El salto (capítulo V)
Hacía unos minutos que acababa de charlar por el Messenger. Hacía meses que no coincidía con él, con su amigo Fredi… Alfredo. El muy cabrón… se empeñó en hacer Filología Clásica. "Tú siempre dando la nota", dijeron todos. Sí, eso dijeron todos los colegas cuando lo dejó caer como una gracia sin gracia. Así era Fredi, sin gracia, un tío al que el mundo parecía sudarle la polla pero que decidía estudiar la lengua de los clásicos, el lenguaje muerto para comprender, desde el origen, el lenguaje de los vivos, para comprender el mundo -si es que al mundo se le puede atribuir la cualidad de comprensible- desde sus conceptos, y sus conceptos desde la raíz… Si alguien había subestimado a Fredi por el poco desparpajo que le caracterizaba se equivocaba de lleno. “El muy cabronazo… nos dejó a todos con la boca abierta cuando nos lo dijo…”, pensaba para sí, colgado en la ventana. No se refería a cuando dijo que se había matriculado en Clásicas, se refería a cuando dijo que se iba a vivir con Sylvie -tres años después de empezar la carrera, eso-, la profesora nativa de Francés. No es que fuese nada del otro mundo, pero sus aires de sofisticada parisiense, su cuerpo pequeño -¿uno cincuenta y siete, tal vez?- pero de proporciones perfectas, equilibradas, su corte de pelo a lo garçons, sus sensuales labios, sus pañuelos al cuello, sus vaporosas blusas abotonadas hasta donde no era preciso el más leve hincapié para perderse dentro de un sugerente escote y esa fragancia a bohemios boulevares, la convertían en objeto de deseo de febriles veinteañeros, más que nada porque para ellos todas las francesas eran Enmanuelle. Fredi nunca había tenido mucho éxito con las chicas y eso que no era feo –y bien dotado no digamos, era la envidia de sus amigos- pero le faltaba esa chispa – cuánto poder encierra una insignificante chispa- tan insignificante y tan vital. Fredi lo sabía pero no le importaba, él estaba convencido de que esa mujer, la que él había soñado una vez, llegaría y cuando eso sucediese la seguiría hasta el confín de la tierra si era necesario. Y Sylvie fue la chispa… ¿Entienden ahora dónde estaba el error? No es que a Fredi le faltase chispa, Fredi era leña seca, un bosque entero -de Canadá- de leña seca esperando su chispa… y cuando sus ojos se cruzaron con los bellísimos ojos de Sylvie ardió como las llamas del infierno.
“Aún me duele la mandíbula de aquel puñetazo, el muy bestia…”, recordaba mientras se llevaba la mano a su mentón y lo acariciaba como si en ese preciso instante paliase el dolor. “¿Quién iba a esperar aquella reacción?, con la de veces que habíamos bromeado entre nosotros con las victorias de los fines de semana… ¿te la has tirado ya? Y booom, gancho de derecha directo a mi cara… menudo puño… soltó su gancho y se largó, sin más, sin una palabra, sin asomo de ira, tan solo sintió que tenía que dar un puñetazo y lo dió. Todos se quedaron mudos, hasta yo. Aquello iba en serio… y tan en serio”, continuaba vagando entre recuerdos, los de su amigo Fredi.
Fredi y Sylvie viven en Paris desde hace dos años. Su madre se llevó el disgusto más grande del mundo… ¡las madres!... no terminarán nunca de conocer a sus hijos. A su padre le dio igual. Ella quería para su Alfredo una chica de su edad, alguna compañera de universidad, con la de chicas que hay en la universidad, no una francesa de esas, más sobadas que la manteca y que, encima, es diez años más vieja que su hijo… lagarta… y es que su Alfredo es un buenazo, eso es lo que le pasa, y como nunca ha tenido novia, ella le ha puesto el coño en los hocicos y se lo lleva, se lo lleva a Paris, la muy guarra… Todo eso decía la madre de Alfredo a su madre, una tarde en el rellano de la escalera.
Fredi desoyó los consejos maternos, e hizo caso omiso a las lágrimas del chantaje, se las limpió, la besó en la frente, se despidió de su padre, que fumaba tabaco en pipa, y se marchó al confín de la tierra, a París. Y allí, en París, vivía con la mujer que un día soñó, Sylvie, y con su hija recién nacida, en un céntrico apartamento de la calle Rivoli, a un paso del Sena. Estaba terminando su licenciatura, después de haber convalidado las respectivas asignaturas, y era el hombre más feliz de la tierra. Así le había dicho por el Messenger a su amigo, todo esto le había contado, con el particular desparpajo que le caracterizaba. Sólo cuando escribió esa frase: soy el hombre más feliz de la tierra, le pensó así, como el hombre más feliz de la tierra y se borró de su mente la imagen de su amigo desgarbado, tímido y poco suertudo con las mujeres que decidió estudiar Filología Clásica. Se sentía feliz por él, por lo que le contaba y, al mismo tiempo, sentía un inquietante escozor en el alma… no sabía bien el porqué. Sentía que la vida le empujaba, sentía que no quería estar en otro sitio que no fuese su ventana.
Recogió un pie, luego el otro, entró y dirigió su mirada al ordenador… la ventana del Messenger parpadeaba… “Dónde coño te has ido ¿?" Y otra linea: Estás??? Y otra linea: loco de los cojones... Y otra linea: la niña acaba de despertarse, está llorando. Y otra linea: tengo que dejarte. Nos vemos en otro momento. Y la última linea: Au revoir.
Au revoir, tecleó él dos horas después y sin nadie al otro lado de la linea.
“Aún me duele la mandíbula de aquel puñetazo, el muy bestia…”, recordaba mientras se llevaba la mano a su mentón y lo acariciaba como si en ese preciso instante paliase el dolor. “¿Quién iba a esperar aquella reacción?, con la de veces que habíamos bromeado entre nosotros con las victorias de los fines de semana… ¿te la has tirado ya? Y booom, gancho de derecha directo a mi cara… menudo puño… soltó su gancho y se largó, sin más, sin una palabra, sin asomo de ira, tan solo sintió que tenía que dar un puñetazo y lo dió. Todos se quedaron mudos, hasta yo. Aquello iba en serio… y tan en serio”, continuaba vagando entre recuerdos, los de su amigo Fredi.
Fredi y Sylvie viven en Paris desde hace dos años. Su madre se llevó el disgusto más grande del mundo… ¡las madres!... no terminarán nunca de conocer a sus hijos. A su padre le dio igual. Ella quería para su Alfredo una chica de su edad, alguna compañera de universidad, con la de chicas que hay en la universidad, no una francesa de esas, más sobadas que la manteca y que, encima, es diez años más vieja que su hijo… lagarta… y es que su Alfredo es un buenazo, eso es lo que le pasa, y como nunca ha tenido novia, ella le ha puesto el coño en los hocicos y se lo lleva, se lo lleva a Paris, la muy guarra… Todo eso decía la madre de Alfredo a su madre, una tarde en el rellano de la escalera.
Fredi desoyó los consejos maternos, e hizo caso omiso a las lágrimas del chantaje, se las limpió, la besó en la frente, se despidió de su padre, que fumaba tabaco en pipa, y se marchó al confín de la tierra, a París. Y allí, en París, vivía con la mujer que un día soñó, Sylvie, y con su hija recién nacida, en un céntrico apartamento de la calle Rivoli, a un paso del Sena. Estaba terminando su licenciatura, después de haber convalidado las respectivas asignaturas, y era el hombre más feliz de la tierra. Así le había dicho por el Messenger a su amigo, todo esto le había contado, con el particular desparpajo que le caracterizaba. Sólo cuando escribió esa frase: soy el hombre más feliz de la tierra, le pensó así, como el hombre más feliz de la tierra y se borró de su mente la imagen de su amigo desgarbado, tímido y poco suertudo con las mujeres que decidió estudiar Filología Clásica. Se sentía feliz por él, por lo que le contaba y, al mismo tiempo, sentía un inquietante escozor en el alma… no sabía bien el porqué. Sentía que la vida le empujaba, sentía que no quería estar en otro sitio que no fuese su ventana.
Recogió un pie, luego el otro, entró y dirigió su mirada al ordenador… la ventana del Messenger parpadeaba… “Dónde coño te has ido ¿?" Y otra linea: Estás??? Y otra linea: loco de los cojones... Y otra linea: la niña acaba de despertarse, está llorando. Y otra linea: tengo que dejarte. Nos vemos en otro momento. Y la última linea: Au revoir.
Au revoir, tecleó él dos horas después y sin nadie al otro lado de la linea.
Etiquetas: relato
Comentario:
Y es que igual que Fredi, todos tenemos que encontrar razones para no dar ese "salto mortal".
Una frase: "La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante" - Paulo Coelho.
Una frase: "La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante" - Paulo Coelho.





