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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
El salto (Capítulo IV)
Ni una sola estrella. La noche no tenía más luces que las amarillentas del alumbrado público, las de las ventanas de los bloques cercanos -una sí, una no, una sí, dos no, dos sí, no sé cuántas no. Unos dormirían, otros dormitarían en el sillón con la televisión encendida, otros padecerían de insomnio, algún otro tendría que terminar el proyecto de trabajo que el jefe le encargó, como ultimatum, para mañana, otras esperarían levantadas a que él regresara, alguna que otra silueta tras las cortinas yendo y viniendo como animal enjaulado, otras formando a Géminis: vidas tras las ventanas encendidas y apagadas- y las cegadoras de neón de la entrada de un antro cercano, al que -ahora que caía, que caía en su pensamiento, de su palco del sexto piso no tenía intención de caerse- nunca había entrado. Pub Los anhelos, así se llamaba el antro, bajo sospecha de que allí se cocía algo más que tomarse una copa. De vez en cuando salía alguna exótica chica de color, o una espectacular rubia de bote, acompañada por algún maromo con gafas de sol, aunque fuesen las doce de la noche, y se marchaban en un coche. Un par de horas después regresaban y era ella, la exuberante o la espectacular, la que se bajaba y volvía a entrar al antro. El coche se perdía en la clandestinidad de la noche.

A lo lejos, otras luces iluminaban el cielo. Un electrizante hilo que parecía morir en la invisible linea del horizonte lo cortaba en dos, o en tres, y después el sordo sonido de un trueno, cada vez más cercano. El olor a tierra mojada penetró por su nariz e, instintivamente, respiró hondo, e, instintivamente, recordó aquellas tormentas de verano, salidas de la nada, que le obligaban a refugiarse debajo de cuarquier saliente para no calarse hasta los huesos. Sintió la flama que despedía el asfalto y que hacía el aire irrespirable hasta que, en menos que canta un gallo, el agua corría turbia por las calles y las aceras, el tráfico se intensificaba, como una plaga de hormigas aladas cuando presagian tormenta. Cerró los ojos para oír el sonido del aguacero y la algarabía de unos y de otros buscando lo mismo que él: presenciar el magnánimo fenómeno bajo algún improvisado techo. Volvió a la realidad, a la noche.
Comenzó a soplar el viento como avanzadilla de cortinas de agua, de cielos revueltos deseosos de derramar su ira. Hizo un intento de abrigarse abrochando el único botón de su pijama con bolsillos. La primera gota cayó en su nariz, la segunda y la tercera sobre sus manos y la cuarta y sucesivas, muchas, cientos, las sintió traspasar el fino algodón y calar sus hombros, sus muslos... hasta resvalar por el cuerpo entero. Empapó y deshizo su porro perfectamente liado que pinzaba entre sus dedos. La tormenta estaba sobre su cabeza, y dentro de su cabeza, la tormenta se desataba fuera y también dentro de él. Con la inútil esperanza de sentirse nuevo, se dejó calar hasta los huesos, hasta el alma, hasta que el cielo se quedase a gusto, hasta que apareciese despejado, hasta que mirara arriba y pudiese ver las estrellas... hasta que la luz se hiciese también en sus adentros.
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