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Musical independiente (II). Jacques Demy: renegado por la crítica y mitificado por el público
“Aunque los musicales son un producto americano también los hay europeos”. Esta cita de Lars Von Trier nos sirve para empezar el segundo capítulo en el repaso a la historia de los personajes clave del género musical independiente. Y es que esta semana está dedicada a Jacques Demy, uno de los cineastas europeos que más han hecho por la consolidación del género musical. De todos los realizadores que probaron suerte en plena eclosión de la Nouvelle Vague francesa, allá a finales de los 50 cuando los críticos de Cahiers du Cinéma se empeñasen en romper con el academicismo del cine francés, Jacques Demy es al mismo tiempo uno de los cineastas más olvidados y denostados por la crítica y encumbrado a la categoría de mito por el público. Su especial admiración por el musical americano, el género genuino, lo condujo a experimentar con nuevas formas plásticas que combinasen música e imagen, algo hasta entonces casi impensable fuera del circuito de Hollywood. Es la reiteración en los temas e incluso en los personajes lo que concede a su obra esa condición de “singular” en la constante redefinición de la musicalidad del drama humano.

Dos son los proyectos que destacan en su no muy extensa filmografía, que abarca también algunos títulos de su esposa, la también realizadora Agnès Varda. El primero de los títulos a tener en cuenta es su ópera prima, la ya prometedora de una carrera singular: Lola (1960). Dedicada a la figura de Max Ophuls, la película retrata todo un mosaico de personajes en apariencia triviales e intrascendentes, todos ellos finalmente relacionados entre sí por azares del destino y por la incesante búsqueda del amor. Lo interesante de la cinta es cómo ese amor, no es tal, sino más bien un anhelo de amor, un sentimiento idealista y platónico se diría. Así, el destino entrecruza las vidas de Roland Cassard –un joven y romántico muchacho- y Lola -una encantadora cabaretera-, haciendo revivir en el primero la ensoñación del amor puro que rodeó a un encuentro entre ambos durante su juventud. Sin embargo, Lola (personaje basado en la Lola Lola de Marlene Dietrich) añora los días felices junto a Michel, el hombre que la enamoró cuando tenía apenas 14 años y luego la abandonó. El muchacho por otra parte se muestra deseoso de huir al descubrirse no correspondido por Lola, y decide embarcarse en una oscura aventura pese a conocer que tiene su origen en unos tráfico de diamantes.

Esta espiral de sentimientos entrecruzados nos hace pensar en esa nueva forma de concebir la comedia romántica que pusieron en solfa nombres como Richard Quine, Stanley Donen o Blake Edwards. De hecho, es innegable que la película sigue la estela de “Desayuno con diamantes”, la obra de consagración de Edwards. Encontramos también ecos de fondo que nos retrotraen a “Un día en Nueva York”, de Stanley Donen. Uno de ellos será el que de alguna manera simbolice ese sentimiento de pureza del amor. Y se manifestará en la actitud y entrega de Frankie, un apuesto marinero con el que Lola mantiene un affaire, en espera del regreso de Michel. Espera de 7 años que la protagonista parece querer suspender en el tiempo. Evitando la tentación de un recurso tradicional –el flashback para hallar en el pasado la justificación de esa insatisfacción permanente-, Demy se inclina por un sugerente encuentro durante el presente de la historia entre Frankie (alter ego del ansiado Michel) y una niña de 14 años llamada Cecile (el nombre real de Lola), un camino más elegante para llegar al mismo lugar.

Lo interesante de la propuesta radica no tanto en estas posibles coincidencias u homenajes como en la sensación de felicidad huidiza, de efimeridad, de pura alegría que sólo se alcanza por un instante y se desvanece con la misma fragilidad que el tiempo. Acompañado por el fondo sonoro de la música de Michel Legrand, la cámara de Demy registra confesiones y momentos aparentemente inocuos, pero que según discurre el devenir film irán haciéndonos notar esa amalgama de sentimientos y emociones que adquiere una acusada confesionalidad en esas conversaciones filmadas con mirada frontal fundamentalmente entre Lola y Roland –aquellas que tienen lugar en un pequeño restaurante donde ambos confiesan sus sentimientos-. “Lola” adquiere paulatinamente una pátina de romanticismo perdido que tiene su momento más cortante precisamente en esas imágenes finales con la protagonista en apariencia satisfecha ante el inesperado regreso de Michel, entrecruzando su mirada al contemplar como Roland está a punto de embarcarse en su odisea por Sudáfrica. Quizá la búsqueda del “amor de su vida”, de la pureza del amor, que es en definitiva de lo que habla la película, no fue más que una vana ilusión y dejó pasar a la persona que verdaderamente la podría corresponder.

Tras esta primera incursión en el terreno aparentemente vedado por Hollywood, cuatro años después Demy se dio a conocer en Cannes con “Paraguas de Cherburgo”, una coproducción franco-alemana con los diálogos cantados íntegramente a modo de opereta, que le valdría la Palma de Oro en el festival de La Croissete y que catapultó la carrera de Catherine Deneuve (por cierto, también presente en el reparto de “Bailar en la oscuridad”, cinta de la que hablábamos en el anterior post). La película es un alegato contra el romanticismo fatalista, rezumante de conformismo y resignación. Así, “Los paraguas de Cherburgo” narra la historia de un amor sesgado por los imprevistos del destino. Siguiendo el esquema clásico la cinta se divide en tres partes: la partida, la ausencia y el regreso.

La primera parte se inicia en noviembre de 1957 y nos muestra la historia de amor entre Geneviève (Catherine Deneuve) -una joven que trabaja en una tienda de paraguas- y Guy -un mecánico algo mayor que ella-, la clásica historia de una pareja de clase baja pero feliz con sus planes de boda; sin embargo, antes de que puedan casarse, Guy es llamado al ejército para militar en Argelia por un periodo de dos años. Ante la proximidad de la separación la pareja decide pasar la noche juntos. A partir de este momento la historia se complica. La partida de Guy coincide con la certeza de ésta de que está embarazada. Día tras día las noticias de su prometido escasean y la chica comienza a hundirse. Es entonces cuando conoce a Roland Cassard, un rico joyero (sí… el mismo personaje enamoradizo de “Lola” y es que ya te advertí que Demy reitera no sólo los temas sino también los personajes). El joven le propone matrimonio y está dispuesto a hacerse cargo del niño que va en camino y ella, apremiada por su madre y por las convenciones de la época, decide aceptar y se marcha de Cherburgo. En la tercera parte, vemos a un Guy desolado que, decide casarse, sin mucho sentimiento, con Madeleine, una joven educada y respetable que cuidaba de la tía enferma de éste –ahora fallecida-. Con el dinero de la herencia Guy abre una gasolinera. Cinco años después, Geneviève y Guy se reencuentran; ella se detiene a repostar en la gasolinera de Guy sin saber a quien pertenece. Para entonces, ambos personajes ya han sus vidas rehecho (a duras penas y muy a su pesar) y el orgullo les impide mediar palabra.

La casualidad y el azar son dos temas presentes en la filmografía de Jacques Demy. Y esta película no es una excepción. El destino juega con los personajes en un sinfín de separaciones, pérdidas y reencuentros, fruto de la idea del cineasta de la circularidad de la existencia. Ahora bien, lo fácil sería culpar a la vida, a su devenir, a las circunstancias externas que truncan el amor; pero Demy no parece muy interesado en quedarse ahí. Y es que la frialdad con la que ambos se tratan en la escena final sugiere que los sujetos protagonistas son los propios culpables de su desdicha. A tal efecto contribuyen decisivamente los fenómenos naturales y el vestuario presentados en la escena: la acción tiene lugar de noche, en mitad de una nevada, y, mientras que Guy viste un mono de trabajo, Geneviève luce un vestido muy elegante que marca la diferencia social que los separa.

En este sentido, la estética de la película es, y repetimos una vez más el renombrado calificativo, “singular”. Y es que en ello reside buena parte de la grandeza de Jacques Demy. Abundan los colores vivos en las escenas alegres y los más apagados en las tristes. Asimismo la ropa, los cuadros y los muebles parecen sacados de uno de los cuados de Henry Matisse, maestro a la hora de expresar sentimientos a través del uso del color y la forma. En toda esta artificiosidad encontramos una ruptura voluntaria con la realidad que no es más que un ejerció de estilo, un sello propio. El intenso cromatismo de los decorados de Bernard Evein combinan a la perfección con las compases que marca Michel Legrand, al que debemos agradecer la composición de ese melódico Je t´attendrai (una de sus canciones más populares a raíz de la película) que suena en la escena de la despedida de la pareja, cuando ya imaginamos que el fin de la relación se avecina con la partida de él, una escena que apela al recuerdo de las escenas de amor más clásicas del cine holllywoodiense.

El inicio de la película es en sí mismo toda una declaración de intenciones que nos alerta de las pretensiones estéticas de Jacques Demy. Un fundido en negro con apertura en iris nos deja ver un plano general del puerto de Cherburgo desde un ángulo elevado. De forma gradual, la cámara se sitúa en posición perpendicular al suelo y al instante comienza a caer un chaparrón, que se nos muestra gota a gota. Poco a poco, y mientras escuchamos una partitura de Michel Legrand, abandonamos el primer plano para ver el tránsito de decenas de personas cuyo caminos se cruzan durante unos segundos en la calle.
Entre este desvarío cotidiano, una fila de paraguas se detiene para dejar pasar a una madre que lleva a su bebé en un carrito. En la pantalla, aparece en sobreimpresión el título original de la película. Todo un ejercicio de estilo, como decía.

Los buenos resultados de “Los paraguas de Cherburgo”, alentaron a Jacques Demy a seguir adelante con su iniciativa de luchar por el género musical en Europa. Sin embargo, su siguiente película, titulada “Las señoritas de Rochefort” (1967), donde hizo bailar a las hermanas Catherine Deneuve y Françoise Dorléac acompañadas por el veterano estadounidense Gene Nelly, fue un auténtico fiasco. No en vano, pasó a componer junto con “Lola” y “Los paraguas de Cerburgo”, un tríptico sobre las ciudades francesas de provincias. Desde entonces Jacques Demy no consiguió levantar cabeza y fue denostado por la crítica. Aún así, veinte años después rodaría otra película íntegramente cantada, “Una habitación en la ciudad” (1982), un proyecto muy valiente para un director al que quizá el tiempo le conceda el reconocimiento que se merece.

Biografía Jacques Demy
Página con información sobre el compositor Michel Legrand
Cine y música. un dúo que se exporta
Le site filmographique Jacques DEMY
Página oficial de la Nouvelle Vague (versiones en francés y en inglés)
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