El idiota
Era el niño más feo de la calle, ¡qué digo!, del barrio... me atrevería a decir que del pueblo y de todos sus alrededores. Su boca era enorme, sus ojos pequeños, de pestañas pelirrojas, cejas pelirrojas y tupido pelo pelirrojo. Era bajito y delgaducho, y su cabeza, comparada con aquel cuerpo raquítico -desalambrio, diría mi madre- sobresalía entre el resto de los demás niños del barrio.
* Desalambrío: sinónimo de desnutrido, según mi madre. Nadie lo busque en el diccionario porque no lo encontrará, ni nada que se le parezca.
Su risa era estrepitosa, un estallido contenido en esa enorme boca que se abría para dar rienda suelta a una carcajada acompañada de una orquesta de sorbos que, inútilmente, intentaban sujetar las babas que se escurrían por la comisura de sus labios.
Siempre iba con el pantalón caído, a media asta en su enjuto trasero, enseñando unas veces su rabadilla y, otras, sus calzones sucios. Las camisas o camisetas interiores siempre iban a "jarapo sacao".
Su olor era un pestilente hedor a queso de oveja.
Era otro niño raro. Era el idiota.
* Jarapo sacao: bailando por fuera, a su libre albedrío. Harapo sacado.
Su padre se pasaba la vida en una quintería, cuidando un enorme rebaño de ovejas. Dormía y cuidaba ovejas. Cuidaba ovejas y dormía. Su madre se pasaba la vida en casa de su abuela, o sentada en una silla sin hacer otra cosa en todo el santo día, salvo comer mendrugos de pan que sacaba de sus bolsillos, o trozos de salchicha previamente cortados y almacenados en su sucio mandil. Renqueaba de una pierna y se movía con torpeza, por su enorme corpulencia, en un tedioso vaivén.
Volvíamos juntos de la escuela; mi hermana, él y yo. Él se quedaba primero. Nosotras, dos puertas más abajo. A veces entrábamos a casa y se oían sus puñetazos en la puerta y sus voces llamando a la madre. Mi hermana y yo corríamos a decírselo a la nuestra:
"mama, la madre de Goyo hoy tampoco está"
Entonces mi madre salía a la puerta y le llamaba. Y Goyo, tímido o avergonzado, se venía a mi casa y comía con nosotros. Un día le dijo a su madre que había comido el cocido más rico del mundo en casa de mi madre. Y su madre fue a preguntar a la mía que qué le echaba al cocido... " vamos, mujer, ¡hay que ver lo que le gustó tu cocido!...¿ pues qué le echas tú?"... parece que estoy oyendo aquella voz que hablaba con el mismo tedio que aquellos andares.
La oronda señora se empeñaba en emparejar a mi hermana con su niño. A mí me tenía por vieja para él -yo, dos años mayor- pero, sinceramente, siempre aplaudí en mi fuero interno tal rechazo -y en el externo, vamos, que cada vez que se le adjudicaba a mi hermana yo me ponía tan contenta- porque en mis gustos y mis intereses "conyugales" nunca estuvo en la lista, ni él ni semejante suegra. A mi hermana se la llevaban los demonios cada vez que alguien insinuaba o hacía la gracia de la parejita Pedro y Heidi.
* LLevarte los demonios: cogerte un cabreo de muy señor mío.
En verano siempre andaba descalzo -todos andábamos descalzos en verano... por la casa... por los patios... por la calle... Daba igual que el terreno fuese más o menos amable con nuestros pies, en verano se andaba descalzo por todas partes. ¿Quién se resistía a semejante gozada?... A semejante liberación- y le gustaba sentarse en su acera, con una cubitera repleta de cubitos helados entre sus piernas cruzadas. Cubitos de color naranja, con un palillo mondadientes en el centro. Cubitos de gaseosa La flor de Yébenes, con sabor a naranja. Todo un manjar estival. A mi hermana y a mí nos gustaban de leche con mucho cola-cao, así quedaban bicolor, porque el cola-cao siempre terminaba posándose en el fondo, dejando el resto de color más claro. Él los engullía en su enorme boca y los relamía y deshacía en un visto y no visto ante nuestros sorprendidos ojos. Nos ofrecía, sacándoselos de la boca y riéndose divertido, babeando encima de la cubitera. Nosotras negábamos con las manos, con la cabeza, con la palabra... éramos el adverbio de negación personificado. Goyo era nuestro amigo, nuestro mejor amigo, pero de ninguna manera estábamos dispuestas a tragarnos sus babas, ni siquiera con sabor a naranja.
A veces coincidimos con un cruce de miradas, él llegando con su coche a su puerta, a la que siempre será su casa por ser hijo único y soltero, -de momento-, yo llegando a la de mi madre en el mío, acompañada de mi marido y de mis hijas. A veces se escapa un hola que a penas si se oye o se lee en los labios. Un hilo de voz que no consigue traspasar la barrera del tiempo. Otras, un simple gesto con la cabeza, a modo de saludo. No sé nada de su vida, ni creo que él sepa nada de la mía y menos de la de mi hermana. El que hoy es un extraño, hace muchos años fue nuestro mejor amigo, nuestro fiel compañero de juegos.
* Desalambrío: sinónimo de desnutrido, según mi madre. Nadie lo busque en el diccionario porque no lo encontrará, ni nada que se le parezca.
Su risa era estrepitosa, un estallido contenido en esa enorme boca que se abría para dar rienda suelta a una carcajada acompañada de una orquesta de sorbos que, inútilmente, intentaban sujetar las babas que se escurrían por la comisura de sus labios.
Siempre iba con el pantalón caído, a media asta en su enjuto trasero, enseñando unas veces su rabadilla y, otras, sus calzones sucios. Las camisas o camisetas interiores siempre iban a "jarapo sacao".
Su olor era un pestilente hedor a queso de oveja.
Era otro niño raro. Era el idiota.
* Jarapo sacao: bailando por fuera, a su libre albedrío. Harapo sacado.
Su padre se pasaba la vida en una quintería, cuidando un enorme rebaño de ovejas. Dormía y cuidaba ovejas. Cuidaba ovejas y dormía. Su madre se pasaba la vida en casa de su abuela, o sentada en una silla sin hacer otra cosa en todo el santo día, salvo comer mendrugos de pan que sacaba de sus bolsillos, o trozos de salchicha previamente cortados y almacenados en su sucio mandil. Renqueaba de una pierna y se movía con torpeza, por su enorme corpulencia, en un tedioso vaivén.
Volvíamos juntos de la escuela; mi hermana, él y yo. Él se quedaba primero. Nosotras, dos puertas más abajo. A veces entrábamos a casa y se oían sus puñetazos en la puerta y sus voces llamando a la madre. Mi hermana y yo corríamos a decírselo a la nuestra:
"mama, la madre de Goyo hoy tampoco está"
Entonces mi madre salía a la puerta y le llamaba. Y Goyo, tímido o avergonzado, se venía a mi casa y comía con nosotros. Un día le dijo a su madre que había comido el cocido más rico del mundo en casa de mi madre. Y su madre fue a preguntar a la mía que qué le echaba al cocido... " vamos, mujer, ¡hay que ver lo que le gustó tu cocido!...¿ pues qué le echas tú?"... parece que estoy oyendo aquella voz que hablaba con el mismo tedio que aquellos andares.
La oronda señora se empeñaba en emparejar a mi hermana con su niño. A mí me tenía por vieja para él -yo, dos años mayor- pero, sinceramente, siempre aplaudí en mi fuero interno tal rechazo -y en el externo, vamos, que cada vez que se le adjudicaba a mi hermana yo me ponía tan contenta- porque en mis gustos y mis intereses "conyugales" nunca estuvo en la lista, ni él ni semejante suegra. A mi hermana se la llevaban los demonios cada vez que alguien insinuaba o hacía la gracia de la parejita Pedro y Heidi.
* LLevarte los demonios: cogerte un cabreo de muy señor mío.
En verano siempre andaba descalzo -todos andábamos descalzos en verano... por la casa... por los patios... por la calle... Daba igual que el terreno fuese más o menos amable con nuestros pies, en verano se andaba descalzo por todas partes. ¿Quién se resistía a semejante gozada?... A semejante liberación- y le gustaba sentarse en su acera, con una cubitera repleta de cubitos helados entre sus piernas cruzadas. Cubitos de color naranja, con un palillo mondadientes en el centro. Cubitos de gaseosa La flor de Yébenes, con sabor a naranja. Todo un manjar estival. A mi hermana y a mí nos gustaban de leche con mucho cola-cao, así quedaban bicolor, porque el cola-cao siempre terminaba posándose en el fondo, dejando el resto de color más claro. Él los engullía en su enorme boca y los relamía y deshacía en un visto y no visto ante nuestros sorprendidos ojos. Nos ofrecía, sacándoselos de la boca y riéndose divertido, babeando encima de la cubitera. Nosotras negábamos con las manos, con la cabeza, con la palabra... éramos el adverbio de negación personificado. Goyo era nuestro amigo, nuestro mejor amigo, pero de ninguna manera estábamos dispuestas a tragarnos sus babas, ni siquiera con sabor a naranja.
A veces coincidimos con un cruce de miradas, él llegando con su coche a su puerta, a la que siempre será su casa por ser hijo único y soltero, -de momento-, yo llegando a la de mi madre en el mío, acompañada de mi marido y de mis hijas. A veces se escapa un hola que a penas si se oye o se lee en los labios. Un hilo de voz que no consigue traspasar la barrera del tiempo. Otras, un simple gesto con la cabeza, a modo de saludo. No sé nada de su vida, ni creo que él sepa nada de la mía y menos de la de mi hermana. El que hoy es un extraño, hace muchos años fue nuestro mejor amigo, nuestro fiel compañero de juegos.
Comentario:
Disculpas también, Estrella.
Buen día.
Buen día.
Comentario:
Y que razón llevas, Estrella. Disculpas a ti, sobre todo porque la otra parte que comenta a veces entra como un toro de miura... es un defecto de familia que yo también padezco.
Un beso de fin de semana.
Un beso de fin de semana.
Comentario:
Nunca quise herir suceptibilidades.
El patio: quizá hubiera debido decir "peculiaridades" en vez de defectos, pero añado que todos tenemos defectos y virtudes. Es normal tener defectos.
Síntique: respetando tu opinión, quiero aclararte que toda descripción que una persona hace sobre otra es siempre subjetiva, eso nos hace diferentes a los humanos.
Besos.
El patio: quizá hubiera debido decir "peculiaridades" en vez de defectos, pero añado que todos tenemos defectos y virtudes. Es normal tener defectos.
Síntique: respetando tu opinión, quiero aclararte que toda descripción que una persona hace sobre otra es siempre subjetiva, eso nos hace diferentes a los humanos.
Besos.
Comentario:
¡Qué tendrá que ver la descripción objetiva de Goyo con que tenga mal o buen corazón...! Hay comentarios que me dejan entre consternada y boquiabierta...
En fin, muy bien contado todito, excepto que tu hermana fue "novia oficial" de Goyito hasta la edad de ocho años, en que "rompieron" por una infidelidad básica de verano...
Besos.
Me encantan estos retazos enraizados en nuestra historia compartida.
En fin, muy bien contado todito, excepto que tu hermana fue "novia oficial" de Goyito hasta la edad de ocho años, en que "rompieron" por una infidelidad básica de verano...
Besos.
Me encantan estos retazos enraizados en nuestra historia compartida.
Comentario:
¿Defectos?... ni tan siquiera el olor a queso añejo de oveja.
Comentario:
Seguro que Goyo en el fondo y a pesar de sus defectos, tenía buen corazón.





