El salto
Sentado en el aféizar de la ventana de un sexto piso, intentaba liar un porro. Sus piernas colgaban al vacío y su espalda miraba hacia una cama, tan vacía como el vacío, de sábanas revueltas. Humedeció el papel con su lengua, y su saliva cuncluyó con éxito su tarea. Miró a un lado y a otro; ni un alma. Miró su reloj. No tenía reloj. Desde su privilegiado palco podía ver la torre de la catedral y su enorme reloj. No alcanzaba a ver las agujas, sí a oír el tañido de las campanas... uno...dos... tres... Este último se perdía en el silencio de la noche, en espera de un cuarto que no llegó. Las tres de la madrugada. Rebuscó, inútilmente, entre su ropa...
- Seré gilipollas- dijo. Los pijamas no tienen bolsillos, y si los tienen, uno no se guarda en ellos un mechero... tal vez un clines, pero ¿un mechero?, no- pensó. No hay cosa más absurda e inútil que el bolsillo de un pijama- dictaminó para sí mismo.
Volvió a echar un vistazo a la calle desierta.
- Vaya, voy a tener suerte- se dijo. Nunca falta alguien paseando a un perro. ¡Oiga!, ¡aquí! ¿Tiene fuego? - vociferó.
El noctámbulo callejero apuntó con sus ojos hacia arriba, sujetó la correa con fuerza y detuvo a Satanás. Le ordenó sentarse y tanteó los bolsillos de su chandal Adidas.
- No, lo siento, no fumo- y prosiguió su paseo nocturno, como si encontrarse a hombres sentados en las ventanas de un sexto piso fuese la cosa más normal del mundo. Se perdió en la primera esquina, entró en la primera puerta del primer bloque de la Calle Azucena, subió las escaleras hasta un cuarto sin ascensor, dió tres vueltas de llave a la puerta del 4ºE y, antes de entrar, ordenó silencio a Satanás. Recorrieron con sigilo el pasillo de tarima flotante hasta llegar a la terraza. Allí liberó a Satanás y le volvió a ordenar
- Ahora no te quiero volver a oír, maldito chucho. Y le zarandeó sus orejas y sus mofletes, dándole un beso en la frente.
Volvió tras sus pasos y, ya en el dormitorio, se desnudó a oscuras y alivió el frío de la noche perdiéndose en el calor del mismo cuerpo desde hacía quince años. Rodeó su cintura, se enredó entre sus piernas y besándo su mejilla, le dió las buenas noches.
- ¡Qué haría yo sin ti, Manuel!
Y pecho contra espalda, los dos hombres caían en los brazos de Morfeo.
En el aféizar de la ventana de un sexto piso, un joven de veinticinco años tenía un porro intacto entre las manos. Miró su reloj. No tenía reloj. Alzó la vista a la cúpula de la catedral y a su inmenso reloj. No conseguía ver. Pensó que era tarde. Miró la calle desierta y , definitivamente, pensó que si se dejaba caer nadie se daría cuenta, no habría curiosos que le rodeasen y pensasen porqué lo hizo, que se lamentasen de su juventud desaprovechada, y suspirasen por la infelicidad de la vida. Además, seguro que el primero que se lo encontraría sería su vecino del tercero, que todos los días salía a trabajar a las cinco.
-Y a ese tonto de los cojones no le voy a dar el gusto.
Recogió sus pies, helados como gotas de rocío, se dejó caer dentro y sintió un dolor inmenso en sus entumecidas piernas al ponerse en pie. Miró el despertador de su mesita; marcaba las cuatro quince... tan solo tres horas para un nuevo amanecer. Y metiéndose entre las sábanas, buscó una razón para no colgarse de nuevo en la ventana.
- Seré gilipollas- dijo. Los pijamas no tienen bolsillos, y si los tienen, uno no se guarda en ellos un mechero... tal vez un clines, pero ¿un mechero?, no- pensó. No hay cosa más absurda e inútil que el bolsillo de un pijama- dictaminó para sí mismo.
Volvió a echar un vistazo a la calle desierta.
- Vaya, voy a tener suerte- se dijo. Nunca falta alguien paseando a un perro. ¡Oiga!, ¡aquí! ¿Tiene fuego? - vociferó.
El noctámbulo callejero apuntó con sus ojos hacia arriba, sujetó la correa con fuerza y detuvo a Satanás. Le ordenó sentarse y tanteó los bolsillos de su chandal Adidas.
- No, lo siento, no fumo- y prosiguió su paseo nocturno, como si encontrarse a hombres sentados en las ventanas de un sexto piso fuese la cosa más normal del mundo. Se perdió en la primera esquina, entró en la primera puerta del primer bloque de la Calle Azucena, subió las escaleras hasta un cuarto sin ascensor, dió tres vueltas de llave a la puerta del 4ºE y, antes de entrar, ordenó silencio a Satanás. Recorrieron con sigilo el pasillo de tarima flotante hasta llegar a la terraza. Allí liberó a Satanás y le volvió a ordenar
- Ahora no te quiero volver a oír, maldito chucho. Y le zarandeó sus orejas y sus mofletes, dándole un beso en la frente.
Volvió tras sus pasos y, ya en el dormitorio, se desnudó a oscuras y alivió el frío de la noche perdiéndose en el calor del mismo cuerpo desde hacía quince años. Rodeó su cintura, se enredó entre sus piernas y besándo su mejilla, le dió las buenas noches.
- ¡Qué haría yo sin ti, Manuel!
Y pecho contra espalda, los dos hombres caían en los brazos de Morfeo.
En el aféizar de la ventana de un sexto piso, un joven de veinticinco años tenía un porro intacto entre las manos. Miró su reloj. No tenía reloj. Alzó la vista a la cúpula de la catedral y a su inmenso reloj. No conseguía ver. Pensó que era tarde. Miró la calle desierta y , definitivamente, pensó que si se dejaba caer nadie se daría cuenta, no habría curiosos que le rodeasen y pensasen porqué lo hizo, que se lamentasen de su juventud desaprovechada, y suspirasen por la infelicidad de la vida. Además, seguro que el primero que se lo encontraría sería su vecino del tercero, que todos los días salía a trabajar a las cinco.
-Y a ese tonto de los cojones no le voy a dar el gusto.
Recogió sus pies, helados como gotas de rocío, se dejó caer dentro y sintió un dolor inmenso en sus entumecidas piernas al ponerse en pie. Miró el despertador de su mesita; marcaba las cuatro quince... tan solo tres horas para un nuevo amanecer. Y metiéndose entre las sábanas, buscó una razón para no colgarse de nuevo en la ventana.
Comentario:
Leyendo este relato...¿Que importa la huelga de guionistas? Podrías hacer una serie de vecinos, como la de "Aquí no hay quien viva", es cuestión de añadir personajes.





