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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
¡Qué triste es el otoño!
Ya lo sé, Felipe. Estoy muy calladita, ¿verdad?, es que tú ya sabes que a mí el otoño me pone melancólica... no tengo ganas de hablar... Los parques se llenan de hojas secas, las rosas de los jardines pierden su olor, los geranios de la terraza se vuelven mustios y descoloridos... del mismo ánimo que yo, Felipe, del mismo ánimo... No hay más color que el ocre por todas partes... Y la artristis, y el reuma, que con esto de la mudación me hacen ir renqueando a todas partes... Una pena, una pena. Fíjate si estaré melancólica que me paso el día escuchando cantar a Pavarotti... como lo oyes, a Pavarotti. Ahora me ha dado por la ópera. Hijo, la que a mí me entra escuchando el Nessun Dorma... ¡oye, ¿de qué te ries?!... ¿Me rio yo de que a ti te guste Julio Iglesias?, pues eso... presta atención y escucha... ¿Tú sabes lo que siento yo cuando oigo esto?, lo mismito que cuando vi el mar por primera vez: la sensación de eternidad. Escuchar esta voz y esta música es como abandonarse al antojo de una corriente marina. Sublime, Felipe, sublime... ¿Que no me reconoces?... eso me lo creo.

Y esta tonta de Margarita, que parece que no se ha casado nadie, nada más que ella... ni me llama, ni sale a tomarse un cafetito, ni na de na... ¡pues anda, hija! Ya no sé si asistí a una boda o a la celebración de votos de perpetuidad de una monja de clausura... ¡Qué barbaridad!, con lo que ella ha sido, que no paraba en rama verde, y ahora ni va, ni ve, más allá del metro cincuenta de su Jacinto.
Pues tanto querer tanto aborrecer, decía mi madre. De vez en cuando es bueno que corra el aire, salir, distraerse, ver a las amigas... Un poco de vidilla fuera de las cuatro paredes, para tener cosas que contar, si no, llegará un momento en que se agote la conversación, o peor aún, sea como un disco rayado, que cansa, aburre y crispa los nervios... digo yo.
Aunque, si te digo la verdad, la entiendo... y la envidio... Sí, Felipe, la envidio porque le tiene a él, a todas horas, haciéndole compañía, leyéndole el pensamiento... porque a Margarita es de las que le gustan que le lean el pensamiento... Y yo, yo recuerdo un vestido rojo y una cremallera, que sólo tú abrías y cerrabas, como Moisés abriendo mares del mismo color que aquel vestido. Y recuerdo, no, siento, el calor de tu aliento en mi nunca, mientras esa cremallera subía o bajaba, y a ti diciendo: Leonor, que este vestido me pierde...
Y después se perdió todo, como la María Callas esa... sí hombre, ésa que también cantaba ópera, la voz del Belle Canto -es que ya sabes, cuando cojo una tontuna...-, pues eso, la pobre, primero perdió peso -creo que estaba de muy buen ver y se quedó escurría escurría-, después perdió la voz - a ver, si perdió la mitad de la caja torácica, ¿cómo no iba a perder la voz?- , y luego perdió a Onassis, que parece ser que la dejó por la viuda del J.F. Kennedy, de ahí vendrá lo de viuda alegre... digo yo. Yo, primero gané peso, luego no me pude poner nunca más el vestido rojo - ni otros muchos- , y luego, a ti se te perdió la buena costumbre de husmear por mi cuello... ¡Cómo se pasa todo, Felipe, cómo se pasa! No, no, si yo no tengo queja, mi vida... pero ¡qué coño!, me encantaba a mí el jueguecito de la cremallera.
¿Sabes?, todavía lo tengo,... el vestido rojo, en el fondo del baúl de nuestro dormitorio, ahí, guardando sus secretos...
¿Que ahora, además de melancólica, me estoy poniendo metafórica?... chocha es lo que estoy desde hace ya mucho tiempo, vieja y chocha, pero no me cambio por nadie, ni siquiera por una más joven... Me alegro de haber llegado a vieja, me alegro de tener la posibilidad de mirar atrás y tener tantas y tantas cosas vividas, tantas caras, tantos nombres, tantos lugares, tantos momentos... Y años, muchos años... Pero lo que no me gusta es que te hayas ido... aunque estés aquí... aunque siga sintiendo tu aliento, y la seda de tus dedos, y tu voz resuene en mis adentros, y se me encoja el estómago cuando siento tu presencia, y me recorran mariposas de colores por todo el cuerpo... Quisiera tenerte como antes, como antes... y qué congoja me está entrando, ¡coña! Ala, ya... voy a poner un cafetito...

Pero volviendo a Margarita... esta Margarita, cuando dice a exprimir a un hombre... ¡qué loba!, seguro que no salen a la puerta de la calle por culpa de ella, es de un posesivo...

Espera, que está sonando el teléfono. ¡Ay, este reuma! ¡Dígame! ¡Hola, Margarita!... ahora mismo hablaba de ti, ¿que supones que no estaré hablando mal? pues supones bien, querida, supones bien... a ver, cuéntame...
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Comentario:
Ya echaba de menos a Leonor. ¡Pero cómo disfruto con sus monólogos inteligentes, sensibles y llenos de puntazos de humor!

Sigue, Leonor, sigue y no pares. Que me alegras muchos ratos
 
Comentario:
Pues para mí el Otoño tambien tiene su encanto. Es una estación que invita al recuerdo, la melancolia, el recogimiento. Igual que la noche puede tener un toque de romanticismo, el Otoño puede ser una época para reflexionar.
No