Aquellas pequeñas cosas...
... canta Serrat.
Hice mención a él en uno de mis post, a mi amigo Chesco. Y después de escribir ese post, pensé que, tal vez, le gustaría leerlo. Y yo, que tengo su móvil, sin acordarme de que él no tiene el mío, rompí la distancia y el tiempo, como si hubiese sido ayer la última vez que nos vimos, y le envié un mensaje con la dirección del blog, invitándole a entrar, sin más... Creo que no me despedí, ni por supuesto firmé.
Dice que pensó que era uno de esos mensajes que contienen publicidad engañosa o un virus que destruye tu móvil o tu ordenador. El caso es que le pudo la curiosidad y se arriesgó a averiguar de qué o quién se trataba (y luego dicen que las mujeres somos curiosas). En cada párrafo iba escudriñando en su memoria, descartando amigas, cerrando cerco a medida que leía, hasta que llegó a las guitarras y al coro... y a la foto que hay en el margen izquierdo de este blog, conforme miras la pantalla... si por algo usa gafas. Sí, era yo, su amiga desde hace veintiún años, a la que no veía desde hacía tres o cuatro y que ahora irrumpía así, de repente, revolviendo entre rincones y abriendo llaves de tiempos pasados.
Ahora no viene al caso explicar qué situación vivía cada uno, ni cómo surgió la amistad, simplemente surgió y se mantuvo durante nuestros años de estudiantes en la capital. Hemos tomado café, hemos ido al cine, hemos tomado algún vino, hemos tomado cañas, hemos paseado sin tomar nada, hemos reído, hemos hablado y hablado y hablado... sobre la vida, sobre la muerte, sobre cielos, sobre infiernos, sobre banalidades. Pero, sobre todo, mi amigo Chesco fue la mejor compañia en unos años en los que mi horizonte se tornaba oscuro con solo mirarlo, en los que mi patio era un mar de cenizas, en el que la angustia me mordía el estómago y el dolor me devoraba el alma.
Ahí estuvo él, él y otras dos o tres. Lo puedo afirmar: los amigos, los de verdad, no superan los dedos de una mano. Entre esos cuatro o cinco está él; por su estatura, el anular; el meñique debe ser Tere.
Me casé y vino a mi boda. Se casó y fuí a su boda (embarazadísima, que ya se podía haber esperado un poquito a que yo soltase aquello, pero bailé de igual manera, aunque no pude beber un buen Valdepeñas). Lejos de que todas aquellas pequeñas cosas me hagan llorar con el recuerdo, esbozo una pequeña sonrisa, con nostalgia, sin anhelos, pero con la certeza de que la espiral de la vida, en esos remolinos que van y vienen, de vez en cuando nos los devuelven, a veces tras volver una esquina, otras a la salida del bar, otras al subirnos a un avión, y otras a través de un blog.
Por ti, pudoroso amigo.
Hice mención a él en uno de mis post, a mi amigo Chesco. Y después de escribir ese post, pensé que, tal vez, le gustaría leerlo. Y yo, que tengo su móvil, sin acordarme de que él no tiene el mío, rompí la distancia y el tiempo, como si hubiese sido ayer la última vez que nos vimos, y le envié un mensaje con la dirección del blog, invitándole a entrar, sin más... Creo que no me despedí, ni por supuesto firmé.
Dice que pensó que era uno de esos mensajes que contienen publicidad engañosa o un virus que destruye tu móvil o tu ordenador. El caso es que le pudo la curiosidad y se arriesgó a averiguar de qué o quién se trataba (y luego dicen que las mujeres somos curiosas). En cada párrafo iba escudriñando en su memoria, descartando amigas, cerrando cerco a medida que leía, hasta que llegó a las guitarras y al coro... y a la foto que hay en el margen izquierdo de este blog, conforme miras la pantalla... si por algo usa gafas. Sí, era yo, su amiga desde hace veintiún años, a la que no veía desde hacía tres o cuatro y que ahora irrumpía así, de repente, revolviendo entre rincones y abriendo llaves de tiempos pasados.
Ahora no viene al caso explicar qué situación vivía cada uno, ni cómo surgió la amistad, simplemente surgió y se mantuvo durante nuestros años de estudiantes en la capital. Hemos tomado café, hemos ido al cine, hemos tomado algún vino, hemos tomado cañas, hemos paseado sin tomar nada, hemos reído, hemos hablado y hablado y hablado... sobre la vida, sobre la muerte, sobre cielos, sobre infiernos, sobre banalidades. Pero, sobre todo, mi amigo Chesco fue la mejor compañia en unos años en los que mi horizonte se tornaba oscuro con solo mirarlo, en los que mi patio era un mar de cenizas, en el que la angustia me mordía el estómago y el dolor me devoraba el alma.
Ahí estuvo él, él y otras dos o tres. Lo puedo afirmar: los amigos, los de verdad, no superan los dedos de una mano. Entre esos cuatro o cinco está él; por su estatura, el anular; el meñique debe ser Tere.
Me casé y vino a mi boda. Se casó y fuí a su boda (embarazadísima, que ya se podía haber esperado un poquito a que yo soltase aquello, pero bailé de igual manera, aunque no pude beber un buen Valdepeñas). Lejos de que todas aquellas pequeñas cosas me hagan llorar con el recuerdo, esbozo una pequeña sonrisa, con nostalgia, sin anhelos, pero con la certeza de que la espiral de la vida, en esos remolinos que van y vienen, de vez en cuando nos los devuelven, a veces tras volver una esquina, otras a la salida del bar, otras al subirnos a un avión, y otras a través de un blog.
Por ti, pudoroso amigo.
Comentario:
Un amigo es lo más preciado en esta vida. Creo que hiciste bien en llemarle, siempre podemos enriquecernos de los demás, hasta los maestros aprenden de sus discípulos.
Un amigo es un tesoro.
Un amigo es un tesoro.
Comentario:
Y me vuelvo a pasar por aquí, siempre demasiado poco. Y me encuentro un cambio de look, de azul a blanco y las letras ahora negras y estilizadas. Más fácil de leer, e igual de entretenido e ilustrativo.
La amistad... qué poco la cuidamos y cuanto la valoramos. Y es cierto, los amigos son los dedos de una mano. Y gracias.
Y también has aprendido a poner enlaces a otros posts, tuyos o ajenos.
Me encantan tus progresos. Me encantan tus confesiones. Me encanta tu pelo, no lo imaginaba largo.
Volveré a pasar, no sé cuando, y siempre sin llamar.
Gracias a ti, siempre.
La amistad... qué poco la cuidamos y cuanto la valoramos. Y es cierto, los amigos son los dedos de una mano. Y gracias.
Y también has aprendido a poner enlaces a otros posts, tuyos o ajenos.
Me encantan tus progresos. Me encantan tus confesiones. Me encanta tu pelo, no lo imaginaba largo.
Volveré a pasar, no sé cuando, y siempre sin llamar.
Gracias a ti, siempre.





