Darse un tiempo
Este año comenzaba con el anuncio de una separación: una de nuestras parejas amigas, de cañas de viernes y cenas de sábados invernales en una u otra casa, ponía fin a catorce años de vida en común. Nosotros éramos el entorno, ése que también se ve afectado cuando suceden estas cosas. A la noticia, que llegó a nuestros oídos por terceros amigos, le seguieron días de conmoción y espera; conmoción porque, ante estos acontecimientos, juro que inesperados, una se da cuenta de que cualquier presunción sobre las vidas ajenas es sólo eso, una presunción. Conmoción porque es inevitable mirar hacia dentro, y es inevitable la reflexión sobre tu propia vida de pareja: porqué seguimos juntos, qué nos une, qué nos mantiene, qué nos falta... piensas si serás tú la próxima, como si las rupturas de las parejas se eligieran al azar, o como si de una enfermedad infectocontagiosa se tratara, de la que formas parte de su grupo de riesgo. Y es inevitable que el fantasma de la inseguridad planee a sus anchas, al menos durante un tiempo, sobre la cabeza mientras intentas ahuyentarlo como si se tratara de una mosca cojonera que no te deja tranquila.
Recordaba que tan sólo unas semanas antes, en la Noche Buena, ella llamaba mi atención sobre su marido y me decía si no me había dado cuenta de lo guapísimo que estaba... en fin... me pareció igual de guapo, o de feo, que siempre. Aquella noche la vi especialmente acaramelada con su pareja, todo el tiempo abrazada a él y dedicándole toda su atención. Y él... él tenía la misma actitud que si llevase colgado un bolso que, aunque estorba, lo necesitas para llevar el tabaco, y el lápiz de labios, y los clines, y el monedero, y la compresa o el tampón, etc,etc..., otras te preguntas que para qué coño lo has cogido si te puedes arreglar con el bolsillo de tu cazadora, y otras piensas que no te conjunta nada con lo que llevas puesto... Pero a aquella pasiva actitud no le di mayor importancia... Hay días en los que uno u otro se muestra poco receptivo ante las caricias... Nunca hubiese imaginado que aquello era un intento desesperado de achicar agua en una barca que zozobraba, irremediablemente, en el inconmensurable mar de los fracasos. Uno más.
Esperé un tiempo prudencial una llamada de teléfono que no se producía. Entonces fui yo la que decidió dar el primer sorbo del amargo trago, al menos para mí lo era. Hice esa llamada sin saber muy bien qué decir ni cómo empezar la conversación, así es que con las tripas revueltas y el estómago encogido saludé a mi amiga con un simple hola A., ¿cómo estás?... y una respuesta que no se hizo esperar. Al otro lado del teléfono me contestó una voz abatida, triste, a veces quebrada, como si le faltara nada para romperse en llanto, pero carraspeaba y remontaba en su ánimo herido para seguir diciéndome que simplemente le había dicho que ya no la quería como antes, que quería seguir su vida sin ella. Ante mi insinuación de que, tal vez, necesitaba un tiempo (el tiempo de muchos hombres lo determina su éxito con la antena parabólica de su entrepierna) y que seguro volvería, ella dictó sentencia: no va a volver, lo tiene claro. Yo dictaminé la mía: valiente cabronazo, sincero y consecuente, pero cabronazo.
Desde entonces ha pasado casi un año, y seguimos tomándonos juntos las cañas de los viernes, incluso hemos cenado, como siempre, en alguna terraza de verano. Es curiosa la manera de sobrevivir de unos y de otros ante el nuevo estatus... digno de estudio... A ojos ajenos no parece que sus vidas hayan cambiado. Desmuestran al mundo que son una pareja de lo más civilizado, o tal vez no, ya no quiero presuponer nada. Para mí son un claro ejemplo de lo que yo no haría jamás de los jamases: tomarme cervecitas con mi ex, como mucho compartiría días de cumpleaños de las niñas y porque no me quede más remedio. Los ex con derecho a roce nunca me han convencido.
Ella sigue hablando de él con terceras personas como su marido, cuando se da cuenta se ríe y dice que no se acostumbra al -ex. Él vive su retomada soltería como si el mundo se fuese a acabar mañana (y el día menos pensado va a ser verdad como siga con ese tren de vida... la hipertensión, el hígado... en fin, ya se sabe, la ansiada libertad conlleva excesos de todo tipo, algunos poco saludables).
Luego, cuando la puerta se cierra -se me antoja pensar en lo que yo viviría- queda la noche, la oscura, la del rotundo silencio, la de la cama vacía, aunque esté llena de un cuerpo casi siempre sin nombre, la de las sábanas frías y los sueños solitarios, con o sin sentido... o lo que es peor: la ausencia de sueños.
Ella sigue a la espera, no lo dice, pero no hay más que verla... espera su caída en picado, espera a que se estrelle contra el suelo para recogerlo y curarle su pupita... Ella sí le está dando su tiempo, porque ella le sigue guardando un espacio en sus sueños. Y sigo conjeturando vidas, adivinando intenciones y pensamientos, y seguramente me equivoque... tiempo al tiempo.
Sonando Alberto Cortez: " Como el primer día"

Recordaba que tan sólo unas semanas antes, en la Noche Buena, ella llamaba mi atención sobre su marido y me decía si no me había dado cuenta de lo guapísimo que estaba... en fin... me pareció igual de guapo, o de feo, que siempre. Aquella noche la vi especialmente acaramelada con su pareja, todo el tiempo abrazada a él y dedicándole toda su atención. Y él... él tenía la misma actitud que si llevase colgado un bolso que, aunque estorba, lo necesitas para llevar el tabaco, y el lápiz de labios, y los clines, y el monedero, y la compresa o el tampón, etc,etc..., otras te preguntas que para qué coño lo has cogido si te puedes arreglar con el bolsillo de tu cazadora, y otras piensas que no te conjunta nada con lo que llevas puesto... Pero a aquella pasiva actitud no le di mayor importancia... Hay días en los que uno u otro se muestra poco receptivo ante las caricias... Nunca hubiese imaginado que aquello era un intento desesperado de achicar agua en una barca que zozobraba, irremediablemente, en el inconmensurable mar de los fracasos. Uno más.
Esperé un tiempo prudencial una llamada de teléfono que no se producía. Entonces fui yo la que decidió dar el primer sorbo del amargo trago, al menos para mí lo era. Hice esa llamada sin saber muy bien qué decir ni cómo empezar la conversación, así es que con las tripas revueltas y el estómago encogido saludé a mi amiga con un simple hola A., ¿cómo estás?... y una respuesta que no se hizo esperar. Al otro lado del teléfono me contestó una voz abatida, triste, a veces quebrada, como si le faltara nada para romperse en llanto, pero carraspeaba y remontaba en su ánimo herido para seguir diciéndome que simplemente le había dicho que ya no la quería como antes, que quería seguir su vida sin ella. Ante mi insinuación de que, tal vez, necesitaba un tiempo (el tiempo de muchos hombres lo determina su éxito con la antena parabólica de su entrepierna) y que seguro volvería, ella dictó sentencia: no va a volver, lo tiene claro. Yo dictaminé la mía: valiente cabronazo, sincero y consecuente, pero cabronazo.
Desde entonces ha pasado casi un año, y seguimos tomándonos juntos las cañas de los viernes, incluso hemos cenado, como siempre, en alguna terraza de verano. Es curiosa la manera de sobrevivir de unos y de otros ante el nuevo estatus... digno de estudio... A ojos ajenos no parece que sus vidas hayan cambiado. Desmuestran al mundo que son una pareja de lo más civilizado, o tal vez no, ya no quiero presuponer nada. Para mí son un claro ejemplo de lo que yo no haría jamás de los jamases: tomarme cervecitas con mi ex, como mucho compartiría días de cumpleaños de las niñas y porque no me quede más remedio. Los ex con derecho a roce nunca me han convencido.
Ella sigue hablando de él con terceras personas como su marido, cuando se da cuenta se ríe y dice que no se acostumbra al -ex. Él vive su retomada soltería como si el mundo se fuese a acabar mañana (y el día menos pensado va a ser verdad como siga con ese tren de vida... la hipertensión, el hígado... en fin, ya se sabe, la ansiada libertad conlleva excesos de todo tipo, algunos poco saludables).
Luego, cuando la puerta se cierra -se me antoja pensar en lo que yo viviría- queda la noche, la oscura, la del rotundo silencio, la de la cama vacía, aunque esté llena de un cuerpo casi siempre sin nombre, la de las sábanas frías y los sueños solitarios, con o sin sentido... o lo que es peor: la ausencia de sueños.
Ella sigue a la espera, no lo dice, pero no hay más que verla... espera su caída en picado, espera a que se estrelle contra el suelo para recogerlo y curarle su pupita... Ella sí le está dando su tiempo, porque ella le sigue guardando un espacio en sus sueños. Y sigo conjeturando vidas, adivinando intenciones y pensamientos, y seguramente me equivoque... tiempo al tiempo.
Sonando Alberto Cortez: " Como el primer día"

Comentario:
Princesa tú! O reina que me gusta más! Y olé!
Bsazo!
Bsazo!
Comentario:
Cuando una pareja amiga se rompe todos intentamos mirar a nuestra propia pareja. Intentamos ponernos en el lugar de la ex-pareja bien para imaginarnos cómo nos sentiríamos si nos ocurriera a nosotros, bien para ir preparándonos para lo que parece inevitable (porque de vez en cuando sí que hay oleadas contagiosas de rupturas) o, finalmente, para darnos cuenta de nuestros logros, aunque sean insignificantes, como pareja.
Quizá mirarnos en el espejo de otros fortalece, nos ayuda a debatir temas de los que normalmente no se habla, pero también hay siempre, de forma explícita, una crítica (constructiva o no) acerca de cómo podrían haberlo evitado. Y es que ante una ruptura ajena todos parecemos tener la solución, todos de una u otra manera lo habíamos previsto, pero cuando nos toca a nosotros no hay enseñanzas previas que valgan y sólo nos queda consolarnos, dejar que nos consuelen y empezar una nueva vida.
Quizá mirarnos en el espejo de otros fortalece, nos ayuda a debatir temas de los que normalmente no se habla, pero también hay siempre, de forma explícita, una crítica (constructiva o no) acerca de cómo podrían haberlo evitado. Y es que ante una ruptura ajena todos parecemos tener la solución, todos de una u otra manera lo habíamos previsto, pero cuando nos toca a nosotros no hay enseñanzas previas que valgan y sólo nos queda consolarnos, dejar que nos consuelen y empezar una nueva vida.





