El salto (Capítulo VII)
Últimamente, su escenario nocturno era una eterna cortina de agua. Finísima lluvia que acababa calándole hasta los huesos y le obligaba a abandonar su palco y meterse en la cama, desnudo y aterido de frío. Era una sensación única e indescriptible la que sentía, envuelto entre sábanas quietas, hasta entrar en calor. Era como salir de un estado de hibernación; el corazón se aceleraba y los latidos retumbaban en su torax que ahogaba el endemoniado eco...bumbum... bumbum...bumbum... La sangre retornaba a los confines de su cuerpo insensible por el frío y la vasodilatación producía un cosquilleo, a la vez que un placentero dolor, en sus manos y sus pies. El vello se erizaba y su pene emergía como acero incandescente, deseando ser abrazado y desbordarse fuere como fuere. Era como volver a la vida sin haber muerto. Era su resurrección.
El espectador de la noche contemplaba ahora su escenario desde su privilegiado palco acristalado. Al lado, una mesa con un ordenador apagado y un cenicero, aunque él no fumaba, sólo lo hacía de vez en cuando. Una noche más, las aceras, bañadas por el agua, resplancedían con brillo opaco a la luz de las farolas. La lluvia había cesado. Por la calle no había más transeúnte que un gato sin tejado -son esas cosas terribles que suceden en las ciudades- Abrió la ventana y apoyó los codos en su aféizar. Respiró el aire húmedo y excepcionalmente limpio, al menos por unas horas, hasta que los tubos de escape de los coches se encargaran de volver a intoxicarlo. Observó al felino, pardo, como todos los gatos en la noche, merodeando de puerta en puerta. Era gato callejero, con toda seguridad un superviviente de cloacas y contenedores de basura. Husmeaba y continuaba camino con el rabo alzado.
Miró al final de la calle, desde donde se aproximaban voces y risas y dos siluetas de mujer, una más alta que la otra, ambas sobre plataformas que alargaban sus piernas y acortaban sus toscos pasos. Las dos con sendas minifaldas de una cuarta por debajo de la cadera, o dos cuartas por encima de las rodillas. Las dos con camisetas ajustadas y generosos escotes. Ambas de piel blanca como la Inmaculada. Una rubia y la otra pelirroja. De labios rojos y risa escandolosa.
"¡Oye, guapo!, ¿qué haces ahí? ¿No puedes dormir?, pues vente con nosotras".
"Lo siento, princesas, tendrá que ser otro día. No es por inapetencia, es más bien pereza".
"¡Princesas!, nos ha llamado princesas..." Las dos estallaron en un ataque de risa. Sus pies sobre las enormes plataformas perdieron el equilibrio. Se sujetaron la una a la otra y, en un alarde de destreza motriz, no llegaron a besar el suelo.
"Oye, príncipe..." dijo ahora la más baja y pelirroja, "... no te arrepentirás, te lo aseguro. Es que el negocio va fatal, ya sabes, la crisis ha llegado a todos los sectores, a los privados y a nosotras, las públicas... a las privadas todavía les va bien". Reían a carcajadas, con la desvergüenza propia del que siente que nada tiene ya que perder cuando todo está perdido. Prosiguió: "Te propongo un barato: por cincuenta euros nos tendrás a las dos en un ménage à trois inolvidable... ¿qué nos dices?".
Una tímida sombra, tirada por un perro, se aproximaba a las dos mujeres. Ellas desviaron su atención de la ventana de aquel sexto piso y atraparon a la presa entre sus brazos. "Dinos, chiquitín, ¿necesitas algo?" El hombre frenaba al can, al tiempo que se escusaba e intentaba escabullirse del inesperado ataque. "Perdonen, señoritas, pero llevo prisa... Sólo he sacado a pasear a Satanás. ¡Satanás!, quieto, Satanás... maldito chucho. Además, ¿no ven el cielo?, parece que volverá a llover y ustedes no deberían estar en la calle a estas horas y tan desabrigadas". El hombre carraspeó y recolocó sus lentes. "Ahora, si son tan amables, déjennos pasar. Vamos, Satanás". Y pidiendo disculpas, tímidamente retomó su marcha. Aceleraba su paso a medida que se alejaba, contoneando caderas, como si de una escultura praxiteliana que hubiese cobrado vida se tratara y, por fin, llegó al final de la bocacalle, entró en su portal, subió a un 4º E sin ascensor y abrió la puerta con tres vueltas de llave. Hombre y perro recorrieron el largo y estrecho pasillo de tarima flotante. Abrió la puerta de la terracilla y allí ató a Satanás, ordenándole que guardara silencio. Fue hasta el dormitorio, se desnudó y se escurrió entre las sábanas quedándose quieto. En la penumbra, dos siluetas sobre la misma cama, espalda contra espalda. "Joaquín, es la última vez que salgo de noche con este chucho caprichoso, que mee y cague antes de acostarse". "Jodido maricón... para una vez que lo haces... ya lo haré yo. Duérmete". Y volteándose, se aferró al pecho de su amante, se impregnó de su olor y besó su cuello y, en la quietud de aquella alcoba, susurró su nombre.
Dos mujeres reían, pidiéndose disculpas la una a la otra por ser tan putas y llamándose de usted y señorita. Se agarraron del brazo y buscaron al del sexto.
"Hasta otro día, guapo, y no sabes lo que te pierdes".
"Sí, sí lo sé. Adios, princesas, y mucha suerte."
"¿Suerte?..." Siguieron riendo. "¿Y quién necesita suerte? lo que buscamos es otra cosita, querido, pero gracias de todos modos. Ya sabes, si nos necesitas, en el pub Anhelos... Hoy es que tenemos la noche libre". Y sin dejar de vociferar y reír, continuaron camino hasta perderse en las sombras de la gran avenida que conducía hasta el parque.
Comenzó a llover, primero con timidez, después con decisión y, por último, con insolencia. Una noche más, el cielo era un oscuro mar boca abajo. Una noche más, la vida se paseaba de puntillas, o sobre plataformas, entre las sombras de la gran ciudad.
El espectador de la noche contemplaba ahora su escenario desde su privilegiado palco acristalado. Al lado, una mesa con un ordenador apagado y un cenicero, aunque él no fumaba, sólo lo hacía de vez en cuando. Una noche más, las aceras, bañadas por el agua, resplancedían con brillo opaco a la luz de las farolas. La lluvia había cesado. Por la calle no había más transeúnte que un gato sin tejado -son esas cosas terribles que suceden en las ciudades- Abrió la ventana y apoyó los codos en su aféizar. Respiró el aire húmedo y excepcionalmente limpio, al menos por unas horas, hasta que los tubos de escape de los coches se encargaran de volver a intoxicarlo. Observó al felino, pardo, como todos los gatos en la noche, merodeando de puerta en puerta. Era gato callejero, con toda seguridad un superviviente de cloacas y contenedores de basura. Husmeaba y continuaba camino con el rabo alzado.
Miró al final de la calle, desde donde se aproximaban voces y risas y dos siluetas de mujer, una más alta que la otra, ambas sobre plataformas que alargaban sus piernas y acortaban sus toscos pasos. Las dos con sendas minifaldas de una cuarta por debajo de la cadera, o dos cuartas por encima de las rodillas. Las dos con camisetas ajustadas y generosos escotes. Ambas de piel blanca como la Inmaculada. Una rubia y la otra pelirroja. De labios rojos y risa escandolosa.
"¡Oye, guapo!, ¿qué haces ahí? ¿No puedes dormir?, pues vente con nosotras".
"Lo siento, princesas, tendrá que ser otro día. No es por inapetencia, es más bien pereza".
"¡Princesas!, nos ha llamado princesas..." Las dos estallaron en un ataque de risa. Sus pies sobre las enormes plataformas perdieron el equilibrio. Se sujetaron la una a la otra y, en un alarde de destreza motriz, no llegaron a besar el suelo.
"Oye, príncipe..." dijo ahora la más baja y pelirroja, "... no te arrepentirás, te lo aseguro. Es que el negocio va fatal, ya sabes, la crisis ha llegado a todos los sectores, a los privados y a nosotras, las públicas... a las privadas todavía les va bien". Reían a carcajadas, con la desvergüenza propia del que siente que nada tiene ya que perder cuando todo está perdido. Prosiguió: "Te propongo un barato: por cincuenta euros nos tendrás a las dos en un ménage à trois inolvidable... ¿qué nos dices?".
Una tímida sombra, tirada por un perro, se aproximaba a las dos mujeres. Ellas desviaron su atención de la ventana de aquel sexto piso y atraparon a la presa entre sus brazos. "Dinos, chiquitín, ¿necesitas algo?" El hombre frenaba al can, al tiempo que se escusaba e intentaba escabullirse del inesperado ataque. "Perdonen, señoritas, pero llevo prisa... Sólo he sacado a pasear a Satanás. ¡Satanás!, quieto, Satanás... maldito chucho. Además, ¿no ven el cielo?, parece que volverá a llover y ustedes no deberían estar en la calle a estas horas y tan desabrigadas". El hombre carraspeó y recolocó sus lentes. "Ahora, si son tan amables, déjennos pasar. Vamos, Satanás". Y pidiendo disculpas, tímidamente retomó su marcha. Aceleraba su paso a medida que se alejaba, contoneando caderas, como si de una escultura praxiteliana que hubiese cobrado vida se tratara y, por fin, llegó al final de la bocacalle, entró en su portal, subió a un 4º E sin ascensor y abrió la puerta con tres vueltas de llave. Hombre y perro recorrieron el largo y estrecho pasillo de tarima flotante. Abrió la puerta de la terracilla y allí ató a Satanás, ordenándole que guardara silencio. Fue hasta el dormitorio, se desnudó y se escurrió entre las sábanas quedándose quieto. En la penumbra, dos siluetas sobre la misma cama, espalda contra espalda. "Joaquín, es la última vez que salgo de noche con este chucho caprichoso, que mee y cague antes de acostarse". "Jodido maricón... para una vez que lo haces... ya lo haré yo. Duérmete". Y volteándose, se aferró al pecho de su amante, se impregnó de su olor y besó su cuello y, en la quietud de aquella alcoba, susurró su nombre.
Dos mujeres reían, pidiéndose disculpas la una a la otra por ser tan putas y llamándose de usted y señorita. Se agarraron del brazo y buscaron al del sexto.
"Hasta otro día, guapo, y no sabes lo que te pierdes".
"Sí, sí lo sé. Adios, princesas, y mucha suerte."
"¿Suerte?..." Siguieron riendo. "¿Y quién necesita suerte? lo que buscamos es otra cosita, querido, pero gracias de todos modos. Ya sabes, si nos necesitas, en el pub Anhelos... Hoy es que tenemos la noche libre". Y sin dejar de vociferar y reír, continuaron camino hasta perderse en las sombras de la gran avenida que conducía hasta el parque.
Comenzó a llover, primero con timidez, después con decisión y, por último, con insolencia. Una noche más, el cielo era un oscuro mar boca abajo. Una noche más, la vida se paseaba de puntillas, o sobre plataformas, entre las sombras de la gran ciudad.
Etiquetas: relato
Comentario:
Permiso concedido. Y sí, las fotos son mías. Como bien dices no tendría sentido hacer un blog de fotografías para colgar las que otros hacen. Es como si en vez de inventarme historias copiara alguna que circula por la red y dijera que es mía. Así que te doy permiso para utilizarlas siempre que pongas la fuente (no la del agua, eh).
Muchas gracias por decirte que te parecen bonitas. Es una pequeña afición que tengo reciente, con decirte que es una cámara compacta, que la compré hace 3 años y que es la primera cámara propia que tengo ya te digo todo.
Muchas gracias por decirte que te parecen bonitas. Es una pequeña afición que tengo reciente, con decirte que es una cámara compacta, que la compré hace 3 años y que es la primera cámara propia que tengo ya te digo todo.
Comentario:
Me encanta venir a echar un vistazo por este hueco en la pared de la blogesfera y comprobar como le va la vida nocturna a los personajes habitantes de tu blog. Me encantó este relato de princesas sin trono, insomnes inconsistentes y dueño de perro con incontinencia urinaria.





