por otra parte al líder, Tyler, Fincher muestra que según avanza el film está más desquiciado. La imagen del rostro de Pitt, sudado, inquieto, con la respiración entrecortada y en un plano cada vez más cerrado después de la amenaza al latinoamericano de la tienda de comestibles, es la imagen de un desequilibrado. Los ojos de Tyler están oscuros y no deciden a dónde mirar, habla sólo y aprieta las mandíbulas. Fincher agudiza esta representación de maniático con los efectos visuales, hace que parezca que la cinta se va a salir del rollo de proyección, que se está moviendo, parece que la imagen vaya a romperse por la tensión y el resentimiento que acumula Tyler. Esto se enfatiza aún más por medio de una música que empieza a ser electrónica en el plano anterior (la explosión de ordenadores) y que va subiendo en intensidad y ritmo a lo largo de la declaración de principios de Tyler, hasta parecer un disco rayado o un motor acelerando.

Esta estética será un rasgo distintivo de las películas de David Fincher: busca una atracción visual con una composición de planos de cierto vanguardismo, en pro de una estética comercial moderna relacionada con la publicidad y el videoclip, cuyo fin último es conquistar al espectador/consumidor. Todo ello, con una visión patológica de una sociedad urbana, caótica y violenta, dominada precisamente el consumo del espectador/consumidor al que persigue atrapar Fincher. Sus filmes son lo que dicen ser, se basan en estructuras, estéticas, temas y criterios comerciales. Y digo temas comerciales porque la controversia política, la polémica de la violencia, el miedo, la muerte y la degeneración a la que puede llegar el ser humano son temas comerciales, que venden porque hoy por hoy tienen gancho. Son constantes en sus películas que se basan en la plástica pura para atrapar al público visualmente. Son, precisamente, golosinas.
 
Comentario:
Sólo una cosa: si hay alguien que no sabe interpretar una película, que se muerda la lengua xq las consecuencias de la ignorancia llegan a ser catastróficas.
A ver si el Giroux ése aprende a no ensuciar el nombre de ciertas obras maestras, solo xq sus entendederas sean limitadas.

Esta genial Amaya!
muakkksss
No