Más allá de la centena
Hasta no hace mucho tiempo, cuando iba a visitarla, ya fuese invierno o verano, la encontraba en un pilón, frotando con ahínco su ropa interior. Era la única tarea que la dejaban hacer, eso y su cama. Se empecinaba en no estarse quieta, en no resignarse a esperar, sentada en una silla, a que a Átropos se le antojase cortarle su hilo. Al verme llegar se sacudía las manos, las terminaba de secar en su mandil y se dirigía hacia el comedor con pasitos muy cortos pero rápidos, como los de una perdiz, como si sus centenarios pies tuviesen que ganarle la carrera al tiempo, ese que cada día que pasa parece acabársele pero que ella estira a golpe de corazón bradicárdico y pulso debil, para ahorrar energía.
Suelo entrar por la puerta falsa o portás, así llamamos por aquí a las puertas grandes que comunican los corrales o grandes patios con la calle. Aquí siempre suelen estar entreabiertas, se presupone la buena fé del que las traspasa. Ella no sale a mi encuentro, ya no, pero la llamo, para que sepa cuál es el objeto de mi visita. De una de las puertas interiores que dan al patio sale su nuera, la que ejerce rol de cuidadora, haciéndome el reproche de siempre: ¿Por qué no llama usté por la puerta principal? no ve que por aquí hay muchas piedras y trastos puestos en medio... Trastos de labranza; bielgas, trilla, un carro con grandes ruedas de madera, me imagino que en otro tiempo tirado por yunta de bueyes, un arado... Todos ellos olvidados, amontonados contra la pared. Yo siempre le contesto lo mismo: Qué más dará, me gusta husmear en los patios y, además, así no te piso lo recien fregao (casi siempre la encuentro con la fregona en la mano). Ella se ríe y me invita a pasar, alzándome la cortina que protege la puerta del sol y de la entrada de las moscas.
Hoy la encuentro sentada en un sillón, encorvada, arrugada, más arrugada que otras veces. La saludo enérgicamente, desde hace tiempo oye mal, pero oye... y ve... y me conoce. Me devuelve el saludo. Mientras desenfundo el tensiómetro y busco el fonendo y la libretilla de anotaciones en mi maletín, no dejo de observar los rincones. ¡Toda una vida colgada en la pared! Muebles antiquísimos, con múltiples enseres, curiosamente sin mota de polvo, anacrónicos, perpetuados en el lugar eternamente asignado, día tras día, año tras año. Un par de fotos en color sepía, péndulas en la pared, que parecen secuencias de Los otros o pertenecientes a un museo de antigüedades, donde hay niñas que parecen viejas y viejos que parecen esperpertos. Un tapiz aterciopelado de grandes dimensiones ocupa el centro de otra pared, sobre el sofá , con una escena de caza... Como ése tenía uno mi abuela que, cuando era pequeña, llamaba mi atención; un perro con una liebre entre sus fauces, otros dos junto al cazador, escopeta en diposición de disparo, apoyando la culata sobre el hombro y apuntando a unas cuantas aves volando. Repetitiva imagen bucólica. Seguramente se venderían en serie allá por los cincuenta o los sesenta, que sé yo, o tal vez los traían de recuerdo del Sahara, ¿quién no tenía un hijo o un marido que no hubiese hecho la mili allí?.
Sobre un aparador más fotos, éstas en color, de nietos y biznietos, de bodas y de comuniones. Me gusta empaparme de estas imágenes, percibir toda una vida con el simple vistazo a una habitación. Me gusta encontrarme su cara lozana en alguna de esas fotos y decirle eso de ¡qué guapa, Nicolasa, las mozas de antes sí que eran buenas mozas!... Y ella me sonrie y asiente con la cabeza.
Soy consciente de que se apaga, de que su corazón alguna noche dirá ¡basta! y se irá tranquila, con ciento y algunos años a sus espaldas. Quienes viven tanto suelen morir así, sin ninguna enfermedad que los mine o los degrade, simplemente su corazón se cansa de latir.
Suelo entrar por la puerta falsa o portás, así llamamos por aquí a las puertas grandes que comunican los corrales o grandes patios con la calle. Aquí siempre suelen estar entreabiertas, se presupone la buena fé del que las traspasa. Ella no sale a mi encuentro, ya no, pero la llamo, para que sepa cuál es el objeto de mi visita. De una de las puertas interiores que dan al patio sale su nuera, la que ejerce rol de cuidadora, haciéndome el reproche de siempre: ¿Por qué no llama usté por la puerta principal? no ve que por aquí hay muchas piedras y trastos puestos en medio... Trastos de labranza; bielgas, trilla, un carro con grandes ruedas de madera, me imagino que en otro tiempo tirado por yunta de bueyes, un arado... Todos ellos olvidados, amontonados contra la pared. Yo siempre le contesto lo mismo: Qué más dará, me gusta husmear en los patios y, además, así no te piso lo recien fregao (casi siempre la encuentro con la fregona en la mano). Ella se ríe y me invita a pasar, alzándome la cortina que protege la puerta del sol y de la entrada de las moscas.
Hoy la encuentro sentada en un sillón, encorvada, arrugada, más arrugada que otras veces. La saludo enérgicamente, desde hace tiempo oye mal, pero oye... y ve... y me conoce. Me devuelve el saludo. Mientras desenfundo el tensiómetro y busco el fonendo y la libretilla de anotaciones en mi maletín, no dejo de observar los rincones. ¡Toda una vida colgada en la pared! Muebles antiquísimos, con múltiples enseres, curiosamente sin mota de polvo, anacrónicos, perpetuados en el lugar eternamente asignado, día tras día, año tras año. Un par de fotos en color sepía, péndulas en la pared, que parecen secuencias de Los otros o pertenecientes a un museo de antigüedades, donde hay niñas que parecen viejas y viejos que parecen esperpertos. Un tapiz aterciopelado de grandes dimensiones ocupa el centro de otra pared, sobre el sofá , con una escena de caza... Como ése tenía uno mi abuela que, cuando era pequeña, llamaba mi atención; un perro con una liebre entre sus fauces, otros dos junto al cazador, escopeta en diposición de disparo, apoyando la culata sobre el hombro y apuntando a unas cuantas aves volando. Repetitiva imagen bucólica. Seguramente se venderían en serie allá por los cincuenta o los sesenta, que sé yo, o tal vez los traían de recuerdo del Sahara, ¿quién no tenía un hijo o un marido que no hubiese hecho la mili allí?.
Sobre un aparador más fotos, éstas en color, de nietos y biznietos, de bodas y de comuniones. Me gusta empaparme de estas imágenes, percibir toda una vida con el simple vistazo a una habitación. Me gusta encontrarme su cara lozana en alguna de esas fotos y decirle eso de ¡qué guapa, Nicolasa, las mozas de antes sí que eran buenas mozas!... Y ella me sonrie y asiente con la cabeza.
Soy consciente de que se apaga, de que su corazón alguna noche dirá ¡basta! y se irá tranquila, con ciento y algunos años a sus espaldas. Quienes viven tanto suelen morir así, sin ninguna enfermedad que los mine o los degrade, simplemente su corazón se cansa de latir.
Comentario:
Conviertes a este pueblo y a sus gentes en algo especial. Me tienes a-lu-ci-na-da. Quiero leer ese relato que fue premiado en no sé qué concurso. ¿Cómo me lo envias sin dejarte mi correo por aquí?
Un beso desde Asturias. ¡Qué bonito Asturias!
Un beso desde Asturias. ¡Qué bonito Asturias!





