Ejerciendo mi rol de usuaria
Hace unos días me tocó ponerme al otro lado de la mesa, ahora yo ejercía mi rol de usuaria, porque en especializada, de pacientes nada, allí sí que somos un número de historia clínica o un número de habitación y cama, salvo raras excepciones.
Imaginemos una fría sala de hospital, como cantaba Victor Manuel, sin más luz que la tenue que emanaba de la pantalla de un ecógrafo. He superado esos treinta segundos de angustia vital que me genera siempre entrar a un hospital; esa bofetada de calor a medida que recorro los pasillos y ese olor característico, que me produce una caída de tensión en picado, taquicardia, súbita palidez , más aún de la mia habitual, y la sensación de que voy a desplomarme de un momento a otro... pero mis mecanismos de compensación responden de inmediato; varias respiraciones profundas, desacelerar el paso y despojarme de mi cazadora vaquera.
La una y treinta y cinco minutos del medio día. He entrado tan sólo 20 minutos después de mi hora de cita... no está mal. Me atiende una enfermera o auxiliar de clínica, no sé, no lleva tarjeta que la identifique, al menos yo no la veo, ni se presenta... ¡presentarse en especializada!, si te dan los buenos días te puedes dar por contenta. Ella es agradable en el trato, me los da y me invita a que me tumbe en la camilla. Yo puntualizo, -tengo, entre otros muchos, ese defecto, el de ponerle el punto a la "i", es herencia de familia...- " de tirodes, la eco es de tiroides". Yo sé que todos los caminos conducen a Roma, pero mejor ir por el más corto, no vaya a ser que quiera buscar el tiroides vía intravaginal.
Tras acomodarme en la camilla, en la postura que ella me describe y en la que yo ya tengo práctica, tumbada boca arriba, con una almohada bajo los hombros y cuello en hiperextensión, me dice que en unos instantes vendrá el radiólogo. " Vale, gracias" y yo con el cuello en hiperextensión... ella desaparece, habitación en penumbra, voces y bullicio en la lejanía de los pasillos y despachos contiguos... pasan unos cinco minutos... y yo en posición de hiperextensión. Me evado pensando en la tromba de agua que caía mientras me dirigía al hospital. La ronda que circumbala la ciudad estaba anegada de agua y Ciudad Real es caótica cuando caen cuatro gotas. En una cuidad en la que casi todo lo que buscas lo encuentras a la vuelta de la esquina, la gente, en vez de coger el paraguas, coge el coche para recorrer 200 metros. Circular por la zona céntrica es una temeridad y una prueba de templanza para mis nervios. Yo, que estoy acostumbrada a hacer kilómetros y kilómetros sin un sólo semáforo que me detenga hasta llegar a mi destino, hoy he tenido que atravesar la ciudad casi de un extremo a otro, entre una lluvia intensa, atascos , lo peor de mi que se despierta en estas situaciones y algún tontaina, con complejo de Fernando Alonso, que se cruza en mi camino,"¡Payaso, tio tenías que ser!"
Van pasando los minutos y sigo esperando... en hiperextensión, "hoy es viernes y el personal está relajado, paciencia, me jode tragar saliva en esta postura pero qué se le va a hacer, no hay prisa"... y el cuello en hiperextensión... Unos diez minutos después vuelve a entrar la primera individua, como diría mi padre, y al ver que aún seguía allí me pregunta, "anda, ¿pero no ha venido nadie a hacerte la eco?". Sí, ha venido, pero como esta postura es cómoda de cojones, le he dicho que si me deja aquí unos minutitos más... eso me lo trago y respondo educadamente, como buena usuaria que soy : "no, todavía no. Pero, perdona, necesito un justificante para el trabajo" (que veo que se larga y el radiólogo no desarrolla el rol de escribano, les sienta fatal)... "No, eso el administrativo del mostrador del pasillo", responde ella. Y vuelve a hacer mutis por la puerta del fondo. Y yo sigo aquí, como Paulina Rubio, casi en penumbra, entrando en un estado de sopor, inducido por la oscuridad y las voces a lo lejos... en hiperextensión.
Pienso en mi tiroides, que padece de mi misma enfermedad, la de la búsqueda constante del equilibrio, y tan pronto se dispara como se frena. Y más que nunca me alegro de que no sea nada ginecológico, porque si me llegan a tener los quince minutos que llevo aquí con hiperextensión de piernas en vez del cuello me cago en su... Siguen pasando los minutos y por fín aparece él, dios con forma de radiólogo, que se digna a mirar mi historía... le veo invertido, porque aún no ha venido a sentarse al ecógrafo y permanece de pie, al lado de una mesa. Me pregunta varias cosas para orientarse sobre lo que debe buscar en mi glándula y procede a realizarla, tarda tres minutos. ¡ Por fín!... tras treinta y cinco minutos de reloj, tumbada con el cuello en hiperextensión, y veinte de espera, el objeto de mi visita se ha cumplido. Ahora, además de ese quiste latente en mi tiroides, tengo una contractura cervical.
Segundo objetivo: voy en busca del justificante... ¡qué casualidad, el administrativo no está! A las dos y cuarto no creo que esté tomando un café, andará por ahí, de chinchorreo en algún despacho, deseando que lleguen las tres, pensando que su jornada ha concluido porque ya no hay ni un alma por los pasillos de radiología... pero no, aquí estoy yo... Veo salir a una señorita que tiene cara de administrativa, lo digo por la de fastidio que acaba de poner ella al verme... "¿Qué querías?", me dice como si yo tuviese la culpa de que ella trabaje de ocho a tres, le digo, me lo hace de mala gana, me lo da con una falsa sonrisa... lo cojo y le sonrío con otra igual de falsa, le doy las gracias, me voy pitando...
Imaginemos una fría sala de hospital, como cantaba Victor Manuel, sin más luz que la tenue que emanaba de la pantalla de un ecógrafo. He superado esos treinta segundos de angustia vital que me genera siempre entrar a un hospital; esa bofetada de calor a medida que recorro los pasillos y ese olor característico, que me produce una caída de tensión en picado, taquicardia, súbita palidez , más aún de la mia habitual, y la sensación de que voy a desplomarme de un momento a otro... pero mis mecanismos de compensación responden de inmediato; varias respiraciones profundas, desacelerar el paso y despojarme de mi cazadora vaquera.
La una y treinta y cinco minutos del medio día. He entrado tan sólo 20 minutos después de mi hora de cita... no está mal. Me atiende una enfermera o auxiliar de clínica, no sé, no lleva tarjeta que la identifique, al menos yo no la veo, ni se presenta... ¡presentarse en especializada!, si te dan los buenos días te puedes dar por contenta. Ella es agradable en el trato, me los da y me invita a que me tumbe en la camilla. Yo puntualizo, -tengo, entre otros muchos, ese defecto, el de ponerle el punto a la "i", es herencia de familia...- " de tirodes, la eco es de tiroides". Yo sé que todos los caminos conducen a Roma, pero mejor ir por el más corto, no vaya a ser que quiera buscar el tiroides vía intravaginal.
Tras acomodarme en la camilla, en la postura que ella me describe y en la que yo ya tengo práctica, tumbada boca arriba, con una almohada bajo los hombros y cuello en hiperextensión, me dice que en unos instantes vendrá el radiólogo. " Vale, gracias" y yo con el cuello en hiperextensión... ella desaparece, habitación en penumbra, voces y bullicio en la lejanía de los pasillos y despachos contiguos... pasan unos cinco minutos... y yo en posición de hiperextensión. Me evado pensando en la tromba de agua que caía mientras me dirigía al hospital. La ronda que circumbala la ciudad estaba anegada de agua y Ciudad Real es caótica cuando caen cuatro gotas. En una cuidad en la que casi todo lo que buscas lo encuentras a la vuelta de la esquina, la gente, en vez de coger el paraguas, coge el coche para recorrer 200 metros. Circular por la zona céntrica es una temeridad y una prueba de templanza para mis nervios. Yo, que estoy acostumbrada a hacer kilómetros y kilómetros sin un sólo semáforo que me detenga hasta llegar a mi destino, hoy he tenido que atravesar la ciudad casi de un extremo a otro, entre una lluvia intensa, atascos , lo peor de mi que se despierta en estas situaciones y algún tontaina, con complejo de Fernando Alonso, que se cruza en mi camino,"¡Payaso, tio tenías que ser!"
Van pasando los minutos y sigo esperando... en hiperextensión, "hoy es viernes y el personal está relajado, paciencia, me jode tragar saliva en esta postura pero qué se le va a hacer, no hay prisa"... y el cuello en hiperextensión... Unos diez minutos después vuelve a entrar la primera individua, como diría mi padre, y al ver que aún seguía allí me pregunta, "anda, ¿pero no ha venido nadie a hacerte la eco?". Sí, ha venido, pero como esta postura es cómoda de cojones, le he dicho que si me deja aquí unos minutitos más... eso me lo trago y respondo educadamente, como buena usuaria que soy : "no, todavía no. Pero, perdona, necesito un justificante para el trabajo" (que veo que se larga y el radiólogo no desarrolla el rol de escribano, les sienta fatal)... "No, eso el administrativo del mostrador del pasillo", responde ella. Y vuelve a hacer mutis por la puerta del fondo. Y yo sigo aquí, como Paulina Rubio, casi en penumbra, entrando en un estado de sopor, inducido por la oscuridad y las voces a lo lejos... en hiperextensión.
Pienso en mi tiroides, que padece de mi misma enfermedad, la de la búsqueda constante del equilibrio, y tan pronto se dispara como se frena. Y más que nunca me alegro de que no sea nada ginecológico, porque si me llegan a tener los quince minutos que llevo aquí con hiperextensión de piernas en vez del cuello me cago en su... Siguen pasando los minutos y por fín aparece él, dios con forma de radiólogo, que se digna a mirar mi historía... le veo invertido, porque aún no ha venido a sentarse al ecógrafo y permanece de pie, al lado de una mesa. Me pregunta varias cosas para orientarse sobre lo que debe buscar en mi glándula y procede a realizarla, tarda tres minutos. ¡ Por fín!... tras treinta y cinco minutos de reloj, tumbada con el cuello en hiperextensión, y veinte de espera, el objeto de mi visita se ha cumplido. Ahora, además de ese quiste latente en mi tiroides, tengo una contractura cervical.
Segundo objetivo: voy en busca del justificante... ¡qué casualidad, el administrativo no está! A las dos y cuarto no creo que esté tomando un café, andará por ahí, de chinchorreo en algún despacho, deseando que lleguen las tres, pensando que su jornada ha concluido porque ya no hay ni un alma por los pasillos de radiología... pero no, aquí estoy yo... Veo salir a una señorita que tiene cara de administrativa, lo digo por la de fastidio que acaba de poner ella al verme... "¿Qué querías?", me dice como si yo tuviese la culpa de que ella trabaje de ocho a tres, le digo, me lo hace de mala gana, me lo da con una falsa sonrisa... lo cojo y le sonrío con otra igual de falsa, le doy las gracias, me voy pitando...





