Una caja de cartón
Busco mi particular escalera: una vieja trona de madera pintada de color caramelo. Trepo por ella hasta llegar al asiento, pero la corta estatura de mis ocho años es insuficiente para alcanzar mi objetivo. Tomo una teneraria decisión: poner mis diminutos pies en los reposabrazos, y juego a ser la mejor equilibrista en mi particular circo de fantasía. Un cuerpo menudo se desenvuelve hacia arriba, a la vez que unos brazos se estiran cuanto pueden, seguros de su victoria tras la arriesgada subida del último peldaño, con la certeza de que los dedos hallarán a tientas el trofeo.
He vencido la distancia que separa mi niñez de una caja de cartón que espera, año tras años, en lo alto de un viejo armario de cocina, de madera de roble reseca y agrietada. Una caja de cartón que cada año, al ser descubierta, desata sus particulares truenos: los de la ilusión, la fantasia y la imaginación.
Dentro de ella, revueltos, en evidente estado de caos, un S. José de nariz rota se mezcla con una piara de cerdos, a cual más diminuto. Una mula, sin oreja derecha, descansa tripa arriba entre unos pavos y unas ocas. Hay una pastora de brazos en jarras y cubo en la cabeza, como la mismísima protagonista del cuento de la lechera, que mantiene en perfecto equilibrio, sin derramar una gota, a pesar de estar tumbada encima de uno de los camellos. Los Reyes Magos, de desconchadas túnicas y desaparecidas coronas, se desperdigan por tres de las esquinas, en la cuarta se encuentra una Virgen de cabellos de oro y manto azul agrietado, con olor a pegamento. Tres pajes, uno de ellos de color del chocolate al que dan ganas de morderlo, parecen buscar el calor de los corderos y de un buey con cara de malas pulgas.
Y el Niño, ¿dónde está el Niño? Mi mano impaciente agita a todos de un lado para otro, los revuelve, los coge a puñados, los levanta... Mi mirada requiere la presencia del que falta y hace un escrutinio del fondo casi vacío de la caja, y no ve... no encuentra... Las manos sueltan a sus presas y ahora los aparta, uno por uno... ¡Por fin!, aquí estás... el Niño perdido y hallado en el templo de cartón.
Mi madre se encarga de crear el escenario donde cobrarán vida los inquilinos de esta caja, bajo la atenta e impaciente mirada de grandes ojos redondos, seis u ocho por lo menos. Lo hará como sólo ella sabe hacerlo, con esmero y con ingenio. Irá dándole su lugar, uno por uno, en medio de un paisaje cubierto de musgo con olor a escarcha, a hogueras de ramón y a mañanas de aceituna. En medio de un riachuelo de papel de aluminio que serpenteará entre pastores con sus rebaños. En medio de un tronco viejo de olivo, hueco por la carcoma, que dará cobijo a una mula sin oreja, a una Virgen con olor a pegamento, a un S. José sin nariz, a un buey con cara de pocos amigos y a un Niño perdido. En medio de un paisaje nevado con un fino manto de espolvoreada harina. Todo ello al abrigo, no de un pino, sino de una frondosa rama de encina, engalanada de espumillones de colores y salpicada de mágicas bolas de cristal.
Esa trona aún existe. Ya no hay caja de cartón, ni estáticos escenarios que cobren vida en mi imaginación. Aún quedan en algún cajón de un viejo mueble de cocina algún cerdito cojo o un ganso olvidado, alguna oveja descarriada o sin amo. Todo lo demás quedó flotando en el recuerdo, en la nostalgia y en el anhelo de volver a ser los que éramos.
He crecido demasiado, tanto como para que la vieja trona ya no aguante mi peso, y ahora la madre soy yo, pero yo no recreo escenarios... yo pinto colores en un árbol.

He vencido la distancia que separa mi niñez de una caja de cartón que espera, año tras años, en lo alto de un viejo armario de cocina, de madera de roble reseca y agrietada. Una caja de cartón que cada año, al ser descubierta, desata sus particulares truenos: los de la ilusión, la fantasia y la imaginación.
Dentro de ella, revueltos, en evidente estado de caos, un S. José de nariz rota se mezcla con una piara de cerdos, a cual más diminuto. Una mula, sin oreja derecha, descansa tripa arriba entre unos pavos y unas ocas. Hay una pastora de brazos en jarras y cubo en la cabeza, como la mismísima protagonista del cuento de la lechera, que mantiene en perfecto equilibrio, sin derramar una gota, a pesar de estar tumbada encima de uno de los camellos. Los Reyes Magos, de desconchadas túnicas y desaparecidas coronas, se desperdigan por tres de las esquinas, en la cuarta se encuentra una Virgen de cabellos de oro y manto azul agrietado, con olor a pegamento. Tres pajes, uno de ellos de color del chocolate al que dan ganas de morderlo, parecen buscar el calor de los corderos y de un buey con cara de malas pulgas.
Y el Niño, ¿dónde está el Niño? Mi mano impaciente agita a todos de un lado para otro, los revuelve, los coge a puñados, los levanta... Mi mirada requiere la presencia del que falta y hace un escrutinio del fondo casi vacío de la caja, y no ve... no encuentra... Las manos sueltan a sus presas y ahora los aparta, uno por uno... ¡Por fin!, aquí estás... el Niño perdido y hallado en el templo de cartón.
Mi madre se encarga de crear el escenario donde cobrarán vida los inquilinos de esta caja, bajo la atenta e impaciente mirada de grandes ojos redondos, seis u ocho por lo menos. Lo hará como sólo ella sabe hacerlo, con esmero y con ingenio. Irá dándole su lugar, uno por uno, en medio de un paisaje cubierto de musgo con olor a escarcha, a hogueras de ramón y a mañanas de aceituna. En medio de un riachuelo de papel de aluminio que serpenteará entre pastores con sus rebaños. En medio de un tronco viejo de olivo, hueco por la carcoma, que dará cobijo a una mula sin oreja, a una Virgen con olor a pegamento, a un S. José sin nariz, a un buey con cara de pocos amigos y a un Niño perdido. En medio de un paisaje nevado con un fino manto de espolvoreada harina. Todo ello al abrigo, no de un pino, sino de una frondosa rama de encina, engalanada de espumillones de colores y salpicada de mágicas bolas de cristal.
Esa trona aún existe. Ya no hay caja de cartón, ni estáticos escenarios que cobren vida en mi imaginación. Aún quedan en algún cajón de un viejo mueble de cocina algún cerdito cojo o un ganso olvidado, alguna oveja descarriada o sin amo. Todo lo demás quedó flotando en el recuerdo, en la nostalgia y en el anhelo de volver a ser los que éramos.
He crecido demasiado, tanto como para que la vieja trona ya no aguante mi peso, y ahora la madre soy yo, pero yo no recreo escenarios... yo pinto colores en un árbol.

Comentario:
La Navidad me provoca reacciones muy distintas. Por un lado me gusta porque soy religiosa y celebro el nacimiento de un Dios en el creo, también es la época de volver a casa como el chaval del anuncio, jeje, y de estar con toda la familia. Pero por otro me pone algo triste, no sé por qué, hace mucho frío y en finsss, no sé.
Me quedaré con lo bueno pa no variar, que de momento así me va estupendamente.
Besazo reina!
Me quedaré con lo bueno pa no variar, que de momento así me va estupendamente.
Besazo reina!





