logotipo

img_google
Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
Flores
Demasiado delicado para ser su apodo, pero así es como se le conoce: por flores.
Le acabo de dar tres puntos de sutura en la ceja izquierda. Su embriaguez le ha hecho besar el suelo, una vez más. La última vez que le dimos otros cuantos puntos fue en la cabeza, a las tres de la madrugada, cuando recobró el conocimiento tras el golpe contra el bordillo de una acera. Nadie pasaba por allí. Tal vez. Nadie se molestó en recogerlo. LLegó solo al centro, tambaleándose y farfullando. Su cara era renglones de sangre, su cuerpo era un despojo desaseado y encogido que iba y venía intentando mantener el equilibrio. Su mirada: inquietante, desafiante.

Tiene cuarenta años. Cuesta creerlo. Es moreno, despeinado, alto y enjuto. Su grasa y sus fibras musculares las devoran el alcohol y la heroína... La heroína... vaya nombre para una droga. Puta mierda. Él la sigue consumiendo. La cocaina es para las nenazas y él es un yonki con categoría. Eso lo afirma con sonrisa burlona. La burla será por aquello de que un yonki con categoría repercute socialmente... él importa una mierda, a nadie.

No sé de qué vive, nunca dura más de dos meses en sus trabajos; unas veces albañil, otras carpintero. Este último oficio tuvo que abandonarlo so pena de quedarse sin un solo dedo: le faltan varias falanges de no recuerdo cuántos dedos ni de qué mano.
Sé con quién vive: con su padre de ochenta años. Ochenta años que le hacen parecer un anciano desvalido, pero sé que en su lecho de muerte, la que fue su mujer no encontró mano que asir, ojos en los que abandonarse, ni calor que mitigara la gelidez de la muerte , ni presencia, ni nadie que derramara una lágrima amarga, ni agridulce, ni insignificante lágrima. Un perro abandonado y moribundo. La llamaba hija de puta porque, en su agonía, no le dejaba dormir. Cruel, despiado. Tremendo. Durísimo, tanto como una piedra, pero hasta éstas se deshacen cuando las golpea la marea. Frío como el hielo, pero hasta el hielo se convierte en agua que calma la sed. La recuerdo dejándose morir, como flores.

Morirá joven, seguramente, de cirrosis hepática, o de una pancreatitis fulminante, o de alguna cardiopatía etílica... las válvulas se pudren cuando leucocitos, hematies y plaquetas sufren la metamorfosis a alcohol cien por cien. Tal vez de sobredosis en cualquier rincón de ninguna parte. Está sentenciado a muerte sin estar acusado de nada. Él mismo es su propio juez y su propio verdugo.

La tercera vez que hacía el intento de rehabilitarse en el Programa de drogodependencias de la Cruz Roja... rehabilitarse... odio esa palabra cuando se trata de aprender a vivir... decidió que no quería darse más oportunidades. Había elegido su manera de vivir: la autodestrucción.

Su boca emana un pestilente olor a fosa que no sabe lo que es un cepillo de dientes. El hedor, mezcla de alcohol y metano, llega hasta mi boca. Cuando me encuentro en semejantes trances desearía sufrir de anosmia, pero mi pituitaria es de una sensibilidad extrema. Hago de tripas corazón... La precisión del punto requiere que me acerque. Me gusta aproximar los bordes con extremada perfección -defecto desde que tengo uso de razón: la constante búsqueda de la perfección- que al menos esta cicatriz no se note en su rostro envejecido, devastado. No para de moverse, aun tumbado en la camilla. Le ordeno que se esté quieto o le voy a coser el párpado a la ceja y se lo voy a dejar abierto para el resto de su vida... amenazo. Cuando viene así... siempre viene así... resulta un vacilón. Bromea. Le gusta ponerme nerviosa. Me pregunta, por tercera o cuarta vez, si tengo novio. No. Silencio. Tengo marido: por tercera o cuarta vez la misma respuesta. Vaya hombre, ya decía yo que llegaba tarde. ¿Tú crees que soy feo?. Nadie me quiere porque creo que soy feo. Respondo sin pensar, estoy embebida en anudar y cortar. No hay nadie feo. Tiene cara de niño malo, sonrisa picarona y mirada esquiva.
No, no es feo. Es un cuerpo consumido. Es un alma consumida.

"... Él creyó que soñaba en el fugaz instante
en que acabó su tiempo abrazado a la madre.
Qué te puedo dar, que no me sufras
qué te puedo dar, que no te hundas,
que no vea en tus ojos reflejos de cristal
que me mata tu angustia, que me puede tu mal.
Qué te puedo dar."
 
Comentario:
¡Precioso!
Embelleces la realidad más oscura al contarla.
Gracias.
 
Comentario:
Precioso post aunque cuentes una historia triste. Por lo bien contado, por lo real, porque transmites y me llegas y con eso el escalofrío es tan grande que se que ha merecido la pena volver a leerte.

KissxxX
 
Comentario:
Idea para tu novela: junta todos estos relatitos en un libro. Yo los leería sin pestañear.
No