Cara de palo
No es que se parezca, pero su expresión me lo recuerda mucho. Es como él, como Buster Keaton, uno de mis admirados monstruos del cine mudo. Ojos grandes e inexpresivos, rostro alargado e impenetrable y un enjuto cuerpo, tarciturno y anacrónico, que es arrastrado por sus pies cansados.
Él no ha caído en el alcohol, qué más quisiera, al menos así no sería consciente de dónde ha caído en realidad; en el olvido.
No sé si ha sido buen padre, ni si fue buen marido, sólo sé que ahora está solo y abandonado. Más solo que la una.
Un día me comentaba mi compañero de trabajo, ese que empatiza tanto con la gente, que a él no le daban pena quienes dormían debajo de un puente, ni los que se ponían ciegos de heroína hasta reventar con la más pura; los primeros, según él, porque hay que ser muy hijo de puta en esta vida para que no haya nadie que te tienda una mano; y los segundos porque ¿quién no es sabedor de los estragos que causa la droga hoy en día?, si fuese en los sesenta o los setenta, cuando se creía que únicamente te hacia flotar, ¿pero hoy en día?... drogarse es de gilipollas, y el que lo haga ¡que se joda!, pero que no pidan responsabilidad social. Empatía, a eso lo llamo yo empatía.
No sé si es su caso, no sé si ha sido tan cabrón y tan mala sangre con los suyos que ahora se ve como se ve, pero eso no me lo cuestiono, me da igual, sólo sé que ha tocado fondo.
Sus hijas vienen de vez en cuando. Dan una vuelta y se van. Y vuelve a quedarse entre cuatro paredes que se le vienen encima.
No sé si en su particular película de cine mudo él es el bueno y los demás los malos, o viceversa, pero me cuenta que ya no tiene ganas de seguir viviendo, que va a ser él quién decida su final.
Una luz roja se enciende en mi cabeza y mis neuronas empiezan a buscar rápidamente las palabras adecuadas, el gesto adecuado, la actitud adecuada. Trato de ¿tranquilizarlo?...no, más tranquilo no puede estar, se hunde en la apatía. Mientras preparo la mascarilla, le pongo la mano en el hombro y le animo a que me cuente... Me dice que no tiene ganas de nada, que le cuesta salir de la cama cada día, que no quiere ver a nadie, ni hablar con nadie, que se encuentra mal... que no se aguanta ni él... Su voz sale con desgana, permaneciendo cabizbajo y mirando al suelo. No me encuentro con sus ojos, me los niega.
Le digo que, tal vez, esté mejor en Madrid, con alguna de sus hijas, al menos una temporada. Niega con la cabeza..."allí sólo soy un estorbo".
No sé qué decirle. Su soledad me sobrecoge, será porque la temo más que a la propia muerte. De la vejez lo que más me asusta es eso, verme como le veo a él ahora; sin un hombro que se arrime, sin una palabra de aliento, sin el abrazo de un ser querido, sin su compañera de toda la vida, con sus hijos lejos. Solo, solo, solo.
LLuvia de ideas de suicidio, lo percibo, lo siento. Además, sé por su Historia clínica que no sería la primera vez que se le pasa por la cabeza, aunque su propia cobardía se lo haya impedido. Pero nunca se sabe cuando aparecerá un alarde de valor.
Reinterrogo sobre su tratamiento antidepresivo y asiente con la cabeza... sí, se lo toma. Creo que me engaña.
Hoy ha venido porque dice que le tiembla todo el cuerpo, que no puede respirar, que tiene un nudo en el estómago que no le deja comer. El compañero me lo ha derivado para que le enchufe a la bala de oxígeno, (así lo pone en un papel: enchúfalo al O2 diez minutos), como un placebo, porque en realidad el aire le entra perfectamente en sus pulmones, lo que no le entra es la vida, y lo que le impide respirar es su angustia vital...
Se va como ha venido, arrastrando los pies y con su cara de palo, dándome las gracias.
Solo, tristemente solo.
Él no ha caído en el alcohol, qué más quisiera, al menos así no sería consciente de dónde ha caído en realidad; en el olvido.
No sé si ha sido buen padre, ni si fue buen marido, sólo sé que ahora está solo y abandonado. Más solo que la una.
Un día me comentaba mi compañero de trabajo, ese que empatiza tanto con la gente, que a él no le daban pena quienes dormían debajo de un puente, ni los que se ponían ciegos de heroína hasta reventar con la más pura; los primeros, según él, porque hay que ser muy hijo de puta en esta vida para que no haya nadie que te tienda una mano; y los segundos porque ¿quién no es sabedor de los estragos que causa la droga hoy en día?, si fuese en los sesenta o los setenta, cuando se creía que únicamente te hacia flotar, ¿pero hoy en día?... drogarse es de gilipollas, y el que lo haga ¡que se joda!, pero que no pidan responsabilidad social. Empatía, a eso lo llamo yo empatía.
No sé si es su caso, no sé si ha sido tan cabrón y tan mala sangre con los suyos que ahora se ve como se ve, pero eso no me lo cuestiono, me da igual, sólo sé que ha tocado fondo.
Sus hijas vienen de vez en cuando. Dan una vuelta y se van. Y vuelve a quedarse entre cuatro paredes que se le vienen encima.
No sé si en su particular película de cine mudo él es el bueno y los demás los malos, o viceversa, pero me cuenta que ya no tiene ganas de seguir viviendo, que va a ser él quién decida su final.
Una luz roja se enciende en mi cabeza y mis neuronas empiezan a buscar rápidamente las palabras adecuadas, el gesto adecuado, la actitud adecuada. Trato de ¿tranquilizarlo?...no, más tranquilo no puede estar, se hunde en la apatía. Mientras preparo la mascarilla, le pongo la mano en el hombro y le animo a que me cuente... Me dice que no tiene ganas de nada, que le cuesta salir de la cama cada día, que no quiere ver a nadie, ni hablar con nadie, que se encuentra mal... que no se aguanta ni él... Su voz sale con desgana, permaneciendo cabizbajo y mirando al suelo. No me encuentro con sus ojos, me los niega.
Le digo que, tal vez, esté mejor en Madrid, con alguna de sus hijas, al menos una temporada. Niega con la cabeza..."allí sólo soy un estorbo".
No sé qué decirle. Su soledad me sobrecoge, será porque la temo más que a la propia muerte. De la vejez lo que más me asusta es eso, verme como le veo a él ahora; sin un hombro que se arrime, sin una palabra de aliento, sin el abrazo de un ser querido, sin su compañera de toda la vida, con sus hijos lejos. Solo, solo, solo.
LLuvia de ideas de suicidio, lo percibo, lo siento. Además, sé por su Historia clínica que no sería la primera vez que se le pasa por la cabeza, aunque su propia cobardía se lo haya impedido. Pero nunca se sabe cuando aparecerá un alarde de valor.
Reinterrogo sobre su tratamiento antidepresivo y asiente con la cabeza... sí, se lo toma. Creo que me engaña.
Hoy ha venido porque dice que le tiembla todo el cuerpo, que no puede respirar, que tiene un nudo en el estómago que no le deja comer. El compañero me lo ha derivado para que le enchufe a la bala de oxígeno, (así lo pone en un papel: enchúfalo al O2 diez minutos), como un placebo, porque en realidad el aire le entra perfectamente en sus pulmones, lo que no le entra es la vida, y lo que le impide respirar es su angustia vital...
Se va como ha venido, arrastrando los pies y con su cara de palo, dándome las gracias.
Solo, tristemente solo.
Comentario:
Leonor, gracias por tu comentario, me has dejado..., en fin. Gracias.
Pasa buen fin de semana. Tú no estás sola, yo lo sé.
Mil besos!
Kissxxx.
Pasa buen fin de semana. Tú no estás sola, yo lo sé.
Mil besos!
Kissxxx.
Comentario:
¿Por qué los payasos, cuando no están actuando, dan tanta pena? ¿Por qué Buster Keaton, que nos hizo reir tanto, tiene esa cara de pasa por la que parece que hace tiempo no se asoma una sonrisa?
Y lo más importante: ¿por qué seré tan vago como para no leerte día a día? En cuanto me despisto, te me acumulas en mis deberes. Siento mi inconstancia, como lector y como escritor, pero te sigo, Leonor, te sigo allí donde me digas, y con gusto.
Como siempre, un placer leerte, oirte trabajar y animar al personal sin esperar nada a cambio.
Mil gracias por ser una profesional que en lo emotivo no sabe serlo, gracias a Dios. Y a House que le den por culo, que el consuelo también debería entrar en el currículum de cualquier médico o enfermera.
Un besote.
Y lo más importante: ¿por qué seré tan vago como para no leerte día a día? En cuanto me despisto, te me acumulas en mis deberes. Siento mi inconstancia, como lector y como escritor, pero te sigo, Leonor, te sigo allí donde me digas, y con gusto.
Como siempre, un placer leerte, oirte trabajar y animar al personal sin esperar nada a cambio.
Mil gracias por ser una profesional que en lo emotivo no sabe serlo, gracias a Dios. Y a House que le den por culo, que el consuelo también debería entrar en el currículum de cualquier médico o enfermera.
Un besote.





