El salto (Capítulo VIII)
En realidad no sabía porqué razón no tragaba al del tercero; no le gustaba su mirada esquiva... ni su cara... Era el primero que salía por la mañana al trabajo -debía de ser al trabajo-, y siempre lo hacía sobre las cuatro y media de la madrugada y en días alternos. No sabía sobre qué hora regresaba porque, si alguna vez coincidían entrando a un tiempo, uno subía siempre por las escaleras y el otro tomaba el ascensor hasta el sexto piso. Vivía en el bloque desde hacía dos o tres años, no sabría precisar, pero en ese tiempo se había ganado el apodo de el hurón, así lo llamó doña Virtudes, su vecina de enfrente, el día que tocó su timbre para perdirle un poco de sal y, abriendo apenas cinco centímetros la puerta, le dijo que no tenía y cerró en sus mismísimas narices sin mediar más conversación. No se sabe si lo que ofendió a doña Virtudes fue el portazo en las narices o que no pudo husmear lo que a ella le hubiese gustado por no haber tenido el detalle -y la educación- de invitarla a pasar. Posiblemente fueron ambas cosas las que hicieron que la lengua viperina de la señora envenenara todo su rellano y los superiores e inferiores a él, colgándole el san benito de mal educado y de que "seguramente se trataba de un tipo de poco fiar... un terrorista o alguien por el estilo, porque ya digo, no asomó ni la nariz y parecía ocultar algo. Vamos, a mí me va a decir que no tiene sal... ¿Quién no tiene sal en casa?"... Eso traía y llevaba doña Virtudes como un chisme a todo el que abordaba en la escalera, bajando su tono de voz y dándole otro un tanto misterioso y suspicaz. Todos sabían de la capacidad de invención de la señora Virtudes y, la verdad sea dicha, a nadie importaba la vida de nadie. Otra gran tragedia de la vida de la gran ciudad: la libertad del anonimato y el riesgo de la indiferencia y la invisibilidad. El paraíso de los malhechores y el infierno de los indigentes.
A todos pilló por sorpresa la llegada de aquella furgoneta con una brigada de policías dentro. En pocos segundos ocuparon la escalera, el ascensor y las salidas de emergencia. Atisbaban en las esquinas de los pasillos, obligando a los curiosos a encerrarse tras sus puertas y no salir hasta que se les diera orden. Así fue como abortaron un intento suicida de fuga por la ventana de un tercer piso.Todos quedaron consternados y boquiabiertos cuando lo vieron bajar esposado, queriendo cubrir su cara inútilmente con el cuello de su camisa, con un policía a cada lado y otro guardándole la espalda, mientras otros tantos bajaban ordenadores, cientos de CDs, cámaras de video y un arsenal de material informático como si se desmantelase el mismísimo Banco Central. Habían dado con un pederasta al que seguían pista a través de la red desde hacía meses. Eso dijeron en el telediario de las nueve. A todos sorprendió la revelación de la doble vida de su vecino, a todos menos a doña Virtudes, claro, que se enjuagaba la boca con unos y con otros con un rotundo Ya lo sabía yo. ¿Qué os había dicho?, si a mí esta gentuza no me engaña...
Había sido una tarde extraordinaria, se había vivido in situ aún no sabía si una secuencia de Los hombres de Paco o la dura y pura realidad sucediendose al otro lado de su puerta, tres piso más abajo. Una cosa sabía seguro: ese tonto de los cojones ya no sería el primero que se lo encontraría si algún día daba el salto.
La quietud de la noche sobrecogía. El silencio de la ciudad sobrecogía. La oscuridad de un cielo sin luna sobrecogía. El frío de aquella noche de verano sobrecogía.
Cuando un hombre tirado por un perro apareció tras volver la esquina, decidió irse a dormir. Mañana será otro día.
A todos pilló por sorpresa la llegada de aquella furgoneta con una brigada de policías dentro. En pocos segundos ocuparon la escalera, el ascensor y las salidas de emergencia. Atisbaban en las esquinas de los pasillos, obligando a los curiosos a encerrarse tras sus puertas y no salir hasta que se les diera orden. Así fue como abortaron un intento suicida de fuga por la ventana de un tercer piso.Todos quedaron consternados y boquiabiertos cuando lo vieron bajar esposado, queriendo cubrir su cara inútilmente con el cuello de su camisa, con un policía a cada lado y otro guardándole la espalda, mientras otros tantos bajaban ordenadores, cientos de CDs, cámaras de video y un arsenal de material informático como si se desmantelase el mismísimo Banco Central. Habían dado con un pederasta al que seguían pista a través de la red desde hacía meses. Eso dijeron en el telediario de las nueve. A todos sorprendió la revelación de la doble vida de su vecino, a todos menos a doña Virtudes, claro, que se enjuagaba la boca con unos y con otros con un rotundo Ya lo sabía yo. ¿Qué os había dicho?, si a mí esta gentuza no me engaña...
Había sido una tarde extraordinaria, se había vivido in situ aún no sabía si una secuencia de Los hombres de Paco o la dura y pura realidad sucediendose al otro lado de su puerta, tres piso más abajo. Una cosa sabía seguro: ese tonto de los cojones ya no sería el primero que se lo encontraría si algún día daba el salto.
La quietud de la noche sobrecogía. El silencio de la ciudad sobrecogía. La oscuridad de un cielo sin luna sobrecogía. El frío de aquella noche de verano sobrecogía.
Cuando un hombre tirado por un perro apareció tras volver la esquina, decidió irse a dormir. Mañana será otro día.
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