El salto (capítulo III)
" ¡Oye,tú!, ¿qué haces ahí colgado? Los hay que están locos de atar". Dijo balbuceando y sin dejar de tambalearse. El cinturón de su gabardina le arrastraba tras de sí. Había aflojado la corbata hasta desanudarla por completo y el pico de su camisa asomaba por encima de su cinturón Gucci.
" Joder, no me lleva tajada", pensó el de la ventana. Estaba en pijama, como siempre, con la mano derecha jugueteaba con un mechero y con la izquierda se acercaba un porro, perfectamente liado, a los labios. Encendió la llama y dió la primera calada con tan mala fortuna que el pitillo resbaló de entre sus labios.
"¡Me cago en la p... ¿Será posible?, llevo yo la negra para fumarme una mierda porro" Miró abajo, intentando ver donde había caído.
" Oye, capullo, ¿es que piensas volarme vivo? No tengo bastante con que hoy me hayan puesto de patitas en la calle, después de que esas sanguijuelas me han chupado la sangre durante quince años... ¡Quince años trabajando para que ahora no te den ni las gracias!... y, encima, un tarado como tú me quema la gabardina". Se balanceó hasta perder casi el equilibrio. Buscó asiento a tientas: una papelera. Prosiguó hablando con su lengua de trapo y salpicando babas:
" Y ni siquiera tienen cojones a decírtelo en persona, a la cara, como hacen los hombres que son hombres... ¡nenazas!... Te lo dejan en tu casillero, en un sobre de papel reciclado en el que te dan las gracias por precindir de tus servicios". Se cansó de mirar hacia arriba e hizo un gesto con la mano que significaba algo así como: y a ti qué cojones te importa lo que te estoy contando. Volvió a mirar hacia arriba:
" Oye, deja de moverte, me estás mareando"
" Es mi hermano gemelo. Es un poco inquieto", dijo el de arriba.
" Ah, pues dile que se esté quietecito y se siente de una vez.
¿Sabes?, me dieron ganas de ir a su despacho, abrir la puerta de par en par y decirle que a su mujer se la está tirando el jefe de sección... ¡qué se joda!" Estalló en una carcajada que se fue apagando hasta terminar en un carraspeo de garganta. Prosiguió:
" Pero luego pensé que eso lo sabe toda la oficina, no iba a enterar a nadie de nada nuevo. Además, yo no soy un hijo de puta, soy un buen tío... un buen tío..." La risa tonta dió paso al desconsolado llanto de un niño.
" Vamos, hombre, no llores. Claro que eres un buen tío, un tío cojonudo. Seguro que mañana tienes a veinte empresas llamando a tu puerta... eh, vamos, joder... ¿voy a tener que bajar?..."
Se limpió las lágrimas y los mocos con lo que le quedaba de orgullo. Rebuscó su rolex bajo la manga de su camisa. Vaciló hacia atrás, después hacia adelante.
" ¡Joder!, la hemos cagado. Se me ha estropeado el reloj... tiene cuatro agujas y cada una marca una hora..." farfulló.
" Prueba a cerrar un ojo y enfocar con el otro, verás como se arregla solo". Dijo el de arriba.
" Anda, coño, ahora son los números los que no dejan de dar vueltas. Nada, mañana lo llevaré a la relojería". Y con un gesto de fastidio, sacudió la muñeca y volvió a guardar el reloj bajo la manga.
Volvió a reír compulsivamente mientras miraba al suelo y negaba con la cabeza. El sonido de un móvil le hizo vaciar los bolsillos de su pantalón. Nada. Después vació los de su gabardina, hasta que dió con él. El nombre de la pantalla también daba vueltas. Aquella noche todo daba vueltas. Consiguió pulsar el botón descolgar:
"¿Sí?. Laurita, mi cielito, ¿no te lo vas a creer?: llevo media noche hablando con un tío sentado en la ventana de un sexto piso. Tengo que aconsejarte que no lo hagas nunca, entra un dolor de cuello que te cagas... ¿que si estoy borracho?, ah, que no lo preguntas... lo afirmas... Creo que... sí, creo que un poco sí... bueno, un poco no... bastante... Ya, ya iba, pero no entiendo esa manía que teneis las mujeres de esperarnos siempre levantadas. Venga, métete en la cama que ya estoy llegando. Voy a decirle adios al tipo este..." Pulsó el botón colgar con dificultad, mordiéndose la lengua.
" Bueno, colega, tengo que irme, se me hace muy tarde. Si tienes la costumbre andar por ahí arriba, tal vez nos veamos alguna que otra noche... Despídeme de tu hermano, que parece que se ha ido a dormir sin despedirse". Y bajando la cabeza, echó a andar.
El joven de la ventana del sexto piso miraba al borracho que serpenteaba acera abajo mientras sus balbuceos se perdían en aquella dilatada noche que parecía llegar a su fin. Recogió un pie, después el otro y, dejándose caer dentro, se metió en la cama y apagó la tenue luz de su lamparilla de noche.
" Joder, no me lleva tajada", pensó el de la ventana. Estaba en pijama, como siempre, con la mano derecha jugueteaba con un mechero y con la izquierda se acercaba un porro, perfectamente liado, a los labios. Encendió la llama y dió la primera calada con tan mala fortuna que el pitillo resbaló de entre sus labios.
"¡Me cago en la p... ¿Será posible?, llevo yo la negra para fumarme una mierda porro" Miró abajo, intentando ver donde había caído.
" Oye, capullo, ¿es que piensas volarme vivo? No tengo bastante con que hoy me hayan puesto de patitas en la calle, después de que esas sanguijuelas me han chupado la sangre durante quince años... ¡Quince años trabajando para que ahora no te den ni las gracias!... y, encima, un tarado como tú me quema la gabardina". Se balanceó hasta perder casi el equilibrio. Buscó asiento a tientas: una papelera. Prosiguó hablando con su lengua de trapo y salpicando babas:
" Y ni siquiera tienen cojones a decírtelo en persona, a la cara, como hacen los hombres que son hombres... ¡nenazas!... Te lo dejan en tu casillero, en un sobre de papel reciclado en el que te dan las gracias por precindir de tus servicios". Se cansó de mirar hacia arriba e hizo un gesto con la mano que significaba algo así como: y a ti qué cojones te importa lo que te estoy contando. Volvió a mirar hacia arriba:
" Oye, deja de moverte, me estás mareando"
" Es mi hermano gemelo. Es un poco inquieto", dijo el de arriba.
" Ah, pues dile que se esté quietecito y se siente de una vez.
¿Sabes?, me dieron ganas de ir a su despacho, abrir la puerta de par en par y decirle que a su mujer se la está tirando el jefe de sección... ¡qué se joda!" Estalló en una carcajada que se fue apagando hasta terminar en un carraspeo de garganta. Prosiguió:
" Pero luego pensé que eso lo sabe toda la oficina, no iba a enterar a nadie de nada nuevo. Además, yo no soy un hijo de puta, soy un buen tío... un buen tío..." La risa tonta dió paso al desconsolado llanto de un niño.
" Vamos, hombre, no llores. Claro que eres un buen tío, un tío cojonudo. Seguro que mañana tienes a veinte empresas llamando a tu puerta... eh, vamos, joder... ¿voy a tener que bajar?..."
Se limpió las lágrimas y los mocos con lo que le quedaba de orgullo. Rebuscó su rolex bajo la manga de su camisa. Vaciló hacia atrás, después hacia adelante.
" ¡Joder!, la hemos cagado. Se me ha estropeado el reloj... tiene cuatro agujas y cada una marca una hora..." farfulló.
" Prueba a cerrar un ojo y enfocar con el otro, verás como se arregla solo". Dijo el de arriba.
" Anda, coño, ahora son los números los que no dejan de dar vueltas. Nada, mañana lo llevaré a la relojería". Y con un gesto de fastidio, sacudió la muñeca y volvió a guardar el reloj bajo la manga.
Volvió a reír compulsivamente mientras miraba al suelo y negaba con la cabeza. El sonido de un móvil le hizo vaciar los bolsillos de su pantalón. Nada. Después vació los de su gabardina, hasta que dió con él. El nombre de la pantalla también daba vueltas. Aquella noche todo daba vueltas. Consiguió pulsar el botón descolgar:
"¿Sí?. Laurita, mi cielito, ¿no te lo vas a creer?: llevo media noche hablando con un tío sentado en la ventana de un sexto piso. Tengo que aconsejarte que no lo hagas nunca, entra un dolor de cuello que te cagas... ¿que si estoy borracho?, ah, que no lo preguntas... lo afirmas... Creo que... sí, creo que un poco sí... bueno, un poco no... bastante... Ya, ya iba, pero no entiendo esa manía que teneis las mujeres de esperarnos siempre levantadas. Venga, métete en la cama que ya estoy llegando. Voy a decirle adios al tipo este..." Pulsó el botón colgar con dificultad, mordiéndose la lengua.
" Bueno, colega, tengo que irme, se me hace muy tarde. Si tienes la costumbre andar por ahí arriba, tal vez nos veamos alguna que otra noche... Despídeme de tu hermano, que parece que se ha ido a dormir sin despedirse". Y bajando la cabeza, echó a andar.
El joven de la ventana del sexto piso miraba al borracho que serpenteaba acera abajo mientras sus balbuceos se perdían en aquella dilatada noche que parecía llegar a su fin. Recogió un pie, después el otro y, dejándose caer dentro, se metió en la cama y apagó la tenue luz de su lamparilla de noche.
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