caminos
Me contaba un día el tío Melchor -con esa afabilidad propia del lugareño hacia su visitante- que, durante los meses de invierno, la nieve se perpetuaba en el monte, y las calles del pueblo se aneganban del preciado tesoro helado durante días, hasta que varios hombres, ayudados por un tronco de árbol tirado por dos bestias (bueyes, mulas, asnos, o caballos), conseguían abrir pasos y puertas soterradas por centímetros y más centímetros de agua condensada. A veces, pasaban semanas sin poder salir de sus casas, hasta que el humilde sol de los días invernales provocara su lento deshielo.
"¡Buag, muchacha!", exclamaba con nostalgia," Eso era para verlo." Y sus ojillos, opacos por las cataratas, paracían recuperar el brillo de antaño. Y me seguía contando que cuando esto sucedia, el monte manaba agua ladera abajo y sus entrañas reventaban, derramándose por todas partes; por entre las piedras, por secretas madrigueras convertidas en accidentales fuentes, entre el suelo... La mismísima montaña se convertía en una gigantesca fontana que, generosamente, vertía su cristalino tesoro al Estena, hasta desbordarlo.
"No había año que no se desbordara el río, ¡chacho!, ¡cómo bajaba el agua por el Boquerón! ¡Aquello parecía el fin del mundo!" Mientras relataba, no dejaba su entretenimiento, con el que matar ahora su tiempo, -el que se acaba y, a la vez, sobra-, en sus largos días de invierno: un trozo de corcho entre las manos, al que trataba de dar forma con una navaja de filo gastado. Estaba sentado sobre un tajo (serijo hecho de planchas de corcho), al calor de una estufa de leña y frente a una diminuta ventana, que apenas si dejaba entrar la paupérrima luz del día.
Yo recogía, sin ninguna prisa, mis bártulos en el maletín, mientras escuchaba sus historias, llenas de nostalgia de tiempos pasados y anhelos de mocedades. Siempre se despedía con un "gracias, mujer, por haber venido. Otra vez que vengas te contaré..."
El tío Melchor murió hace unos años, ley de vida, a sus ochenta y muchos. De él conservo varias cucharas de madera, talladas a mano, y dos tajos de distinto tamaño, dignos de la casa rural más típica de la zona. Los hizo, expresamente, para mis hijas. Están hechos con la exquisitez de la veteranía y la perfección del que desea expresar su afecto con el mejor de los regalos. Dos tajos de un corcho que él mismo, vagando entre el monte, rebuscaba entre los restos de los troncos de alcornoque que habían dejado los corcheros y las máquinas de descorche, y que echaba en los cuevanillos de su burra, encaminandose hacia el pueblo, con la materia prima necesaria para sus horas de ocio, para sus largas horas de anciano de aldea.
Y tenía mucha razón, los inviernos aquí ya no son como antes -él nada sabía, ni había oído hablar, del cambio climático, a él se lo decía sus muchos años de vida y la ausencia de aquellas nieves perpetuas que, al recordar, alegraban su alma-; el monte rezuma de tarde en tarde, como las últimas gotas que vierte un odre en mitad del desierto. El río corretea bullicioso entre las piedras, y el estruendo de antaño se ha convertido en un sutil tintineo que serpentea agonizante entre montañas sedientas.
Antes de que el paraíso desaperezca, volveré a recorrer la senda que me lleva hasta el Boquerón del Estena, ésa que recorrí en tantas ocasiones cuando vivia allí, buscando fósiles que nunca encontré, reconociendo paisajes de los que me hablaban los más ancianos, adentrándome por senderos, entre jaras y romero, en busca de una necesaria soledad para el encuentro conmigo misma -tampoco me encontré, ni tan siquiera fosilizada-, en busca de una necesaria libertad, tantas veces contenida.
Evocaré las nieves perpetuas, y cerraré los ojos, para escuchar el estruendo -ese que parecía poner fin al mundo- de las aguas del río a su paso por el Boquerón.
"¡Buag, muchacha!", exclamaba con nostalgia," Eso era para verlo." Y sus ojillos, opacos por las cataratas, paracían recuperar el brillo de antaño. Y me seguía contando que cuando esto sucedia, el monte manaba agua ladera abajo y sus entrañas reventaban, derramándose por todas partes; por entre las piedras, por secretas madrigueras convertidas en accidentales fuentes, entre el suelo... La mismísima montaña se convertía en una gigantesca fontana que, generosamente, vertía su cristalino tesoro al Estena, hasta desbordarlo.
"No había año que no se desbordara el río, ¡chacho!, ¡cómo bajaba el agua por el Boquerón! ¡Aquello parecía el fin del mundo!" Mientras relataba, no dejaba su entretenimiento, con el que matar ahora su tiempo, -el que se acaba y, a la vez, sobra-, en sus largos días de invierno: un trozo de corcho entre las manos, al que trataba de dar forma con una navaja de filo gastado. Estaba sentado sobre un tajo (serijo hecho de planchas de corcho), al calor de una estufa de leña y frente a una diminuta ventana, que apenas si dejaba entrar la paupérrima luz del día.
Yo recogía, sin ninguna prisa, mis bártulos en el maletín, mientras escuchaba sus historias, llenas de nostalgia de tiempos pasados y anhelos de mocedades. Siempre se despedía con un "gracias, mujer, por haber venido. Otra vez que vengas te contaré..."
El tío Melchor murió hace unos años, ley de vida, a sus ochenta y muchos. De él conservo varias cucharas de madera, talladas a mano, y dos tajos de distinto tamaño, dignos de la casa rural más típica de la zona. Los hizo, expresamente, para mis hijas. Están hechos con la exquisitez de la veteranía y la perfección del que desea expresar su afecto con el mejor de los regalos. Dos tajos de un corcho que él mismo, vagando entre el monte, rebuscaba entre los restos de los troncos de alcornoque que habían dejado los corcheros y las máquinas de descorche, y que echaba en los cuevanillos de su burra, encaminandose hacia el pueblo, con la materia prima necesaria para sus horas de ocio, para sus largas horas de anciano de aldea.
Y tenía mucha razón, los inviernos aquí ya no son como antes -él nada sabía, ni había oído hablar, del cambio climático, a él se lo decía sus muchos años de vida y la ausencia de aquellas nieves perpetuas que, al recordar, alegraban su alma-; el monte rezuma de tarde en tarde, como las últimas gotas que vierte un odre en mitad del desierto. El río corretea bullicioso entre las piedras, y el estruendo de antaño se ha convertido en un sutil tintineo que serpentea agonizante entre montañas sedientas.
Antes de que el paraíso desaperezca, volveré a recorrer la senda que me lleva hasta el Boquerón del Estena, ésa que recorrí en tantas ocasiones cuando vivia allí, buscando fósiles que nunca encontré, reconociendo paisajes de los que me hablaban los más ancianos, adentrándome por senderos, entre jaras y romero, en busca de una necesaria soledad para el encuentro conmigo misma -tampoco me encontré, ni tan siquiera fosilizada-, en busca de una necesaria libertad, tantas veces contenida.
Evocaré las nieves perpetuas, y cerraré los ojos, para escuchar el estruendo -ese que parecía poner fin al mundo- de las aguas del río a su paso por el Boquerón.
Comentario:
El problema es que el cambio es poco a poco y nos vamos adaptando, sólo cuando comparamos con fotografías o testimonios antiguos somos realmente concientes de que el clima ya no es tan rudo como antes. Tal vez el invierno tan benigno que estamos teniendo nos preocupe a unos cuantos pero somos tan pocos... A veces me entretengo en observar a la gente y algunos son tan superficiales que acabo cabreada. Es increíble y es triste pensar que a mucha gente ni siquiera les importa que nos estemos cargando el planeta.
Voy a menudo al Pirineo oscense y da pena ver la montañas sin nieve.
Besos.
Voy a menudo al Pirineo oscense y da pena ver la montañas sin nieve.
Besos.
Comentario:
Bonito blog





